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jueves, 6 de marzo de 2014

Regalos de cumpleaños




Pues, aquí estoy. De regreso porque tengo una duda existencial que me carcome. En apariencia no es nada importantísimo, pero precisamente por eso me parece relevante porque a muchas mamás y papás nos preocupa y no se habla del tema.

La cuestión es la siguiente. Hace un par de semanas Lucía cumplió cuatro años, lo celebramos con una fiesta modesta, Lucía invitó a sus amigos y nosotros aprovechamos la ocasión para invitar a algunos de nuestros amigos. Todo sencillo.

La cumpleañera se la pasó de maravilla, encantada con el brincolín y la actividad que previamente ella había planeado (que le contáramos a sus amigos su cuento favorito y luego todos pudieran pintar). El pastel casero (confeccionado por la abuela), fue un éxito y el mini bolo (tres dulces típicos morelianos) también fue bien recibido. Todo fue felicidad, juegos, niños alegres (sin estar sobre estimulados) y papás tranquilos. 

Todo, menos el momento en el que la fiesta concluyó y nos percatamos del montón de regalos que tenía Lucía.  La fiesta fue en el jardín del lugar en el que vivimos, a diez metros de mi casa y aún así tuvimos que dar varias vueltas para llevar los regalos a la casa.

Por supuesto, Lucía quería abrirlos. Yo me sentía atrapada, no sabía qué hacer para enseñarle a mi hija que lo maravilloso de su cumpleaños era el año nuevo que empezaba y la convivencia llena de juegos y risas que había tenido con sus amigos, no los regalos.

Como era tarde la solución fue permitirle  abrir los regalos (quitarles el papel de envolver o sacarlos de las bolsas) y luego desempacar solo dos. Eran tantas cosas que mi hija mal veía una cosa cuando ya estaba rompiendo el papel de otra caja. Al final no tenía idea de qué tanto le habían dado y decidió abrir un playmobil y una muñeca, jugó con ellos cinco minutos y luego se metió a bañar y se durmió.

En cuanto ella se durmió yo bajé a ver qué le habían regalado. En principio me sentí agradecida ante el despliegue de juguetes, ropa y libros, pero luego me sentí algo apenada por la cantidad de cosas y el costo de las mismas.

Desde que nació Lucía mi esposo y yo hemos procurado no comprar juguetes (solo en Navidad y algo sencillo), nos gusta que tenga suficientes cuentos y materiales para dibujar pero somos bastante selectivos en los “monos” y juguetes. La idea no ha sido limitarla sino intentar que sea creativa y no necesite de “algo” para jugar y divertirse.

El cúmulo de regalos no tenía que ver con que fueran los juguetes apropiados o no, tenía que ver con la cantidad, con el exceso de cosas. Estuve un buen rato contemplando los juguetes hasta que decidí separar unos cuantos y guardar la mayoría.

Al día siguiente Lucía se despertó ansiosa por ver el resto de sus juguetes, en la mesa de la sala encontró dos cuentos, la ropa que le habían dado, dos platos, un juego de madera para jugar a hacer galletas, un libro para dibujar y un pony. De inmediato abrió el juego para hacer galletas y el pony, jugó con ambos y luego dibujó un rato, me entregó los cuentos para leerlos esa misma noche y acomodó debajo de su almohada la pijama nueva, la ropa me la paso sin revisarla. No preguntó sobre los otros regalos, porque evidentemente no se acordaba de ellos.

Yo, por lo pronto no tengo la menor idea de que hacer con el resto de los juguetes…

Lo que si sé es que no quiero volverme a encontrar en esta situación, no quiero que Lucía tenga que invitar a menos amigos para garantizar que haya menos regalos, no quiero que la celebración gire en torno a las cosas y que nuestros invitados se sientan obligados a llegar con algo.

¿Qué pasaría si en la próxima invitación de cumpleaños encontraras la leyenda “Con tu presencia es suficiente, por favor NO REGALOS”?

