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viernes, 30 de mayo de 2014

La otra versión de El Campamento



Como ya se los comentó Carol en la entrada “El campamento (parte 1)”, no sé muy bien por qué, pero a mi algunas situaciones que me deberían resultar de lo más estresantes y preocupantes, me resultan totalmente lo contrario. En parte yo creo que es una reacción normal de autodefensa, así es como funciona mi cabeza, “si no pienso en todo lo malo que le puede pasar a Gabriel durante el trayecto y ya en el campamento, voy a estar más tranquila”, y así pasó.

Tampoco creo que es una situación que merezca tantísimo desgaste de energía, seguramente algunas de nuestras lectoras pensarán que exageramos, pero lo cierto es que cada experiencia que vives por primera vez como Mamá, cada novedad, conlleva sentimientos muy fuertes y difíciles de controlar, y estoy segura que así será el resto de la vida, aunque nuestros hijos ya sean adultos independientes.

Por otra parte, además de la diferencia de formas de ser entre Carol y yo, también vivimos una situación muy diferente considerando que yo tengo otro hijo que desvía gran parte de mi atención. Esto no quiere decir que por preocuparme por uno se me olvida el otro, seguramente las mamás que tienen más de un hijo me entienden perfecto, es chistoso como funciona mi cabeza ahora. Siempre estoy pensando en los dos, pero me preocupan de manera diferente.

Lo que si sucedió la tarde en la que Gabriel se fue de campamento, como ha sucedido en otras ocasiones en las que se va con mis papás a algún lado, o que se va a jugar a casa de Carol y por ser prácticas Jerónimo se queda conmigo, cuando estamos los dos solos ya nos sentimos incompletos y hasta un poco desubicados. Es increíble como en tan poco tiempo, la estructura de la familia se acomoda de tal forma que si uno de los elementos falta, todo lo demás se desajusta.

Esa tarde traté de entretener a Jero con alguno que otro juguete, lo dejé jugar en la tina hasta que el agua estaba congelada, me esperé a que comiera lentamente su cena sin presionarlo, e inevitablemente la tarde se nos hizo eterna; incluso Jero entró dos o tres veces a buscar a Gabriel en su cuarto, y sólo se me quedaba viendo con cara de “¿qué le hiciste a mi hermano?”.

Al día siguiente, ya cerca de la hora de llegada, la ansiedad era inevitable, y yo sufría tratando de contener las lágrimas (como en todos los eventos que involucran a mis hijos, días festivos, y especialmente los que tienen música de fondo, aunque sea folclórica).

Por fin llegaron, y Gabriel, digno hijo de su madre en cuanto me vio soltó el llanto, y nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto en un año. mj

Ilustración Carmen Lara

martes, 20 de mayo de 2014

Un susto colorido



Queridas lectoras (y lectores también), por fin encuentro el tiempo para retomar esta sana costumbre de compartir mis experiencias como mamá de dos niños, como profesionista, mujer y todo lo que estos agotantes roles combinados implican.

La anécdota que les voy a compartir en esta ocasión, sucedió hace al rededor de 8 o 9 meses, y desde que me pasó pensé en compartirlo con ustedes, primero con fines informativos, y luego con fines recreativos porque es realmente chistosa, cuando menos ahora que lo veo a la distancia.

Resulta que mi esposo se había ido de viaje por su trabajo, se atravesaba el fin de semana y el único plan disponible era unirme al viaje al rededor del medio maratón que correrían mis papás y mi hermana, esos viajes que me fascinan porque tienes que invariablemente comer carbohidratos un día antes (aunque se te queden guardados por la eternidad porque no vas a correr), dormirte a las 8:30 pm a más tardar, y levantarte a las 6:00 am con olor a linimento para deportistas.

En fin, era eso o quedarme en la casa con los dos niños sacándonos los ojos, asi es que decidimos empacar e irnos a la aventura. Nos fuimos con Carol, su esposo y Lucía a Querétaro, el viaje de ida transcurrió sin contratiempos, solo nos detuvimos en una ocasión para que los niños hicieran pipí y para comprar algunos dulces y porquerías para quitarnos el hambre y para empezar a acumular carbohidratos.

Tardamos horas en atravesar la ciudad, con un tráfico terrible y un calorón, llegamos al estacionamiento de la expo en dónde entregan los números, (otra de las dinámicas que me encantan), con los niños ya histéricos y después de una extraña maniobra de mi cuñado al volante que dejó mi camioneta sin defensa trasera, por fin nos reunimos con mis papás que venían de Morelia. Total, para no extenderme tanto fuimos al hotel a dejar las maletas, comimos, caminamos (para estirar) y nos encerramos en el hotel, yo en el cuarto con mis hijos que no tenían ni medio sueño.

