Mostrando entradas con la etiqueta lactancia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lactancia. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de agosto de 2013

La lactancia por segunda vez, segunda (y última) parte


Pues si, Carol y yo seguimos vivitas y coleando, seguimos lidiando con el día a día de la maternidad, sus pocos contras y sus muchísimos pros, pero desafortunadamente este ritmo de vida que llevamos actualmente, ha provocado que se pasen los meses, y ahora que reviso el blog me doy cuenta que se pasó el año, sin siquiera darnos cuenta.

Mi hijo el más joven ya cumplió su primer año, y el grande (que les enseño en la foto, jugando a darle pecho a su oso, tiene casi tres años y medio).






Les quise compartir esta foto, porque me provocó muchísima nostalgia ayer que me la encontré, es de aproximadamente hace un año, cuando la mayor parte de mi día se iba en la alimentación de Jerónimo, y a Gabriel no le quedaba de otra más que acompañarnos, esperarnos, y en algunas ocasiones hasta imitarnos, aún después de mis aburridas e inútiles explicaciones de que sólo a las mamás nos sale leche y bla, bla.

Quise retomar y concluir este tema, porque leo con tristeza que cada vez son menos las mamás que deciden amamantar a sus hijos, sé por experiencia que en el momento es difícil, abrumador, agotante, pero pasa tan rápido que cuando te das cuenta, lo extrañas y (casi) te dan ganas de regresar el tiempo, y no hablo de repetirlo porque por el momento no está en nuestros planes tener un tercer hijo o hija.

Sé que para muchas mamás no es tan sencillo, sé que muchas mujeres tienen que regresar a trabajar al poco tiempo de que nacen sus hijos, y no me puedo ni imaginar lo complicado que debe ser todo el proceso de sacarse la leche, administrarla, conservarla, etc, pero durante el tiempo que puedan inténtenlo, es una experiencia incomparable.

Espero tener el tiempo para seguir escribiendo en este espacio, tengo muchísimos temas y cosas que contarles a todas las lectoras de Ácido Fólico, a las pocas o muchas que quedan después de nuestro abandono temporal, pero el hecho es que seguimos siendo mamás, con nuevas anécdotas, problemas, soluciones, inquietudes y consejos. mj

miércoles, 17 de abril de 2013

La lactancia por segunda vez, primera parte



Desde hace meses tengo pendiente esta entrada, y no quiero dejar pasar más tiempo sin platicarles mi experiencia con la lactancia por segunda vez, porque sé que puedo motivar a más de alguna mamá que vivió una experiencia anterior no tan fácil o feliz como en mi caso, o incluso para alentar a las futuras mamás primerizas para que vivan y disfruten esta etapa, que se pasa volando.

Debo confesar que durante mi segundo embarazo, la lactancia era uno de mis más grandes miedos, porque con mi primer hijo fue lo que más trabajo me costo; y es que la lactancia no es cosa fácil, es cansada, muy demandante, en ocasiones dolorosa e incómoda, pero definitivamente la recompensa es enorme.

Jerónimo Francisco (el segundo nombre en honor a su Abuelo materno), como ya se los platiqué, nació por cesárea a las 10:05 am, y después de un par de horas en recuperación, me lo llevaron al cuarto en dónde ya lo esperábamos con ansias mi esposo y yo, y cuando menos nuestra familia más cercana. La conexión fue inmediata, lo vi y me derretí de amor por segunda vez, porque aunque es difícil de creer cuando no lo has vivido, el corazón se divide en partes iguales cuando nacen los segundos hijos (supongo que pasa lo mismo con los terceros, y los cuartos...). Estaba diminuto y muy rosa, pelón igual que su hermano, pero muy sonriente y contento; después de un rato en el que pasó de brazo en brazo, y en el que recibió besos y ataques de su hermano y de su prima, finalmente nos dejaron solos para darle de comer por primera vez.




Al principio se quedó dormido, supongo que por la cercanía, el calor y la seguridad que les da a los recién nacidos estar con su Mamá, pero después de un rato empezó a comer sin problema, y afortunadamente la leche me bajó muy rápido y sin otros efectos, a diferencia de la primera vez que tuve fiebre, escalofríos y que tardó cuando menos un par de días en bajar.

No puedo decir que no me dolió, pero estaba tan mentalizada que ahora fue un dolor muy aguantable, eso si, me ponía religiosamente la mágica pomada lansinoh después de cada comida, para alcanzar a recuperarme antes de que le diera hambre otra vez.

Gabriel, mi primer hijo, comía casi cada hora y media de día y de noche, y tardaba en comer al rededor de media hora de cada lado; probablemente la frecuencia y el tiempo que le tomaba llenarse, hacían que a mi me pareciera como si todo el día se nos fuera en la alimentación, y por esa y otras razones yo estaba exhausta y adolorida, y honestamente no disfruté la lactancia como yo hubiera querido.

Con Jerónimo fue diferente, comía cada tres horas, a veces duraba un poco más, la mayoría de las veces comía solo de un lado y en 15 minutos se llenaba; pero creo que lo que me facilitó más las cosas fue el entorno, la experiencia, el momento y la realidad tan distinta que vivía de la primera vez que fui Mamá. 

