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domingo, 29 de mayo de 2011

...y sigo con la lactancia


Después de los agridulces días en el hospital al fin llegué a mi casa, moría por que mi hijo al fin ocupara todos los espacios que habíamos preparado para él, y que por tanto tiempo habían estado vacíos.

Estábamos felices con su presencia, pero yo estaba nerviosa todo el tiempo, el hacía un ruido y yo inmediatamente iba a revisar si estaba bien, si tenía hambre, frío, si estaba vivo...y fue ahí cuando me di cuenta de que así sería mi vida en adelante. Creo que ese día le di de comer como quince veces, lloraba un poco y todos me decían "seguro tiene hambre"; yo hacía lo propio, me lo pegaba, lo mecía y le daba de comer, al rededor de veinte minutos de cada lado, le daba palmadas para sacar el gas, le revisaba el pañal y lo regresaba al bambineto, que por cierto, era el mismo en el que me habían puesto a mí. Yo me reintegraba al grupo, oía las opiniones de todos con respecto al nuevo integrante de la familia, platicaba con mi hermana de tantos temas pendientes, y en lo que parecían cinco minutos, mi retoño empezaba a llorar otra vez.

Los primeros quince días afortunadamente estuvo mi Mamá con nosotros, porque ya me lo habían advertido, esas dos semanas son las más difíciles, o literalmente: "los primeros quince días son el infierno mismo"; yo soy una de esas personas que no funcionan si no duermen mínimo ocho horas diarias, pero aparentemente nadie se lo hizo saber a mi hijo, quien de día y de noche comía cada hora y media, y no solo era el desvelo lo que me costaba trabajo, sino mi tremenda sensibilidad a sus salvajes y eternas succiones, o cuando menos así lo parecían en ese momento.

Algunos días parecen nublados cuando trato de recordarlos, tengo presentes algunos momentos especiales, pero la mayor parte del tiempo estuvimos pegados. Me despertaba en la mañana como si me hubiera pasado un camión encima, mi esposo se iba temprano a trabajar, y mi Mamá venía a mi casa a desayunar y a ayudarme con el bebé, yo, como era natural, en cuánto la veía le entregaba al bultito como si fuera estafeta, y ahora si, ahí se ven cuando menos por un rato. Me metía a bañar con un ardor espantoso, me ponía tres kilos de pomada para el dolor de pezón y empezaba a vestirme cuando oía que se acercaba mi mamá: "aquí traigo un cliente con mucha hambre"; nooooooo, imaginaba yo, pero si hace diez minutos comió como loco, y pensaba en treinta pretextos para que entendieran que no era un buen momento, que estaban siendo imprudentes, pero después veía la cara de mi mamá, oía el llanto de mi hijo y reaccionaba, y hacía lo propio... mj 

La ilustración es de Carmen Lara, hecha con cariño para las lectoras de Ácido Fólico

jueves, 26 de mayo de 2011

Sin palabras

Hay días en los que ser mamá implica tener todo el tiempo la sensación de que no tienes la menor idea de lo que estas haciendo. Supongo que estos días se viven a lo largo de toda la vida, no importa que los hijos sean bebés, niños, adolescentes o adultos.  La primera vez que experimenté está sensación fue cuando mi hija cumplió tres semanas de nacida, después de la euforia de los primeros días (en los que no sabía lo que hacía pero no me importaba) y el estira y afloja de la rutina que se va armando en las siguientes semanas.

Estaba yo sola con mi hija que empezó a llorar sin motivo aparente. Sin alarmarme, me dispuse a ver qué le pasaba: le revisé el pañal que estaba completamente seco, me la pegué pero acababa de comer por lo que solo jugueteó un poco y luego volvió a llorar, la cargué y arrulle por los pasillos, la mecí, la acosté en mi cama, en la sala, en su moisés  y … nada, seguía llorando desconsolada. El tiempo pasaba y cada minuto me sentía más ineficiente y abrumada. El único ruido que se escuchaba en la casa era el llanto seco y profundo de mi hija recién nacida. El perro me seguía a donde iba, cómo diciéndome –haz algo- y yo que no necesitaba más presiones estaba a punto de decirle, -pues haz algo tú-, porque lo que más deseaba era encontrar una causa o un culpable.

En medio de la desesperación empecé a sentirme no solo profundamente sola sino intimidada por mi pequeña, me daba pena no saber que hacer. Fingía (sin poder engañarme o engañarla) que sabía lo que estaba haciendo (y no que estaba a punto de salir corriendo y decir: por favor alguien salve a esta pobre niña, yo no tengo idea de qué tengo que hacer para ser mamá, además tengo sueño, estoy cansada, me duele todo y parece que no tengo aptitudes o el consabido instinto materno para atenderla).

Al final me rendí con ella en brazos. Nos acomodamos en la mecedora y con la voz más suave y tímida que me he escuchado le empecé a hablar. Entonces caí en cuenta de que casi no le hablaba. Por supuesto platicaba de ella con mi esposo, con mi mamá y con quién se me cruzara en frente. Pero a mi niña más allá de los abrazos, besos y de decirle que la quería y adoraba no le hablaba.

Me sentí fatal. La peor de las hipócritas, YO que pregonaba a la menor provocación la fuerza y poder de la palabra, no tenía la menor idea de cómo comunicarme con mi bebé, además ni siquiera me había dado cuenta de ello. Meciéndonos seguí hablando, mi voz llevaba el ritmo de su llanto, desesperada y triste le dije que lo sentía, que me disculpara por no saber bien que hacía, que quería hacer lo mejor para ella pero me costaba mucho trabajo entenderla. Le prometí que siempre estaría cerca, que iba a cuidarla, protegerla y orientarla, le conté que la vida podía ser difícil pero valía la pena vivirse, que estaba rodeada de amor y gente que la quería, le dije que su cuarto era de colores y estaba envuelta en una cobija que le tejió su bisabuela, que el perro nos observaba y se llamaba Tomás, que su llanto me estremecía pero juntas aprenderíamos a calmarlo, que cuando yo era chiquita también lloraba todo el día, que…

No sé cuanto tiempo pasó ni en que momento mi niña se quedó dormida. Pero recuerdo ese día con todos sus matices y una mezcla extraña de sentimientos. Fue nuestra primera conversación, que inició con su llanto y mi inexperiencia. Que me ayuda cada vez que siento que soy la única a la que su hija no le entiende y se le complica la existencia. Sé que no entendió el significado de mis palabras, pero sintió el amor con el que se lo decía y el tono de mi voz la ayudó a dormir. Y yo como pasa después de una buena conversación, también me sentí más tranquila. cj