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jueves, 16 de agosto de 2012

El esperado nacimiento




Pues tal como lo prometí, aquí estoy otra vez haciéndome un tiempito para escribir y compartir las novedades de mi ajetreada vida.
La última vez que escribí (antes de la entrada del martes pasado, que no era más que un recordatorio de nuestra existencia), estaba en la semana 35 de mi embarazo, y aunque me proponía escribir una reseña de las últimas 5 semanas, creo que mejor voy a omitirla porque en este momento solo me acuerdo del cansancio, la impotencia de no poder hacer muchas cosas, y de uno que otro día triste por ver a mi hijo mayor alejarse un poco de mi al no sentirse tan atendido como antes.
De ninguna manera es mi intención, desalentar a aquellas mamás que planean o esperan ya a un segundo hijo, al contrario, la verdad es que yo estoy feliz ahora que siento a mi familia completa (porque eso sí, de un tercer hijo ni hablar, al menos no en un futuro cercano), pero creo que es sano aceptar y compartir que hay momentos muy complicados, en los que sientes que se te viene el mundo encima y que ya no sabes ni para donde hacerte.
En fin, después de esta eterna introducción, que como siempre es más mi afán por justificar esos sentimientos encontrados que a veces quisiéramos ignorar, les cuento cómo fue la llegada de Jerónimo a este mundo.
Estaba ya en la semana 40 de gestación, había visitado regularmente a mi ginecólogo quien ya me había hecho dos de los incomodísimos tactos vaginales, y el bebé ni sus luces... de alguna manera se repetía la historia de mi primer parto, en el que después de casi 24 horas de contracciones, sólo logré dilatar un centímetro y no hubo más remedio que hacerme la (de pronto tan polémica) cesárea.
Creo que hasta ahora no les he compartido mi experiencia con el nacimiento de mi primer hijo, que en su momento me causó mucha frustración porque después de mi curso psicoprofiláctico, yo estaba empecinada con tener un parto natural, y después de cómo sucedieron las cosas sentía que de alguna manera había "fracasado", por ponerlo de una manera súper dramática como suelo expresarme.
El hecho es que Jerónimo ya estaba listo para nacer, mi doctor fue muy directo con nosotros y nos explicó que con el antecedente de mi primer parto y dadas las circunstancias, le parecía difícil que esta vez pudiera tener un parto natural (ojo: no imposible, esa decisión la tomamos mi esposo y yo, porque luego nos encanta satanizar a los doctores); decidimos esperar hasta cumplir las cuarenta semanas, y finalmente al no sentir ninguna manifestación, me operaron el Jueves 28 de Junio.
Siendo muy honesta, eso de llegar en tus cinco sentidos caminando al quirófano es verdaderamente aterrador, y más para una persona como yo que soy coyonsísima cuando se trata de hospitales, doctores, jeringas y demás parafernalia médica. Cuando mi esposo y yo llegamos a la administración a registrarme yo ya estaba temblando, y cuando llegó un enfermero con la silla de ruedas para llevarme a la "preparación", o no me acuerdo bien que otro término halloweenesco utilizó, yo de plano empecé a llorar como magdalena.
Me llevaron a un cuartito para que me encuerara y me pusiera una de esas batas como de loco con un diseño súper fashion, la enfermera me vio tan angustiada que me empezó a platicar de otras cosas para distraerme, pero yo sólo pensaba en mi hijo mayor, en qué iba a ser de él si algo me pasaba en la operación (insisto, yo vivo para el drama).
Finalmente llegue al quirófano con mis converse medio puestos (pisando el talón) y sin calcetines, y ahí ya de plano no me quedó de otra más que dejarme llevar y oír al personal médico hablando de mi como si yo no estuviera (que supongo que es común).
Primero llegó el anestesiólogo, y entre chacoteos con las enfermeras ni sentí cuando me puso la epidural, o cuando menos no sentí dolor que ya es una ventaja; después llegó mi doctor, que en todo momento trató de mantenerme tranquila, y finalmente llegó mi esposo que me pareció guapísimo con su trajesito de dr. de grey's anatomy (o alomejor eran las drogas surtiendo sus efectos).
Me parece increíble la forma en la que trabaja la anestesia en el cuerpo humano, y que a pesar de que te están cortando y moviendo no sientes dolor en ningún momento. Me acuerdo que yo no dejé de llorar un instante, pero ya eran más lágrimas de emoción que de otra cosa, y cuando por fin salió Jerónimo a las 10:02 am y me dijeron que estaba perfecto, solté el llanto y el cuerpo y me sentí nuevamente la mamá más feliz del planeta. mj

lunes, 21 de mayo de 2012

Semanas 34-35



En realidad ya estoy en el curso de la semana 35, pero no podía pedirle a mi Mamá que cambiara la ilustración después de tantas que he desperdiciado; y es que siguen pasando los días y las semanas con una prisa desgastante y agotadora.

Desde hace un par de semanas les quería compartir una revelación que tuve, y que hoy finalmente se materializó. Después de una semana agotada por las actividades de todos los días, aunadas a mi obsesión por tener todo en la casa impecable y perfecto, por fin acepté que ahora que seré mamá de dos niños, irremediablemente voy a necesitar ayuda.

No tengo la fortuna de tener a mi Mamá cerca, y aunque sé que las primeras semanas después de la llegada de Jerónimo ella estará aquí al pie del cañón, tengo que ser realista y pensar en el momento en el que me quede sola, considerando que mi esposo se irá a trabajar, y que Carol hará lo propio (aunque ya está aleccionada de que nos tendremos que ver todas las tardes sin excepción).

Me niego rotundamente a tener a una nana, o a que me ayuden a bañar o a cuidar a mis hijos, pero yo no lo puedo hacer si no tengo a alguien más que se preocupe por mantener la casa limpia y en orden, por hacer la comida y recoger la cocina. Soy de esas personas que disfrutan de su soledad, no me encanta la idea de tener a otra persona ajena a mi familia metida todo el día en la casa, pero no me queda de otra, y por fortuna parece que encontré, con el apoyo de una muy buena amiga, a la señora ideal para el trabajo.

Hoy Rufina “Rufi” llegó muy temprano, con excelente actitud y dispuesta a aprender la rutina de la casa y la forma en que me gusta que se hagan las cosas. Yo, todavía un poco escéptica, le di un pequeño tour por la casa, y justo cuando le iba a pedir que empezara con algo de quehacer oí los gritos de Gabriel, mi hijo mayor, exigiendo que lo sacara de la cuna (porque aunque ya con algo de trabajo lo puede hacer solo, todavía tiene la paciencia de esperar a que yo llegue).