Y para mi es importante ser honesta, porque de otra forma no tendría ningún caso crear estos espacios para compartir lo que vivimos como mamás; cuando nació Gabriel la maternidad me tomó por sorpresa (a pesar de los 9 meses de embarazo y de las múltiples lecturas, cursos y demás fuentes de información), estaba en un momento muy egoísta en mi vida, no porque estuviera mal, sino porque básicamente no tenía que preocuparme por nadie más que por mi. Mi esposo y yo nos íbamos a trabajar por las mañanas, y a pesar del estrés normal y ocasional coraje, yo disfrutaba muchísimo el ejercicio de mi profesión; íbamos al cine cuando menos dos veces a la semana, salíamos a cenar casi todos los días, nos levantábamos tarde los fines de semana, y obviamente nuestros sueldos rendían para los gastos diarios, e incluso para uno que otro viajesito o lujo moderado. 

De pronto llega un diminuto ser que te cambia por completo la vida, te mantiene en el encierro por lo menos durante su primer mes de existencia, y su alimentación te provoca unos dolores intensos y desconocidos que por momentos te dan ganas de aventarlo lejos. Al no tener a mi familia cerca, mis mañanas eran solitarias y largas, y lo que más deseaba era irme corriendo a la oficina y olvidarme de la gran responsabilidad que tenía (llorando desesperadamente y sin motivo aparente) en la casa.

En fin, sin darles más detalles creo que se pueden imaginar lo difícil que fue la primera vez; pero aún así, a Gabriel le di de comer durante casi 8 meses, el mismo tiempo que le di a Jerónimo, y aunque en este momento no lo podría entender aún cuando se lo tratara de explicar, le estaré eternamente agradecida a Gabriel por enseñarme a ser mamá, por tenerme tanta paciencia y por ser un niño de lo más normal y feliz a pesar de mi inexperiencia.

Tengo mucho más que contarles con respecto a la lactancia, pero por hoy aquí lo dejo para no saturarlas, de verdad espero que esta experiencia le pueda ayudar a alguien. mj

Ilustración: Carmen Lara

domingo, 16 de diciembre de 2012

Drama pasaJERO... (un poco largo)

Aquí estoy de regreso, para platicarles lo que me pasó después de la llegada de Jerónimo, y que afortunadamente no pasó a mayores.
Resulta que horas después de la cesárea, ya en el cuarto del hospital con mi bebé en brazos y algunas visitas, me di cuenta de que traía un fuerte dolor, que parecía muscular, en la pantorrilla derecha (no sé si pantorrilla sea un término coloquial o médico, pero es la parte inferior de la pierna). En ese momento asumí que se trataba de un jalón (ese si sé que no es un término muy sofisticado), por la prolongada temblorina post quirúrgica, o por tratar de mantenerme en calma en el quirófano a pesar de que me estaba muriendo del miedo.
Los días pasaron, y obviamente las molestias propias de la operación, el estrés de los trámites y la salida del hospital, y otras trescientas cosas en la cabeza, hicieron que mi dolor pasara a segundo o tercer término.
Pasó la primer semana, y era momento de ir con mi ginecólogo para que me quitara las puntadas de la cirugía; él me revisó la herida que afortunadamente estaba evolucionando bien, y ya cuando me iba se me ocurrió comentarle que tenía un dolor, no muy intenso pero insistente, en la pierna derecha. 
Me hizo algunas preguntas de rutina, y empezó a mover mi pierna para ver en dónde se originaba la molestia, entonces me explicó, que probablemente tenía una tromboflebitis (que es la formación de un coágulo en una vena) y que era indispensable que me revisara un especialista para confirmarlo o descartarlo.
Mi esposo me había acompañado a la cita, y también llevamos a Jerónimo porque en el mismo edificio le harían el tamiz ese día, pero dadas las circunstancias y la preocupación del doctor, nos fuimos con una doctora especialista en angiología, para que me diagnosticara y de ser necesario me diera el tratamiento correspondiente.
Llegamos al consultorio y nos atendió una doctora bastante joven, muy amable y que desde el principio fue muy paciente y comprensiva. Yo estaba confundida y un poco triste, sobre todo porque hasta ese momento todo había estado perfecto, me sentía mucho más tranquila que las primeras semanas después de que nació Gabriel, y también estaba disfrutando la lactancia como nunca me imaginé que lo haría (ya les platicaré con detalle).
Ella me explicó, que el embarazo naturalmente provoca un estado de "hipercoagulación", porque el cuerpo se prepara para una pérdida masiva de sangre, pero que mi caso era  algo raro porque no sufrí de ningún síntoma durante el embarazo, y no tengo problemas de circulación ni sobrepeso. 
Me revisó las venas de la pierna con un aparato y no pudo encontrar el coágulo, pero al parecer, los síntomas eran suficientes para someterme a un "tratamiento preventivo", que consistía en dos inyecciones de anticoagulante diarias, por tres meses, en la panza. También existía la posibilidad de optar por anticoagulantes orales, pero eso significaba que tenía que dejar de amamantar a Jerónimo, y definitivamente eso no era opción para mi.
Me sentía súper confundida y un poco preocupada, porque la reacción de los doctores había sido algo alarmante, sobre todo antes de descartar un coágulo grande o en una vena importante.  
Finalmente salimos del consultorio, y después del tamiz de Jero que salió perfecto (motivo para estar feliz), nos fuimos a una farmacia a comprar un arsenal de inyecciones, que además resultaron carísimas.
La primera noche me inyectó mi Mamá, que todavía estaría con nosotros otro par de semanas, y me sentí aliviada porque no fue un dolor insoportable, pero mi mente no deja de trabajar un instante, y no podía dejar de pensar en las consecuencias en las que puede derivar algo así, sobre todo después de ponerme a buscar en internet, que en mi caso siempre resulta contraproducente.
Pasaron las dos semanas y yo ya tenía algunos moretones en la cintura, por las inyecciones y porque es lo que provoca el anticoagulante, y se acercaba el momento de despedir a mi Mamá. Ella se iba un sábado, mi hermana y mi cuñado la llevarían a Morelia porque mi Papá ya estaba agotado de venir a Guadalajara cada fin de semana. La noche anterior me dormí relativamente tranquila, Jero se despertó a comer al rededor de las 2 am, y más tarde me despertó un dolor tremendo de cabeza, me retumbaban los oídos y apenas podía ver; no sabía si despertar a mi esposo, pero dadas las circunstancias preferí no arriesgarme y nos fuimos al baño (para no despertar a los niños) a hablarle a la doctora . 
La doctora me confirmó que era necesario que nos fuéramos a un hospital de inmediato, y nos dio los datos de un neurólogo; yo le hablé a mi Mamá para que se quedara con los niños y nos fuimos volando al hospital.
En el camino me sudaban las manos, me daba vueltas la cabeza, no podía evitar pensar lo peor, pero esperaba con todo mi corazón que no fuera nada grave. Ya en el hospital me revisó el médico de guardia, tenía la presión en 160 y el neurólogo dio instrucciones de que me internaran para hacerme una tomografía especial de las venas de la cabeza (no me acuerdo del término médico), para revisar si era o no el coágulo que se hubiera movido (que era uno de los riesgos que me comentaron desde el principio).
Finalmente, después de estar toda la mañana en el hospital con unas ganas tremendas de regresar a la casa con mis hijos, y con urgencia de darle de comer a Jerónimo (a quién mi Mamá le tuvo que dar fórmula), el neurólogo nos confirmo que el dolor lo provocó la alta presión, misma que había provocado mi estrés, pero que la circulación en mi cerebro era perfectamente normal.
Regresamos a la casa, yo sintiéndome un poco culpable porque indirectamente yo lo había provocado, pero también tremendamente afortunada porque todo había quedado en un susto.
A partir de ese momento, decidí que no le iba a dar importancia a aquellas cosas y situaciones que no la tienen, y que lo único que merece mi atención y preocupación, es mi familia.
Tres meses, y decenas de inyecciones después, mismas que mi pobre esposo (a quien le dan pánico las agujas y la sangre) me tuvo que poner, me dieron de alta sin ninguna indicación ni cuidado particular.
Al día de hoy todo ha resultado sin contratiempos, mis hijos están creciendo sanos y felices, y nada me da más satisfacción que verlos y estar con ellos, con mi esposo y con el resto de mi familia.
Les platico todo esto a manera de desahogo, pero sobre todo, para generar conciencia de lo importante que es cuidarnos, darle la importancia a cualquier síntoma o dolor, porque finalmente ahora somos mamás y tenemos que pensar en nuestros hijos que nos necesitan. mj