¿Qué opinan?
cj

lunes, 1 de abril de 2013

¡Varicela!



Todo comenzó hace unas semanas cuando le quité a Lucía la pijama y vi a la primera intrusa, una ronchita que no pudo pasar desapercibida o camuflarse por un piquete de mosco, era redonda rosa y parecía una ampolla, al verla lo dije en el instante ¡varicela!, mi esposo se acercó al instante y la analizó con cuidado mientras mi hija nos veía como si estuviéramos locos, no teníamos duda pero era necesario confirmarlo así que hicimos cita con el pediatra.

Llegamos apabullados por el hallazgo y listos para planear el encierro que se avecinaba, el pediatra confirmo nuestras sospechas y nos dio algunas recomendaciones para el cuidado de la enferma. Después de un par de horas las ronchas se habían multiplicado exponencialmente, la número uno (la madre, como la suelen llamar) ya estaba inflada y empezó a picar, Lucía aún no entendía muy bien su padecimiento, pero estaba encantada porque su madrina le llevo todo un kit de cuidados que entre otras cosas incluía galletas y algunas películas.

Los siguientes días las ronchas no cedieron e invadieron a mi pequeña en lugares insospechados, las peores fueron las de la cabeza, pompas y vulva, porque además de picarle eran difíciles de calmar con cremas o polvos.

Por fortuna el virus no fue tan tremendo como lo esperábamos y después de unos cuantos días empezó a ceder, las ronchas bajaron en cantidad y tamaño y poco a poco el picor y las molestias empezaron a desaparecer, al final el peor castigo fue el encierro, pues Lucía no está nada acostumbrada a estar confinada a la casa y lloraba por no poder ver a sus primos, ir a la escuela o salir a jugar con los vecinos.

Sin embargo una semana y un día después del descubrimiento de LA roncha, nos despedimos gustosos de la varicela.

Aquí algunas recomendaciones para sobrellevar la situación:

1-    ¡Qué no se rasquen! más fácil decirlo que evitarlo, pero de verdad es necesario estar al pendiente de que no lo hagan.
2-    Cortar las uñas, lo mejor para evitar tentaciones es cortar las uñas lo más que se pueda, de esa manera no se hacen daño pues solo se rascan con la yema de los dedos.
3-    Baño coloide, yo ignoraba este remedio y cuando me lo recomendaron Lucía estaba tan molesta que lo intentamos de inmediato, los polvos los venden en cualquier farmacia (son preparados de avena y/o soya) y alivian al instante la comezón.
4-    Baños, tinas y demás; como parte de los cuidados el pediatra nos recomendó bañar a mi hija tres o cuatro veces al día, la idea me sonó exagerada pero en los peores días lo hicimos pues el agua (junto con los polvos) la hacían sentir mucho mejor.
5-    Polvo de haba alcanforada, este remedio yo lo recordaba de cuando a mí me dio varicela de pequeña, el polvo se consigue en farmacias o boticas naturales y se pone después del baño como si fuera talco, los ayuda bastante con el picor.
6-     Ropa suelta y de algodón, el calor y sudor multiplican las ronchas, por lo que lo mejor es que utilicen ropa holgada, fresca y de fibras naturales.
7-    Películas y algo de TV, Lucía ve muy poca tele normalmente, por lo que durante la enfermedad ver películas y una que otra caricatura le animaba y entretenía.
8-    Paciencia, a ratos la molestia cansa y altera el estado de ánimo normal de los pequeños, se desesperan por el encierro, las ronchas y los picores, lo mejor es mantener la calma, desviar su atención y esperar a que la enfermedad se acabe.
9-    Rotación familiar, las visitas de aquellos amigos o familiares que ya tuvieron varicela fue un excelente distractor para mi hija.
10-Juegos y apapachos, la disposición y el tiempo para jugar con ellos, inventar y abrazar, son siempre de ayuda cuando se sienten mal y llenos de molestias.