Rufi se me pegó y subió conmigo, entró detrás de mí a la recámara de mi hijo y lo saludó como si lo conociera desde que nació; mi hijo, que se caracteriza por ser sumamente sociable y platicador, y a quien desde ayer le expliqué que hoy llegaría una señora nueva a ayudarnos, ni tarde ni perezoso se paró y la saludo, le empezó a enseñar sus juguetes y a decirle que se los iba a prestar para que jugara.  Como siempre, yo me disponía a sacarlo de la cuna para llevarlo a mi cama a cambiarlo, cuando Rufina me preguntó si ella lo podía hacer para “empezar a conocerse”, y yo sin ninguna reserva acepté.

A algunas de ustedes esta historia pudiera parecerles exagerada, pero para mí, y lo sabrán quienes me conocen bien, es un gran paso que puede significar un gran descanso en las últimas semanas de mi embarazo, y lo más importante, una gran oportunidad para disfrutar a mis hijos sin tener que estresarme por cosas que no valen la pena.



En relación a mi embarazo todo marcha sin mayores contratiempos, ya estoy cansada principalmente porque me cuesta mucho trabajo dormir en las noches, y eso repercute en el resto del día, pero trato de relajarme y de descansar cuando Gabriel duerme su siesta después de comer. Eso sí, en las pocas horas en las que logro pegar el ojo por la noche me siguen torturando los sueños, y empiezo a sentir los nervios y temores normales por lo que viene, pero eso será tema para otra de mis esporádicas publicaciones. Gracias por leernos. mj

viernes, 27 de abril de 2012

Semana 31


Mañana cumplo 31 semanas de embarazo, y como es natural a estas alturas y con estos calores, me siento gigante, cansada, MUY poco atractiva y algo incómoda.

Sin ánimo de justificarme porque se me han ido las semanas sin escribir, este embarazo se me ha pasado increíblemente más rápido que el primero, y aunque se lo atribuimos a una serie de factores, creo que el principal es el ritmo de vida que llevas cuando tienes un hijo de dos años que no para un instante.

Y es que no deja de impresionarme cómo es que ya pasó tanto tiempo de esa experiencia feliz y aterradora de convertirme en mamá por primera vez, de tener a mi hijo minúsculo en los brazos y no poder dejar de pensar ¿cómo le voy a hacer?, pero lo cierto es que han sido mucho más los momentos felices, y a estas alturas puedo decir que es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Una de las razones por las cuales me siento tan cansada, es la frecuencia con la que tengo sueños (o pesadillas) que provocan que me despierte alterada e intranquila. Como ya se los conté antes, siempre he sido de esas personas que tienen sueños muy reales, algunos agradables que incluyen personas o lugares que me encantaría volver a ver, y otros que asustan a cualquiera después de oír mi reseña.

He leído en algunos sitios de internet y libros, que es de lo más normal que las mujeres embarazadas soñemos con situaciones que proyectan nuestros miedos, inquietudes, e incluso nuestras inseguridades. Me dio mucha risa enterarme, de que es común que una mujer que está pasando por este periodo de total transformación, sueñe que su esposo o pareja vive una "situación romántica" con otra persona; y es que resulta lógico que nos sintamos inseguras al vernos diferentes y forzadas a usar la no siempre favorecedora ropa de maternidad. Sobra decirles que a mi esposo no le pareció tan simpático, cuando le reclamé una serie de acontecimientos que cuando menos en mi cabeza, fueron inquietantemente reales.

En estas últimas semanas lo que más preocupaciones y angustias me causa, es el hecho de pensar en lo que viene, en los riesgos (aunque sean mínimos) que existen de que me pase algo a consecuencia del nacimiento de Jerónimo, mi segundo hijo (que por cierto, el nombre ha causado gran debate, ya les contaré en otra entrada). También he leído que esto es normal, porque cuando ya tienes un hijo es inevitable preocuparte por el futuro, piensas en supuestos y situaciones que la primera vez no te pasan por la mente, y cuando menos en mi caso, también me tortura mi inconsciente egoísmo al solo soñar que me preocupo por el grande, y no por el indefenso bebé que está a punto de llegar al mundo y que me necesita más que a cualquier otra persona.

En fin, después de compartirles mis tristezas y frustraciones, también les cuento que estamos muy emocionados porque cada vez falta menos para conocer a nuestro segundo hijo. Arriba les comparto una foto de su cuarto, en el que he tenido que trabajar como loca porque antes era nuestra "oficina", y fue necesario deshacerme de un montón de cosas que podrían ser motivo de otra historia para contar.

Por ahora me voy sin hacer más promesas de que escribiré pronto o con mayor frecuencia, porque los días se me van volando y la computadora se vuelve la última de mis prioridades, pero sin duda este espacio es un gran desahogo para mi, así es que por mi bien espero ser más constante. mj