jueves, 15 de septiembre de 2011

¿formula, leche deslactosada, soya o arroz?


El día de hoy queridas lectoras lo dedicaré a un tema que como hace unos cuantos meses resolví se me había pasado por completo relatarlo, sin embargo hoy hablando con mi mamá caí en cuenta de que no lo había tocado en AF y me parece de suma importancia compartirles mi experiencia.

La historia comenzó cuando deje de amamantar a mi hija, el cambio fue paulatino, poco a poco más biberones y menos pecho, luego me enfermé y tuve que suprimir por completo el pecho y cuando intente volver a alternar mi hija ya estaba habituada al biberón y mi producción de leche era muy poca.

En estas semanas mi hija empezó con una leve diarrea, que la pediatra de inmediato le atribuyó a la dentición y me dijo que ignorara, pasaron unos días y al no ceder la diarrea la doctora asumió que mi hija tenía algún bicho y le mandó un antibiótico, el primero de toda su vida. Mi esposo y yo estábamos renuentes a dárselo pero nos ganó la ignorancia y desesperación del momento y al final acabamos por ceder.

Junto con la medicina nos recetaron una fórmula deslactosada que le dimos durante un par de semanas. Mi hija mejoró pero no por completo, como no dejaba de comer ni tenía fiebre la pediatra volvió a la hipótesis de los dientes y nos dijo que no nos preocupáramos. En cuanto volvimos a la fórmula normal volvieron las diarreas, por lo que asumimos que mi hija era intolerante a la lactosa y le dimos sólo leche deslactosada.

El cambio funcionó unas cuantas semanas pero luego volvieron las diarreas, está vez mucho más intensas. Había días en los que tenía que despertarla a media noche para enjuagarla, cambiarla y poner ropa limpia en su cama. La pediatra siguió achacando el mal a la dentición y yo casi loca de angustia decidí consultar a otro pediatra que de entrada le recetó un antibiótico y la misma leche deslactosada que ya tomaba. Desesperados seguimos sus instrucciones al pie de la letra, como en la otra ocasión mi hija mejoro unos cuantos días y luego volvió a presentar los mismos síntomas: diarrea extrema, abdomen inflamado y avidez (casi adicción) por la leche.

