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martes, 13 de septiembre de 2011

¡Las primeras lecturas!


Hoy después de mucho pensarlo empezaré a hablar en AF sobre la lectura. Lo hago hasta ahora para no saturarlas pues es un tema que me encanta y me parece fundamental, sin embargo para explayarme al respecto tengo otro blog y aquí solo tocaré aspectos relacionados con la maternidad, los niños, las palabras, el lenguaje, los cuentos, la imaginación, el vocabulario, jajaja, no es verdad, no me extenderé tanto… lo prometo…

Empiezo felicitando a quien sigue mis líneas porque sin darse cuenta está haciendo un ejercicio de lectura, así que de entrada no me pueden decir que no son lectores y que no saben como formar a sus hijos en este hábito porque aunque no quieran ¡están leyendo!, y tal vez lean mucho más en el día a día de lo que se dan cuenta, por lo que un elemento importante para transmitir a los pequeños el gusto por la lectura ya lo tienen aventajado y es ni más ni menos que su propio gusto por la lectura.

Leer es un asunto curioso, sobre todo porque en el mundo en el que vivimos las palabras están por todos lados. Tenemos que leer para saber la cantidad de medicamento que hay que darle a nuestros hijos, leemos para informarnos sobre el día a día, para instalar la silla del coche, para preparar una nueva y suculenta receta, para tranquilizarnos cuando algo no nos parece normal y buscamos más información al respecto. Leemos sin darnos cuenta de que lo hacemos y claro también leemos por placer, para perdernos en las páginas de una novela, recrearnos con un cuento, deleitarnos intelectualmente con un ensayo o deshacernos con una poesía.

Pues bien, se preguntaran ¿qué  tiene que ver que leamos para dosificar la medicina o instalar la silla del coche, con los hijos, la maternidad y la lectura?, aparte de lo obvio, detrás de mis palabras hay tanto que les quiero contar que las ideas se agolpan en mi cabeza con tanta prisa que no se muy bien por donde empezar. El caso es que no aprendemos a leer el día en el que por primera vez nos presentan las letras en la escuela; nos hacen sentirlas en arena, lija o cualquier otra superficie, tampoco el día en el que entendemos que una m suena como “mmmmm” y se le llama “eme”, no queridas y queridos lectores. Aprendemos a leer en el instante en el que cruzamos el canal uterino y nos reciben en este mundo, ¡así de importante es la lectura!.

Porque leer es mucho más que decodificar, es observar y entender, es interpretar códigos y actuar en consecuencia. Por supuesto que sus pequeños al nacer no leyeron los letreros que se encontraron en la sala de parto o el quirófano, tampoco leyeron su nombre en el pequeño brazalete que le pusieron para identificarlo. Lo primero que leyeron en su vida, fue ni más ni menos que: su rostro. Con la misma atención con la que ustedes se pierden en las páginas de un libro o en las letras de un blog, sus pequeños se perdieron en su cara, observaron sus facciones, sus gestos y todo lo que los hace ser ustedes, es decir sus papás.

A esta primera lectura le siguieron infinidad de relecturas, cada vez más profundas y llenas de sentido, esa primera cara, se convirtió en la cara esperada, ansiada y amada. Los gestos que los bebés aprenden en los primeros días les ayudan a interpretar el mundo, a reconocer este ambiguo y hostil lugar al que llegaron.

A la lectura del rostro le siguen las palabras de la madre, esa voz ya conocida que resulta la guarida perfecta cuando todo lo demás es desconocido, por eso la urgencia con la que se les insta a las madres a hablarle a sus recién nacidos. No importa qué les digamos, el chiste es que nos escuchen, que les vayamos narrando el mundo al que llegaron y aminoremos la angustia frente a lo nuevo. Para eso las canciones de cuna, las rimas y todas esas palabras en verso que son el deleite de cualquier lactante.

¿Y eso es lectura? Se pueden preguntar, a lo que yo desde mi experiencia y opinión personal me atrevo a contestarles que si, porque es lenguaje y finalmente comunicación, cuando le hablas a tu hijo, le cantas y lo arrullas le estás enseñando que las palabras son una herramienta para decir, para querer y para expresar lo que sentimos.

En los primeros meses de vida los pequeños no necesitan más lectura que las palabras de la madre, su ritmo, tono y melodía dan forma al mundo en el que el pequeño se va haciendo fuera del útero. Es el mejor momento para leerle en voz alta la novela que tú estás leyendo, para jugar con los sonidos, inventarle canciones y repetir una y otra vez lo que sientes por él o ella.