lunes, 20 de febrero de 2012

Semana 21


Ahora si no tengo disculpa, he descuidado por completo mi participación en Ácido Fólico, pero la realidad es que esto del embarazo le ha dado un completo giro a mi vida.
Por fin empecé a sentirme normal (si eso se puede decir cuando te está creciendo la panza a la velocidad de un rayo) hace alrededor de un mes; se fueron las náuseas, el cansancio extremo, y alguno que otro achaque que todavía estaba arrastrando. Fue entonces cuando me entró nuevamente la energía y decidí ponerme a hacer cien mil cosas al mismo tiempo, lanzar mi proyecto en el que tanto había trabajado, empezar con la “remodelación” de mi casa para la llegada del nuevo integrante de la familia, analizar y aceptar una propuesta para colaborar como Asesora Independiente en un nuevo proyecto… y entonces la pila se me empezó a acabar y aparecieron las frustraciones nuevamente.
Hace un par de semanas de plano parecía que caminaba con una nube negra encima, mi hijo se enfermó de las típicas veinte cosas que afortunadamente no son graves, pero que te mantienen preocupada, desvelada, nerviosa y agotada, porque se despertaba por la noche con la nariz atiborrada de mocos, tenía ronchas en todo el cuerpo y no sabíamos exactamente porque, en fin, toda una serie de malestares que no me permitían concentrarme en otras cosas, que como era natural empecé a descuidar.
Para complementar el cuadro clínico que les describo en el párrafo anterior, la maestra de mi hijo me envió una nota diciéndome que últimamente lo notaba muy agresivo y peleonero con sus compañeros, lo que de inmediato provocó que yo hiciera una cita para tener más información al respecto. (Creo que eso de las agendas en las guarderías, que son el medio de comunicación entre Mamás y Maestras cuando los niños todavía no hablan bien, puede ser un tema interesante para otra entrada de Ácido Fólico).
Fui a la cita la semana pasada, y me tranquilicé al descubrir que la situación no era únicamente mucho menos grave de lo que yo esperaba, sino también normal para un bebé de menos de dos años que “empieza a sentir pasos en la azotea” con la llegada de un hermano menor. También me cayó el veinte (un poco con la ayuda de Carol, no voy a mentir), de que le afectó mucho que recientemente su maestra Paty, a la que quería mucho, se fue de incapacidad por maternidad, lo que le pudo causar pánico al pensar que su Mamá, que igual que ella tiene una panza grande, también se va a ir.
Todo se ha ido resolviendo poco a poco, y de igual manera yo entendí que me debo relajar y no tratar de hacer todo al mismo tiempo, o cuando menos no todo con tanto detenimiento y detalle, porque con un hijo, y próximamente con dos, es prácticamente IMPOSIBLE.
Por cierto, la última vez que escribí les comenté que apenas nos íbamos a enterar del sexo del bebé que esperamos… y pues desde hace unas tres semanas sabemos que es otro NIÑO, lo cual la verdad me tiene de lo más feliz y tranquila. No porque no me hubiera gustado tener una niña (la gente a mi alrededor me sigue diciendo “pues nunca sabes”, aunque yo estoy negada a la idea de tener un tercer bebé), pero de verdad creo que será un excelente compañero para mi hijo mayor. No necesito aclararles que para mí ha sido fundamental en la vida tener una hermana, porque ya lo saben (las hemos saturado hasta el tuétano con nuestra relación), y en cambio mi hermano menor, que era el único hombre, creció un poco más solitario y siempre tuvo la necesidad de estar rodeado de amigos para jugar y sentirse acompañado.
Sé que también tendrá sus contras, ya que el resto de mi vida estaré rodeada de hombres que pueden ser muy difíciles, pero por lo pronto me consuelo al pensar que tengo kilos de ropa guardada que finalmente podré volver a usar.
Prometo no volver a ausentarme por tanto tiempo, y créanme que para mí tampoco es fácil porque no solo extraño a las lectoras y toda esta dinámica, sino que ahora además de tener a mi Mamá y a Carol encima diciéndome que me toca escribir, tengo a mi Ginecólogo cuestionándome por qué no he contribuido a tan especial proyecto.
En fin, si quieren conocer otro poco de mi y de mis recientes quehaceres, pueden visitar www.kdekilo.mx, así como el blog www.kdekilobasculas.blogspot.com. mj
Ilustración: Carmen Lara

martes, 17 de enero de 2012

Seguimos con el conteo...


Parece increíble que ya llegué a la décimo sexta semana de embarazo, y de antemano me disculpo con las fieles lectoras de ácido fólico, que pacientemente nos esperaron después de los últimos meses que estuvieron por demás intensos.

Yo de verdad padecí los primeros meses de mi embarazo, me sentía mal todo el día, tenía náuseas y estaba débil, y nunca, pero NUNCA imaginé que fuera tan difícil pasar por estas molestias y achaques y ser mamá de un niño de casi dos años al mismo tiempo.

Es una impotencia indescriptible, porque piensas en todo lo que tienes que hacer, en que tu hijo está aburrido, ya no quiere estar en la casa, quiere comer o cenar... y tu cuerpo no responde, o lo hace muy lentamente, lo cual causa toda clase de frustraciones y tristezas.

Pasamos algunos días en Morelia después de la operación de la rodilla que le hicieron a mi Mamá, y yo estuve a punto de volverme loca; de verdad que cómo ayudan esas cuatro horas diarias que pasa en la escuela, porque en mi situación, cuidarlo todo el día es por demás extenuante. Y muy probablemente estarán pensando que exagero, ¿que tanto trabajo puede implicar un diminuto niño de su edad?, pues mi hijo es incansable, y no solo yo lo digo, quien se ofrezca a cuidarlo por unas cuantas horas invariablemente opina lo mismo, "¡pero qué energía la de este niño!, ¿a qué hora le toca dormir?".

Y yo por mi parte sintiendo toda la culpabilidad materna del universo, todo el tiempo pensando en lo que le perjudicaba a mi hijo mi estado de ánimo y mi falta de energía; y lo que más le afectaba, era dormir en la cuna viajera, al grado que un día que decidí dejarlo llorar un rato hasta que conciliara el sueño, y de plano se vomitó del coraje y de los gritos tan desesperados.

Y volviendo a mi embarazo concretamente, a mediados de diciembre fuimos a cita con mi ginecólogo, y para mi sorpresa vimos a nuestro bebé mucho más grande y desarrollado de lo que esperábamos; ya tenía la forma humana definida, su ritmo cardiaco estaba perfecto y el tamaño de su cabeza y del largo de su cuerpo era perfectamente normal.

Mañana tenemos cita nuevamente, y como en las últimas ocaciones, nos acompañará nuestro hijo; tenemos la esperanza de que poco a poco, viendo las imágenes y con una explicación muy sencilla y simple, comprenda que viene otro bebé en camino.

Muy a mi pesar, creo que toda esta situación le ha afectado más de lo que yo hubiera esperado, de ser el niño más generoso ahora le cuesta trabajo soltar y prestar sus juguetes o cualquier otra cosa con la que se esté entreteniendo; llora más que antes y lo noto sensible y muy apegado a mi esposo y a mi, pero estoy segura de que esto es pasajero y que además tiene que ver con la edad, así es que trato de no preocuparme de más.

Con mucha suerte mañana conoceremos el sexo del bebé que viene en camino, y por supuesto las mantendré informadas. Otra vez gracias por leernos. mj 

Imágen: Carmen Lara

martes, 20 de diciembre de 2011

¡Y pasamos el primer trimestre!



¿Han oído la expresión “se me subió el muerto”?, se usa coloquialmente para describir ese cansancio que no te permite ni levantarte de la cama, que ves pasar a la gente y las horas en el reloj y tú sigues en un estado de ausencia física… pues yo llevo casi todo mi embarazo con un muerto pesadísimo encima, y solo se baja cuando inevitablemente necesito estar lúcida y despierta para cuidar a mi hijo de 20 meses.

Es chistoso como dos embarazos pueden ser tan distintos, para mí el primero transcurrió sin mayor contratiempo, estaba cansada pero aguantaba la larga jornada de trabajo diaria sin problema; ahora pasé por una molesta etapa de nauseas, malestares estomacales, ascos repentinos, acidez, y una larga lista de achaques que paralizaron algunos aspectos de mi vida.

