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viernes, 12 de junio de 2015

Decir adiós


Desde hace semanas quería escribir en AF tenía tantos temas y noticias, que escribía en una libreta los títulos para no olvidar las historias. ¿Por qué no las escribía antes? Porque esperaba a que todo “cuajara” para dar la noticia y comenzar con los pormenores de la travesía, porque no quería llamar a la mala suerte haciendo público un hecho que se encontraba en la etapa más delicada y también porque saboreaba el suspenso y la espera.

Pero los planes, llenos de fantasía y deseo no siempre salen como queremos. Hoy escribo en AF y estás líneas no tienen nada que ver con los apuntes de mi libreta, hoy escribo para vaciarme, para entenderme en mis palabras y compartir con quién quiera sumarse. También escribo para dar, porque si algo me ha servido en estos días son los miles de testimonios de mamás que no conozco y que como yo han pasado por el duelo que hoy vivo.

El sábado tuve un aborto. Seis sábados antes había celebrado y brincado de nervios junto con Juan el resultado positivo de un puñado de pruebas de embarazo, había pasado la noche en vela pensando en si debía compartir la noticia tan pronto o no, había pensado en los cambios que atravesaría mi cuerpo, en la transformación inminente que tendríamos como familia, en las dificultades de conseguir trabajo en mi estado, en cómo tomaría mi hija la noticia… había pensado sobre todo en el viaje que comenzaba y que sin buscarlo recibía con muchísimo gusto.

Las semanas siguientes la vida siguió igual pero diferente. Me sentía cada día más cansada, mis senos comenzaron a crecer, lo único que se me antojaba comer eran cosas con limón y sal, no me bajaba y dos líneas fuertes aparecían en todas las pruebas de embarazo que utilizaba. No tenía más señales que esas, que sobraban para hacerme sentir que estaba embarazada.

La primera cita de revisión estaba para finales de mayo, deseaba llegar al consultorio, platicar la noticia y si era posible ver la primera imagen del bebé. Pero llegué, platiqué me emocioné y el ultrasonido me regresó la primera duda, el primer golpe inesperado de esta historia también inesperada. El bebé no apareció en la imagen y el saco gestacional no concordaba con las fechas.

Mi doctora dijo que podía ser que hubiera ovulado más tarde, en cuyo caso tendría menos semanas de embarazo y todo seguiría sin contratiempos. Me dio cita para quince días después y me pidió que tratara de estar tranquila.

Juan y yo nos preocupamos. Leímos en Internet todo lo que encontramos al respecto y decidimos que nuestro caso era como el de tantas otras parejas que no ven nada en la primera cita y semanas después ven a su bebé perfecto y escuchan el latido del corazón sin contratiempo alguno.

Mis amigas me animaron diciendo que eso pasaba y que a veces era mejor esperar a que avanzara el embarazo solito antes de apresurar al bebé a salir en su primera foto. Los días se me iban con una lentitud apabullante, a ratos estaba convencida de que el bebé estaba perfecto y luego me entraba una ansiedad absoluta al considerar que algo no andaba bien. Una semana después de la visita a la ginecóloga amanecí hecha un nervio, con la duda en el fondo de las tripas y la necesidad de saber que estaba pasando dentro de mí. Fui a hacerme los análisis de rutina que me había mandado la ginecóloga y pedí también el conteo de la hormona HCG (que no me habían solicitado pero después de tantas lecturas sabía que podía dar algo de pistas).

La prueba llegó y el conteo era bajo. Hablé con mi doctora que me dio cita para el día siguiente, pero al platicar con Juan decidimos posponerla, porque no había pasado suficiente tiempo para tener certezas con las imágenes o las hormonas. Me relajé y los días siguientes dejé de pensar, de buscar información y de preocuparme.

Me prometí escuchar a mi cuerpo y confié en la naturaleza. Si el bebé estaba bien seguiría creciendo, si no, sería mi cuerpo el que me anunciaría el final de la aventura. El sábado en la tarde llegó el aviso que no quería recibir, primero con un leve sangrado y luego con uno mucho más intenso, acompañado de un dolor a oleadas que sacudía mi vientre y la parte baja de la espalda. Un dolor que durante la noche mecía mis pensamientos y me ayudaba a elaborar mi despedida.

Pero, ¿cómo te despides de una ilusión? ¿cómo le dices adiós a la fantasía? ¿cómo cierras la historia que acabas de empezar?. No hay respuesta pero supongo que hay mil maneras.

