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lunes, 1 de abril de 2013

¡Varicela!



Todo comenzó hace unas semanas cuando le quité a Lucía la pijama y vi a la primera intrusa, una ronchita que no pudo pasar desapercibida o camuflarse por un piquete de mosco, era redonda rosa y parecía una ampolla, al verla lo dije en el instante ¡varicela!, mi esposo se acercó al instante y la analizó con cuidado mientras mi hija nos veía como si estuviéramos locos, no teníamos duda pero era necesario confirmarlo así que hicimos cita con el pediatra.

Llegamos apabullados por el hallazgo y listos para planear el encierro que se avecinaba, el pediatra confirmo nuestras sospechas y nos dio algunas recomendaciones para el cuidado de la enferma. Después de un par de horas las ronchas se habían multiplicado exponencialmente, la número uno (la madre, como la suelen llamar) ya estaba inflada y empezó a picar, Lucía aún no entendía muy bien su padecimiento, pero estaba encantada porque su madrina le llevo todo un kit de cuidados que entre otras cosas incluía galletas y algunas películas.

Los siguientes días las ronchas no cedieron e invadieron a mi pequeña en lugares insospechados, las peores fueron las de la cabeza, pompas y vulva, porque además de picarle eran difíciles de calmar con cremas o polvos.

Por fortuna el virus no fue tan tremendo como lo esperábamos y después de unos cuantos días empezó a ceder, las ronchas bajaron en cantidad y tamaño y poco a poco el picor y las molestias empezaron a desaparecer, al final el peor castigo fue el encierro, pues Lucía no está nada acostumbrada a estar confinada a la casa y lloraba por no poder ver a sus primos, ir a la escuela o salir a jugar con los vecinos.

Sin embargo una semana y un día después del descubrimiento de LA roncha, nos despedimos gustosos de la varicela.

Aquí algunas recomendaciones para sobrellevar la situación:

1-    ¡Qué no se rasquen! más fácil decirlo que evitarlo, pero de verdad es necesario estar al pendiente de que no lo hagan.
2-    Cortar las uñas, lo mejor para evitar tentaciones es cortar las uñas lo más que se pueda, de esa manera no se hacen daño pues solo se rascan con la yema de los dedos.
3-    Baño coloide, yo ignoraba este remedio y cuando me lo recomendaron Lucía estaba tan molesta que lo intentamos de inmediato, los polvos los venden en cualquier farmacia (son preparados de avena y/o soya) y alivian al instante la comezón.
4-    Baños, tinas y demás; como parte de los cuidados el pediatra nos recomendó bañar a mi hija tres o cuatro veces al día, la idea me sonó exagerada pero en los peores días lo hicimos pues el agua (junto con los polvos) la hacían sentir mucho mejor.
5-    Polvo de haba alcanforada, este remedio yo lo recordaba de cuando a mí me dio varicela de pequeña, el polvo se consigue en farmacias o boticas naturales y se pone después del baño como si fuera talco, los ayuda bastante con el picor.
6-     Ropa suelta y de algodón, el calor y sudor multiplican las ronchas, por lo que lo mejor es que utilicen ropa holgada, fresca y de fibras naturales.
7-    Películas y algo de TV, Lucía ve muy poca tele normalmente, por lo que durante la enfermedad ver películas y una que otra caricatura le animaba y entretenía.
8-    Paciencia, a ratos la molestia cansa y altera el estado de ánimo normal de los pequeños, se desesperan por el encierro, las ronchas y los picores, lo mejor es mantener la calma, desviar su atención y esperar a que la enfermedad se acabe.
9-    Rotación familiar, las visitas de aquellos amigos o familiares que ya tuvieron varicela fue un excelente distractor para mi hija.
10-Juegos y apapachos, la disposición y el tiempo para jugar con ellos, inventar y abrazar, son siempre de ayuda cuando se sienten mal y llenos de molestias.