El de madre sin embargo, es irrenunciable e intransferible, no hay forma de esconderte o de evitarlo, y no necesariamente por obligación, sino porque en situaciones como ésta (y la pongo en perspectiva porque sé que hay mucho peores) se pone a prueba hasta la última gota de amor y paciencia.

En las últimas semanas, mi hijo me ha hecho los peores berrinches de su vida; llora por horas sin razón tratándome de explicar algo que evidentemente no entiendo, si le doy un vaso quiere el otro, le doy un bocado y después de masticarlo lo escupe, ya no quiere comer en su silla alta, no me deja cambiarle el pañal, en fin, me llevaría mucho tiempo describir sus más recientes gracias. Lo más estresante y desgastante de la situación, es que el ver sufrir y patalear a mi hijo me ha provocado un terrible sentimiento de culpa; no cuestiono nuestra decisión de encargar a otro bebé, pero si me preocupa el alcance y el grado en el que puede llegar a afectar a mi hijo.

Y es cierto, no soy ni la primera ni la última mujer en esta situación, un segundo embarazo es de lo más normal y natural que puede suceder en una familia, pero a veces es complicado entenderlo cuando tienes al niño colgado de la lámpara derramando mocos y baba.

Haciendo a un lado (si es posible) el pequeño problema que representan los cambios drásticos en el humor y en el comportamiento de mi hijo, físicamente me siento bien. Cuando tengo un poco de energía (y el muerto se va a descansar), además de perseguir a mi hijo, me he dedicado a cocinar lo que se me antoja, que por desgracia no es nada dietético ni saludable, pero he tratado de mantener una buena alimentación a la par.

Sigo usando mi ropa, particularmente los pantalones que antes me quedaban flojos de la cintura, y ya de plano escondí en lo más profundo de mi clóset los pantalones pegaditos y esas cosas con las que me siento como un chorizo a punto de desparramarse, finalmente también hay que aprovechar las bondades del embarazo.

Mañana tenemos la tercera cita para ver el desarrollo de nuestro bebé, y como siempre, me emociona pero también me pone nerviosa; siempre he tenido algo de hipocondría, y ahora como se lo platiqué ayer a Carol, sufro de hipocondría materna, pero espero que todo esté perfecto, ya les contaré. mj
Ilustración: Carmen Lara

lunes, 28 de noviembre de 2011

Otra semana...



No puedo creer que ya pasó otra semana, sigo con algunas molestias pero estoy aprendiendo a vivir con ellas, y las peores me las quitó mi doctor con algunas medicinas inofensivas.
El miércoles pasado fuimos a nuestra segunda cita mensual, ahora decidimos llevar a nuestro hijo para involucrarlo un poco más en este proceso, y no sorprenderlo cuando llegue su nuevo hermano o hermana al mundo; por fin vimos su corazón latiendo perfectamente, todavía no tiene forma humana, pero yo lo vi enorme, y afortunadamente todo va de maravilla.
Mi esposo desde antes le explicó a nuestro hijo que íbamos a ver a “Confi”, como decidimos llamarle a nuestro bebé desde que yo, buscando en internet el tamaño aproximado de acuerdo a las semanas de gestación, cuando recién nos enteramos de mi embarazo, encontré un sitio web que decía que era del tamaño de un confeti, y me pareció muy chistoso.
Mi hijo, que apenas empieza a hablar, le dice “Compi”, y después de ver que el doctor me ponía el aparato del eco en la panza, comprendió que ahí está, quien sabe cómo o qué, pero ahí está.
Yo me he sentido un poco frustrada, porque el extremo cansancio que siento durante el día, no me ha permitido continuar con un proyecto en particular en el que llevo trabajando meses, pero espero que pasando el primer trimestre me sienta mejor, y lo pueda echar a andar cuanto antes, ya les platicaré.
Mi cuerpo sigue cambiando, todavía no parezco embarazada, pero mi ropa ya empieza a apretar de la panza, y aunque mi hermana insiste que ya saque mi ropa de maternidad yo me resisto, creo que todavía es muy pronto, puedo usar la ropa que me queda más flojita hasta que de plano ya no me entre, y así evito odiar mi ropa de maternidad a la mitad del embarazo.
Creo que mis estados de ánimo también están un poco más estables, ya puedo identificar cuáles son los momentos del día que más trabajo me cuestan, y trato de distraerme o sentarme un instante a descansar, aunque mi hijo no me da grandes oportunidades de hacerlo. También descubrí, con un poco de ayuda de mi doctor, que cuando peor me siento del estómago, es cuando he pasado varias horas de ayuno (antes de comer o de cenar), así es que trato de comer algún snack a media mañana y a media tarde, para tranquilizar la acidez y las náuseas.
Así han pasado los días, y aún cuando los malestares continúan, yo cada vez estoy más feliz y convencida de la decisión que tomamos; cada día quiero más a este bebé que viene en camino, y ya lo esperamos con los brazos abiertos. mj
Ilustración: Carmen Lara

martes, 22 de noviembre de 2011

Y aparecieron los achaques.



Pues si, aquellos temibles achaques que tanto me platicaban, y que yo afortunadamente no sufrí durante mi primer embarazo, me han atacado sin avisar y me están causando inumerables molestias y corajes.

Y no son los clásicos vómitos matutinos que se te quitan con una galleta salada, como suelen proyectarlo en las películas; se trata de serios malestares estomacales, náuseas, mareos, inflación, intolerancia a algunos alimentos, ascos y una larga lista de pesares que abrumaría a cualquiera.

Entiendo que cada embarazo es diferente, que probablemente con el primero tuve mucha suerte, considerando que tenía un trabajo de tiempo completo y que era sumamente demandante, porque hubiera tenido que vivir un calvario en la oficina, pero honestamente ser mamá de tiempo completo tampoco es nada fácil.

Ya lo hemos platicado antes, las pequeñas cosas se complican, las preocupaciones se vuelven mucho más relevantes cuando se trata de la salud y el bienestar de un pequeño humanito que depende de ti, y el cansancio se convierte en tu constante acompañante.

Mi ropa me sigue quedando extraña, parece que en lugar de crecer para adelante, como es natural, estoy creciendo para los lados, o cuando menos así me siento y me veo, pero esa si es una etapa que vives en cualquier embarazo.