¿Algún otro remedio y/o recomendación? Vamos, compártanlo ;)

nos leemos
cj

lunes, 4 de marzo de 2013

El bicho


El tiempo se ha pasado tan rápido que apenas ahorita soy consciente de que dejé de escribir para AF hace casi un año, el asunto con la maternidad es que acelera el tiempo y deja poco espacio para todo lo demás. Por supuesto que a pesar del año de ausencia sigo siendo mamá y sintiendo las penurias y alegrías de tener a una pequeña de tres años, si he dejado de escribir no es por falta de experiencias, creo que ha sido más bien por falta de organización (mi eterno problema), sin embargo estoy lista para retomar estos diálogos de maternidad que en verdad disfruto.

Hoy les cuento mi penuria de los últimos días “el bicho”*.

Todo empezó hace una semana. Lucía que siempre ha gozado de un apetito ejemplar, se levantó y sin alarde alguno dijo que no quería desayunar, me sorprendí al escucharla pero pensé que era consecuencia del atasque que se había dado el fin de semana, no le di mayor importancia y tampoco me sorprendí cuando comió poco al medio día y luego en la cena, el martes la cosa estuvo por el estilo, hasta la cena cuando después de dos bocados empezó con unos vómitos como del exorcista.

Como seguía con hambre y buen ánimo atribuí las expulsiones gastrointestinales a una indigestión, al día siguiente Lucía se fue a la escuela después de un desayuno ligero, con buen semblante y ninguna queja de malestar. Y aquí empieza la historia de terror:

Poco antes de las dos me hablan de la escuela de Lú para decirme que acaba de vomitar y que por favor pase por ella, la encuentro sonriente en las piernas de la directora, apenas me ve me pregunta si hay comida en la casa, al instante me relajo y pienso que no puede estar tan mal si tiene hambre. En el camino se queda dormida y al llegar a la casa me dice que no quiere comer nada, se acuesta en un sillón y pasa toda la tarde entre el sueño y la vigilia, con una temperatura que va subiendo hasta llegar a 39.5.

 A las 7:30 nos recibe el pediatra nos dice que va a sobrevivir y nos da indicaciones sencillas y esperadas: dieta blanda, un antidiarreico e instrucciones de para que le realicen unos estudios.

Nos vamos a la casa felices, Lucía agotada y con hambre, apenas cena y se duerme al instante. Durante la noche no hay más eventualidades que unas cuantas visitas al baño para deshacerse de lo que yo pensaba eran los últimos rastros de la diarrea.

Llegamos al jueves y entre mi esposo y yo hacemos malabares para coordinar nuestro trabajo con el bicho intestinal de Lucía, preparo comida para dolor de panza y espero que mi niña mejore… pero no mejora, sigue yendo al baño a echar cosas que no sé de dónde salen pues no ha comido y está muy débil. Por la noche comienzan otra vez los vómitos.

 A la una y media de la madrugada le llamamos al doctor asustados porque Lucía no retiene ni el agua, nos dice que nos mantengamos alerta para que no se deshidrate y que mañana le comuniquemos como sigue, el viernes todo sigue igual, Lucía no come y si acaso ingiere algo lo vomita al instante. Para este momento yo ya estoy como un zombi a medio morir, con cara de muy pocos amigos y pensado los peores escenarios del mundo para mi pequeña ¿qué le pasa?

El sábado visitamos de nuevo al pediatra, como en los estudios no salió nada, concluye que se contagio de un virus por andar besuqueando a Jerónimo (su primo de ocho meses), la receta de nuevo, nos reafirma que va a sobrevivir y le indica la dieta más blanda de la comarca.

El sábado el bicho se rinde, Lucía ya no vomita y visita menos el baño.  Además recibe gustosa la mejor medicina que existe: una visita inesperada de sus preocupados abuelos (el paterno en el consultorio del pediatra y los maternos desde Morelia).