¿Algún otro remedio y/o recomendación? Vamos, compártanlo ;)

nos leemos
cj

lunes, 4 de marzo de 2013

El bicho


El tiempo se ha pasado tan rápido que apenas ahorita soy consciente de que dejé de escribir para AF hace casi un año, el asunto con la maternidad es que acelera el tiempo y deja poco espacio para todo lo demás. Por supuesto que a pesar del año de ausencia sigo siendo mamá y sintiendo las penurias y alegrías de tener a una pequeña de tres años, si he dejado de escribir no es por falta de experiencias, creo que ha sido más bien por falta de organización (mi eterno problema), sin embargo estoy lista para retomar estos diálogos de maternidad que en verdad disfruto.

Hoy les cuento mi penuria de los últimos días “el bicho”*.

Todo empezó hace una semana. Lucía que siempre ha gozado de un apetito ejemplar, se levantó y sin alarde alguno dijo que no quería desayunar, me sorprendí al escucharla pero pensé que era consecuencia del atasque que se había dado el fin de semana, no le di mayor importancia y tampoco me sorprendí cuando comió poco al medio día y luego en la cena, el martes la cosa estuvo por el estilo, hasta la cena cuando después de dos bocados empezó con unos vómitos como del exorcista.

Como seguía con hambre y buen ánimo atribuí las expulsiones gastrointestinales a una indigestión, al día siguiente Lucía se fue a la escuela después de un desayuno ligero, con buen semblante y ninguna queja de malestar. Y aquí empieza la historia de terror:

Poco antes de las dos me hablan de la escuela de Lú para decirme que acaba de vomitar y que por favor pase por ella, la encuentro sonriente en las piernas de la directora, apenas me ve me pregunta si hay comida en la casa, al instante me relajo y pienso que no puede estar tan mal si tiene hambre. En el camino se queda dormida y al llegar a la casa me dice que no quiere comer nada, se acuesta en un sillón y pasa toda la tarde entre el sueño y la vigilia, con una temperatura que va subiendo hasta llegar a 39.5.

 A las 7:30 nos recibe el pediatra nos dice que va a sobrevivir y nos da indicaciones sencillas y esperadas: dieta blanda, un antidiarreico e instrucciones de para que le realicen unos estudios.

Nos vamos a la casa felices, Lucía agotada y con hambre, apenas cena y se duerme al instante. Durante la noche no hay más eventualidades que unas cuantas visitas al baño para deshacerse de lo que yo pensaba eran los últimos rastros de la diarrea.

Llegamos al jueves y entre mi esposo y yo hacemos malabares para coordinar nuestro trabajo con el bicho intestinal de Lucía, preparo comida para dolor de panza y espero que mi niña mejore… pero no mejora, sigue yendo al baño a echar cosas que no sé de dónde salen pues no ha comido y está muy débil. Por la noche comienzan otra vez los vómitos.

 A la una y media de la madrugada le llamamos al doctor asustados porque Lucía no retiene ni el agua, nos dice que nos mantengamos alerta para que no se deshidrate y que mañana le comuniquemos como sigue, el viernes todo sigue igual, Lucía no come y si acaso ingiere algo lo vomita al instante. Para este momento yo ya estoy como un zombi a medio morir, con cara de muy pocos amigos y pensado los peores escenarios del mundo para mi pequeña ¿qué le pasa?

El sábado visitamos de nuevo al pediatra, como en los estudios no salió nada, concluye que se contagio de un virus por andar besuqueando a Jerónimo (su primo de ocho meses), la receta de nuevo, nos reafirma que va a sobrevivir y le indica la dieta más blanda de la comarca.

El sábado el bicho se rinde, Lucía ya no vomita y visita menos el baño.  Además recibe gustosa la mejor medicina que existe: una visita inesperada de sus preocupados abuelos (el paterno en el consultorio del pediatra y los maternos desde Morelia).

