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lunes, 10 de octubre de 2011

¿Qué le doy de comer hoy?

Pues si, parece una simple pregunta sin importancia, pero conforme nuestros hijos crecen, el tema de la comida se vuelve más y más complicado.
Para mi, desde que nació mi hijo, la alimentación ha sido uno de mis más grandes dilemas; primero con la lactancia, después con las papillas y demás comida desbaratada, y ahora con mis limitados menús.
Y como cualquier otra mamá, desesperada por darle una alimentación balanceada a mi hijo, sin que eso signifique estar metida en la cocina durante el tiempo que él está en la escuela o hace la siesta, busco en internet opciones y recomendaciones, como las que me encontré en el sitio www.pequerecetas.com, para bebés de todas las edades.
Todo parece indicar que el sitio es de España, así es que algunas de las recetas pueden resultar extrañas a nuestro habitual paladar (y obvio al de nuestros hijos), e igualmente puede ser que algunos de los ingredientes no los encontremos en nuestro país, pero en general son recetas fáciles y originales.
En este sitio también sugieren llevar un menú semanal, para evitar el sufrimiento diario de preguntarnos ¿y hoy qué le preparo?; yo se los iba a compartir porque se puede bajar en formato pdf, pero la diseñadora de ácifo fólico me lo prohibió rotundamente, y decidió hacer su propia versión, exclusivamente para nuestras lectoras:











jueves, 15 de septiembre de 2011

¿formula, leche deslactosada, soya o arroz?


El día de hoy queridas lectoras lo dedicaré a un tema que como hace unos cuantos meses resolví se me había pasado por completo relatarlo, sin embargo hoy hablando con mi mamá caí en cuenta de que no lo había tocado en AF y me parece de suma importancia compartirles mi experiencia.

La historia comenzó cuando deje de amamantar a mi hija, el cambio fue paulatino, poco a poco más biberones y menos pecho, luego me enfermé y tuve que suprimir por completo el pecho y cuando intente volver a alternar mi hija ya estaba habituada al biberón y mi producción de leche era muy poca.

En estas semanas mi hija empezó con una leve diarrea, que la pediatra de inmediato le atribuyó a la dentición y me dijo que ignorara, pasaron unos días y al no ceder la diarrea la doctora asumió que mi hija tenía algún bicho y le mandó un antibiótico, el primero de toda su vida. Mi esposo y yo estábamos renuentes a dárselo pero nos ganó la ignorancia y desesperación del momento y al final acabamos por ceder.

Junto con la medicina nos recetaron una fórmula deslactosada que le dimos durante un par de semanas. Mi hija mejoró pero no por completo, como no dejaba de comer ni tenía fiebre la pediatra volvió a la hipótesis de los dientes y nos dijo que no nos preocupáramos. En cuanto volvimos a la fórmula normal volvieron las diarreas, por lo que asumimos que mi hija era intolerante a la lactosa y le dimos sólo leche deslactosada.

El cambio funcionó unas cuantas semanas pero luego volvieron las diarreas, está vez mucho más intensas. Había días en los que tenía que despertarla a media noche para enjuagarla, cambiarla y poner ropa limpia en su cama. La pediatra siguió achacando el mal a la dentición y yo casi loca de angustia decidí consultar a otro pediatra que de entrada le recetó un antibiótico y la misma leche deslactosada que ya tomaba. Desesperados seguimos sus instrucciones al pie de la letra, como en la otra ocasión mi hija mejoro unos cuantos días y luego volvió a presentar los mismos síntomas: diarrea extrema, abdomen inflamado y avidez (casi adicción) por la leche.

Hago un pequeño paréntesis para contarles que en todo este tiempo mi hija nunca dejo de comer, se sintió mal o presentó fiebre, en tres ocasiones analizaron su pañal y nunca salió positivo de alguna infección intestinal o parásitos, lo que solo nos confundía más, pues las diarreas parecían no tener explicación.