Antes de seguir, quiero platicarles un poco del momento por el que estaba pasando mi vida, para ponerlas un poco en contexto; resulta que unas semanas antes yo había regresado a trabajar, había aceptado una propuesta muy interesante de quien había sido mi Jefa 4 años antes, y en ese momento tenía una serie de sentimientos encontrados. Una de las ventajas de mi trabajo era el flextime, que me permitía estar en la oficina toda la mañana, y después recoger a mis hijos en la escuela para disfrutarlos (a veces aguantarlos) el resto de la tarde, pero creo que como la mayoría de las mujeres, sentía cierta culpabilidad, y mi manera de canalizarlo fue con una extraña e intensa preocupación por la salud de Gabriel, mi hijo mayor, quien había entrado recientemente a primero de kinder. Gabriel toda su vida ha sido un niño muy sano que rara vez se enferma, pero en esas semanas lo empecé a notar más cansado de lo normal, quejumbroso, y entre mi hipocondria y mi gran imaginación empecé a pensar lo peor.

Esa noche (ya regresé al viaje), antes de dormirnos llevé a Gabriel al baño, y noté que su pipí era de color rosa. Al principio entré en pánico y él me preguntó porqué su pipí era de ese color; yo disimuladamente le contesté que no sabía pero que no tenía de qué preocuparse. Lo llevé a la cama y lo dormí junto a mi, y como nunca falta el drama en mi vida, empecé a escuchar una música de fondo como en las películas gringas, y a inventarme una historia que me mantuvo despierta casi toda la noche.

Los niños como siempre se despertaron tempranísimo, y yo sólo pensaba en llevar a Gabriel al baño para ver el color de su pipí. Llegó el gran momento y el color no era rosa, era fuscia, casi fosforescente, y entonces me empezaron a sudar las manos. Sabía que los corredores ya estaban en los aeróbics de calentamiento, entonces con mucha pena fui al cuarto de mi cuñado que se había quedado con Lucía, para ver si ya habían despertado. Muy amable como siempre me abrió la puerta y me escuchó atentamente, mientras le enjareté a los dos niños le hablé al doctor y le conté mi desgracia. El doctor, muy tranquilo, me comentó que la única manera de saber que tenía Gabriel era haciendo un examen general de orina, y yo ni tarde ni perezosa cambié a los niños y les pedí a Juan y a Lucía que hicieran lo propio.

Ahí empezó la verdadera aventura del viaje. Nos subimos los 5 a un taxi y le pedimos que nos llevara a la cruz roja, que por cierto estaba lejísimos. Llegamos a preguntar por el laboratorio y como era de esperar estaba cerrado, pero amablemente nos enviaron a otro hospital, al que podíamos llegar caminando. Emprendimos nuestro trayecto, agradeciendo los carbohidratos que habíamos consumido el día anterior, y llegamos a formarnos y a pagar la consulta correspondiente. Para esto los niños ya se estaban portando fatal, y nos pedían una concha o lo que les pudieramos dar para comer porque se morían de hambre.

Por fin entré con Gabriel a la consulta, nos atendió un doctor extremadamente amable, seguro por mi cara y mi actitud de mamá aprensiva y compungida. Me preguntó cual era el problema y le conté toda mi desgracia, con voz entrecortada y a punto de soltar el llanto. Después de una pausa el doctor, muy despacio, me preguntó si mi hijo no había comido "esas obleas de colores que a los niños les encantan, ya sabe", y yo entré en shock. 

Efectivamente las obleas eran parte del repertorio de porquerías que comimos el día anterior, y les llamo porquerías porque no son más que harina con colorante. De todos modos para descartar cualquier otra cosa le hizo un análisis rápido a la pipí de Gabriel con una cinta de colores, y resultó que no tenía absolutamente nada.


Probablemente a estas alturas de la lectura ya están llegando a distitnas conclusiones, como "que exagerada", que fue lo que pensó Carol un par de horas después cuando me comentó que Lucía había hecho pipí azul y de otros colores, o "pues cómo le das eso a tus hijos"... En fin, mi objetivo, además de compartir y entretener, es tratar de evitar que alguna de las mamás o papás que nos leen pasen por una experiencia tan amarga como ésta, porque aunque ahora me río , fueron de verdad momentos angustiantes que no le deso a nadie. mj

Ilustración de Carmen Lara

viernes, 27 de abril de 2012

Semana 31


Mañana cumplo 31 semanas de embarazo, y como es natural a estas alturas y con estos calores, me siento gigante, cansada, MUY poco atractiva y algo incómoda.

Sin ánimo de justificarme porque se me han ido las semanas sin escribir, este embarazo se me ha pasado increíblemente más rápido que el primero, y aunque se lo atribuimos a una serie de factores, creo que el principal es el ritmo de vida que llevas cuando tienes un hijo de dos años que no para un instante.

Y es que no deja de impresionarme cómo es que ya pasó tanto tiempo de esa experiencia feliz y aterradora de convertirme en mamá por primera vez, de tener a mi hijo minúsculo en los brazos y no poder dejar de pensar ¿cómo le voy a hacer?, pero lo cierto es que han sido mucho más los momentos felices, y a estas alturas puedo decir que es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Una de las razones por las cuales me siento tan cansada, es la frecuencia con la que tengo sueños (o pesadillas) que provocan que me despierte alterada e intranquila. Como ya se los conté antes, siempre he sido de esas personas que tienen sueños muy reales, algunos agradables que incluyen personas o lugares que me encantaría volver a ver, y otros que asustan a cualquiera después de oír mi reseña.