Una perdida de este tipo es un golpe de realidad. Una sacudida que te obliga a entender que la vida quieras o no sigue su curso. El bebé que no habíamos planeado se fue cuando ya lo esperábamos ¿quién se acomoda a todo esto?.

El sábado se cumplirá una semana de la despedida. Mi cuerpo sigue sangrando. Ya no me duele más que el corazón, que se despide entre rituales y silencios.

Estamos bien, cada quien a su modo. Juan cansado y Lucía con una necesidad enorme de abrazos y compañía. Yo estoy bien, dando tiempo al dolor y al cuerpo para sanar y seguir adelante. Deseo correr y despertar sin sobresaltos. A ratos quisiera saltarme el duelo, pero esta experiencia me ha devuelto el respeto a la naturaleza. Hay ciclos, formas, señales e instintos que hemos dejado de observar. Este hijito que se fue tan pronto, me dejó todos estos aprendizajes en el poquito tiempo que estuvimos juntos.

Un abrazo,
cj

Ilustración Honey Cup


miércoles, 14 de diciembre de 2011

Galletas Navideñas



Por fin empiezo a sentir la época, después de un trajín emocional tremendo, de un cúmulo de problemas laborales y de sentir por un momento que las fechas solo son un pretexto para potenciar el consumo, me siento de fiesta gracias a … un delicioso olor a galletas.

Les cuento: en la familia las galletas son  parte importante de la tradición navideña, yo tengo el entrañable recuerdo de estar atascada de harina, cantando villancicos, comiendo masa cruda y amasando junto con mis hermanos unas galletas que ya horneadas a fuerzas nos teníamos que comer nosotros pues estaban llenas de babas y mugre de quién les había dado forma.

Ayer tuve la fortuna de presenciar un evento hermoso; mi hija haciendo galletas con su abuela, mi presencia fue totalmente prescindible para ellas pero para mí fue uno más de esos momentos cargados de significado y emociones. Mi hija resultó ser una experta galletera y como digna hija de su madre comió masa hasta hartarse, hecho que a la abuela siempre le ha preocupado un poco y que a mí la verdad no me altero mucho, pues sé que al final no pasa nada… y hasta el momento no ha pasado.

Pero bueno más allá de las delicias culinarias que se potencian en estas fechas, una de las grandes certezas que reafirmo gracias a las galletas ;-) es la importancia de rescatar de las compras y las incesantes campañas mercadológicas lo que vale la pena celebrar; la amistad, el cariño, la familia y la dicha de estar juntos, ya sé sueno a villancico cursi y gastado pero no encuentro otra forma de decirlo.

Y para contagiarles un poco de mi espíritu navideño recién desempolvado, les dejo la receta de mi mamá (claro que con su autorización) para hacer Cuernitos de Nuez, espero que los disfruten y compartan tanto como yo. cj

Cuernitos de Nuez

Ingredientes:
1 Taza de mantequilla
1 Taza de azúcar
1 ½ Taza de nuez molida
1 Cucharada de vainilla
Una pizca de sal
3 Tazas de Harina
Una barra de chocolate semiamargo

Cómo se hacen:
-       Precalentar el horno a 180 grados centígrados.
-       Acremar la mantequilla y mezclar con azúcar, vainilla y la pizca de sal. Agregar las nueces y poco a poco añadir la harina hasta que se forme una masa con consistencia de plastilina suave (si la masa está muy pegajosa, agrega un poco más de harina).
-       Una vez que la masa tiene la consistencia deseada, toma una pequeña cantidad con los dedos y moldéala en forma de cuernito, acomódala en charolas y hornea por diez minutos.
-       Deja enfriar un par de horas
-       En una cacerola derrite la barra de chocolate con una cucharada de mantequilla.
-       Remoja las puntas de los cuernos en el chocolate y déjalas secar
-       ¡Disfruta! … y comparte.







miércoles, 13 de julio de 2011

Tristeza, melancolía o depresión

Siempre me muestro algo escéptica cuando se habla sobre temas relacionados a la salud mental, creo que cada día se abusa más de los diagnósticos y se estudia menos sobre los mismos. El tema de la depresión postparto no se salva, creo que merece más atención y dialogo del que se le ha dado.

Buscando leer sobre el asunto encontré un instrumento (test) llamado Escala de depresión postparto de Edimburgo, que se creó para que personal médico no especializado pueda detectar síntomas de depresión postparto. Antes de leerlo decidí contestarlo, de la forma más sincera posible y recopilando mi sentir en las primeras semanas en las que fui madre.