Una semana después el problema casi se ha acabado… y digo casi porque ahorita lo difícil es que entienda que no puede comer todo lo que se le antoja, se me queda viendo con toda la expectativa del mundo y me pregunta ¿huevito si?, ¿quesadilla?, ¿aguacate?, ¿salchicha?, cuando por fin se rinde ante el reducido menú me pide otro poquito de caldo de pollo.

* El asunto con el bicho es que en una de sus múltiples idas al baño en un pésimo intento de mi parte por consolarla le dije –mi amor, no te preocupes sigues yendo mucho al baño porque tiene que salir el bicho- ella volteó a verme a punto de gritar y me dijo – mamá no quiero que me salga ningún bicho, no lo quiero ver, por favor- para variar, gajes del oficio e imprecisiones del lenguaje ;)

Nos leemos, cj

jueves, 15 de septiembre de 2011

¿formula, leche deslactosada, soya o arroz?


El día de hoy queridas lectoras lo dedicaré a un tema que como hace unos cuantos meses resolví se me había pasado por completo relatarlo, sin embargo hoy hablando con mi mamá caí en cuenta de que no lo había tocado en AF y me parece de suma importancia compartirles mi experiencia.

La historia comenzó cuando deje de amamantar a mi hija, el cambio fue paulatino, poco a poco más biberones y menos pecho, luego me enfermé y tuve que suprimir por completo el pecho y cuando intente volver a alternar mi hija ya estaba habituada al biberón y mi producción de leche era muy poca.

En estas semanas mi hija empezó con una leve diarrea, que la pediatra de inmediato le atribuyó a la dentición y me dijo que ignorara, pasaron unos días y al no ceder la diarrea la doctora asumió que mi hija tenía algún bicho y le mandó un antibiótico, el primero de toda su vida. Mi esposo y yo estábamos renuentes a dárselo pero nos ganó la ignorancia y desesperación del momento y al final acabamos por ceder.

Junto con la medicina nos recetaron una fórmula deslactosada que le dimos durante un par de semanas. Mi hija mejoró pero no por completo, como no dejaba de comer ni tenía fiebre la pediatra volvió a la hipótesis de los dientes y nos dijo que no nos preocupáramos. En cuanto volvimos a la fórmula normal volvieron las diarreas, por lo que asumimos que mi hija era intolerante a la lactosa y le dimos sólo leche deslactosada.

El cambio funcionó unas cuantas semanas pero luego volvieron las diarreas, está vez mucho más intensas. Había días en los que tenía que despertarla a media noche para enjuagarla, cambiarla y poner ropa limpia en su cama. La pediatra siguió achacando el mal a la dentición y yo casi loca de angustia decidí consultar a otro pediatra que de entrada le recetó un antibiótico y la misma leche deslactosada que ya tomaba. Desesperados seguimos sus instrucciones al pie de la letra, como en la otra ocasión mi hija mejoro unos cuantos días y luego volvió a presentar los mismos síntomas: diarrea extrema, abdomen inflamado y avidez (casi adicción) por la leche.

Hago un pequeño paréntesis para contarles que en todo este tiempo mi hija nunca dejo de comer, se sintió mal o presentó fiebre, en tres ocasiones analizaron su pañal y nunca salió positivo de alguna infección intestinal o parásitos, lo que solo nos confundía más, pues las diarreas parecían no tener explicación.

Sintiendo que los doctores no me escuchaban y viviendo absolutamente frustrada y asustada por no saber qué le pasaba a mi hija empecé a investigar cuál podía ser la causa. Después de descartar lo que sin resultados le habían diagnosticado di con la alergia a la proteína de la leche. Condición que cada vez es más frecuente y de la que mi hija llenaba todo el cuadro descrito en foros, libros y diversos sitios de Internet.