Sintiendo que los doctores no me escuchaban y viviendo absolutamente frustrada y asustada por no saber qué le pasaba a mi hija empecé a investigar cuál podía ser la causa. Después de descartar lo que sin resultados le habían diagnosticado di con la alergia a la proteína de la leche. Condición que cada vez es más frecuente y de la que mi hija llenaba todo el cuadro descrito en foros, libros y diversos sitios de Internet.

Así que si consultar a nadie más que a mi esposo decidí cambiarle a mi hija la formula sin lactosa por una formula hecha a base de soya. La primera semana fue una dicha pues mi hija mostró una mejoría casi inmediata, estaba por cantar victoria y gritar a los cuatro vientos mi éxito cuando alrededor de la tercera semana volvieron las diarreas, más intensas y desgastantes que antes. Supongo que mi hija estaba harta de estar medio rozada y eternamente suelta del estómago, sin embargo no estaba decaída o de mal humor. Yo en cambio estaba agotada de lavar y cambiar sábanas, cansada de no saber qué le pasaba a mi hija y aterrada de que las diarreas fueran el síntoma de algo más serio.

Volví a investigar y me topé con que la mitad de los niños que son alérgicos a la proteína de la leche lo son también a la soya, ¿entonces?, el tercer pediatra me recetó una formula a base de frutas y arroz que a mi hija le cayó de maravilla, cuando me dijo que probara de nuevo con la soya a ver cómo respondía busque una cuarta opinión.

Llegué con el cuarto pediatra hecha un energúmeno contenido (es decir furiosa y desesperada pero muy educada) le narré la vida y milagros de mi hija, todo lo que había hecho y las consecuencias que habíamos observado. Este último especialista me escucho con una paciencia de santo, me preguntó santo y seña de la alimentación de mi hija y por primera vez me cuestionó sobre la lactancia, cuando le conté que desde los primeros días de vida de mi hija yo había dejado de comer lácteos porque le producían cólicos me dijo: -la historia está completa tu hija tiene una moderada alergia a la proteína de leche, su sistema digestivo es inmaduro y no la tolera de ahí las diarreas- después de revisarla me dijo – la alergia ha avanzado por eso tu hija tiene algo de escurrimiento nasal y ¿ha tenido salpullido?- cuando le contesté que sí me dijo que esa era otra señal de la alergia, que por si fuera poco ya empezaba a llegar al canal auditivo. Es decir cómo cualquier alergia que no se atiende cada vez presentaba más síntomas.

El pediatra me recomendó una formula hidrolizada que costaba ni más ni menos que setecientos pesos (por un frasco que por el tamaño sabía que no nos duraría más de una semana), el problema además del precio fue que la formula sabía a diablos (acepto que la probé) y mi hija no quiso tomar un solo trago de la misma.

Cuando le hablé al pediatra me dijo que probara con leche de arroz, mi mamá (que también había investigado sobre la alergia) compró unos cuantos litros para que la probara mi hija y ¡¡¡santo remedio!!! Casi seis meses después del primer litro mi hija no ha presentado ni media diarrea, si acaso lo contrario, o sea algo de estreñimiento debido al exceso de arroz.

El pediatra me dijo que la alergia desaparecerá después de un tiempo y mi hija podrá tomar leche de vaca sin problemas, la verdad es que por el momento eso no me agobia en lo absoluto pues la leche de arroz se consigue fácil, tiene calcio y como ya no es su alimento principal le sirve bien de complemento. Si les cuento la historia es porque no me gustaría que alguien tuviera que padecer la incertidumbre, el dolor y la angustia de ver a su pequeño enfermo y no saber qué hacer para remediarlo. Sé que tuve mala suerte porque los primeros pediatras que consulté pasaron por alto la existencia de esta alergia, por suerte pude documentarme, platicar con otras personas en casos similares y al final de cuentas encontrar un pediatra atento a estos nuevos males. No me extiendo más, un abrazo. cj

Ilustración Carmen Lara 

miércoles, 7 de septiembre de 2011

¡Oh no! Otra vez fin de semana.