Una semana después el problema casi se ha acabado… y digo casi porque ahorita lo difícil es que entienda que no puede comer todo lo que se le antoja, se me queda viendo con toda la expectativa del mundo y me pregunta ¿huevito si?, ¿quesadilla?, ¿aguacate?, ¿salchicha?, cuando por fin se rinde ante el reducido menú me pide otro poquito de caldo de pollo.

* El asunto con el bicho es que en una de sus múltiples idas al baño en un pésimo intento de mi parte por consolarla le dije –mi amor, no te preocupes sigues yendo mucho al baño porque tiene que salir el bicho- ella volteó a verme a punto de gritar y me dijo – mamá no quiero que me salga ningún bicho, no lo quiero ver, por favor- para variar, gajes del oficio e imprecisiones del lenguaje ;)

Nos leemos, cj

lunes, 30 de mayo de 2011

¡¡¡Qué calooooor!!!

Amanece con el pelo húmedo y revuelto, la cara pegostiosa y las manitas llenas de pelusa que va recogiendo quién sabe de dónde durante la noche. Desayuna y pequeñas gotas de sudor nacen en su frente. La cambio, le lavo la cara y las manos, se refresca unos cuantos minutos y casi desprovista de ropa empieza nuevamente a sudar. Corre, juega, brinca, se cae, grita, canta, baila y suda. ¡cómo suda! Cada cinco minutos se oye: agua, abuaa, aggguaaaa, mamágua, mamaaaa. En ese instante tengo que llenar el vaso, y correr hacía ella que me espera al borde de la deshidratación. El día entero transcurre en una lucha contra el sol y el calor, junto con todo tipo de esfuerzos por mantenerla hidratada. Si la subo al coche suda, si nos quedamos en casa suda, si la acuesto a dormir una siesta suda (y se despierta empapada y con un genio terrible), por la tarde sigue sudando, come sudando y me abraza y besa ¡también sudando!, la única tregua es mientras está en la tina con el agua más bien fría y rodeada de dinosaurios y patos que también buscan refrescarse un rato. Pero en cuanto sale del agua, la encremo y le pongo la pijama (que consiste en un pedazo de tela tan pequeño que parece la ropa de un diminuto perro chihuahueño) empieza nuevamente a sudar. Si le pongo el ventilador amanece ronca o mormada, si no le pongo nada, a media noche tengo que cambiarla porque está completamente empapada y… ¡¡¡no llueve!!!

Sí, tiendo a ser exagerada y más al escribir. Pero quien esté en Guadalajara en este momento, sabe que me quedo corta: el calor es insufrible. No hay viento y cada día la ciudad se siente más bochornosa. Es imposible pasar tres minutos sin empezar a sudar a borbotones; en el momento en el que uno sale de la regadera, quiere volver a entrar. Nosotros, “los grandes” entendemos que hace calor y no nos queda más que aguantarnos. Los niños como la mía, que apenas hablan y sienten que se derriten y nadie acude en su auxilio, se hartan, gritan, lloran y no saben que diablos pasa.

Y no hay nada, absolutamente nada, que uno pueda hacer para aminorarles el sauna en el que les está tocando vivir, no pueden pasar el día en el chorro de la manguera o dentro de su bañera, y ni la ciudad ni nosotros estamos preparados para estos calores.

Los lugares que cuentan con aire acondicionado son espacios comerciales ¡vaya solución!, ir a meterse a una tienda para resguardarse del calor (sale peor el remedio que la enfermedad).  Los parques y las plazas no se pueden habitar, el sol taladra la piel y el calor verdaderamente atonta a cualquiera.

