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miércoles, 4 de septiembre de 2013

¡Quiero shooooorts!






Hoy Gabriel hizo uno de los peores berrinches de su vida, estuvo al rededor de 25 minutos llorando y gritando por que se quería ir de shorts a la escuela; y no es la primera vez que tenemos este problema, aunque si es la vez que peor se ha puesto, al grado de que mi esposo y yo ya no sabíamos que hacer.

Y es que parece una gran tontería, y para mi es difícil entenderlo, pero desde que cumplió 3 años, hace 5 meses ya, le tiene una aversión inexplicable a los pantalones, y es una lucha ponérselos por más promoción que les hagamos.

Ahora que va al preescolar, a una escuela grande llena de árboles, arbustos, tierra, arena y otras gracias de la naturaleza, regresa con toda clase de cortadas, piquetes, moretones y demás heridas de guerra. Finalmente esto no está sujeto a negociación, como papás no podemos permitir que un niño de tres años y medio quiera tomar este tipo de decisiones, más aún cuando vemos que el que se ve perjudicado principalmente es él.

Pero honestamente qué difícil es enfrentar este tipo de situaciones, lo más sencillo en el momento hubiera sido concederle su absurda petición, y dejarlo ir de shorts aún cuando el día está gris, frío y lluvioso, pero si lo permites una vez ya no hay vuelta atrás, los niños asumen que todo lo pueden conseguir con gritos, lágrimas y patadas en el piso.

Mi esposo, mi hijo Jerónimo y yo lo veíamos con asombro, no sabíamos si reírnos o ponernos a llorar con el, pero después de un rato de soportar el ruido, que estoy segura que despertó a más de un vecino, o cuando menos lo asustó porque parecía una tortura medieval, decidimos castigar a Toto, su amado oso que en estos momentos me tiene hasta el copete.

Nunca habíamos optado por este recurso, sobre todo porque el oso es el objeto más preciado que tiene, pero consideramos que ya está en edad de entender que tiene que asumir las consecuencias de sus actos, y creo que al final lo entendió.

Sé que no es su último berrinche, y por supuesto no es el primero, pero espero que en adelante lo piense dos veces, y que por lo pronto, la ropa no sea motivo de un campo de batalla en mi casa, cuando menos no hasta que esté en secundaria y esté pasando por la terrible adolescencia. mj



martes, 17 de enero de 2012

Seguimos con el conteo...


Parece increíble que ya llegué a la décimo sexta semana de embarazo, y de antemano me disculpo con las fieles lectoras de ácido fólico, que pacientemente nos esperaron después de los últimos meses que estuvieron por demás intensos.

Yo de verdad padecí los primeros meses de mi embarazo, me sentía mal todo el día, tenía náuseas y estaba débil, y nunca, pero NUNCA imaginé que fuera tan difícil pasar por estas molestias y achaques y ser mamá de un niño de casi dos años al mismo tiempo.

Es una impotencia indescriptible, porque piensas en todo lo que tienes que hacer, en que tu hijo está aburrido, ya no quiere estar en la casa, quiere comer o cenar... y tu cuerpo no responde, o lo hace muy lentamente, lo cual causa toda clase de frustraciones y tristezas.

Pasamos algunos días en Morelia después de la operación de la rodilla que le hicieron a mi Mamá, y yo estuve a punto de volverme loca; de verdad que cómo ayudan esas cuatro horas diarias que pasa en la escuela, porque en mi situación, cuidarlo todo el día es por demás extenuante. Y muy probablemente estarán pensando que exagero, ¿que tanto trabajo puede implicar un diminuto niño de su edad?, pues mi hijo es incansable, y no solo yo lo digo, quien se ofrezca a cuidarlo por unas cuantas horas invariablemente opina lo mismo, "¡pero qué energía la de este niño!, ¿a qué hora le toca dormir?".

Y yo por mi parte sintiendo toda la culpabilidad materna del universo, todo el tiempo pensando en lo que le perjudicaba a mi hijo mi estado de ánimo y mi falta de energía; y lo que más le afectaba, era dormir en la cuna viajera, al grado que un día que decidí dejarlo llorar un rato hasta que conciliara el sueño, y de plano se vomitó del coraje y de los gritos tan desesperados.