Antes de ser mamá, los fines de semana eran el momento más esperado, contaba los días para que llegara el sábado, y finalmente cuando llegaba, disfrutaba levantarme un poco más tarde de lo normal, desayunar en pijama, comer con mi esposo, y si no teníamos alguna reunión social programada, íbamos al cine a altas horas de la noche porque no importaba desvelarnos.
Ahora los sábados y los domingos son días de cansancio, de rompernos la cabeza pensando en nuevas actividades para mantener a los niños entretenidos, y obviamente agotarlos para que en la noche caigan rendidos y nos dejen dormir.
Yo pensaba que conforme pasaran los meses, y mi hijo creciera, esos días serían más fáciles y relajados; cuando era recién nacido, y aún en sus primeros meses, yo vivía en el estrés total porque no le podía quitar los ojos de encima ni un segundo, cada tres horas le daba de comer, le cambiaba el pañal, y lo tenía que mantener entretenido y abrazado porque dormía muy poco.
Ahora que ya es un niño, que se comunica un poco más con nosotros, tenemos que estar pensando constantemente en actividades, juegos y distracciones para que no se aburra y destruya la casa. A veces es un dilema si salimos o mejor permanecemos en el encierro, porque cada opción tiene sus pros y sus contras, pero ninguna es menos cansada que la otra.
Si decidimos quedarnos en la casa, por lo general comemos más tranquilos porque si no se le antoja una cosa le ofreces otra, y así hasta que logras llegar al punto en el que piensas “bueno, ya se comió dos chícharos, un brócoli, un rollito de jamón y dos galletas marías, yo creo que aguanta hasta la cena”, lo bajas de su silla para que corra libremente (y saque todo lo de la alacena, juegue con los sartenes y se coma una croqueta), pero cuando menos tienes oportunidad de comer algo.
Si decidimos salir a comer a un restaurante preparamos una pañalera de lo más profesional, con opciones para distraerlo, algunos snacks por si el servicio es lento y la comida tarda un siglo, y con un paquete grande de toallitas húmedas para el batidillo que de antemano sabemos que van a dejar. Una de las ventajas, aunque me da mucha pena admitirlo, es que cuando sales realmente no te importa si tu hijo escupe la comida, o si decide desbaratar un pedazo de pan, o ponerse el espagueti en el pelo, solo te haces de la vista gorda y escondes el tiradero con el pie, con la esperanza de que los meseros que más tarde tendrán que recoger no le escupan a tu comida.
Es una lástima que, aún viviendo en una ciudad grande como Guadalajara, son muy pocos los lugares a los que puedes ir con niños menores de dos o tres años que tienen área de juegos; y no me refiero a un McDonalds o Burger King que tienen juegos monumentales, que por lo general huelen a patas y puedes ver a niños de catorce años trepándose por el pasamanos, sino a lugares limpios, cerca de los papás, con alguien que los vigile y lo más importante, seguros.
Pero mientras no existan opciones amigables, tendremos que seguir con la disyuntiva de los fines de semana ¿cocino en la casa para después pasar tres horas limpiando, o salgo a comer para que me atiendan y paso tres horas estresada persiguiendo a mi hijo?. En fin, uno más de los dilemas que enfrentamos los padres, que vivimos para nuestros hijos, pero que de vez en cuando deseamos darnos uno que otro gustito. mj
Ilustración: Carmen Lara

jueves, 25 de agosto de 2011

Entre la torta ahogada y el supermercado...


Algo tarde pero por fin escribo. La verdad tenía casi pensado saltarme el día y no hacer AF el día de hoy, Michelle me dio permiso pero… ahorita mi hija por fin duerme y me entró un poco el remordimiento de consciencia (es extraño pero AF se ha vuelto una responsabilidad, que como tal tomamos muy en serio) pero más que nada me dieron ganas de contarles nuestra pequeña odisea del día de hoy.

Resulta que yo ya empecé a trabajar (otro día les contaré más al respecto) y mi hija empezó de nuevo a ir a la escuela (en otra ocasión les contaré  MUCHO más al respecto) por lo que esta semana ha sido algo pesada pues estamos las dos tratando de reajustarnos y adaptarnos a los cambios en  nuestras vidas.