Por lo pronto Michelle y yo estamos en una campaña intensa de bailes a todas las divinidades asociadas a la lluvia y el viento. Somos aguadoras profesionales que proveen del vital líquido a su hijo o al ajeno. Hemos aceptado que nuestros hijos no vestirán todos los trajecitos que les han regalado para la temporada y danzaran por el mundo casi encuerados y calzando huaraches todo terreno, nos hemos hecho casi expertas en ignorar cierto tipo de gritos relacionados con el calor, los embadurnamos todo el día de protector solar y fingimos que no estamos a punto de la locura cada vez que los sacamos del coche dormidos con apariencia, olor y consistencia de taco sudado. cj

Ilustración Carmen Lara

jueves, 26 de mayo de 2011

Sin palabras

Hay días en los que ser mamá implica tener todo el tiempo la sensación de que no tienes la menor idea de lo que estas haciendo. Supongo que estos días se viven a lo largo de toda la vida, no importa que los hijos sean bebés, niños, adolescentes o adultos.  La primera vez que experimenté está sensación fue cuando mi hija cumplió tres semanas de nacida, después de la euforia de los primeros días (en los que no sabía lo que hacía pero no me importaba) y el estira y afloja de la rutina que se va armando en las siguientes semanas.

Estaba yo sola con mi hija que empezó a llorar sin motivo aparente. Sin alarmarme, me dispuse a ver qué le pasaba: le revisé el pañal que estaba completamente seco, me la pegué pero acababa de comer por lo que solo jugueteó un poco y luego volvió a llorar, la cargué y arrulle por los pasillos, la mecí, la acosté en mi cama, en la sala, en su moisés  y … nada, seguía llorando desconsolada. El tiempo pasaba y cada minuto me sentía más ineficiente y abrumada. El único ruido que se escuchaba en la casa era el llanto seco y profundo de mi hija recién nacida. El perro me seguía a donde iba, cómo diciéndome –haz algo- y yo que no necesitaba más presiones estaba a punto de decirle, -pues haz algo tú-, porque lo que más deseaba era encontrar una causa o un culpable.

En medio de la desesperación empecé a sentirme no solo profundamente sola sino intimidada por mi pequeña, me daba pena no saber que hacer. Fingía (sin poder engañarme o engañarla) que sabía lo que estaba haciendo (y no que estaba a punto de salir corriendo y decir: por favor alguien salve a esta pobre niña, yo no tengo idea de qué tengo que hacer para ser mamá, además tengo sueño, estoy cansada, me duele todo y parece que no tengo aptitudes o el consabido instinto materno para atenderla).

Al final me rendí con ella en brazos. Nos acomodamos en la mecedora y con la voz más suave y tímida que me he escuchado le empecé a hablar. Entonces caí en cuenta de que casi no le hablaba. Por supuesto platicaba de ella con mi esposo, con mi mamá y con quién se me cruzara en frente. Pero a mi niña más allá de los abrazos, besos y de decirle que la quería y adoraba no le hablaba.

Me sentí fatal. La peor de las hipócritas, YO que pregonaba a la menor provocación la fuerza y poder de la palabra, no tenía la menor idea de cómo comunicarme con mi bebé, además ni siquiera me había dado cuenta de ello. Meciéndonos seguí hablando, mi voz llevaba el ritmo de su llanto, desesperada y triste le dije que lo sentía, que me disculpara por no saber bien que hacía, que quería hacer lo mejor para ella pero me costaba mucho trabajo entenderla. Le prometí que siempre estaría cerca, que iba a cuidarla, protegerla y orientarla, le conté que la vida podía ser difícil pero valía la pena vivirse, que estaba rodeada de amor y gente que la quería, le dije que su cuarto era de colores y estaba envuelta en una cobija que le tejió su bisabuela, que el perro nos observaba y se llamaba Tomás, que su llanto me estremecía pero juntas aprenderíamos a calmarlo, que cuando yo era chiquita también lloraba todo el día, que…

No sé cuanto tiempo pasó ni en que momento mi niña se quedó dormida. Pero recuerdo ese día con todos sus matices y una mezcla extraña de sentimientos. Fue nuestra primera conversación, que inició con su llanto y mi inexperiencia. Que me ayuda cada vez que siento que soy la única a la que su hija no le entiende y se le complica la existencia. Sé que no entendió el significado de mis palabras, pero sintió el amor con el que se lo decía y el tono de mi voz la ayudó a dormir. Y yo como pasa después de una buena conversación, también me sentí más tranquila. cj

martes, 24 de mayo de 2011

Compartir el embarazo (parte 2)



Por azares del destino (y de la burocracia que corroe lo bueno que hay en nuestro país), en unas cuantas semanas tendremos (yo, mi esposo, hija y perro) que dejar Lagos de Moreno y regresar a vivir a Guadalajara.