Todas estas diferencias me ocasionan cierta curiosidad, ¿será que es una niña y por eso me siento tan diferente que en mi primer embarazo?, mi esposo casi me lo asegura, pero porque el muere por tener una hija, aunque cada vez me aclara que si es niño estará igual de feliz, como si lo pudieramos regresar.

Mi hijo tampoco me ha facilitado mucho las cosas, igual me lo habían advertido, pero hasta que no lo vives no sabes lo que es llegar al límite después de un eterno berrinche. Está ´mucho más sensible de lo que normalmente es, y lo entiendo, tengo que llenarme de tolerancia y de paciencia, pero cuando te sientes pésimo es un constante reto.

No quisiera parecer la persona más negativa, en mis buenos ratos me siento feliz por todo lo que sigue, me ilusiona tremendamente conocer al bebé que viene en camino, por ver la reacción de mi hijo ahora que será el hermano mayor... pero luego vuelven las nauseas y solo quisiera desaparecer un rato. mj

Ilustración: Carmen Lara


lunes, 14 de noviembre de 2011

Semanario...



Una semana más que se va, y otra que empieza sin muchas novedades. Sigo con los mismos “achaques”, si así se le puede llamar al cansancio y debilitamiento total que siento en este momento, tomando en consideración que tengo una gripa tremenda que me contagió mi pequeño saltamontes, quien afortunadamente ya está mucho mejor.
Creo que lo más evidente, relacionado con mi embarazo, por lo que he pasado en estos días, son los abruptos y terribles cambios de humor, debido a la tormenta de hormonas que hay en mi cuerpo en este momento. Puedo estar muy tranquila y concentrada en algo, y de un momento a otro me convierto en un ogro insoportable que ni yo misma reconozco, pero sin ánimo de justificar mi comportamiento, me parece que también es de lo más normal y las personas a mi alrededor tendrán que soportarme.
Otra molestia que me ha rondado últimamente, es la inevitable inflación del estómago después de comer cualquier cosa; aparentemente ahora todo me cae pesado y me provoca acidez. Dicen que la acidez puede ser señal de que el bebé será peludo, pero en la etapa de crecimiento en la que está mi bebé en este momento, no hay manera de que tenga un solo pelo en todo su diminuto cuerpo.
También leí que en el segundo embarazo, la panza empieza a salir alrededor de la octava semana de gestación, y aunque yo tengo apenas siete semanas cumplidas, ya empiezo a sentir que mi ropa me queda diferente. Y no necesariamente me veo diferente, tiene mucho que ver que ahora vivo con el estómago inflado, pero también, como dice mi hermana, los músculos ya son más flexibles y no hay manera de evitarlo.
No sé si estoy predispuesta, pero me parece que mi hijo también ha empezado a resentir mi embarazo, está más berrinchudo y demandante que nunca, pero he tratado de tenerle toda la paciencia del mundo y de explicarle lo que pasa en la medida de lo posible, aunque todavía es muy joven para entenderlo.
Y bueno, pues desafortunadamente tendré que interrumpir mi entrada del día de hoy porque de plano ya no puedo respirar, tengo la nariz totalmente tapada y creo que debo aprovechar la oportunidad para descansar mientras mi hijo está en la escuela, pero les sigo contando…mj
Ilustración: Carmen Lara

lunes, 7 de noviembre de 2011

Semanario de una Mujer Embarazada



Pues si queridas lectoras de Ácido Fólico, así como lo leen ¡Estoy embarazada!.

Todo comenzó a finales del mes de Septiembre, cuando mi esposo y yo empezamos a hacer cuentas y a platicar sobre tener otro bebé. Considerando la edad de nuestro primer hijo, que el día de hoy cumple 19 meses, los tres años cumplidos antes de septiembre para entrar al kínder, así como otros detalles sin mayor importancia, decidimos buscar a un nuevo integrante de nuestra familia durante los meses de Octubre y Noviembre; si no teníamos suerte, lo intentaríamos hasta el siguiente verano.

Aunque las cosas no siempre salen como uno las piensa, mi esposo y yo nos hemos caracterizado por ser una pareja, y ahora una familia, que planea con suficiente anticipación los eventos importantes, y aunque puede parecer, en opinión de otras personas, que nuestra vida es aburrida por eliminar el elemento sorpresa, cuando menos en la medida de lo posible, a nosotros hasta ahora nos ha funcionado.

Pues así las cosas, tuvimos la bendición, y también la gran suerte, de encargar a nuestro segundo hijo o hija a principios de octubre, por lo que al día de hoy, considerando la fecha del primer día de mi última regla, como se sacan las cuentas, tengo 6 semanas de embarazo.

Las primeras pruebas caseras me las hice estando de viaje con Carol, hace ya dos semanas; no estaba propiamente retrasada en mi periodo menstrual, pero consciente de que ya habíamos empezado con los primeros intentos, y con el ánimo de ser una “madre responsable”, decidí comprar dos pruebas, carísimas por cierto, que aseguraban que identificaban si estás o no embarazada desde 5 días antes de tu regla.

Las dos salieron negativas, y aún cuando confieso que me sentí algo desilusionada, pensé que era una señal para disfrutar de mi viaje sin preocupaciones, comer como náufrago y tomar vino como cosaco. Caminamos muchísimo, y por las noches yo terminaba exhausta; Carol insistía en que nos saliéramos a pasear hasta las 11 o 12 de la noche, y yo de plano no tenía más energía, pero no nos resultó extraño o sorpresivo, porque yo nunca me he caracterizado por ser la persona más nocturna y energética.

Le avisé a mi esposo de las pruebas negativas, y se limitó a decirme “en Noviembre lo intentamos otra vez”, con un tono de desilusión. Pero regresé de viaje, ahora sí con un retraso de dos o tres días, y decidí hacerme otra prueba de orina, que para mi sorpresa resultó positiva.

Por la tarde le hablé a mi doctor, y lo primero que me dijo después de saludarme fue “estás embarazada”; le comenté de las primeras pruebas que me hice, a lo que, con el tono bromista que lo caracteriza, me respondió “es que esas son para gringas”. Me pidió que me hiciera análisis de sangre, y de una vez los demás para aprovechar el piquete, biometría hemática, orina, etc.

Al día siguiente, después de dejar a mi hijo en la escuela, me fui volada al laboratorio, y dos horas después, revisé mis resultados en internet. La prueba cuantitativa de sangre señalaba que estaba en la tercera semana de gestación, y con unos nervios indescriptibles le hablé a mi esposo para darle la buena noticia.