Hago un pequeño paréntesis para contarles que en todo este tiempo mi hija nunca dejo de comer, se sintió mal o presentó fiebre, en tres ocasiones analizaron su pañal y nunca salió positivo de alguna infección intestinal o parásitos, lo que solo nos confundía más, pues las diarreas parecían no tener explicación.

Sintiendo que los doctores no me escuchaban y viviendo absolutamente frustrada y asustada por no saber qué le pasaba a mi hija empecé a investigar cuál podía ser la causa. Después de descartar lo que sin resultados le habían diagnosticado di con la alergia a la proteína de la leche. Condición que cada vez es más frecuente y de la que mi hija llenaba todo el cuadro descrito en foros, libros y diversos sitios de Internet.

Así que si consultar a nadie más que a mi esposo decidí cambiarle a mi hija la formula sin lactosa por una formula hecha a base de soya. La primera semana fue una dicha pues mi hija mostró una mejoría casi inmediata, estaba por cantar victoria y gritar a los cuatro vientos mi éxito cuando alrededor de la tercera semana volvieron las diarreas, más intensas y desgastantes que antes. Supongo que mi hija estaba harta de estar medio rozada y eternamente suelta del estómago, sin embargo no estaba decaída o de mal humor. Yo en cambio estaba agotada de lavar y cambiar sábanas, cansada de no saber qué le pasaba a mi hija y aterrada de que las diarreas fueran el síntoma de algo más serio.

Volví a investigar y me topé con que la mitad de los niños que son alérgicos a la proteína de la leche lo son también a la soya, ¿entonces?, el tercer pediatra me recetó una formula a base de frutas y arroz que a mi hija le cayó de maravilla, cuando me dijo que probara de nuevo con la soya a ver cómo respondía busque una cuarta opinión.

Llegué con el cuarto pediatra hecha un energúmeno contenido (es decir furiosa y desesperada pero muy educada) le narré la vida y milagros de mi hija, todo lo que había hecho y las consecuencias que habíamos observado. Este último especialista me escucho con una paciencia de santo, me preguntó santo y seña de la alimentación de mi hija y por primera vez me cuestionó sobre la lactancia, cuando le conté que desde los primeros días de vida de mi hija yo había dejado de comer lácteos porque le producían cólicos me dijo: -la historia está completa tu hija tiene una moderada alergia a la proteína de leche, su sistema digestivo es inmaduro y no la tolera de ahí las diarreas- después de revisarla me dijo – la alergia ha avanzado por eso tu hija tiene algo de escurrimiento nasal y ¿ha tenido salpullido?- cuando le contesté que sí me dijo que esa era otra señal de la alergia, que por si fuera poco ya empezaba a llegar al canal auditivo. Es decir cómo cualquier alergia que no se atiende cada vez presentaba más síntomas.

El pediatra me recomendó una formula hidrolizada que costaba ni más ni menos que setecientos pesos (por un frasco que por el tamaño sabía que no nos duraría más de una semana), el problema además del precio fue que la formula sabía a diablos (acepto que la probé) y mi hija no quiso tomar un solo trago de la misma.

Cuando le hablé al pediatra me dijo que probara con leche de arroz, mi mamá (que también había investigado sobre la alergia) compró unos cuantos litros para que la probara mi hija y ¡¡¡santo remedio!!! Casi seis meses después del primer litro mi hija no ha presentado ni media diarrea, si acaso lo contrario, o sea algo de estreñimiento debido al exceso de arroz.

El pediatra me dijo que la alergia desaparecerá después de un tiempo y mi hija podrá tomar leche de vaca sin problemas, la verdad es que por el momento eso no me agobia en lo absoluto pues la leche de arroz se consigue fácil, tiene calcio y como ya no es su alimento principal le sirve bien de complemento. Si les cuento la historia es porque no me gustaría que alguien tuviera que padecer la incertidumbre, el dolor y la angustia de ver a su pequeño enfermo y no saber qué hacer para remediarlo. Sé que tuve mala suerte porque los primeros pediatras que consulté pasaron por alto la existencia de esta alergia, por suerte pude documentarme, platicar con otras personas en casos similares y al final de cuentas encontrar un pediatra atento a estos nuevos males. No me extiendo más, un abrazo. cj

Ilustración Carmen Lara 

jueves, 4 de agosto de 2011

¡Bésame Mucho!


Queridas lectoras estoy en pijama en la cocina de la casa de mis papás,  en Morelia, con Michelle y su hijo (también en pijama) sentados frente a mí jugando en la computadora y mi hija dormida pues se estuvo levantando toda la noche.

Mi idea es escribir otra vez sobre la lactancia para sumarnos a la Semana Mundial de la Lactancia Materna, le pregunto a Michelle si no extraña aquellos días en los que tenía pegado a su hijo como una pequeña lapa, piensa un poco y me dice –tengo sentimientos encontrados, me da nostalgia pensar en aquellos días en los que mi hijo era tan chiquito, me hubiera gustado disfrutar más la lactancia, pero me acuerdo del trabajo que me costó y no se me antoja tanto- yo casi llorando le confieso que extraño a morir esa cercanía con mi hija, recuerdo su desesperación cuando tenía hambre y el placer con el que se pegaba a mí dando unos tragos enormes que en ocasiones la atragantaban, me acuerdo de las madrugadas frías y silenciosas en las que no sé si era ella o mis senos repletos los que me avisaban que había que levantarse a ofrecerle de comer nos fundíamos en un abrazo que no se puede explicar, o aquellas veces en las que mientras la bañaba conmigo le daba sed y solo tenía que voltearse para tomar un poco y seguir jugando con el agua. Sin duda para mí la lactancia fue una experiencia maravillosa.