He leído en algunos sitios de internet y libros, que es de lo más normal que las mujeres embarazadas soñemos con situaciones que proyectan nuestros miedos, inquietudes, e incluso nuestras inseguridades. Me dio mucha risa enterarme, de que es común que una mujer que está pasando por este periodo de total transformación, sueñe que su esposo o pareja vive una "situación romántica" con otra persona; y es que resulta lógico que nos sintamos inseguras al vernos diferentes y forzadas a usar la no siempre favorecedora ropa de maternidad. Sobra decirles que a mi esposo no le pareció tan simpático, cuando le reclamé una serie de acontecimientos que cuando menos en mi cabeza, fueron inquietantemente reales.

En estas últimas semanas lo que más preocupaciones y angustias me causa, es el hecho de pensar en lo que viene, en los riesgos (aunque sean mínimos) que existen de que me pase algo a consecuencia del nacimiento de Jerónimo, mi segundo hijo (que por cierto, el nombre ha causado gran debate, ya les contaré en otra entrada). También he leído que esto es normal, porque cuando ya tienes un hijo es inevitable preocuparte por el futuro, piensas en supuestos y situaciones que la primera vez no te pasan por la mente, y cuando menos en mi caso, también me tortura mi inconsciente egoísmo al solo soñar que me preocupo por el grande, y no por el indefenso bebé que está a punto de llegar al mundo y que me necesita más que a cualquier otra persona.

En fin, después de compartirles mis tristezas y frustraciones, también les cuento que estamos muy emocionados porque cada vez falta menos para conocer a nuestro segundo hijo. Arriba les comparto una foto de su cuarto, en el que he tenido que trabajar como loca porque antes era nuestra "oficina", y fue necesario deshacerme de un montón de cosas que podrían ser motivo de otra historia para contar.

Por ahora me voy sin hacer más promesas de que escribiré pronto o con mayor frecuencia, porque los días se me van volando y la computadora se vuelve la última de mis prioridades, pero sin duda este espacio es un gran desahogo para mi, así es que por mi bien espero ser más constante. mj



jueves, 25 de agosto de 2011

Entre la torta ahogada y el supermercado...


Algo tarde pero por fin escribo. La verdad tenía casi pensado saltarme el día y no hacer AF el día de hoy, Michelle me dio permiso pero… ahorita mi hija por fin duerme y me entró un poco el remordimiento de consciencia (es extraño pero AF se ha vuelto una responsabilidad, que como tal tomamos muy en serio) pero más que nada me dieron ganas de contarles nuestra pequeña odisea del día de hoy.

Resulta que yo ya empecé a trabajar (otro día les contaré más al respecto) y mi hija empezó de nuevo a ir a la escuela (en otra ocasión les contaré  MUCHO más al respecto) por lo que esta semana ha sido algo pesada pues estamos las dos tratando de reajustarnos y adaptarnos a los cambios en  nuestras vidas.

Así las cosas para lo último que me da tiempo es para hacer la comida, actividad que desde que nació mi hija detesto más que nunca, sobre todo porque me agarra desprevenida y por mucho que trate de organizarme, cuando me doy cuenta ya es la hora y tengo que preparar algo de volada que sea medianamente saludable y nutritivo para mi hija, pues yo a veces termino comiendo cereal, papás o cualquier cosa que me encuentro en el camino.

Hoy fue uno de esos días en los que el reloj estuvo correteándome y por supuesto cuando llego la hora de la comida no había nada listo, Michelle amablemente me había comentado que había puesto a cocer brócoli y tenía algo de pasta –alcanza para los niños, nosotros luego vemos que comemos-  muchas veces con alimentar a los hijos nos basta, pero hoy yo moría de hambre y por el tono de Michelle intuía que ella también, así las cosas le hice una de las propuestas más indecorosas que se pueden formular –¿oye y si nos alocamos y nos lanzamos a comer tortas ahogadas?- Michelle NO PUEDE resistir este platillo tapatío que para quien no lo conozca consiste en una torta con bolillo salado y deliciosa carne de puerco picada en su interior, uno la “baña” con salsa de jitomate, salsa picosa, col, cebolla, limón y un poco de sal (¡ya estoy babeando!), el caso es que aceptó encantada y quedamos que pasaría por ella y su hijo en cinco minutos, para que se den una idea de la relación entre Michelle y las tortas les digo que apenas íbamos saliendo de la casa cuando vimos a Michelle y a su hijo caminando por la banqueta, ¡fue tanto el antojo que no aguantaron y llegaron caminando a la casa!

En cuanto llegamos a las tortas nos dividimos, mientras una va a comprar la comida y cuida a los niños la otra a la velocidad del rayo arrastra las sillas y acomoda el lugar en donde nos vamos a instalar, luego subimos a los niños y por fin llegan los manjares. A los niños como buenos tapatíos les encanta este platillo, pero en esta ocasión mi ahijado nos sorprendió pues agarraba puños de carne y como naufrago se los metía a la boca encantado de la vida.

Después de cincuenta servilletas y un reguero de carne en el piso (que por más que intentamos recoger quedo hecho un chiquero) salimos del restaurante, todos satisfechos y contentos.

Michelle tenía que ir al súper y yo muy valiente le dije –si quieres vamos de una vez- así que trepamos a los niños en un carrito del supermercado que parece coche y empezamos el recorrido.