Aunque sigo haciéndome a la idea de todos los cambios, algo que sin duda me ilusiona es la idea de tener cerca a Michelle y a su familia. Porque aunque en ocasiones nos vamos a sacar los ojos, insultar y dejar de hablar por días, las dos sabemos que por ahí está la otra y que el pleito no será eterno.
Porque hasta el pleito que parecía imposible de resolver lo resolvimos…

Y es que no están ustedes para saberlo ni nosotras para contarlo pero Michelle y yo nos aborrecimos durante nuestros respectivos embarazos. Ella dirá (ya dijo) que yo no la soportaba, pero en realidad en un ejercicio de honestidad creo que el rechazo fue mutuo.

Y es qué: ¿quién quiere compartir su embarazo?

La idea de dos hermanas que pasan por la dicha de convertirse en madres al mismo tiempo, suena romántica y parece (para quién no lo ha vivido) una experiencia extraordinaria.

La realidad, al menos en nuestro caso, fue muy distinta.  Pónganse un poco en mi lugar no había pasado ni un mes de que había anunciado con bombo y platillo mi embarazo cuando tataaaaaaan Michelle descubre que ella también está embarazada. Yo recibí la noticia  de su embarazo con una felicidad que sorprendió hasta a mi esposo, sin embargo después de unas cuantas horas empecé a sentir que pasaba de ser la actriz principal a una actriz de reparto que ni siquiera aparece en los créditos. Me sentí furiosa, culpable de sentir lo que sentía y frustrada por no poder decirlo.

Entre ascos, hormonas, los aspavientos propios de la noticia de un embarazo y la certeza absoluta de que lo importante en ese momento era dedicar todas mis fuerzas, piensos y energías a MI embarazo, me aislé hasta donde pude y cuando nos veíamos por más que lo intentaba siempre caíamos en comparaciones y pleitos.

De vez en cuando hablábamos por teléfono pero al colgar me quedaba la sensación de estar hablando más con una desconocida que con la hermana con la que compartía cada anécdota y aventura de mi vida.

La gente, que sin saber pensaba que nos habíamos puesto de acuerdo, cada vez que nos veía (juntas o separadas) nos preguntaba por la otra –cómo va tu hermanita-, -que bonito que comparten esta etapa tan mágica y maravillosa-, y aquellas amistades un poco más ácidas y que conocen lo complicada que es nuestra relación atinaban a decir –¡hasta en esto se pusieron de acuerdo! ¿o fue casualidad?- nosotras intercambiábamos miradas y solo sonreíamos mientras pensábamos: si supieran que no soporto a esta vieja, que nunca volveremos a ser las hermanas que fuimos, que es una hipócrita, egoísta….. etc. Etc.

Como ya lo contó Michelle después de que nació mi hija nos volvió el amor y nos unimos más que nunca. Yo no imaginé querer a mi sobrino con la fuerza que lo quiero y jamás me he sentido más acompañada que al platicar con mi hermana de todo lo que implica ser mamá.

Ahora que ha pasado el tiempo creo que la sincronía de nuestros embarazos fue un poco de todo, un acuerdo inconsciente entre las dos, casualidad porque nuestros cuerpos respondieron rápido al deseo de ser madres (que por supuesto consistió en algo más divertido que solo desearlo y pedirle mucho a Dios, como según mi mamá se hacían los bebés), y  la encrucijada de querer compartirlo todo pero también querer ser protagonistas.