Y volviendo a mi embarazo concretamente, a mediados de diciembre fuimos a cita con mi ginecólogo, y para mi sorpresa vimos a nuestro bebé mucho más grande y desarrollado de lo que esperábamos; ya tenía la forma humana definida, su ritmo cardiaco estaba perfecto y el tamaño de su cabeza y del largo de su cuerpo era perfectamente normal.

Mañana tenemos cita nuevamente, y como en las últimas ocaciones, nos acompañará nuestro hijo; tenemos la esperanza de que poco a poco, viendo las imágenes y con una explicación muy sencilla y simple, comprenda que viene otro bebé en camino.

Muy a mi pesar, creo que toda esta situación le ha afectado más de lo que yo hubiera esperado, de ser el niño más generoso ahora le cuesta trabajo soltar y prestar sus juguetes o cualquier otra cosa con la que se esté entreteniendo; llora más que antes y lo noto sensible y muy apegado a mi esposo y a mi, pero estoy segura de que esto es pasajero y que además tiene que ver con la edad, así es que trato de no preocuparme de más.

Con mucha suerte mañana conoceremos el sexo del bebé que viene en camino, y por supuesto las mantendré informadas. Otra vez gracias por leernos. mj 

Imágen: Carmen Lara

jueves, 8 de septiembre de 2011

¡Malos de closet!










En la maternidad casi nada es lo que parece, es decir todo lo que percibimos antes de ser mamás tiene un sentido cuando no tiene hijos y otro casi radicalmente distinto cuando eres mamá. Para ser más clara, no es lo mismo ver que un niño hace un berrinche llora, grita y patalea cuando no tienes hijos que cuando has experimentado el berrinche en carne propia y sabes que el llanto, los gritos y las pataleadas, son gajes del oficio, lo mismo con la lactancia que de lejos se ve hermosa y cuando la vives, pues, digamos que duele un poco.

Confieso que antes de que naciera mi hija yo era durísima con ese gremio abstracto y exagerado que eran las madres, las observaba pensando en como yo iba a hacer todo diferente. Así en mi inocente imaginación mis hijos iban a estar siempre limpísimos e iban a ser la estampa de la buena educación, los modales perfectos y por supuesto ¿berrinches? ¡¡¡Qué es eso!!! MIS HIJOS NUNCA LOS HARÁN.

Claro que el tiempo sabio y traidor consejero me ha probado equivocada en casi todos los sentidos y peor aún ha hecho que me desdiga implorando secretos perdones hacía aquellas madres que en algún momento osé criticar o juzgar de forma anticipada.

Caí en cuenta de las vueltas que da la vida hace unos días… eran las cuatro o cinco de la tarde, mi hija no quería dormir y yo TENÍA que mandar un correo, después de jugar todos los juegos posibles, de ofrecerle todos los refrigerios del universo y de cantarle y bailarle hasta desfallecer, decidí que no tendría más opción que invitarla a mi pequeño estudio, entretenerla con mis lápices, plumas y papeles y escribir y mandar el correo a la velocidad del rayo, antes claro, de que destrozara todos los objetos que invaden mi guarida.

Después de tres minutos de jugar con la canastita en la que están los lápices y las plumas los aventó y se acercó a mis piernas, me abrazó y tallo su pequeña cabecita en mi pantalón, mientras me veía con la cara más hermosa y tramposa que tiene, yo pensaba –cuatro minutos más y lo logró- por supuesto cuatro minutos al año y medio son una eternidad que mi pequeña no entiende ni tolera. Le saque una cajita de clips y cositas para jugar, se sentó y en menos de un minuto la volví a tener rondando mi silla. Busqué y le di otra cosa para entretenerla pero sucedió lo mismo descubre y analiza qué le di-lo juega tres segundo-lo prueba-lo avienta- se levanta y acto final se embarra en mis piernas y me pide que la levante.

Después de quince minutos yo estaba desesperada y ella también, mientras le rogaba que me diera un minuto más ella embarraba los mocos que le escurrían en el cojín de mi silla, mis pantalones y cuanta superficie absorbente encontraba, a la locura en la que estábamos inmersas se sumo un fuerte y putrefacto olor a popo, los ladridos del perro, los gritos de mi hija y mi eterna suplica por un minuto más.