¡¡¡Error!!! Apenas atravesamos el pasillo de entrada los dos “recién comidos” empezaron a pedir todo lo que veían a su alcance, jugaron tres segundos con el volante del pesado e impráctico carro del súper y luego gritaron “pan”, a toda velocidad Michelle fue por el pan que tenía que comprar y lo escondió mientras yo los entretenía con unos bailes alusivos a las verduras y frutas que se encontraban cerca de nosotros. En el pasillo de las galletas, tortillas y demás los dos intentaron brincos casi suicidas con tal de salirse del carro y tomar una galleta. En los congeladores mi hija se dio cuenta de que su querida madrina había puesto una bolsa de ciruelas pasas y ¡oh perdición! No hubo poder humano que la tranquilizara, una ecuánime  y tranquila Michelle me dijo –ábrelas y dale una, de todos modos las vamos a pagar y la verdad pobres están chiquitos y se les antoja lo que ven- yo me sorprendí con su comentario, abrí las ciruelas y le di una, dos, tres… su hijo a quien ni le gustan también se comió unas cuantas.

Dos minutos después empezaron a pedir otra cosa Michelle como energúmeno les dijo –no ya comieron ciruelas, ahora espérense que ya casi nos vamos-, mi hija aventó un paquete de cuernitos que traía en las manos y aplastó la lechuga que mi hermana se había tardado tres horas en escoger y que después de ver algo abollada decidió ir a cambiar.

El tiempo paso y los niños siguieron alocados, gritando y pidiendo TODO lo que veían a su paso, a ratos se abrazaban entre ellos y se volteaban a ver como diciendo –hay que tener calma o si no estás viejas se van a volver locas-

Por fin llegamos a la caja, pagué tres cosas y cargué a mi hija mientras el hijo de Michelle se las arregló para sacarle el palo a una paleta payaso y comerse el bombón que tenía pegado, mi hija empezó a gritar porque también quería paleta y un poco de todas las porquerías con las que saturan las cajas. Cuando por fin nos íbamos mi ahijado se aventó pataleo emocionado y aplastó por completo la lechuga que con tanto esmero su mamá había seleccionado, cambiado y cuidado en todo el trayecto. A estas alturas solos nos volteamos a ver, nos atacamos de la risa y juramos que por un tiempo cada quien irá al súper sola. Nuestros hijos están en una edad en la que no son en absoluto compatibles con este tipo de lugares. cj

PD 1: al final esta publicación saldrá el jueves y no el miércoles como me tocaba, pero ayer mientras escribía mi hija se despertó y yo tuve que abandonar el teclado y dirigirme con ella al parque más cercano.

PD2: no acostumbramos poner fotos de los niños pero la imagen del día e hoy dice más que mil palabras ;-)

PD3: son mucho más bonitos en persona!!.

lunes, 22 de agosto de 2011

Extrañas aficiones...


Hay ciertas aficiones de mi hija que me causan una enorme curiosidad. Es verdad que uno revive su infancia con los hijos, sobre todo porque volvemos a observar lo que no veíamos desde hace mucho tiempo y actividades cotidianas y sin importancia vuelven a ser todo un ritual.

Hace unos cuantos meses tuve a bien mostrarle a mi hija por primera vez un cepillo de dientes, ya lo conocía pues con frecuencia me veía lavarme los dientes y se carcajeaba cuando la saludaba con la espuma de la pasta asomando por mi boca. La primera vez que le entregue su pequeño cepillo rosa, con un poco de agua pero sin pasta, lo primero que hizo fue intentar peinarse, después de reírme un poco pensé que era lo más sensato, si uno nunca ha visto dicho instrumento y por el contrario ha pasado mucho tiempo jugando con el cepillo del pelo, es lógico inferir que el pequeño cepillito sirva para lo mismo.

Después de explicarle que el nuevo instrumento era para la boca y no para los dientes, de lavarme los dientes al por mayor buscando que me imitara y de cantarle todo tipo de canciones alusivas a la higiene bucal, mi niña empezó a entender la actividad. Encantadas nos lavábamos los dientes después de cada comida, nos despedíamos del cepillo y presumíamos nuestro fresco aliento a los cuatro vientos.

Yo me sentía muy orgullosa por iniciar a mi hija en está actividad que creía ya conocía de principio a fin. Pero mi hija empezó a desarrollar una pasión desmedida por el cepillo de dientes y nuestra rutina antes llena de risas y cantos, se convirtió en un ritual de culto hacía todos los cepillos de dientes de la casa, mismos que por supuesto quería portar a todas horas y llevar a donde fuera.

Pasé de llamarla para lavarnos los dientes a esconderme en el baño y lavarme en absoluto silencio para que no me descubriera, mi esposo que no conocía del todo la nueva obsesión de nuestra hija al principio le entregaba su cepillo sin problema y luego se quejaba de que lo dejaba casi inservible y con un ligero sabor a perro (por supuesto mi hija compartía su hallazgo con su peludo cómplice).