Michelle y yo seguimos platicando mientras su hijo juega con sus lentes y se los enchueca, recuerdo un hermoso video de la canción Vos Sabes de los Fabulosos Cadillacs que desde hace tiempo quería mostrarle, lo vemos juntas y nos reímos encantadas ante la naturalidad y gracia de las imágenes, me dice que ponga la canción de Andrea Echeverri sobre maternidad, la busco y ella empieza a cantarla a todo pulmón, seguimos cantando y recordando. Encuentro una nota del diario español Público cuyo encabezado dice “Dar de mamar en público ¿natural o indecente?” la leo en voz alta y comentamos al respecto ¿cómo es posible que alguien considere indecente, asqueroso o antinatural la lactancia? las dos nos quedamos pensando y se nos van las palabras, no se puede explicar no inexplicable.

Lo que me queda claro es que en nuestro país hay mucho por hacer a favor de la lactancia, en Lagos una apreciada alumna que era enfermera del Seguro Social me contaba con tristeza el trabajo que cuesta convencer a la gente y a algunos médicos del valor de la lactancia yo misma me topé con dos pediatras que me dijeron que después de los seis meses mi leche ya no servía de nada, y esta que ha sido la semana de la lactancia en el país se ha escuchado muy poco al respecto.

Yo amamante a mi hija hasta los diez meses y me he arrepentido como no se imaginan de no haber extendido más esta hermosísima experiencia, deje de hacerlo porque me enfermé pero también porque cedí a la presión social que consideraba que amamantar a un hijo que no es un recién nacido es algo anormal. Ahora sé y estoy convencida que es un regalo enorme para con los hijos si llego a tener otro hijo nadie influenciará mi decisión sobre la lactancia.

Para animar a las nuevas madres y despertar algo de melancolía en las que ya pasaron por esta etapa les dejo los videos de las canciones que vi con Michelle, les advierto que en la de los Cadillacs todos salen encuerados, es hermoso pero a aquellas muy pudorosas les puede incomodar, el video de Pedro Guerra no es muy bueno pero la letra y música me parecen excelentes, la letra de Tontxu también es linda, Echeverri las hará sonreír con la sencillez de las imágenes y lo cierto de la letra, les dejo también la nota que comentamos a ver qué opinan al respecto. 

El título de hoy lo tomamos de libro así llamado del maravilloso pedíatra español Carlos González, les adjunto la liga a un video en el que este pediatra habla sobre alimentación nos lo recomendó Ana Claudia Nepote en el FB de AF, es una delicia. Ahora si me voy o las tendré todo el día en Internet ;-) 
cj

http://www.youtube.com/watch?v=qQ2JCXREI2w Pedro Guerra “Canto de Trabajos”



http://www.youtube.com/watch?v=nQuSWqoYJyE Tontxu y Antonio Vega “Para tocar el cielo”


http://www.youtube.com/watch?v=vKioOmhIfGU Carlos Gonzáles sobre la alimentación infantil


La ilustración es de Carmen Lara  es la foto que tenemos en la cuenta de Facebook de Ácido Fólico

martes, 2 de agosto de 2011

¡Otro de lactancia!

Estamos en la Semana Mundial de la Lactancia Materna. En AF hemos platicado mucho sobre el asunto, sin embargo hay ocasiones en las que parece que nunca será suficiente. Hoy dedico mi publicación al tema porque estoy convencida de las implicaciones físicas y emocionales de la lactancia, porque tristemente vivimos en un mundo que constantemente se aleja de lo natural para favorecer lo artificial, porque hay que volver a decir lo que vale la pena reafirmar, quién sabe esta vez quién escuche…

Si me preguntas sobre la lactancia esto es lo que te diré:

Ser mamá es darse a los hijos física y emocionalmente, parece lo más sencillo pero es complicado, porque los hijos llegan tan pequeñitos, tan completos pero inacabados que aunque intuimos las formas para cuidarlos a veces se nos escapan.

La naturaleza nos da una mano, nos ayuda a empezar a ser mamás. Con la lactancia no tienes que preocuparte por el número de onzas porque el pequeño toma lo que necesita y tu cuerpo produce acorde a la demanda. No es necesario complementar porque tu leche es la única que contiene todos los nutrientes y defensas óptimos para un recién nacido. Siempre esta a la temperatura adecuada, no hay que esterilizar, lavar, hervir o tener un arsenal de biberones.

Dar de mamar a tu hijo no solo lo alimenta orgánicamente, lo alimenta psíquicamente, lo ayuda a adaptarse a este nuevo útero al que ha llegado, lo reconforta ante la inclemencia de un mundo en el que no todo es tan sencillo como cuando estaba en tu vientre. Tenerte así de cerquita, constatar tu olor y tu ser, le da confianza para empezar a vivir, para seguir luchando y formándose, para poder aprender a ser sin ti.

Cosita de nada lo que nos hace madres, cohabitar un cuerpo, compartir el alimento y luego darlo con todo y sentimiento. Es verdad que duele y nadie más puede hacerlo, eres tú la que tiene que levantarse a media noche, la que sentirá el dolor en los pezones y la extrañeza en los senos. Pero eso pasa y el placer queda, sabrás que te diste hasta lo más profundo, conocerás el instinto y experimentaras una comunión y armonía en tu cuerpo difícil de describir.