Para mi sorpresa el resultado final sugería que tenía (o tuve) depresión postparto, al principio no pude más que reírme y confirmar mis sospechas sobre este tipo de diagnósticos, pero luego me alarmé un poco y revisé con detenimiento las preguntas. La mayoría, a mi juicio, describen más que cuestionar el sentir general de toda nueva mamá: ha estado inquieta o nerviosa POR SUPUESTO; ha sentido miedo o ha estado asustadiza CLARO QUE SÍ, Las cosas le han estado abrumando PUES, CÓMO NO; y así diez preguntas que unas más otras menos indagan sobre el sentir de las nuevas madres.

Después de pensarlo un rato caí en cuenta de que la que se salva y sale sin depresión después un interrogatorio de este tipo, es aquella que, o no acepta del todo lo que está viviendo, o fue bendecida por los poderes mágicos de la maternidad sin complicaciones ni estrés.

Yo no tuve depresión postparto, me sentí eufórica la primera semana de vida de mi hija y después, a pesar del cansancio seguía contenta, pero no niego que a ratos me invadía una tremenda ansiedad sobre la responsabilidad que implicaba hacerme cargo de mi hija, a ratos estaba tan cansada que tenía ganas de llorar y pedirle a mi hija que por favor me dejara dormir, hubo momentos en los que pensé ¿de verdad podré con ella por el resto de mi vida?, por supuesto que lo pensé, pero casi no lo dije.

El día en el que más claramente expresé mi angustia fue cuando regresamos mi mamá, mi esposo, mi pequeña y yo a la casa de Lagos (después de tres semanas en Guadalajara) y al ver que gran parte de mis adoradas plantas habían muerto me solté llorando como una niñita, fue un llanto profundo, seco y contenido, no podía parar y no sabía bien de dónde había salido. Sí, me dolía que mis platas se hubieran secado, pero el sentimiento que tenía no era por ellas precisamente, era como una despedida a la vieja yo, a la yo sin hija y sin tanta responsabilidad, algo extraño que después de un rato pasó sin mucho problema.

Horas después escuche que mi mamá le narraba el evento a mi papá agregando que había tenido un poco de “maternity blues”, o melancolía de la maternidad, como se le conoce a este sentir. Me molesto escucharla y pensar que así había sido, sin embargo no volví sobre el asunto.

Ahora, después de responder la Escala de Edimburgo y leer en diversas fuentes sobre los síntomas y métodos que se usan para diagnosticar la depresión postparto, creo que lo que hace falta es que nos liberemos un poco del peso social que cae sobre nuestros hombros en el instante en el que nos hacemos mamás.

Pareciera que con el hijo recién parido viniera anexo un pequeño reglamento de comportamientos, sentimientos y formas de actuar en sociedad, tipo Manual de Carreño pero para mamás. Todos esperan que encarnes el prototipo sumiso, abnegado y culposo de la madre que da todo por sus hijos sin esperar nada a cambio, quieren que limites tus sentimientos, elimines tus frustraciones, ansiedades y miedos y que todo en ti sea bondad y buenos deseos.

Es un hecho, cada vez toleramos menos el dolor, ya sea físico o emocional nos empeñamos en callarlo en lugar de encontrar qué es lo que nos quiere decir, vivimos en la cultura del diagnóstico y los medicamentos y buscamos siempre las causas fuera de nosotros. Preferimos que nos digan que algo anda mal con nuestro organismo, que son las hormonas o el ambiente a tener que admitir que nos aterra ser madres y la responsabilidad que ello conlleva.

Por supuesto que hay casos extremos y ocasiones en los que es necesario que el estado depresivo se atienda, pero de ahí al aumento infinito en este padecimiento hay una brecha grande. Tenemos que atrevernos a nombrar las cosas, si estamos tristes es tristeza lo que tenemos, si es angustia hay que preguntarnos de dónde sale, si tenemos miedo hay que compartirlo y tratar de entenderlo, las culpas por otro lado, dan para toda una publicación.

Por hoy las dejo hasta aquí, les comparto el enlace de la Escala de Depresión de Edimburgo  para que me digan que opinan sobre ella. cj


La ilustración forma parte del cuento infantil “Las plantas” ilustrado por Carmen y escrito por mí.

lunes, 4 de julio de 2011

¡Panchito, Panchito!