Toda mi familia cayó en la trampa de prestarle a mi hija su cepillo de dientes, mismo que le devolvía hecho un asco. Michelle asombrada me preguntaba por qué le llamaba tanto la atención y como no queriendo comparaba el uso justo que mi ahijado le daba al cepillo – yo sólo mojo un poco su cepillo, llamo a mi hijo y le digo los dientes de arriba, de abajo, de un lado y de otro, se los lavo y ¡listo!- yo sonreía hipócritamente y no decía nada.

Pero llego un día que sin aviso mi amado ahijado cayó en el vicio, pasé por Michelle y su pequeño para ir de paseo, (llegué tarde, harta y peleada con mi hija que no quería soltar el cepillo) y taraaaaaaaaaaan salé Michelle con su hijo y ¿qué trae en la mano? ¡¡¡su cepillo de dientes!!!, antes de que lo vea mi hija le pido que lo quite y me dice –quítaselo tú, yo traté y llora como magdalena- dicho y hecho se lo quite y el llanto total.

Actualmente ha disminuido un poco el fervor de ambos para con el asunto de la higiene bucal, hay días en los que se acuerdan y no sueltan el cepillo y otros en los que pueden lavarse el puñado de dientes que tienen, despedirse y no hacer mayor drama. Pero otros en los que dejar el cepillo les cuesta sudor y lágrimas. Un día mi papá tuvo el atrevimiento de decirles -¿quién se quiere lavar los dientes con abuelo?- los dos brincaron de emoción y lo siguieron hasta su cuarto, después de un rato Michelle, mi mamá y yo solo lo oíamos decir –ya se acabó, dejen el cepillo y vamos  a hacer otra cosa- tardó un buen rato en convencerlos y cuando por fin estuvo listo bajaron todos tan campantes, mi papá les dijo –ahora díganle a su mamá que ya se lavaron los dientes y hasta les puse cremita para que no se les reseque la boca- nos los entregó felices y sin saber que habíamos escuchado todo el alegato sobre los cepillos. Curiosamente desde aquel día mi papá corre a lavarse los dientes sin invitar a nadie a que lo acompañe. cj

Ilustración Carmen Lara

miércoles, 3 de agosto de 2011

Caso práctico parte II


El viernes de camino a la clase, mi esposo y yo comentamos el caso en términos muy generales. Lo que a mí en realidad me interesaba, era saber cuál era la dinámica que seguían normalmente, pero él como el estudiante dedicado que es (por no decir nerd), me entregó mi juego de copias con un esquema complicadísimo que contenía por separado los hechos, los problemas y las posibles soluciones.
Al principio todas las parejas nos mostramos tímidos y callados, escuchamos atentamente a la maestra, que resultó ser una mujer sumamente preparada, y que además de psicóloga e instructora de padres en distintas escuelas, es esposa y mamá; después de un rato nos separaron en grupos más pequeños para comentar nuestro análisis.

Fue muy chistoso que, inmediatamente después de que nos sentimos más en confianza, las mujeres empezamos a hablar sin parar, y mientras los esposos hacían propuestas en relación a la productividad de la empresa y la necesidad de lanzar nuevos productos al mercado, nosotros insultábamos a la mujer que se atrevía a perseguir abiertamente sus aspiraciones profesionales, sin tener una clara necesidad económica, y sin remordimientos por dejar a sus tres hijos por más de diez horas diarias en la guardería.

De antemano señalé que el caso me generó sentimientos encontrados, porque siendo honesta me hubiera encantado ser una súper mujer, y tener oportunidad de conservar mi extenuante trabajo y simultáneamente ser madre de tiempo completo, pero la realidad es que es muy difícil encontrar el equilibrio entre dos tareas tan demandantes, y aclaro que estoy hablando concretamente del caso que refiere a una mujer con tres hijos y que busca superarse a nivel profesional a costa de lo que sea.

En el receso tuve oportunidad de platicar con otras esposas, y después de intercambiar información básica sobre nuestra familia (cuántos hijos tienes, de qué edad, etc.), discretamente externamos nuestras frustraciones laborales, ¿y trabajas? no (en voz baja para que no se oiga tan real), ¿y a qué te dedicabas antes de ser mamá de tiempo completo? … , ¿y extrañas? si claro, pero seguro más adelante tendré oportunidad de retomar mi carrera; y mientras, los esposos solo nos observan, como si en el fondo sintieran culpa.

Regresamos todos al salón, y ya después de un encuentro más cercano, de un café y unas galletas, entonces empezaron los alegatos. De entrada identificamos los problemas, y por unanimidad decidimos que la mujer tenía que aclarar sus prioridades; una señora ya más grande levantó la mano, y señaló que la agenda de esta mujer era por demás ridícula e imposible, y claramente molesta habló de su experiencia personal, “yo tengo hijos y trabajo alrededor de tres horas diarias, a veces salgo tan cansada que solo oír sus ruidos me molesta, no me explico cómo esta mujer, después de diez horas de estar en la oficina, dice que llega a su casa a jugar con sus hijos, eso no es cierto”, y continuó, “una cosa es trabajar por necesidad durante un tiempo razonable, y otra es dedicarle todo el día a tu realización profesional y que tus niños sean hijos de la nana”.