Los primeros seis meses los mejores libros son aquellos que tu pequeño pueda tomar en sus manos y manipular a su antojo, de materiales suaves como tela o hule espuma o superficies resistentes a las babas  como cartoncillo, pues en cuanto pueda intentará probarlo. Lo mejor es que tengan imágenes simples pero atractivas; animales, flores, colores, paisajes, objetos de la vida diaria, etc. En cuanto tu hijo sea capaz de tomarlo entre sus manos empezará a aprender cómo pasar la página y poco a poco descubrirá lo que puede encontrar en el interior de tan preciado objeto, lo increíble es que si lo encuentra junto con el resto de sus juguetes, lo tratará como uno más de ellos, es decir empezará a leer jugando. cj

Ilustración Carmen Lara 

jueves, 26 de mayo de 2011

Sin palabras

Hay días en los que ser mamá implica tener todo el tiempo la sensación de que no tienes la menor idea de lo que estas haciendo. Supongo que estos días se viven a lo largo de toda la vida, no importa que los hijos sean bebés, niños, adolescentes o adultos.  La primera vez que experimenté está sensación fue cuando mi hija cumplió tres semanas de nacida, después de la euforia de los primeros días (en los que no sabía lo que hacía pero no me importaba) y el estira y afloja de la rutina que se va armando en las siguientes semanas.

Estaba yo sola con mi hija que empezó a llorar sin motivo aparente. Sin alarmarme, me dispuse a ver qué le pasaba: le revisé el pañal que estaba completamente seco, me la pegué pero acababa de comer por lo que solo jugueteó un poco y luego volvió a llorar, la cargué y arrulle por los pasillos, la mecí, la acosté en mi cama, en la sala, en su moisés  y … nada, seguía llorando desconsolada. El tiempo pasaba y cada minuto me sentía más ineficiente y abrumada. El único ruido que se escuchaba en la casa era el llanto seco y profundo de mi hija recién nacida. El perro me seguía a donde iba, cómo diciéndome –haz algo- y yo que no necesitaba más presiones estaba a punto de decirle, -pues haz algo tú-, porque lo que más deseaba era encontrar una causa o un culpable.

En medio de la desesperación empecé a sentirme no solo profundamente sola sino intimidada por mi pequeña, me daba pena no saber que hacer. Fingía (sin poder engañarme o engañarla) que sabía lo que estaba haciendo (y no que estaba a punto de salir corriendo y decir: por favor alguien salve a esta pobre niña, yo no tengo idea de qué tengo que hacer para ser mamá, además tengo sueño, estoy cansada, me duele todo y parece que no tengo aptitudes o el consabido instinto materno para atenderla).

Al final me rendí con ella en brazos. Nos acomodamos en la mecedora y con la voz más suave y tímida que me he escuchado le empecé a hablar. Entonces caí en cuenta de que casi no le hablaba. Por supuesto platicaba de ella con mi esposo, con mi mamá y con quién se me cruzara en frente. Pero a mi niña más allá de los abrazos, besos y de decirle que la quería y adoraba no le hablaba.

Me sentí fatal. La peor de las hipócritas, YO que pregonaba a la menor provocación la fuerza y poder de la palabra, no tenía la menor idea de cómo comunicarme con mi bebé, además ni siquiera me había dado cuenta de ello. Meciéndonos seguí hablando, mi voz llevaba el ritmo de su llanto, desesperada y triste le dije que lo sentía, que me disculpara por no saber bien que hacía, que quería hacer lo mejor para ella pero me costaba mucho trabajo entenderla. Le prometí que siempre estaría cerca, que iba a cuidarla, protegerla y orientarla, le conté que la vida podía ser difícil pero valía la pena vivirse, que estaba rodeada de amor y gente que la quería, le dije que su cuarto era de colores y estaba envuelta en una cobija que le tejió su bisabuela, que el perro nos observaba y se llamaba Tomás, que su llanto me estremecía pero juntas aprenderíamos a calmarlo, que cuando yo era chiquita también lloraba todo el día, que…

No sé cuanto tiempo pasó ni en que momento mi niña se quedó dormida. Pero recuerdo ese día con todos sus matices y una mezcla extraña de sentimientos. Fue nuestra primera conversación, que inició con su llanto y mi inexperiencia. Que me ayuda cada vez que siento que soy la única a la que su hija no le entiende y se le complica la existencia. Sé que no entendió el significado de mis palabras, pero sintió el amor con el que se lo decía y el tono de mi voz la ayudó a dormir. Y yo como pasa después de una buena conversación, también me sentí más tranquila. cj