Antes de que naciera mi hijo humano, tuve a un hijo chaparro y peludo llamado Pancho; se trata de mi perro chihuahueño, quien a pesar de ser bastante histérico, principalmente con las personas que me han ayudado con la limpieza de mi casa, y de tener una fijación por apropiarse de muebles y esquinas “marcando su territorio”, es parte de la familia y es altamente valorado, principalmente por el miembro más joven.
Pancho tiene casi seis años perro, lo que se traduce en cuarenta y dos años humanos según mi Papá, a quien le tengo toda la confianza en esos temas caninos (y en otros también). En un principio cuando lo llevé a mi casa, aún soltera y viviendo sola, era la alegría del hogar, deseaba salir del trabajo para verlo y abrazarlo, y el siempre me recibía con todo el gusto del mundo. Después me casé y mi esposo lo adoptó sin condiciones, éramos una familia en toda la extensión de la palabra.
Así transcurrió el tiempo hasta que llegó mi hijo “verdadero”, fue ahí cuando me di cuenta que ningún amor anterior se parecía o acercaba al que estaba sintiendo en ese momento, incluyendo obviamente al que le tenía a mi perro.
Cuando llegamos a la casa con nuestro bebé, Pancho nos recibió con mucho gusto a mi esposo y a mí, pero analizaba y olía confundido el bambineto en donde poníamos a mi hijo, se veía preocupado cuando oía sus llantos, y no entendía porque lo callábamos con insistencia cuando empezaba a ladrar como acostumbraba cuando alguien se acercaba a la puerta.
Los primeros meses fue muy difícil la convivencia, como es natural, todo mi tiempo y amor estaban dirigidos a una sola persona y no había lugar para el pobre perro, quien desesperado trataba de llamar nuestra atención con las peores estrategias, mismas que le causaban constantes regaños y castigos en el jardín.
Por su parte, en sus primeros meses de vida mi hijo ya conocía perfectamente a su “hermano mayor”, ya estaba acostumbrado a los molestos ladridos, y cuando se le acercaba lo acariciaba sin ningún miedo. Pero fue cuando cumplió alrededor de siete meses, cuando empezó con los primeros intentos por taclearlo y abrazarlo, y a raíz de su frustración por los constantes escapes de Pancho, fue que empezó a gatear detrás de él.
Así las cosas, la mayoría de los logros tempranos de mi hijo, que incluyen gatear y caminar, se los podemos atribuir a su amor por el perro, y a su insistencia por estar lo más cerca de él; y Pancho, desde que lo vio caminar, entendió que es un humano más en su familia (el gateo le generaba tremendos conflictos de rivalidad), y ahora también es cariñoso y lo cuida y protege.
Ese amor mutuo, además de provocar mi orgullo por haber logrado que mis dos hijos coexistieran sin mayor conflicto, es el que me da tranquilidad al ver que mi hijo (el humano), tiene una tremenda fijación por las camas de los perros en general; igualmente tuvo que ver mi familia (principalmente Mamá y Hermana), quienes después de cuidarlo un fin de semana que mi esposo y yo viajamos, me lo devolvieron con unas extrañas costumbres, y en cuanto le dicen ¡Panchito, Panchito!, mi pequeño corre directo a la cama del perro y se revuelca y juega como su hermano mayor. mj
Ilustración: Carmen Lara

jueves, 16 de junio de 2011

¡Qué belleza!


Hoy pondré a prueba a las y los lectores de Ácido Fólico. Para empezar les voy a pedir que cierren los ojos y recuerden el momento en el que conocieron por primera vez a su hijo, hija, nieto, nieta, sobrino, sobrina o cualquier pequeño que por razones especiales ocupa un lugar importante en sus afectos.

¿ya tienen la imagen?...


¿Qué imágenes inundaron su mente y desbordaron su corazón? (si quieren escríbanlas en los comentarios antes de terminar de leer, si no pueden dejar comentarios porque quién sabe que se ha confabulado en contra de esta sección de AF, manden un correo a acifofolicoblog@gmail.com) si no quieren escribir nada no se preocupen las seguimos queriendo…

Cuando yo hago este experimento lo primero que veo es un cuerpito largo y blanco como la leche, unas manitas que me parecen demasiado grandes, una carita roja y frunciendo el seño molesta por la luz y una hermosa cabeza repleta de cabello negro. Esa es la primera imagen que tengo de mi hija. Segundos después de abandonar mi vientre y mientras el pediatra la revisa y viste.

Cuando por fin me la acercan constato que efectivamente mi hija es color cereza, la olfateo cómo si fuera un perro y me pierdo en las sensaciones que despiertan en mi interior: es mi hija ¡ya soy mamá!, ¡no puede ser, ese pequeño bultito greñudo es mío!, pienso: ¡hola hijita mucho gusto!.