Así que si consultar a nadie más que a mi esposo decidí cambiarle a mi hija la formula sin lactosa por una formula hecha a base de soya. La primera semana fue una dicha pues mi hija mostró una mejoría casi inmediata, estaba por cantar victoria y gritar a los cuatro vientos mi éxito cuando alrededor de la tercera semana volvieron las diarreas, más intensas y desgastantes que antes. Supongo que mi hija estaba harta de estar medio rozada y eternamente suelta del estómago, sin embargo no estaba decaída o de mal humor. Yo en cambio estaba agotada de lavar y cambiar sábanas, cansada de no saber qué le pasaba a mi hija y aterrada de que las diarreas fueran el síntoma de algo más serio.

Volví a investigar y me topé con que la mitad de los niños que son alérgicos a la proteína de la leche lo son también a la soya, ¿entonces?, el tercer pediatra me recetó una formula a base de frutas y arroz que a mi hija le cayó de maravilla, cuando me dijo que probara de nuevo con la soya a ver cómo respondía busque una cuarta opinión.

Llegué con el cuarto pediatra hecha un energúmeno contenido (es decir furiosa y desesperada pero muy educada) le narré la vida y milagros de mi hija, todo lo que había hecho y las consecuencias que habíamos observado. Este último especialista me escucho con una paciencia de santo, me preguntó santo y seña de la alimentación de mi hija y por primera vez me cuestionó sobre la lactancia, cuando le conté que desde los primeros días de vida de mi hija yo había dejado de comer lácteos porque le producían cólicos me dijo: -la historia está completa tu hija tiene una moderada alergia a la proteína de leche, su sistema digestivo es inmaduro y no la tolera de ahí las diarreas- después de revisarla me dijo – la alergia ha avanzado por eso tu hija tiene algo de escurrimiento nasal y ¿ha tenido salpullido?- cuando le contesté que sí me dijo que esa era otra señal de la alergia, que por si fuera poco ya empezaba a llegar al canal auditivo. Es decir cómo cualquier alergia que no se atiende cada vez presentaba más síntomas.

El pediatra me recomendó una formula hidrolizada que costaba ni más ni menos que setecientos pesos (por un frasco que por el tamaño sabía que no nos duraría más de una semana), el problema además del precio fue que la formula sabía a diablos (acepto que la probé) y mi hija no quiso tomar un solo trago de la misma.

Cuando le hablé al pediatra me dijo que probara con leche de arroz, mi mamá (que también había investigado sobre la alergia) compró unos cuantos litros para que la probara mi hija y ¡¡¡santo remedio!!! Casi seis meses después del primer litro mi hija no ha presentado ni media diarrea, si acaso lo contrario, o sea algo de estreñimiento debido al exceso de arroz.

El pediatra me dijo que la alergia desaparecerá después de un tiempo y mi hija podrá tomar leche de vaca sin problemas, la verdad es que por el momento eso no me agobia en lo absoluto pues la leche de arroz se consigue fácil, tiene calcio y como ya no es su alimento principal le sirve bien de complemento. Si les cuento la historia es porque no me gustaría que alguien tuviera que padecer la incertidumbre, el dolor y la angustia de ver a su pequeño enfermo y no saber qué hacer para remediarlo. Sé que tuve mala suerte porque los primeros pediatras que consulté pasaron por alto la existencia de esta alergia, por suerte pude documentarme, platicar con otras personas en casos similares y al final de cuentas encontrar un pediatra atento a estos nuevos males. No me extiendo más, un abrazo. cj

Ilustración Carmen Lara 

jueves, 2 de junio de 2011

¿y tu pediatra?

Preguntarle a alguien que tiene un hijo sobre su pediatra es casi como pedirles que te cuenten la historia de su primer amor: eterno, lleno de sentimientos apasionados, detalles y minucias.


Habrá quién de inmediato diga –es EL mejor que existe, ¿quieres su celular, el número del consultorio, su dirección?-  estas personas han tenido suerte con el pediatra, confían en sus palabras, recetas y diagnósticos sin el menor problema. Cuando me encuentro a alguien en esta situación, tengo que admitirlo: me da una envidia enorme.