Se oían los murmullos, algunos asentábamos con la cabeza, otros no parecían estar de acuerdo, la maestra puso orden y volvimos al caso; es cierto que esa agenda es por demás exagerada, señaló, no conozco a una mujer que le dé de desayunar a sus hijos, los vista, se arregle y ordene la casa en cuarenta minutos, pero no perdamos de vista que esa agenda la desarrollo por solicitud de la empresa, a raíz de una serie de despidos en puerta.

Y continuamos con la discusión, un valiente señor señaló que si era posible que las señoras fuéramos mamás de tiempo completo y trabajáramos; con un claro temblor en su voz resaltó que su esposa era dueña de su propia empresa, y que le dedicaba todo el tiempo que su hijo estaba en la escuela. Ahhh, lo interrumpió la maestra, pero entonces tu hijo ya está más grande y ya no está en los primeros años que son los más demandantes para las mamás, el señor se limitó a voltear a ver a la esposa con una mirada de “yo lo intenté”.

La maestra moderó las discusiones con un gran talento, nos dio la palabra tanto a alumnos como a esposas que ansiosas levantábamos la mano para emitir nuestra opinión y hablar de nuestras propias experiencias, y así llegamos a la etapa de conclusiones. Después de agotar las posibilidades para que la empresa tuviera éxito en sus próximos lanzamientos, y de negarle la vicepresidencia al jefe del proyecto, hablamos de la mujer en discordia.


Parece que nuevamente me extendí demasiado, la última parte se las comparto el Viernes. Gracias a quienes ya nos mandaron su punto de vista (Ana y Anónimo), esperamos que sus opiniones sigan llegando. mj

Ilustración: Carmen Lara

lunes, 4 de julio de 2011

¡Panchito, Panchito!


Antes de que naciera mi hijo humano, tuve a un hijo chaparro y peludo llamado Pancho; se trata de mi perro chihuahueño, quien a pesar de ser bastante histérico, principalmente con las personas que me han ayudado con la limpieza de mi casa, y de tener una fijación por apropiarse de muebles y esquinas “marcando su territorio”, es parte de la familia y es altamente valorado, principalmente por el miembro más joven.
Pancho tiene casi seis años perro, lo que se traduce en cuarenta y dos años humanos según mi Papá, a quien le tengo toda la confianza en esos temas caninos (y en otros también). En un principio cuando lo llevé a mi casa, aún soltera y viviendo sola, era la alegría del hogar, deseaba salir del trabajo para verlo y abrazarlo, y el siempre me recibía con todo el gusto del mundo. Después me casé y mi esposo lo adoptó sin condiciones, éramos una familia en toda la extensión de la palabra.
Así transcurrió el tiempo hasta que llegó mi hijo “verdadero”, fue ahí cuando me di cuenta que ningún amor anterior se parecía o acercaba al que estaba sintiendo en ese momento, incluyendo obviamente al que le tenía a mi perro.
Cuando llegamos a la casa con nuestro bebé, Pancho nos recibió con mucho gusto a mi esposo y a mí, pero analizaba y olía confundido el bambineto en donde poníamos a mi hijo, se veía preocupado cuando oía sus llantos, y no entendía porque lo callábamos con insistencia cuando empezaba a ladrar como acostumbraba cuando alguien se acercaba a la puerta.
Los primeros meses fue muy difícil la convivencia, como es natural, todo mi tiempo y amor estaban dirigidos a una sola persona y no había lugar para el pobre perro, quien desesperado trataba de llamar nuestra atención con las peores estrategias, mismas que le causaban constantes regaños y castigos en el jardín.
Por su parte, en sus primeros meses de vida mi hijo ya conocía perfectamente a su “hermano mayor”, ya estaba acostumbrado a los molestos ladridos, y cuando se le acercaba lo acariciaba sin ningún miedo. Pero fue cuando cumplió alrededor de siete meses, cuando empezó con los primeros intentos por taclearlo y abrazarlo, y a raíz de su frustración por los constantes escapes de Pancho, fue que empezó a gatear detrás de él.
Así las cosas, la mayoría de los logros tempranos de mi hijo, que incluyen gatear y caminar, se los podemos atribuir a su amor por el perro, y a su insistencia por estar lo más cerca de él; y Pancho, desde que lo vio caminar, entendió que es un humano más en su familia (el gateo le generaba tremendos conflictos de rivalidad), y ahora también es cariñoso y lo cuida y protege.
Ese amor mutuo, además de provocar mi orgullo por haber logrado que mis dos hijos coexistieran sin mayor conflicto, es el que me da tranquilidad al ver que mi hijo (el humano), tiene una tremenda fijación por las camas de los perros en general; igualmente tuvo que ver mi familia (principalmente Mamá y Hermana), quienes después de cuidarlo un fin de semana que mi esposo y yo viajamos, me lo devolvieron con unas extrañas costumbres, y en cuanto le dicen ¡Panchito, Panchito!, mi pequeño corre directo a la cama del perro y se revuelca y juega como su hermano mayor. mj
Ilustración: Carmen Lara

martes, 31 de mayo de 2011

último de la lactancia... por ahora


El domingo en la noche, como de costumbre, le leí a mi esposo lo que había escrito para nuestras lectoras de Ácido Fólico; le pregunté su opinión y me respondió literalmente: “me parece muy bien, pero ¿no tienes nada feliz que decir?”. Confieso que de entrada, como buena Abogada, me defendí y le di una serie de argumentos, que aún considero válidos, de porqué decidí compartir los momentos difíciles de la maternidad, y en particular de la lactancia, pero tengo que aceptar que finalmente me dormí con una sensación de culpa.