Cuando por fin pude mandar el correo y fui consciente de la escena en la que estábamos inmersos no pude más que soltar una carcajada y pensar – si alguien me viera-. Y es que si alguien me hubiera visto hubiera dudado de mi habilidad de ser madre alegando que soy una madre negligente que tiene a su hija popeada, con mocos y sin atención alguna. La realidad en todos estos casos supera a la ficción y es un hecho, que el mito de la madre perfecta no es más que una simple ilusión artificiosa y superficial que nada tiene que ver con la realidad del día a día.

Para mi consuelo sé que así como nosotras no tenemos, ni podemos ser la estampa de la perfección, tampoco nuestros hijos son monedita de oro. Mi hija desde que nació tiene un carácter fuerte, terco y con tendencia a los berrinches. Como a cualquier adulto hay gente que le cae muy bien, algunas personas que la asustan hasta las lágrimas y otros que de plano no le simpatizan. Al principio me daba una pena enorme cuando lloraba si un extraño la saludaba o cuando no le sonreía a alguien que amablemente la elogiaba, con el paso del tiempo he aprendido a respetar y entender su forma de ser, como mamá mi obligación es educarla y evitar que sea descortés o chocante pero no puedo ni quiero obligarla a fingir afectos que no siente.


Ayer mientras mi ahijado y mi hija jugaban escuchamos un grito, cuando Michelle fue a ver que pasaba mi hija lloraba desconsolada y mi ahijado con la cara de travieso que tiene sonreía medio asustado, después de un breve interrogatorio el pequeño y astuto güero confesó que había mordido a mi hija, Michelle con toda la seriedad del mundo le dijo –tu eres malo de closet, mientras no te vemos eres un ángel y cuando nos volteamos sueltas la mordida- yo exploté de la risa, la verdad es que mi ahijado por el momento tolera como un santo las payasadas y caprichos de mi hija, pero la idea de ser malo de closet me pareció fabulosa, pues creo que en mayor o menor medida todos somos un poco malos, descuidados, flojos, y un largo etcétera de cosas que según nosotros no hacemos. En pocas y finas palabras – somos malos de closet- cj
Ilustración Carmen Lara

lunes, 22 de agosto de 2011

Extrañas aficiones...


Hay ciertas aficiones de mi hija que me causan una enorme curiosidad. Es verdad que uno revive su infancia con los hijos, sobre todo porque volvemos a observar lo que no veíamos desde hace mucho tiempo y actividades cotidianas y sin importancia vuelven a ser todo un ritual.

Hace unos cuantos meses tuve a bien mostrarle a mi hija por primera vez un cepillo de dientes, ya lo conocía pues con frecuencia me veía lavarme los dientes y se carcajeaba cuando la saludaba con la espuma de la pasta asomando por mi boca. La primera vez que le entregue su pequeño cepillo rosa, con un poco de agua pero sin pasta, lo primero que hizo fue intentar peinarse, después de reírme un poco pensé que era lo más sensato, si uno nunca ha visto dicho instrumento y por el contrario ha pasado mucho tiempo jugando con el cepillo del pelo, es lógico inferir que el pequeño cepillito sirva para lo mismo.

Después de explicarle que el nuevo instrumento era para la boca y no para los dientes, de lavarme los dientes al por mayor buscando que me imitara y de cantarle todo tipo de canciones alusivas a la higiene bucal, mi niña empezó a entender la actividad. Encantadas nos lavábamos los dientes después de cada comida, nos despedíamos del cepillo y presumíamos nuestro fresco aliento a los cuatro vientos.

Yo me sentía muy orgullosa por iniciar a mi hija en está actividad que creía ya conocía de principio a fin. Pero mi hija empezó a desarrollar una pasión desmedida por el cepillo de dientes y nuestra rutina antes llena de risas y cantos, se convirtió en un ritual de culto hacía todos los cepillos de dientes de la casa, mismos que por supuesto quería portar a todas horas y llevar a donde fuera.

Pasé de llamarla para lavarnos los dientes a esconderme en el baño y lavarme en absoluto silencio para que no me descubriera, mi esposo que no conocía del todo la nueva obsesión de nuestra hija al principio le entregaba su cepillo sin problema y luego se quejaba de que lo dejaba casi inservible y con un ligero sabor a perro (por supuesto mi hija compartía su hallazgo con su peludo cómplice).

Toda mi familia cayó en la trampa de prestarle a mi hija su cepillo de dientes, mismo que le devolvía hecho un asco. Michelle asombrada me preguntaba por qué le llamaba tanto la atención y como no queriendo comparaba el uso justo que mi ahijado le daba al cepillo – yo sólo mojo un poco su cepillo, llamo a mi hijo y le digo los dientes de arriba, de abajo, de un lado y de otro, se los lavo y ¡listo!- yo sonreía hipócritamente y no decía nada.