Yo no he tenido propiamente una mala experiencia con alguno de estos especialistas, lo que he tenido son muchas dudas que se quedan sin resolver y la constante sensación de que no me escuchan mientras les comunico con todo detalle los problemas de mi hija. Además de que siempre, irremediablemente, le recetan más medicinas de las que yo creo que son necesarias.

Por desgracia para los pobres pediatras existe Internet y una mamá  obsesiva como yo: siempre investiga los medicamentos que recetan. Admito que es un arma de dos filos, a veces me quedo tranquila porque resulta que mi investigación coteja con el diagnóstico del pediatra y otras me vuelvo loca pensando en si darle o no la medicina.

Y es que como atinadamente me dijo el primer pediatra que visité: -señora a fin de cuentas quién más sabe es la mamá- a lo que yo le respondí pues si y no. Es verdad que yo sé si mi hija está rara, con la temperatura un poco más alta de lo normal, irritable o sensible, pero yo no estudié medicina así es que ciertos síntomas pueden pasar desapercibidos o jugar un poco con mi imaginación hipocondríaca.

Mi sueño más grande sería poder platicar largo y tendido con él o la pediatra de mi hija, contarle los pormenores de su vida, cada avance y retroceso, expresarle mis más profundos miedos y aquellas teorías que he formulado sobre la salud, los niños y las enfermedades, en fin si me diera tiempo creo que hasta le leería todo Ácido Fólico y le pediría una lista de comentarios y sugerencias. Lamentablemente vivimos en un mundo en el que lo que más cuesta es el tiempo y las visitas al doctor son como los cambios de pañal, las primeras meticulosas, largas y atentas a los detalles, conforme avanza el tiempo y se adquiere práctica se van haciendo más agiles y después del año son de volada y en automático.

En los últimos días he tenido la oportunidad de platicar con dos amigas que tienen bebés recién nacidos, a las dos les dijeron que sus hijos tienen reflujo y les recetaron un arsenal de medicamentos. Una de ellas me llamó hace una semana, harta, cansada y asustada porque su pequeña no dejaba de llorar, lo que más le pesaba a mi amiga era la cantidad de cosas que le habían recetado a su hija que no tiene ni un mes: medicinas antireflujo, antigas, para rotavirus y para el resfriado – y lo peor- decía mi amiga –es que antes de que le diera las medicinas estaba bien y ahora llora todo el día-.

El caso me sonaba más que familiar, a mi hija también le diagnosticaron reflujo a las pocas semanas de nacida, cuando se lo conté a mi mamá me dijo con toda seriedad –esa niña no tiene reflujo, se atasca de comida y luego echa lo que no le cabe- yo con el ansía hasta los ojos le hice más caso al doctor que a mi mamá, pero la medicina le cayó de la patada y la puso sumamente irritable, entonces empecé a leer sobre reflujo, las causas, síntomas, y demás pormenores y mientras más leía, más me enojaba pues mi hija no tenía ni uno de los síntomas que ahí mencionaban. Y es que, ¿qué casualidad que en estos tiempos parece que todos los niños tienen reflujo?. Así que le deje de dar la medicina, siguió echando leche pero dejo de llorar y no volvió a tener malestar.

No les voy a contar cada visita al doctor o diagnóstico, porque no acabaría y ustedes no volverían a leer AF nunca más. Lo que me parece importante es que no nos quedemos calladas, así como un excelente doctor merece ser recomendado, uno sin tacto, tiempo y atención merece que le expresemos nuestras dudas y en última instancia le hagamos saber que lo que receta o diagnostica no le va bien a nuestros hijos.

El chiste no es atacar a los pediatras, por el contrario la invitación es a sacarlos de la prisa en la que ha caído la profesión y animarlos a que disfruten lo que hacen y compartan su conocimiento con esos pobres mortales que somos papá y/o mamá. cj


Ilustración Carmen Lara