Confieso que aunque estoy plenamente feliz con la espera de mi segundo bebé, también estoy preocupada y un poco nerviosa, porque ahora sé exactamente a lo que voy, ahora estoy consciente de la responsabilidad que implica ser mamá, y de lo demandante que puede ser quedarte en tu casa “de tiempo completo”; pero nada en absoluto me hará cuestionarme si tomamos o no una buena decisión, ahora me queda claro que un hijo es lo mejor que te puede pasar en la vida.

Estas primeras semanas me he sentido muy bien, solo un poco adolorida de los pechos, cansada y sedienta, pero afortunadamente no he tenido achaques que no me permitan hacer mi vida normalmente. La semana pasada fuimos a nuestra primera visita al doctor, ya vimos a nuestro pequeño “confeti” y parece que todo va muy bien. En este espacio, con la  esperanza de no aburrirlas, cada semana les contaré los avances más significativos de mi embarazo. mj

Ilustración: La Abuela por tercera vez!.

martes, 16 de agosto de 2011

El sexo...del bebé


Parece un tema simple, pero en realidad, de él se derivan muchos otros de los que hemos escrito, cómo el peinado, la ropa, e incluso la forma de ser y comportarse cuando son pequeños.

Ahora la tecnología nos ha alcanzado, e incluso existen métodos para conocer el sexo de tu bebé a las pocas semanas de la concepción, lo cual antes era imposible. Mi Mamá, por ejemplo, como todas las mujeres antes de que existieran los modernos ultrasonidos, se enteró del género de sus hijos cuando nos vio nacer, y me parece que eso tenía también sus implicaciones positivas.

Yo por ejemplo, desde que supe que estaba embarazada me imaginé a un niño, pero cuando la gente te pregunta ¿y tú qué quieres que sea?, la respuesta generalizada de las mujeres embarazadas (no me dejarán mentir) surge en automático: “lo que sea mientras esté sano”.

Mi esposo y yo deseábamos y pensábamos en un niño, no lo gritábamos a los cuatro vientos porque siempre piensas que si es una niña lo va a resentir, o va a percibir una clase de rechazo, lo cual causa pánico y preocupación, pero me atrevo a decir que en la mayoría de los casos, los padres tenemos preferencia por uno u otro sexo, aunque si resulta el contrario no significa que lo queremos menos.

Cuando fuimos al ultrasonido de los cinco meses, que es cuando se supone que ya se puede ver con claridad el sexo del bebé (algunos se ven antes y otros después), en un principio el doctor nos dijo que era una niña; yo creo que noto una ligera decepción en nuestras caras, porque que de inmediato nos contó que él tenía tres hijas y que en realidad las mujeres son mucho más fáciles que los hombres, que son más hogareñas y no te dan tantos problemas en la adolescencia (que buenos que no me conoció porque se hubiera llevado una desagradable sorpresa). De un momento a otro se vio un giró en la pantalla, y mi bebé nos enseñó un panorama que era por demás claro, se trataba de un hermoso y bien equipado niño (también eso lo mencionó el doctor).

En ese momento se iluminaron nuestros ojos, empezamos a pensar en su nombre y mi esposo ya hablaba de jugar futbol en el jardín y llevárselo al estadio, sueños que al día de hoy todavía no suceden. Pero como es obvio, en el instante que se lo comunicamos a nuestra familia y amigos más cercanos no dejaron de hacernos recomendaciones y comentarios, algunos atinados y que tomamos en cuenta, otros un tanto absurdos que de plano decidimos descartar.

Es una realidad, las niñas son más fáciles y más tranquilas que los niños, cuándo menos de lo que a mí me ha tocado experimentar con mi hijo y mi sobrina que son de la misma edad; pero como en todo existen excepciones,  he conocido niñas súper salvajes que hacen ver la suerte de sus papás, y he conocido niños súper tranquilos que no despiertan la más mínima preocupación.

Por lo que respecta a la ropa, me imagino que debe ser divertido tener todo un clóset lleno de vestidos con sus calzones incluidos, tener el moño y los zapatos que combinan y poder peinarla de diferentes formas todos los días, pero yo soy feliz pensando en la comodidad de los prácticamente uniformes que le pongo a mi hijo semana tras semana, por la mañana unos pants cómodos y calientitos, por la tarde unos jeans con los que pueda jugar sin complicaciones.

Y en cuanto a mis preferencias por el sexo de mi segundo (y último) bebé, que todavía no sabemos cuándo tendremos el valor de buscar, en realidad me encantaría tener una niña, porque cuando crecen son grandes compañeras, más cercanas a la mamá (que a la suegra por ejemplo), y además son más cariñosas; en fin, eso solo se lo dejaremos al destino, si tengo otro niño seré una mamá súper feliz y afortunada, y sobre todo, mi hijo lo va a disfrutar tremendamente, porque serán excelentes compañeros… pero ya veremos qué pasa. mj

Ilustración: Carmen Lara

martes, 19 de julio de 2011

Tiempo al tiempo...


La maternidad me ha hecho entender que en realidad, todo es cuestión de tiempo. Yo soy una persona impulsiva y desesperada, me cuesta trabajo que las cosas no sucedan en el instante en el que las quiero, se me hace difícil esperar y darle tiempo al tiempo.

Desde el embarazo mi hija empezó sutilmente ha decirme que los tiempos serían relativos y que más me valdría conocerla y entenderla bien para que nuestra relación funcionara.

Por cursi y meloso que se escuche fue en el embarazo cuando aprendí a escuchar a mi cuerpo, entendí las señales físicas y emocionales del sueño, descubrí cuando tengo hambre y cuando la invento para evadir algo que no quiero hacer o calmar mis nervios, me di permiso de correr solo cuando se me antojaba y de caminar sintiendo cada parte de mi cuerpo.

Me encantó estar embarazada, compartirme y sentir el crecimiento y desarrollo de mi hija, pero todo esto no fue inmediato. Los primeros meses los pasé decepcionada porque no parecía embarazada, mi vientre todavía no salía lo suficiente y esto me confundía muchísimo. A pesar de haberme hecho una infinidad de pruebas caseras y análisis de sangre que confirmaban mi estado, había mañanas en que la duda era enorme y no podía dejar de preguntarme ¿de verdad estaré embarazada?, me concentraba con todas mis fuerzas para sentir mi vientre habitado pero no sentía nada, a pesar de que esto era lo más lógico y ordinario, algo en todo el asunto me decepcionaba.

Curiosamente empecé a sentir el vaivén de hormonas más en los senos que en el vientre, tuve muy pocas nauseas pero me sentía todo el día agotada, me quedaba dormida en todos lados, flotaba siempre en una especie de limbo entre la realidad y mis fantasías, me costaba trabajo concentrarme y lo que usualmente hacía en quince minutos me llevaba horas enteras.