Quien tenga una hermana sabe lo profundo y complejo de esta relación en la que de entrada se empieza por compartir a los primeros amores: los padres. En nuestro caso siempre hemos estado juntas; gozando de los más absurdos ataques de risa o tristes y en el llanto más hondo, a favor o en contra de los que nos rodean, a partir y a pesar de lo diferente que somos. Tenemos un lenguaje que no necesita palabras, códigos que se han escrito desde que apenas caminábamos y también cómo no, una manera de discutir, pelearnos e insultarnos muy particular (si no nos creen, pregúntenle a nuestros esposos que han padecido todos nuestros pleitos).

Seguramente Ácido Fólico seguirá siendo testigo de todo lo que acontece en nuestra relación, misma que seguiremos compartiéndoles. 


Y a todo esto ¿aborrecieron a alguien durante su embarazo? ¿a quién? ¿por qué?. cj


La ilustración la diseñó mi mamá como invitación de un baby shower que nos hicieron juntas, cuando la vimos las dos llorábamos de la risa, al ver a dos niñas agarradas de la mano con tremendas panzas, porque la verdad que ya nada de niñas y en esos tiempos NADA de andar tomadas de la mano proclamando nuestro amor. (pero gracias mamá, por aguantarnos y siempre tratar de conciliar, guardamos el tema de todo lo que te ha tocado soportar para otro día…).

domingo, 22 de mayo de 2011

Mordida, rozada... ¡y ahí vienen más dientes!

Nunca pensé que podía dolerme más un cuerpo ajeno y sin embargo cualquier lastimón de mi hija lo siento hasta las entrañas. De ahí que llevo días con las entrañas deshechas pues mi pobre niña ha tenido unos días tremendos.

Todo comenzó el jueves. Salió de la guardería con cara de pocos amigos y no era para menos la maestra con una pena infinita me comentó que a la hora de los cantos una niñita la había mordido –no se pelearon- me dijo con toda formalidad –su compañerita solo tomo su dedito y la mordió-, yo estuve a punto de correr al salón despertar a la pequeña y comerme dos o tres de sus deditos (por supuesto sin ánimo de pleito), pero me contuve, le dije a la maestra que no había problema y me fui a la casa en donde inspeccioné con todo cuidado la mordida, que intuyo que a mi hija le dolió más por que la agarraron desprevenida que por la pequeñísima perforación en su dedo anular.

Todo podía haber terminado ahí, pero corría sin suerte y por la tarde empezamos a vivir uno de los episodios más temidos en esta edad: una rozadura de pañal. Tengo que decirles que yo he oído de todo con respecto a este mal: que sucede por falta de cuidado, que tiene que ver con el calor, que es el tipo de pañal, que es por culpa de los dientes, que los astros se confabulan en contra de los traseros de nuestros hijos y por eso de cuando en cuando sufren estos pesares, la lista de sospechosos es interminable.
En el caso que a mí me compete (mi hija) todo puede ser cierto menos la falta de cuidado, pues si en algo soy religiosamente ordenada es en los cambios de pañal, precisamente por que sé lo que me espera de ocurrir una rozadura. Pero la rozadura ganó la batalla y la padecimos unos cuantos días junto con otro de nuestros grandes enemigos: los dientes.

Y es que cada diente ha sido un cataclismo en el que la vida de todos los miembros de la familia nuclear y extendida (abuelos, padrinos y uno que otro tío lejano) se paraliza para atender a mi pequeña, que babea, llora, y sufre enormemente con el brote de un nuevo diente.

Antes de ser mamá yo sabía que los niños padecían con la dentición pero NUNCA imaginé de qué manera, sé que no todos los niños sufren igual (mi sobrino por ejemplo es todo un valiente que muestra con orgullo y sin tantos pesares sus enormes dientes), sin embargo mi hija literalmente se descompone con cada uno de estos diminutos invasores.