Así las cosas para lo último que me da tiempo es para hacer la comida, actividad que desde que nació mi hija detesto más que nunca, sobre todo porque me agarra desprevenida y por mucho que trate de organizarme, cuando me doy cuenta ya es la hora y tengo que preparar algo de volada que sea medianamente saludable y nutritivo para mi hija, pues yo a veces termino comiendo cereal, papás o cualquier cosa que me encuentro en el camino.

Hoy fue uno de esos días en los que el reloj estuvo correteándome y por supuesto cuando llego la hora de la comida no había nada listo, Michelle amablemente me había comentado que había puesto a cocer brócoli y tenía algo de pasta –alcanza para los niños, nosotros luego vemos que comemos-  muchas veces con alimentar a los hijos nos basta, pero hoy yo moría de hambre y por el tono de Michelle intuía que ella también, así las cosas le hice una de las propuestas más indecorosas que se pueden formular –¿oye y si nos alocamos y nos lanzamos a comer tortas ahogadas?- Michelle NO PUEDE resistir este platillo tapatío que para quien no lo conozca consiste en una torta con bolillo salado y deliciosa carne de puerco picada en su interior, uno la “baña” con salsa de jitomate, salsa picosa, col, cebolla, limón y un poco de sal (¡ya estoy babeando!), el caso es que aceptó encantada y quedamos que pasaría por ella y su hijo en cinco minutos, para que se den una idea de la relación entre Michelle y las tortas les digo que apenas íbamos saliendo de la casa cuando vimos a Michelle y a su hijo caminando por la banqueta, ¡fue tanto el antojo que no aguantaron y llegaron caminando a la casa!

En cuanto llegamos a las tortas nos dividimos, mientras una va a comprar la comida y cuida a los niños la otra a la velocidad del rayo arrastra las sillas y acomoda el lugar en donde nos vamos a instalar, luego subimos a los niños y por fin llegan los manjares. A los niños como buenos tapatíos les encanta este platillo, pero en esta ocasión mi ahijado nos sorprendió pues agarraba puños de carne y como naufrago se los metía a la boca encantado de la vida.

Después de cincuenta servilletas y un reguero de carne en el piso (que por más que intentamos recoger quedo hecho un chiquero) salimos del restaurante, todos satisfechos y contentos.

Michelle tenía que ir al súper y yo muy valiente le dije –si quieres vamos de una vez- así que trepamos a los niños en un carrito del supermercado que parece coche y empezamos el recorrido.

¡¡¡Error!!! Apenas atravesamos el pasillo de entrada los dos “recién comidos” empezaron a pedir todo lo que veían a su alcance, jugaron tres segundos con el volante del pesado e impráctico carro del súper y luego gritaron “pan”, a toda velocidad Michelle fue por el pan que tenía que comprar y lo escondió mientras yo los entretenía con unos bailes alusivos a las verduras y frutas que se encontraban cerca de nosotros. En el pasillo de las galletas, tortillas y demás los dos intentaron brincos casi suicidas con tal de salirse del carro y tomar una galleta. En los congeladores mi hija se dio cuenta de que su querida madrina había puesto una bolsa de ciruelas pasas y ¡oh perdición! No hubo poder humano que la tranquilizara, una ecuánime  y tranquila Michelle me dijo –ábrelas y dale una, de todos modos las vamos a pagar y la verdad pobres están chiquitos y se les antoja lo que ven- yo me sorprendí con su comentario, abrí las ciruelas y le di una, dos, tres… su hijo a quien ni le gustan también se comió unas cuantas.

Dos minutos después empezaron a pedir otra cosa Michelle como energúmeno les dijo –no ya comieron ciruelas, ahora espérense que ya casi nos vamos-, mi hija aventó un paquete de cuernitos que traía en las manos y aplastó la lechuga que mi hermana se había tardado tres horas en escoger y que después de ver algo abollada decidió ir a cambiar.