Los primeros meses no me reconocía y era frustrante porque casi nada en mi apariencia había cambiado, cuando por fin salto un poco de panza me sentí extasiada, no solo era la muestra física de mi embarazo también una especie de permiso para vivir a profundidad todos los cambios que se me presentaban.

El cansancio del primer trimestre se transformó a partir del cuarto mes en un cúmulo desbordado de energía y fuerzas, me sentía invencible, quería hacer todo, pensar todo, resolver problemas, inventar cosas, en fin la mujer maravilla se quedaba corta junto a mis recién adquiridos poderes. Entonces empecé a preocuparme por la primera patada ¿por qué no la he sentido?, ¿en qué momento empezará a moverse?, ¿eso fue una patada o mi intestino?, todo hasta el instante en el que en realidad empezaron las patadas y mi atención se fue a esperar otra señal física de la existencia de mi hija.

Disfrutaba siempre correteando un nuevo cambio, siempre a la espera nunca pausada. El último trimestre mi energía bajo pero subieron las expectativas y el ansía por la llegada se convirtió en desesperación. Cansada de no poder dormir ni acomodarme, atenta a cada patada o movimiento de mi pequeña, los días se empezaron a hacer cada vez más largos.

Yo me había pronosticado que mi hija llegaría una semana antes, como profeta había dictado la sentencia de que nacería en la semana treintainueve, así que cuando esta culminó me sentí desolada ¿por qué no llegaba?, malhumorada entré en la semana cuarenta, con el vientre enorme el hartazgo de la espera, el miedo del parto y la sensación de que nunca llegaría el tan esperado encuentro.

Mi mamá hizo circo, maroma y teatro por entretenerme, mi esposo me llamaba a cada segundo para preguntar por alguna novedad, mi papá cansado de estar lejos de mi mamá y tener que viajar cada fin de semana me pedía entre bromas que por favor me apurara. En un pleito tremendo que tuve con Michelle, mientras lloraba inconsolable por alguna tarugada que nos habíamos dicho, caí en cuenta de que el momento llegaría tarde o temprano y que más me valía aprovechar los últimos momentos en el que mi hija y yo estaríamos habitándonos.

Mi hija nació en la semana cuarenta y uno, cuando ella se sintió lista para salir y conocer el mundo. Aproveché los días previos para observarme, grabar en mi memoria los cambios en mi cuerpo y despedirme del tiempo que compartimos, me hice amiga de los últimos insomnios, me burle de las frecuentes visitas al baño y aproveche los poderes extrasensoriales que te da el embarazo.

A partir del primer encuentro con mi niña, de esa primera vez que nos compartimos y conocimos, he tratado de dejar que las cosas pasen sin apresurarlas, a veces lo logro y otras no, pero no dejo de tener en el campo de mi consciencia el hecho de que el tiempo es tan dúctil cómo queramos hacerlo, no es posible ni justo  apresurar el crecimiento de un niño, cada pequeño tiene sus tiempos y formas de irse haciendo en el mundo, nos hemos alejado de los procesos naturales y los tiempos que no se miden con un reloj, pero nunca es tarde para ignorar los calendarios y observar con atención el tiempo de nuestros hijos, ese que pasa entre pestañeos y es imprescindible tatuarnos en la memoria. cj

Ilustración Carmen Lara

jueves, 16 de junio de 2011

¡Qué belleza!


Hoy pondré a prueba a las y los lectores de Ácido Fólico. Para empezar les voy a pedir que cierren los ojos y recuerden el momento en el que conocieron por primera vez a su hijo, hija, nieto, nieta, sobrino, sobrina o cualquier pequeño que por razones especiales ocupa un lugar importante en sus afectos.

¿ya tienen la imagen?...


¿Qué imágenes inundaron su mente y desbordaron su corazón? (si quieren escríbanlas en los comentarios antes de terminar de leer, si no pueden dejar comentarios porque quién sabe que se ha confabulado en contra de esta sección de AF, manden un correo a acifofolicoblog@gmail.com) si no quieren escribir nada no se preocupen las seguimos queriendo…

Cuando yo hago este experimento lo primero que veo es un cuerpito largo y blanco como la leche, unas manitas que me parecen demasiado grandes, una carita roja y frunciendo el seño molesta por la luz y una hermosa cabeza repleta de cabello negro. Esa es la primera imagen que tengo de mi hija. Segundos después de abandonar mi vientre y mientras el pediatra la revisa y viste.

Cuando por fin me la acercan constato que efectivamente mi hija es color cereza, la olfateo cómo si fuera un perro y me pierdo en las sensaciones que despiertan en mi interior: es mi hija ¡ya soy mamá!, ¡no puede ser, ese pequeño bultito greñudo es mío!, pienso: ¡hola hijita mucho gusto!.

Se la llevan un rato y cuando volvemos a encontrarnos vuelvo a beberme cada parte de su diminuto cuerpo. Las uñas curveadas, las pestañas que le impiden abrir bien los ojos, su hermosa y mínima nariz, su boca color frambuesa… No es porque sea mi hija pero es realmente hermosa, increíble que nos haya salido tan bonita y ¡sana que es lo más importante!

El monólogo anterior me lo repito cada vez que tengo en brazos a mi pequeña, cuando llegan mis papás comentamos todos la hermosura y perfección de la recién llegada, cada visita me felicita y yo los obligo (sin darme cuenta) a decir que mi pequeña es la estampa de la belleza, cuando todos se van mi esposo y yo la observamos incrédulos: ¡es hermosa!

Los días pasan y yo sigo idolatrando a mi niña, aunque cada vez me resulta más familiar no deja de maravillarme su perfección. Cuando la desvisto para bañarla contemplo extasiada su cuerpo a escala, la peino, la visto y revivo el viejo sentimiento que experimentaba al jugar a las muñecas.

Si, si, si pensarán otra melosa historia de cómo una madre perdió el juicio ante su hija, nada nuevo ¿verdad? En efecto: nada nuevo. Pero les puedo asegurar que si hicieron sin trampas el experimento que les sugerí al inicio de este escrito, sus recuerdos no distan mucho de los míos. La revisión pormenorizada del pequeño, el olfateo descontrolado, la mezcla de asombro e incredulidad al constatar que ese perfecto ser tiene o tendrá una relación cercana contigo.