Al día de hoy hemos padecido seis de los dientes encargados de cortar (incisivos), cuatro trituradores (premolares) y al parecer estamos en el proceso de que hagan su aparición un par de caninos (mejor conocidos como colmillos cuya función es triturar). Es decir que ahí va caminando el proceso de dentición que toda madre, padre, abuela y abuelo sabe que es necesaria y ayudará en un futuro al bien comer de su pequeño pero que en el momento de las lágrimas, los gritos y los interminables despertares nocturnos nos hace proferir todo tipo de insultos y maldiciones.

Así las cosas hoy esperamos (más bien suplicamos) que mi niña pasé una buena noche, porque yo personalmente no sé si podré soportar tantos días de vigilia y pesar. Porque reitero el dolor de un hijo cala hondo, se siente en lo más profundo y nos desarma de cualquier armadura que nos hayamos esmerado en construirnos, más aún cuando son tan pequeños que no cuentan con el lenguaje para hacernos saber qué es lo que les duele y molesta.

Por lo pronto todo está preparado para cualquier contingencia. Frente a mi cama hay una mesa con: crema para rozaduras, licores varios (por aquello de que aminoran el dolor de la encía) (y si no cuando menos aminoran el dolor de mamá y papá), pañales, biberones, cambios de ropa, chochos homeopáticos, mordederas a temperatura ambiente y otras un poco más frías, analgésicos en caso de fiebre, bañera, toalla y lo necesario para dar un baño en caso de que suba la fiebre, pero sobre todo calma y destrezas de traductor para tratar de descifrar qué es lo que sucede cuando se despierta inconsolable a las tres de la mañana.


¿y a ustedes cómo les va con todo esto, qué nos recomiendan en caso de rozaduras o la aparición de un nuevo diente?
cj


miércoles, 18 de mayo de 2011

¿quiénes somos?












Mi nombre es Michelle, tengo 30 años y desde hace un año y un mes soy mamá de un niño muy noble, inteligente y que nunca se cansa. Ese ha sido sin duda el papel más importante y difícil que he hecho en mi vida, pero también soy esposa, hija, hermana, amiga, y una orgullosa abogada, que independientemente de mi existente o inexistente talento, amo mi profesión.

No profundizo en mi vida por que por experiencia se que puedo aburrir a cualquiera, pero si les comparto algunas de las características que me definen; le doy demasiada importancia a mis cumpleaños, tengo muy buena memoria sobre todo para datos irrelevantes e inútiles, no me gustan los líquidos que tengan sólidos flotando (con algunas razonables excepciones), soy perfeccionista a morir y todos los muebles de mi casa están alineados, me considero una persona noble y generosa y no me gustan los abrazos.

Dicho lo anterior, y como mi hermana Carol bien lo expuso en la bienvenida, creamos este espacio con el ánimo de compartir nuestras experiencias como mamás, los momentos felices por los que pasamos pero también los pequeños infiernitos que la maternidad tiene bien escondidos. Estoy segura que si deciden leernos y compartir este espacio se sentirán acompañadas, porque no hay nada mas difícil en esta etapa de la vida, que sentirte sola e incomprendida, así es que bienvenida. mj

Yo soy Carol la hermana mayor. Soy mamá desde hace catorce meses, mismos en los que casi no he dormido, me he preocupado más que en el resto de mi vida y he abrazado y cantado más de lo humanamente permitido.

Me gusta muchísimo leer, escribir, dar clases (al parecer sigo y seguiré jugando a la escuelita y a la mamá) correr, comer y tomar café. Odio los gritos, la hipocresía y el tráfico.

En la familia tengo fama de perder cosas, ser desordenada (he de confesarlo yo NO alineo los muebles) e impuntual, (a mi juicio solo lo último es verdad y  cada día mejoro más al respecto). Yo me considero impulsiva, apasionada y explosiva. Me cuesta trabajo quedarme callada cuando algo no me parece, me impresiona la gente inteligente y congruente en su vida e ideas, no me asusta hablar en público pero me aterra que lean lo que escribo.
Estudié psicología y estoy cursando una maestría en literatura infantil y juvenil. cj