Si tu opción es la lactancia encontrarás obstáculos, gente ajena que te mira sin entender lo que haces, pediatras tercos que trataran de infiltrar los polvos y sabotear tu leche, tal vez familiares, amigos o conocidos se inmiscuirán en tus decisiones y coartaran tu elección.

No cejes en el esfuerzo. La relación que se forma es entre tu hijo y tú, escucha a tu pareja, comparte el gozo de la lactancia y busca su apoyo. Pero no escuches a nadie más, porque nadie sabe o experimenta como tú el momento vivido. Busca ayuda, platica y si estás convencida de que es  lo que quieres para tu hijo, no dejes que nada ni nadie te haga cambiar de opinión.

Disfruta de esta cercanía con tu pequeño, el tiempo se va rápido y en menos de lo que imaginas te descubrirás añorando estos días, ese contacto y amor compartido…

Eso es más o menos mi sentir en torno a la lactancia ¿qué opinan?, ¿qué agregarían o suprimirían?, aprovechen la semana para compartir en AF sus experiencias de lactancia, cuenten su historia, sus gustos y disgustos. Un abrazo. cj



La imagen es el símbolo internacional de la lactancia, les dejo el enlace de Wikipedia sobre la Semana Mundial de la lactancia, ahí encontraran infinidad de ligas a otros sitios con más información.

http://es.wikipedia.org/wiki/Semana_mundial_de_la_lactancia_materna


jueves, 28 de julio de 2011

¡Mamacitaaaa!


Bien, pues siguiendo la banalidad de mi publicación pasada hoy hablaremos de melenas, peinados y demás menesteres, la diferencia es que hoy no ahondaremos en los peinados de nuestro hijos sino en los nuestros, aunque puede parecer que AF se está convirtiendo en la revista Cosmopolitan, no se preocupen nos faltan muchos artículos de sexo (que ya llegarán), moda y chismes para serlo ;-) , pero también es justo que de vez en cuando platiquemos de lo que la maternidad implica a nivel físico.

Hechas las aclaraciones pertinentes ¡empezamos!

Cierto nivel de vanidad antes, durante (imposible) y después de tener a nuestras crías me parece más que sano, el problema es que vivimos tantos cambios hormonales que repercuten a nivel físico, que a ratos por más que nos esforcemos en sentirnos lindas, no podemos más que preocuparnos por ciertos fenómenos que parecen anormales.

Antes de estar embarazada escuchaba como todo el mundo decía que durante el embarazo gozabas del pelo más sedoso y brillante, el cutis más limpio y radiante y en general de una belleza extraordinaria. Para ser sincera yo los primeros meses me sentía espantosa, mi piel se volvió más grasosa y sensible que nunca, al menor contacto con el sol me ponía como jitomate y me salieron tantos granos que empecé a pensar que en lugar de estar embarazada estaba regresando a la adolescencia y mi pelo, que normalmente es fácil de peinar, era una maraña esponjosa que tardaba horas en acomodarme.

Después del primer trimestre las hormonas cedieron un poco, mi piel mejoró y aunque tuve que tener un cuidado extremo con el sol por aquello del paño y las manchas, el resto del embarazo ya no me dio tanta lata.

La cuestión capilar desde entonces ha sido un brete, en principio el tema de los tintes, ¿puedes pintarte el pelo durante el embarazo? Yo me lo pintaba con tintes naturales que no contienen amoniaco ni peróxido, lo hice durante el embarazo y el color que normalmente es rubio obscuro se veía más bien anaranjado, por lo que decidí ya no ponerme nada, la enorme sorpresa llegó cuando descubrí que junto con mi tono natural aparecieron unas horrorosas, terroríficas y traicioneras canas, mismas que quería tapar a toda costa. Consulté sobre el uso de tintes normales y encontré opiniones encontradas, personas que dicen que no pasa nada y otras que dicen que puede ser riesgoso por los ingredientes tóxicos que contienen estos menjurjes, al final me lo pinte con un tinte de cajita y no pasó nada.

Cuando nació mi hija pensé que por fin todo volvería a la normalidad, mi cabello recuperaría su textura habitual, la extrema resequedad de mi vientre se iría, volvería a usar mi ropa, en fin, ilusiones superficiales que no dejan de tener su peso en todo este periodo.

Sin embargo, cuando nació mi hija junto con la alegría, los desvelos y todo lo que ya hemos platicado, llegaron también otro puñado de cambios físicos. Los primeros meses no hubo problemas, al contrario yo me sentía feliz de poco a poco volver a mi talla y portar con orgullo unos pechos rebosantes y muy sensuales (¡claro estaba en plena lactancia), me sentía afortunada porque no se me había caído el pelo y mi piel usualmente caprichosa se había comportado de maravilla.

Pero a los tres meses ¡sorpresa!, mi cara era como la de Pin Pon, es decir más de cartón que de piel humana y el pelo se me caía a puños. La primera semana traté de no entrar en pánico, como es mi costumbre leí sobre estos cambios, platiqué con cuanta madre experta me encontré y traté de comer muy bien, tomar vitaminas y no desesperarme, después de un par de semanas la angustia empezó a rondarme.