La realidad es que si tengo muchas cosas buenas que decir en relación a la lactancia, en principio, que mi hijo no se enfermó durante los siete meses que yo lo alimenté, que si es cierto que crea un lazo inexplicable, aunque sea de dolor compartido, que me ayudó a recuperar mi peso en poco tiempo, y por qué no, también acepto que me ahorro lavar unos cuantos biberones al día y unos cuántos miles de pesos en las costosísimas fórmulas lácteas.

Es cierto que a veces es mucho más fácil compartir los momentos difíciles, porque te sirve de desahogo y te consuela saber que hay otras mamás que también sufren, y sienten culpa, y se rinden, pero eso no le resta mérito a todos los momentos felices que compartes con tu hijo o hijos, del orgullo que te da cuándo hacen alguna gracia por insignificante que a los demás les parezca, y de la inigualable sensación de cuando solo quieren estar en tus brazos.

Yo acepto que sufrí mucho física y emocionalmente, durante las primeras semanas vivía en una constante lucha entre darme por vencida o no quitar el dedo del renglón, y finalmente opté por vivir el día a día, y así se pasaron los meses.

Hoy ya no me acuerdo del dolor, y estoy dispuesta a vivirlo nuevamente si tengo la fortuna de ser mamá por segunda vez, solo espero tener una mejor suerte. Eso sí, ya nadie me cuenta lo que implica y no me tomará por sorpresa; planeo asolearme topless, como alguien me lo recomendó, para evitar la sensibilidad extrema, y cualquier otro consejo será bien recibido. mj

Ilustración Carmen Lara

lunes, 30 de mayo de 2011

¡¡¡Qué calooooor!!!

Amanece con el pelo húmedo y revuelto, la cara pegostiosa y las manitas llenas de pelusa que va recogiendo quién sabe de dónde durante la noche. Desayuna y pequeñas gotas de sudor nacen en su frente. La cambio, le lavo la cara y las manos, se refresca unos cuantos minutos y casi desprovista de ropa empieza nuevamente a sudar. Corre, juega, brinca, se cae, grita, canta, baila y suda. ¡cómo suda! Cada cinco minutos se oye: agua, abuaa, aggguaaaa, mamágua, mamaaaa. En ese instante tengo que llenar el vaso, y correr hacía ella que me espera al borde de la deshidratación. El día entero transcurre en una lucha contra el sol y el calor, junto con todo tipo de esfuerzos por mantenerla hidratada. Si la subo al coche suda, si nos quedamos en casa suda, si la acuesto a dormir una siesta suda (y se despierta empapada y con un genio terrible), por la tarde sigue sudando, come sudando y me abraza y besa ¡también sudando!, la única tregua es mientras está en la tina con el agua más bien fría y rodeada de dinosaurios y patos que también buscan refrescarse un rato. Pero en cuanto sale del agua, la encremo y le pongo la pijama (que consiste en un pedazo de tela tan pequeño que parece la ropa de un diminuto perro chihuahueño) empieza nuevamente a sudar. Si le pongo el ventilador amanece ronca o mormada, si no le pongo nada, a media noche tengo que cambiarla porque está completamente empapada y… ¡¡¡no llueve!!!

Sí, tiendo a ser exagerada y más al escribir. Pero quien esté en Guadalajara en este momento, sabe que me quedo corta: el calor es insufrible. No hay viento y cada día la ciudad se siente más bochornosa. Es imposible pasar tres minutos sin empezar a sudar a borbotones; en el momento en el que uno sale de la regadera, quiere volver a entrar. Nosotros, “los grandes” entendemos que hace calor y no nos queda más que aguantarnos. Los niños como la mía, que apenas hablan y sienten que se derriten y nadie acude en su auxilio, se hartan, gritan, lloran y no saben que diablos pasa.

Y no hay nada, absolutamente nada, que uno pueda hacer para aminorarles el sauna en el que les está tocando vivir, no pueden pasar el día en el chorro de la manguera o dentro de su bañera, y ni la ciudad ni nosotros estamos preparados para estos calores.

Los lugares que cuentan con aire acondicionado son espacios comerciales ¡vaya solución!, ir a meterse a una tienda para resguardarse del calor (sale peor el remedio que la enfermedad).  Los parques y las plazas no se pueden habitar, el sol taladra la piel y el calor verdaderamente atonta a cualquiera.

Por lo pronto Michelle y yo estamos en una campaña intensa de bailes a todas las divinidades asociadas a la lluvia y el viento. Somos aguadoras profesionales que proveen del vital líquido a su hijo o al ajeno. Hemos aceptado que nuestros hijos no vestirán todos los trajecitos que les han regalado para la temporada y danzaran por el mundo casi encuerados y calzando huaraches todo terreno, nos hemos hecho casi expertas en ignorar cierto tipo de gritos relacionados con el calor, los embadurnamos todo el día de protector solar y fingimos que no estamos a punto de la locura cada vez que los sacamos del coche dormidos con apariencia, olor y consistencia de taco sudado. cj

Ilustración Carmen Lara

martes, 24 de mayo de 2011

Compartir el embarazo (parte 2)



Por azares del destino (y de la burocracia que corroe lo bueno que hay en nuestro país), en unas cuantas semanas tendremos (yo, mi esposo, hija y perro) que dejar Lagos de Moreno y regresar a vivir a Guadalajara.