Pero llego un día que sin aviso mi amado ahijado cayó en el vicio, pasé por Michelle y su pequeño para ir de paseo, (llegué tarde, harta y peleada con mi hija que no quería soltar el cepillo) y taraaaaaaaaaaan salé Michelle con su hijo y ¿qué trae en la mano? ¡¡¡su cepillo de dientes!!!, antes de que lo vea mi hija le pido que lo quite y me dice –quítaselo tú, yo traté y llora como magdalena- dicho y hecho se lo quite y el llanto total.

Actualmente ha disminuido un poco el fervor de ambos para con el asunto de la higiene bucal, hay días en los que se acuerdan y no sueltan el cepillo y otros en los que pueden lavarse el puñado de dientes que tienen, despedirse y no hacer mayor drama. Pero otros en los que dejar el cepillo les cuesta sudor y lágrimas. Un día mi papá tuvo el atrevimiento de decirles -¿quién se quiere lavar los dientes con abuelo?- los dos brincaron de emoción y lo siguieron hasta su cuarto, después de un rato Michelle, mi mamá y yo solo lo oíamos decir –ya se acabó, dejen el cepillo y vamos  a hacer otra cosa- tardó un buen rato en convencerlos y cuando por fin estuvo listo bajaron todos tan campantes, mi papá les dijo –ahora díganle a su mamá que ya se lavaron los dientes y hasta les puse cremita para que no se les reseque la boca- nos los entregó felices y sin saber que habíamos escuchado todo el alegato sobre los cepillos. Curiosamente desde aquel día mi papá corre a lavarse los dientes sin invitar a nadie a que lo acompañe. cj

Ilustración Carmen Lara

lunes, 15 de agosto de 2011

...después del berrinche



Sigo con el tema de los berrinches…

Sobra decirles que el PRIMER BERRINCHE fue el primero con mayúsculas y en todo el esplendor de la palabra. Como padres primerizos nos tomó por sorpresa y al no entender que es lo que pasaba hicimos todo lo que se recomienda no hacer en estos caso: saturamos de información, atención y opciones a nuestra pequeña, lo que solo la frustró más y aumentó la intensidad del berrinche.

Después de la sensación de susto, angustia y enojo que me causó el altercado llegó la curiosidad ¿qué fue lo que hizo que mi hija se enfureciera a tal grado?, por lo que comencé a preguntarle a cuanto padre y madre de familia me encontraba ¿qué hacían para calmar o mejor aún evitar un berrinche? y ¿cuándo y por qué sus hijos hacían berrinches?.

Algunos “padres perfectos” volteaban los ojos y me decían hipócritamente (tal vez era cierto, pero me cuesta trabajo creerles) que sus hijos no hacían berrinches o que ellos siempre los evitaban, cuando les contaba mi pequeño cuento de terror, me miraban apenados y negaban haber pasado por una situación similar. El resto de los papás, simples mortales y con hijos que de vez en cuando atentan contra la armonía familiar con sus berrinches, se detuvieron cariñosa y pacientemente a explicarme el abc de estos episodios, compartieron anécdotas, frustraciones, sustos y lo más importantes excelentes consejos para implementar antes, durante y después del berrinche.

ANTES
Tanto los papás y mamás a los que les he preguntado, como mi experiencia y algunas lecturas sobre el tema, atinan a decir que un berrinche no llega sin aviso, los pequeños nos dan señales para prevenir el  berrinche o evitarlo. El problema es que muchas veces no las sabemos identificar o estamos tan absortos en nuestro mundo adulto que las ignoramos por completo.

Yo he tratado de identificar estas señales en mi hija, a veces lo logro y otras no, pero cada vez me queda más claro que el berrinche es la forma que tiene mi pequeña para decirme: ¡estoy enojada porque no entiendes lo que te quiero decir y/o necesito en este momento!.

Además de los elementos obvios (qué a veces la verdad que ni tan obvios) como cansancio, sueño, hambre o algún malestar, para mi hija grandes detonadores de berrinche son: la prisa (por supuesto mía), mi inconsistencia en algunos asuntos (Ej. hoy le doy una galleta antes de comer y al día siguiente le exijo que espere hasta que la comida este lista) y por último la negación ante algún capricho o antojo.