Al bañarme sentía como mi pelo caía al por mayor, luego lo veía en la coladera y después en el cepillo, creía que literalmente me estaba quedando calva y como sucede en estos asuntos empecé a verme enormes huecos en la cabeza.

La verdad es que no era para tanto, si el pelo se me caía como nunca antes, pero los huecos creo que eran más producto de mi imaginación y angustia que de la realidad. Y es que según leí, durante el embarazo el cúmulo de hormonas que nos rondan provoca que el pelo casi no se caiga, después de parir las hormonas van volviendo a la normalidad y junto con la pérdida habitual de cabello se cae el exceso de pelaje que habíamos acumulado durante la gestación.

Si alguien nos lee y está pasando por esto lo primero que les puedo recomendar es que conserven la calma, les aseguro que no sufrirán una alopecia permanente por lo que lo mejor es relajarse, la caída dura unos cuantos meses pero luego el pelo se fortalece y poco a poco se recupera. Michelle y yo hemos platicado mucho al respecto, cuando ella pasó por su etapa de calvicie yo feliz le llevé y animé a que se cortará el pelo, pero ella se siente mejor con el pelo largo y poco a poco se lo ha dejado crecer, yo,ç al contrario disfruto muchísimo llevar el pelo muy corto, por lo que después de unos meses de batallar con la secadora y los cepillos decidí volver a mi antiguo corte de pelón de hospicio, mismo que porto con orgullo y según yo con gracia.

El chiste es que vivamos los cambios como lo que son, momentos de transición que acompañan la maternidad, es totalmente valido sentirse horrible de vez en cuando pero también es justo, necesario y más que nada un hecho comprobable que el ser mamás nos hace por ese simple hecho las mujeres más hermosas del universo, si no me creen vean la mirada de sus pequeños mientras las contemplan, a veces hasta se les cae la baba al ver nuestra hermosura. cj

Pd: ¡gracias, gracias y más gracias! A todas las que comentaron en el post de ¡qué peinadita niña! Nos encanta y motiva muchísimo leer sus comentarios ;-)

Ilustración Carmen Lara

lunes, 6 de junio de 2011

¡Qué bonito brasier!

Hay ciertos detalles de la maternidad de los que no te enteras a menos que pases por ellos y una vez que los vives son cómo un pasaporte que te permite entablar largas charlas con otras mujeres. Para mí uno de estos temas fue la lactancia.

Había leído y platicado sobre el tema, pero casi todo era un poco superficial y polarizado: estaban a favor o en contra, era algo maravilloso o un asunto imposible. Yo quería amamantar pero sinceramente tenía pánico de hacerlo.

Nunca me asustaron las contracciones (ahora ya me asustan) ni el dolor del parto, pero la lactancia me parecía un asunto incómodo y doloroso. Unas cuantas semanas antes de que naciera mi hija decidí que era necesario comprar uno o dos brasieres para llevar al hospital, llegue a la tienda de lencería y con toda naturalidad pedí que me mostraran los brasieres de lactancia, en cuanto los vi casi salgo corriendo: ¡eran horribles!. No compré nada y al día siguiente le platique mi experiencia a una amiga que sabe del tema. Le dio una risa tremenda y con toda la sensibilidad del mundo me dijo que no buscará más, que todos eran similares y no encontraría unos bonitos, mucho menos sexys.

Mi hija nació a las 41 semanas, todo lo que les cuento lo viví con la panza y pesadez propia de las 39 semanas, mientras aborrecía toda mi ropa de maternidad y añoraba ponerme un pantalón sin resorte. Darme cuenta que tendría que seguir usando ropa “especial” no me apetecía en lo absoluto.

Dos semanas después llegó mi hija, que se pegó a mi pecho con tanta naturalidad que de inmediato se me acabaron los miedos, estuve un poco adolorida pero Michelle me regaló una muy recomendable crema de Lanolina que me ayudó mucho.

Poco a poco me fui acostumbrando a todas las nuevas sensaciones que acompañan la lactancia: el pecho duro cuando hay demasiada leche, la respuesta corporal cuando escuchas el llanto de tu hijo, la sensación cuando el bebé está bien acomodado y succionando sin problema. Antes de meterme a bañar preparaba mi brasier con los protectores de lactancia para no empaparme al salir y en la regadera me daba masajes para descongestionar los conductos. A los dos meses ya me sentía toda una experta en cuestiones de lactancia, conocía los ritmos de mi hija, mi producción de leche era constante y gozaba profundamente el tenerla tan cerca de mí.

Pero por esa época tuve que regresar a trabajar y empecé a salir a lugares públicos. Entonces me tope con una realidad que no esperaba: México no es un país a favor de la lactancia.

A pesar de que al amamantar no se ve casi nada, si lo haces en público la gente se siente incómoda y en muchas ocasiones se molesta ante tu supuesta falta de pudor y como son rarísimos los espacios que cuentan con un cuartito destinado a la lactancia, si estás fuera de tu casa acabas dándole de comer a tu hija encerrada en un baño público, en el coche, o escondida en algún rincón.

No dejará de sorprenderme que podemos ver mujeres con los escotes más pronunciados sin que nadie se escandalice, pero una madre amamantando causa toda una discusión. Resulta increíble pero he sabido de lugares en donde se le pide a la madre que se retire a alimentar a su hijo a otro lado.