Aunque sigo haciéndome a la idea de todos los cambios, algo que sin duda me ilusiona es la idea de tener cerca a Michelle y a su familia. Porque aunque en ocasiones nos vamos a sacar los ojos, insultar y dejar de hablar por días, las dos sabemos que por ahí está la otra y que el pleito no será eterno.
Porque hasta el pleito que parecía imposible de resolver lo resolvimos…

Y es que no están ustedes para saberlo ni nosotras para contarlo pero Michelle y yo nos aborrecimos durante nuestros respectivos embarazos. Ella dirá (ya dijo) que yo no la soportaba, pero en realidad en un ejercicio de honestidad creo que el rechazo fue mutuo.

Y es qué: ¿quién quiere compartir su embarazo?

La idea de dos hermanas que pasan por la dicha de convertirse en madres al mismo tiempo, suena romántica y parece (para quién no lo ha vivido) una experiencia extraordinaria.

La realidad, al menos en nuestro caso, fue muy distinta.  Pónganse un poco en mi lugar no había pasado ni un mes de que había anunciado con bombo y platillo mi embarazo cuando tataaaaaaan Michelle descubre que ella también está embarazada. Yo recibí la noticia  de su embarazo con una felicidad que sorprendió hasta a mi esposo, sin embargo después de unas cuantas horas empecé a sentir que pasaba de ser la actriz principal a una actriz de reparto que ni siquiera aparece en los créditos. Me sentí furiosa, culpable de sentir lo que sentía y frustrada por no poder decirlo.

Entre ascos, hormonas, los aspavientos propios de la noticia de un embarazo y la certeza absoluta de que lo importante en ese momento era dedicar todas mis fuerzas, piensos y energías a MI embarazo, me aislé hasta donde pude y cuando nos veíamos por más que lo intentaba siempre caíamos en comparaciones y pleitos.

De vez en cuando hablábamos por teléfono pero al colgar me quedaba la sensación de estar hablando más con una desconocida que con la hermana con la que compartía cada anécdota y aventura de mi vida.

La gente, que sin saber pensaba que nos habíamos puesto de acuerdo, cada vez que nos veía (juntas o separadas) nos preguntaba por la otra –cómo va tu hermanita-, -que bonito que comparten esta etapa tan mágica y maravillosa-, y aquellas amistades un poco más ácidas y que conocen lo complicada que es nuestra relación atinaban a decir –¡hasta en esto se pusieron de acuerdo! ¿o fue casualidad?- nosotras intercambiábamos miradas y solo sonreíamos mientras pensábamos: si supieran que no soporto a esta vieja, que nunca volveremos a ser las hermanas que fuimos, que es una hipócrita, egoísta….. etc. Etc.

Como ya lo contó Michelle después de que nació mi hija nos volvió el amor y nos unimos más que nunca. Yo no imaginé querer a mi sobrino con la fuerza que lo quiero y jamás me he sentido más acompañada que al platicar con mi hermana de todo lo que implica ser mamá.

Ahora que ha pasado el tiempo creo que la sincronía de nuestros embarazos fue un poco de todo, un acuerdo inconsciente entre las dos, casualidad porque nuestros cuerpos respondieron rápido al deseo de ser madres (que por supuesto consistió en algo más divertido que solo desearlo y pedirle mucho a Dios, como según mi mamá se hacían los bebés), y  la encrucijada de querer compartirlo todo pero también querer ser protagonistas.

Quien tenga una hermana sabe lo profundo y complejo de esta relación en la que de entrada se empieza por compartir a los primeros amores: los padres. En nuestro caso siempre hemos estado juntas; gozando de los más absurdos ataques de risa o tristes y en el llanto más hondo, a favor o en contra de los que nos rodean, a partir y a pesar de lo diferente que somos. Tenemos un lenguaje que no necesita palabras, códigos que se han escrito desde que apenas caminábamos y también cómo no, una manera de discutir, pelearnos e insultarnos muy particular (si no nos creen, pregúntenle a nuestros esposos que han padecido todos nuestros pleitos).

Seguramente Ácido Fólico seguirá siendo testigo de todo lo que acontece en nuestra relación, misma que seguiremos compartiéndoles. 


Y a todo esto ¿aborrecieron a alguien durante su embarazo? ¿a quién? ¿por qué?. cj


La ilustración la diseñó mi mamá como invitación de un baby shower que nos hicieron juntas, cuando la vimos las dos llorábamos de la risa, al ver a dos niñas agarradas de la mano con tremendas panzas, porque la verdad que ya nada de niñas y en esos tiempos NADA de andar tomadas de la mano proclamando nuestro amor. (pero gracias mamá, por aguantarnos y siempre tratar de conciliar, guardamos el tema de todo lo que te ha tocado soportar para otro día…).