En principio me ha servido tratar de evitar caer en los extremos, demasiada hambre, sueño o estimulación hacen enojar a cualquiera, la prisa por otra parte es un elemento que en mi caso siempre es un síntoma de un día mal organizado en el que me levante más tarde de lo que pensaba, no preparé con tiempo bolsas, pañalera, etc., todo esto se refleja en mi relación con mi hija y su frustración por no contar con las palabras para decirme que mi tiempo y el de ella no son iguales, en cuanto a la inconsistencia ¡qué les puedo decir!, me encantaría ser la estampa de la madre perfecta pero como no lo soy,  es mi hija en uno de sus arrebatos la que me hace darme cuenta que un día hago y le digo una cosa y otro otra, trato de no contradecirme y tener ciertas reglas claras pero no siempre es posible, el caso de los berrinches por capricho es un asunto laaaaaargo y que creo que se tiene que ir tratando con calma, al año y medio hay poca tolerancia y muchas ganas de tenerlo todo, jugar con todo y comer de todo, yo trato con todas mis fuerzas de evitar tentaciones, si nos vamos a topar con algo que sé que se le va antojar prevenirla desde antes (se lo digo y explico con todas las palabras, según su edad  y lo mejor que puedo), intento que aprenda a compartir y a esperar su turno, como en todo hay días en que logra controlar sus ganas y otros en los que le gana el llanto.

DURANTE
A mí me funciona, en principio no caer en el pleito, no enojarme y empezar a explicarle todo lo que está pasando, si no logré hacerlo antes durante el berrinche NO es el momento de entrar en detalles. Por lo que me alejo, me cercioró de que este segura (en caso de que quiera patalear o tirarse al piso) y le digo “ si estás enojada y quieres hacer berrinche está bien yo voy a estar en _______ (sitio en el que estaré), puedes ir ahí o vengo por ti cuando estés tranquila” , esto me cuesta un trabajo inmenso, pero he comprobado que si no tiene público el berrinche se termina rápido o no empieza.

DESPUÉS
Como en cualquier pleito después de la tormenta viene la calma, mi hija y yo cada vez aprendemos más a no caer en los berrinches (que en la mayoría de los casos son causados por las dos), pero cuando no podemos evitarlos después del enojo, llanto y demás yo procuro que tengamos un momento especialmente tranquilo y amoroso en donde yo pueda poner en palabras aquello que ella no atinó a expresar y la hizo enojar, la abrazo y beso hasta casi acabármela, le explico lo que pasó, y siempre irremediablemente le hago saber que no importa cuanto nos enojemos siempre la voy a querer y estaré ahí para que aclaremos las cosas. cj

Ilustración Carmen Lara 

miércoles, 10 de agosto de 2011

Un cuento de terror

Todo sucedió una tranquila y fresca tarde de febrero, unos días antes de que mi adorada y angelical hijita cumpliera un año. Era viernes y la mañana había transcurrido como de costumbre, papá y mamá en el trabajo y la pequeña en la guardería. Comimos tranquilos en la casa cuando empezamos a notar que nuestra princesa tenía un poco de sueño pues se tallaba los ojitos y se acariciaba la cabeza (señales clarísimas de que tiene sueño). Mi esposo sin pensarlo dos veces sacó a mi pequeña de su periquera y me dijo – la llevaré a que se duerma un ratito- luego volteó hacía ella y le dijo –tienes sueño ¿verdad?- la pequeña embustera sonrió y se acurrucó en los brazos de su papá.

Segundos después de que mi esposo depositó a mi hija en la cuna escuché el llanto, no me preocupé porque en ocasiones esto solo es la confirmación del sueño que usualmente llega unos minutos más tarde, seguí lavando los platos pero el llanto no desaparecía, irritada por el sonido subí a ver que pasaba. Mi esposo escondido afuera del cuarto de mi pequeña se me quedo viendo con cara de no tengo idea de qué es lo que quiere.  Yo lo vi  haciéndole un gesto que intentaba decir: lo que quiere es que la arrulles o abraces un poco ¡es obvio!.