Los recién nacidos están diseñados para robarse nuestro corazón. Su olor, color y forma está hecho para que perdamos el sentido y nos sintamos más livianos y atentos a ellos en cuanto los vemos. La naturaleza los hace irresistibles, para que así no exista cansancio, dolor o pena que nos impida cuidarlos (aunque tristemente hay excepciones).

No conozco una sola mamá que al ver a su hijo o hija por primera vez diga: ¡pero que espanto, hijito te quiero mucho pero estás horrendo! Es casi imposible que esto suceda porque en ese momento a nuestros ojos son lo más hermoso que existe en la galaxia.

El tiempo va pasando y cada vez los vemos más chulos; unas semanas después porque ya no están hinchados, más adelante porque ya abrieron los ojos y ¡o sorpresa, son azules, verdes o grises! (el dulce engaño de los ojos claros), en los primeros meses porque están gorditos y queremos devorarlos, luego porque ya empiezan a moverse y nos hacen presas de su arma secreta: la sonrisa. Esa sonrisa que hace que nuestro corazón experimente un gozo profundo y dulce. Y bueno… la lista es larguísima, nuestro pequeño es un seductor que a mano a armada nos deshace y transforma en las personas más cursis, melosas y apasionadas.

La trampa queridas lectoras radica en qué (siento muchísimo tener que darles la noticia) nuestros hijos ni nacieron ni son los más hermosos del planeta. Mi esposo y yo caímos en cuenta de este hecho una tarde en la que decidimos ver las miles de fotos que tenemos de nuestra hija y ¡¡¡no puede ser!!! La verdad, la verdad es que era… mmmmmmm cómo decirlo, cómo cómo, bueno pues era más bien un poquitito fea. No fea, fea, pero estaba hinchada, color jitomate, con una melena negra y despeinada y una mínima naricita llena de puntos blancos. El shock no fue menor al constatar que las siguientes semanas tampoco era tan enteramente bella, se le cayó el pelo y lo que yo veía como una preciosísima cabellera consistía más bien en un puñado de pelos larguísimos en la parte superior de la cabeza acompañada de una calvicie evidente en todo el resto, además tenía unos cachetes de concurso y un cuerpo divinamente desproporcionado.

Cuando les comenté a mis papás (a manera de confesión) que la verdad, la verdad es que mi hija no había sido tan hermosa como yo la había visto, mi mamá alarmada me dijo -¡ahorita está muuucho más bonita, pero siempre ha sido hermosa ¿cómo puedes decir que era fea?- mi papá soltó una carcajada y dijo – todos los recién nacidos son espantosos, ahorita ya es una niñita y está linda, pero si estaba fea, los vemos bonitos porque los queremos-, claro que Michelle saltó a la charla y ni tarda ni perezosa dijo –pues mi hijo es la excepción, él siempre ha estado hermoso-, a lo que mi papá le contestó: -no también estaba horrendo, se le veían los cables de tan pelón, estaba medio morado y parecía un monjecito- después de esto no pudimos más que reír a carcajadas y pensar que ahora sí, nuestros hijos son lo más hermoso que existe en el planeta. ¿y ustedes qué opinan de sus querubines?. cj

Ilustración Carmen Lara

lunes, 6 de junio de 2011

¡Qué bonito brasier!

Hay ciertos detalles de la maternidad de los que no te enteras a menos que pases por ellos y una vez que los vives son cómo un pasaporte que te permite entablar largas charlas con otras mujeres. Para mí uno de estos temas fue la lactancia.

Había leído y platicado sobre el tema, pero casi todo era un poco superficial y polarizado: estaban a favor o en contra, era algo maravilloso o un asunto imposible. Yo quería amamantar pero sinceramente tenía pánico de hacerlo.

Nunca me asustaron las contracciones (ahora ya me asustan) ni el dolor del parto, pero la lactancia me parecía un asunto incómodo y doloroso. Unas cuantas semanas antes de que naciera mi hija decidí que era necesario comprar uno o dos brasieres para llevar al hospital, llegue a la tienda de lencería y con toda naturalidad pedí que me mostraran los brasieres de lactancia, en cuanto los vi casi salgo corriendo: ¡eran horribles!. No compré nada y al día siguiente le platique mi experiencia a una amiga que sabe del tema. Le dio una risa tremenda y con toda la sensibilidad del mundo me dijo que no buscará más, que todos eran similares y no encontraría unos bonitos, mucho menos sexys.

Mi hija nació a las 41 semanas, todo lo que les cuento lo viví con la panza y pesadez propia de las 39 semanas, mientras aborrecía toda mi ropa de maternidad y añoraba ponerme un pantalón sin resorte. Darme cuenta que tendría que seguir usando ropa “especial” no me apetecía en lo absoluto.

Dos semanas después llegó mi hija, que se pegó a mi pecho con tanta naturalidad que de inmediato se me acabaron los miedos, estuve un poco adolorida pero Michelle me regaló una muy recomendable crema de Lanolina que me ayudó mucho.

Poco a poco me fui acostumbrando a todas las nuevas sensaciones que acompañan la lactancia: el pecho duro cuando hay demasiada leche, la respuesta corporal cuando escuchas el llanto de tu hijo, la sensación cuando el bebé está bien acomodado y succionando sin problema. Antes de meterme a bañar preparaba mi brasier con los protectores de lactancia para no empaparme al salir y en la regadera me daba masajes para descongestionar los conductos. A los dos meses ya me sentía toda una experta en cuestiones de lactancia, conocía los ritmos de mi hija, mi producción de leche era constante y gozaba profundamente el tenerla tan cerca de mí.

Pero por esa época tuve que regresar a trabajar y empecé a salir a lugares públicos. Entonces me tope con una realidad que no esperaba: México no es un país a favor de la lactancia.

A pesar de que al amamantar no se ve casi nada, si lo haces en público la gente se siente incómoda y en muchas ocasiones se molesta ante tu supuesta falta de pudor y como son rarísimos los espacios que cuentan con un cuartito destinado a la lactancia, si estás fuera de tu casa acabas dándole de comer a tu hija encerrada en un baño público, en el coche, o escondida en algún rincón.

No dejará de sorprenderme que podemos ver mujeres con los escotes más pronunciados sin que nadie se escandalice, pero una madre amamantando causa toda una discusión. Resulta increíble pero he sabido de lugares en donde se le pide a la madre que se retire a alimentar a su hijo a otro lado.

En mi experiencia la lactancia es todo un mundo, con sus códigos, ritmos, mitos y realidades, siempre ligados a nuestra historia personal y el contexto social en el que nos movemos. Un mundo que tenemos que aprender a compartir,respetar y ver con más naturalidad. cj

Ilustración Carmen Lara