En mi experiencia la lactancia es todo un mundo, con sus códigos, ritmos, mitos y realidades, siempre ligados a nuestra historia personal y el contexto social en el que nos movemos. Un mundo que tenemos que aprender a compartir,respetar y ver con más naturalidad. cj

Ilustración Carmen Lara

martes, 31 de mayo de 2011

último de la lactancia... por ahora


El domingo en la noche, como de costumbre, le leí a mi esposo lo que había escrito para nuestras lectoras de Ácido Fólico; le pregunté su opinión y me respondió literalmente: “me parece muy bien, pero ¿no tienes nada feliz que decir?”. Confieso que de entrada, como buena Abogada, me defendí y le di una serie de argumentos, que aún considero válidos, de porqué decidí compartir los momentos difíciles de la maternidad, y en particular de la lactancia, pero tengo que aceptar que finalmente me dormí con una sensación de culpa.

La realidad es que si tengo muchas cosas buenas que decir en relación a la lactancia, en principio, que mi hijo no se enfermó durante los siete meses que yo lo alimenté, que si es cierto que crea un lazo inexplicable, aunque sea de dolor compartido, que me ayudó a recuperar mi peso en poco tiempo, y por qué no, también acepto que me ahorro lavar unos cuantos biberones al día y unos cuántos miles de pesos en las costosísimas fórmulas lácteas.

Es cierto que a veces es mucho más fácil compartir los momentos difíciles, porque te sirve de desahogo y te consuela saber que hay otras mamás que también sufren, y sienten culpa, y se rinden, pero eso no le resta mérito a todos los momentos felices que compartes con tu hijo o hijos, del orgullo que te da cuándo hacen alguna gracia por insignificante que a los demás les parezca, y de la inigualable sensación de cuando solo quieren estar en tus brazos.

Yo acepto que sufrí mucho física y emocionalmente, durante las primeras semanas vivía en una constante lucha entre darme por vencida o no quitar el dedo del renglón, y finalmente opté por vivir el día a día, y así se pasaron los meses.

Hoy ya no me acuerdo del dolor, y estoy dispuesta a vivirlo nuevamente si tengo la fortuna de ser mamá por segunda vez, solo espero tener una mejor suerte. Eso sí, ya nadie me cuenta lo que implica y no me tomará por sorpresa; planeo asolearme topless, como alguien me lo recomendó, para evitar la sensibilidad extrema, y cualquier otro consejo será bien recibido. mj

Ilustración Carmen Lara

miércoles, 25 de mayo de 2011

¿Señora le llevamos a su hijo?

Hoy quiero compartirles mi relación con la lactancia, que después de vivirla puedo decir que le tengo mucho respeto, y que es de lo mas difícil que he tenido que hacer desde que soy mamá.
Desde que estaba embarazada la gente a mi al rededor me empezó a hablar del tema, principalmente de las bondades y de las ventajas de darle pecho a tus hijos, y me sorprendía que siendo algo tan sano y provechoso, la mayoría de las mujeres que conozco que son mamás, por una u otra razón decidieron no amamantar a sus hijos.
Muy pocas personas mencionaron lo doloroso y cansado que puede ser, y cuando lo hacían yo sinceramente pensaba ¿Qué tan complicado puede ser, ¿Cómo te puede doler si los bebés tienen una boquita tan chiquita?... pues si, efectivamente duele y mucho, cuando menos en mi caso, por que hay algunas mujeres privilegiadas, o muy valientes como mi hermana, que se pegaba a su hija y en cinco minutos le daba de comer.
El día que nació mi hijo intente darle de comer por todos los medios, abría su enorme boquita, si eso tiene algún sentido, sin emitir sonido alguno, y cuando me lo pegaba se quedaba profundamente dormido. En la noche cuando se lo llevaron a los cuneros me visitó el pediatra, le comenté que no le había dado pecho probablemente por que no tenía hambre, y de inmediato me corrigió y me comento que con las enfermeras se había tomado no se cuantos millones de onzas de formula. Esa noche fue una de las peores de mi vida, mi esposo agotado se durmió en cuanto puso la cabeza en la almohada, y yo pase horas pensando en la pésima mamá que sería si ni siquiera podía alimentar a mi hijo.
Al dia siguiente me desperté un poco mas tranquila, por fin me bañe y pude desayunar algo, pero en el instante en que me hablaron de los cuneros y me dijeron : "¿Señora le llevamos a su hijo? Le toca comer" el pánico volvió a atacar, mi esposo de inmediato se entusiasmó, y no me quedo mas remedio que decirles que ya estábamos listos para recibirlo.
Creo que ya perdí la cuenta de cuantas personas me tocaron los pechos ese día, la enfermera me hizo algunas observaciones, mi hermana, que ya llevaba seis semanas alimentando a su hija me dio otros útiles consejos, y mi mamá de plano me hizo "pinza" como ella misma nombró su técnica, y me mostró como la boca del bebé tenía que abarcar por completo el pezón.
No me quiero extender mucho en esta primera parte, creo que si de algo puedo hablar largo y tendido en relación a la maternidad es de la lactancia, pero si quiero dejar claro que es importante entender desde el principio que cada mujer es diferente, y que no te debes sentir culpable si algo no sale bien de inmediato, es cuestión de perseverancia y de estar convencida de que ahora ya no puedes pensar solo en ti, ahora existe un ser humano que depende de tus acciones y decisiones cuando menos por los primeros años de su vida, pero aunque te topes con dificultades, las recompensas siempre serán mas grandes de lo que esperabas.mj