Entré al cuarto y encontré a mi pequeña bañada en mocos  y lágrimas, la saqué dispuesta a arrullarla y ¡oh sorpresa! Se empezó a retorcer en mis brazos, gritando con más fuerza y haciendo todo por soltarse de mi abrazo, mi esposo frente me dijo –eso mismo me hizo a mí, pero la pongo en el piso y llora más, ¿qué hacemos?-

En estos momentos queridas lectoras, como bien saben, la cabeza bombardea información a una velocidad inimaginable, de inmediato pensé que algo le había picado, que la comida le había caído mal o se había lastimado estando en la cuna. Tomé a mi pequeña que se resistía con todas sus fuerzas a que la cargara y examiné con cuidado todo su cuerpo, pero no encontré absolutamente nada. El pañal estaba seco y el biberón intacto ¿qué le pasaba?.

Mi hija no dejaba de llorar lo que hacía que cada segundo mi esposo y yo perdiéramos un poco más de la ya escasa calma y tranquilidad que nos quedaba, intentábamos todo pero nada funcionaba, en los momentos en los que mi hija tomaba aire y bajaba un poco los decibeles de su llanto, notaba como bostezaba y se tallaba los ojos, ¡sin duda tenía sueño!.

Como no se dejaba abrazar o arrullar la cargamos a la fuerza y la pusimos en su cuna, su reacción casi nos dio un ataque, grito más fuerte de lo que se puedan imaginar, se pegó contra los barrotes y agitó su pequeño cuerpo tan violentamente que empecé a entrar en pánico. Intente sacarla de la cuna pero se acostó con fuerza, era evidente que no quería que la tocara y algo le molestaba, pero ninguno de los dos sabíamos qué hacer, por lo que la contemplábamos frente a la cuna profiriendo todo tipo de palabras y sonidos tranquilizadores a lo que ella respondió con más llanto y coraje,  lo que hizo que se atragantara y luego se vomitara.

Cambié las sábanas con ella dentro y después de revisar que no quedara nada en la cuna con lo que pudiera lastimarse mi esposo y yo nos salimos del cuarto. Mi pequeña siguió llorando otro rato, mientras nosotros en la voz más baja del mundo nos preguntábamos qué le pasaba.

Con el llanto y el episodio de ataque llegó el sueño que duró casi dos horas, mientras dormía yo la contemplaba sin creer que esa apacible pequeña había sido un encolerizado monstruo minutos antes. Asustada empecé a pensar que mi hija tenía un problema de doble personalidad o algo así pues no había otra causa que explicara su comportamiento, mi esposo que suele ser menos impulsivo me sugirió que buscara información en Internet, seguí su consejo y me llevé la sorpresa de mi vida, encontré foros enteros en los que padres desesperados compartían episodios similares al que acabábamos de vivir con nuestra hija, al final la mayoría preguntaban ¿pero qué es eso, significa que nuestro pequeño tesoro tiene un problema de personalidad o algo así?, las respuestas de padres más experimentados, psicólogos o pediatras aseguraban que los terroríficos episodios eran simple y llanamente un berrinche.

El balbuceo de mi hija interrumpió mis cavilaciones ¡el monstruo se había despertado!, mi esposo y yo nos agarramos de la mano y con todo el miedo del mundo nos acercamos a su cuarto, la nena nos recibió parada en la cuna con una sonrisa de oreja a oreja, el único recuerdo de su transformación eran sus ojitos rojos y las sábanas sucias frente a la cuna. El resto del día transcurrió sin eventualidad alguna, mi hija jugó, cenó y se durmió sin contratiempos.

Pensé que todos los consejeros de los foros que había leído estaban equivocados y decidí que mi hija no había hecho un berrinche, algo inexplicable había pasado pero no se volvería a repetir. En la noche hablé por teléfono con mi mamá y le conté con todo detalle el episodio, antes de terminar mi historia ella se carcajeo y me dijo: -una sopa de tu propio chocolate, bienvenida al mundo de los berrinches-. Cuando le dije que ESO no pudo haber sido un berrinche, me contestó –tú hacías lo mismo, te tirabas al piso, gritabas, no dejabas que nadie te tocará y llorabas hasta dormirte-.

El impacto fue terrible, mi hija, mi angelito y hermoso bombón tenía la capacidad de convertirse en una pequeña y temible criatura, capaz de acabar con mi paciencia e insensible a mis abrazos y cariños. La noticia me dejo helada ¿qué se suponía que tenía que hacer en estos casos?... Esto queridas lectoras se los contaré el viernes… un abrazo berrinchudo. cj

Ilustración Carmen Lara