Se la llevan un rato y cuando volvemos a encontrarnos vuelvo a beberme cada parte de su diminuto cuerpo. Las uñas curveadas, las pestañas que le impiden abrir bien los ojos, su hermosa y mínima nariz, su boca color frambuesa… No es porque sea mi hija pero es realmente hermosa, increíble que nos haya salido tan bonita y ¡sana que es lo más importante!

El monólogo anterior me lo repito cada vez que tengo en brazos a mi pequeña, cuando llegan mis papás comentamos todos la hermosura y perfección de la recién llegada, cada visita me felicita y yo los obligo (sin darme cuenta) a decir que mi pequeña es la estampa de la belleza, cuando todos se van mi esposo y yo la observamos incrédulos: ¡es hermosa!

Los días pasan y yo sigo idolatrando a mi niña, aunque cada vez me resulta más familiar no deja de maravillarme su perfección. Cuando la desvisto para bañarla contemplo extasiada su cuerpo a escala, la peino, la visto y revivo el viejo sentimiento que experimentaba al jugar a las muñecas.

Si, si, si pensarán otra melosa historia de cómo una madre perdió el juicio ante su hija, nada nuevo ¿verdad? En efecto: nada nuevo. Pero les puedo asegurar que si hicieron sin trampas el experimento que les sugerí al inicio de este escrito, sus recuerdos no distan mucho de los míos. La revisión pormenorizada del pequeño, el olfateo descontrolado, la mezcla de asombro e incredulidad al constatar que ese perfecto ser tiene o tendrá una relación cercana contigo.

Los recién nacidos están diseñados para robarse nuestro corazón. Su olor, color y forma está hecho para que perdamos el sentido y nos sintamos más livianos y atentos a ellos en cuanto los vemos. La naturaleza los hace irresistibles, para que así no exista cansancio, dolor o pena que nos impida cuidarlos (aunque tristemente hay excepciones).

No conozco una sola mamá que al ver a su hijo o hija por primera vez diga: ¡pero que espanto, hijito te quiero mucho pero estás horrendo! Es casi imposible que esto suceda porque en ese momento a nuestros ojos son lo más hermoso que existe en la galaxia.

El tiempo va pasando y cada vez los vemos más chulos; unas semanas después porque ya no están hinchados, más adelante porque ya abrieron los ojos y ¡o sorpresa, son azules, verdes o grises! (el dulce engaño de los ojos claros), en los primeros meses porque están gorditos y queremos devorarlos, luego porque ya empiezan a moverse y nos hacen presas de su arma secreta: la sonrisa. Esa sonrisa que hace que nuestro corazón experimente un gozo profundo y dulce. Y bueno… la lista es larguísima, nuestro pequeño es un seductor que a mano a armada nos deshace y transforma en las personas más cursis, melosas y apasionadas.

La trampa queridas lectoras radica en qué (siento muchísimo tener que darles la noticia) nuestros hijos ni nacieron ni son los más hermosos del planeta. Mi esposo y yo caímos en cuenta de este hecho una tarde en la que decidimos ver las miles de fotos que tenemos de nuestra hija y ¡¡¡no puede ser!!! La verdad, la verdad es que era… mmmmmmm cómo decirlo, cómo cómo, bueno pues era más bien un poquitito fea. No fea, fea, pero estaba hinchada, color jitomate, con una melena negra y despeinada y una mínima naricita llena de puntos blancos. El shock no fue menor al constatar que las siguientes semanas tampoco era tan enteramente bella, se le cayó el pelo y lo que yo veía como una preciosísima cabellera consistía más bien en un puñado de pelos larguísimos en la parte superior de la cabeza acompañada de una calvicie evidente en todo el resto, además tenía unos cachetes de concurso y un cuerpo divinamente desproporcionado.

Cuando les comenté a mis papás (a manera de confesión) que la verdad, la verdad es que mi hija no había sido tan hermosa como yo la había visto, mi mamá alarmada me dijo -¡ahorita está muuucho más bonita, pero siempre ha sido hermosa ¿cómo puedes decir que era fea?- mi papá soltó una carcajada y dijo – todos los recién nacidos son espantosos, ahorita ya es una niñita y está linda, pero si estaba fea, los vemos bonitos porque los queremos-, claro que Michelle saltó a la charla y ni tarda ni perezosa dijo –pues mi hijo es la excepción, él siempre ha estado hermoso-, a lo que mi papá le contestó: -no también estaba horrendo, se le veían los cables de tan pelón, estaba medio morado y parecía un monjecito- después de esto no pudimos más que reír a carcajadas y pensar que ahora sí, nuestros hijos son lo más hermoso que existe en el planeta. ¿y ustedes qué opinan de sus querubines?. cj

Ilustración Carmen Lara