El tiempo paso y los niños siguieron alocados, gritando y pidiendo TODO lo que veían a su paso, a ratos se abrazaban entre ellos y se volteaban a ver como diciendo –hay que tener calma o si no estás viejas se van a volver locas-

Por fin llegamos a la caja, pagué tres cosas y cargué a mi hija mientras el hijo de Michelle se las arregló para sacarle el palo a una paleta payaso y comerse el bombón que tenía pegado, mi hija empezó a gritar porque también quería paleta y un poco de todas las porquerías con las que saturan las cajas. Cuando por fin nos íbamos mi ahijado se aventó pataleo emocionado y aplastó por completo la lechuga que con tanto esmero su mamá había seleccionado, cambiado y cuidado en todo el trayecto. A estas alturas solos nos volteamos a ver, nos atacamos de la risa y juramos que por un tiempo cada quien irá al súper sola. Nuestros hijos están en una edad en la que no son en absoluto compatibles con este tipo de lugares. cj

PD 1: al final esta publicación saldrá el jueves y no el miércoles como me tocaba, pero ayer mientras escribía mi hija se despertó y yo tuve que abandonar el teclado y dirigirme con ella al parque más cercano.

PD2: no acostumbramos poner fotos de los niños pero la imagen del día e hoy dice más que mil palabras ;-)

PD3: son mucho más bonitos en persona!!.

jueves, 9 de junio de 2011

La alimentación y sus encantos

La alimentación de mi hijo ha sido desde que nació, un tema que todos los días me ha causado distintos sentimientos que van desde la frustración, hasta el mas grande orgullo.

Primero viví las dificultades de la lactancia, como ya se los platique antes, y en ese momento yo pensaba en el dia en que finalmente lo pudiera sentar en su silla alta para darle de comer con una cuchara, como comen el resto de los humanos. Empezamos con los sólidos cuando tenía al rededor de cinco meses, y lo que más le gusto fue la zanahoria, se la comió facilísimo y cuando menos me dejó descansar un rato antes de pedirme leche nuevamente.

Confieso que en un principio tenía toda la disposición para hacerle papillas caseras, pero por una extraña razón, mi hijo las escupía como máquina de helado, no le parecían de buen gusto y yo me enojaba y frustraba porque me había tardado tres horas.

Opte por darle gerbers la mayor parte del tiempo, que finalmente como todo lo relacionado con los bebes, puede causar empatía, o la más grande de las controversias.

Algunas mamás me decían que por ningún motivo les darían alimentos enfrascados a sus hijos, "imagínate la cantidad de conservadores y porquería que tienen" comentaban, y sí me quedaba pensando, pero finalmente llegaba la hora de la comida y yo abría la despensa para sacar un delicioso gerber de chayote.

Por el contrario, mi ya famosa Abuela a quién admiro por su excelente sazón y dotes de ama de casa, llegó a comentar que le deberían de hacer un monumento al señor gerber por su extraordinario invento, y decía "lo que hubiera dado yo porque en mis tiempos existieran esas cosas".

En fin, así pasamos de la etapa de las papillas a la comida en corte fino, como elegantemente le llaman en la escuela; empezaron a diluirse un poco las frustraciones porque había más sabores, colores y consistencias para deleitar el paladar de mi pequeño comensal. Aunque nunca me he caracterizado por mis dotes de cocinera, de vez en cuando disfruto de hacer algunos inventos en la cocina, y así como algunos funcionan, otros terminan en el piso, y finalmente en la panza de mi ya gordísimo perro.

Es impresionante como la alimentación, así como la mayoría de los gustos y comportamiento de los niños, tiene que ver con el ejemplo de los padres; aunque mi hijo no es de muy buen comer, a diferencia por ejemplo de mi esposo, ya le empiezan a gustar algunos alimentos que pueden parecer extraordinarios para su edad. Le gustan mucho las verduras como el brócoli, que es mi favorita, y hace unas semanas apantalló a sus Abuelos comiéndose una gigante aceituna verde rellena de pimiento morrón.

Así las cosas, lo que empieza siendo complicado finalmente se vuelve parte de la rutina de todos los días; ahora disfrutamos en familia la hora de la cena, y seguiremos con los experimentos hasta que mi pobre perro explote. mj

Ilustración Carmen Lara