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jueves, 8 de septiembre de 2011

¡Malos de closet!










En la maternidad casi nada es lo que parece, es decir todo lo que percibimos antes de ser mamás tiene un sentido cuando no tiene hijos y otro casi radicalmente distinto cuando eres mamá. Para ser más clara, no es lo mismo ver que un niño hace un berrinche llora, grita y patalea cuando no tienes hijos que cuando has experimentado el berrinche en carne propia y sabes que el llanto, los gritos y las pataleadas, son gajes del oficio, lo mismo con la lactancia que de lejos se ve hermosa y cuando la vives, pues, digamos que duele un poco.

Confieso que antes de que naciera mi hija yo era durísima con ese gremio abstracto y exagerado que eran las madres, las observaba pensando en como yo iba a hacer todo diferente. Así en mi inocente imaginación mis hijos iban a estar siempre limpísimos e iban a ser la estampa de la buena educación, los modales perfectos y por supuesto ¿berrinches? ¡¡¡Qué es eso!!! MIS HIJOS NUNCA LOS HARÁN.

Claro que el tiempo sabio y traidor consejero me ha probado equivocada en casi todos los sentidos y peor aún ha hecho que me desdiga implorando secretos perdones hacía aquellas madres que en algún momento osé criticar o juzgar de forma anticipada.

Caí en cuenta de las vueltas que da la vida hace unos días… eran las cuatro o cinco de la tarde, mi hija no quería dormir y yo TENÍA que mandar un correo, después de jugar todos los juegos posibles, de ofrecerle todos los refrigerios del universo y de cantarle y bailarle hasta desfallecer, decidí que no tendría más opción que invitarla a mi pequeño estudio, entretenerla con mis lápices, plumas y papeles y escribir y mandar el correo a la velocidad del rayo, antes claro, de que destrozara todos los objetos que invaden mi guarida.

Después de tres minutos de jugar con la canastita en la que están los lápices y las plumas los aventó y se acercó a mis piernas, me abrazó y tallo su pequeña cabecita en mi pantalón, mientras me veía con la cara más hermosa y tramposa que tiene, yo pensaba –cuatro minutos más y lo logró- por supuesto cuatro minutos al año y medio son una eternidad que mi pequeña no entiende ni tolera. Le saque una cajita de clips y cositas para jugar, se sentó y en menos de un minuto la volví a tener rondando mi silla. Busqué y le di otra cosa para entretenerla pero sucedió lo mismo descubre y analiza qué le di-lo juega tres segundo-lo prueba-lo avienta- se levanta y acto final se embarra en mis piernas y me pide que la levante.

Después de quince minutos yo estaba desesperada y ella también, mientras le rogaba que me diera un minuto más ella embarraba los mocos que le escurrían en el cojín de mi silla, mis pantalones y cuanta superficie absorbente encontraba, a la locura en la que estábamos inmersas se sumo un fuerte y putrefacto olor a popo, los ladridos del perro, los gritos de mi hija y mi eterna suplica por un minuto más.

Cuando por fin pude mandar el correo y fui consciente de la escena en la que estábamos inmersos no pude más que soltar una carcajada y pensar – si alguien me viera-. Y es que si alguien me hubiera visto hubiera dudado de mi habilidad de ser madre alegando que soy una madre negligente que tiene a su hija popeada, con mocos y sin atención alguna. La realidad en todos estos casos supera a la ficción y es un hecho, que el mito de la madre perfecta no es más que una simple ilusión artificiosa y superficial que nada tiene que ver con la realidad del día a día.

Para mi consuelo sé que así como nosotras no tenemos, ni podemos ser la estampa de la perfección, tampoco nuestros hijos son monedita de oro. Mi hija desde que nació tiene un carácter fuerte, terco y con tendencia a los berrinches. Como a cualquier adulto hay gente que le cae muy bien, algunas personas que la asustan hasta las lágrimas y otros que de plano no le simpatizan. Al principio me daba una pena enorme cuando lloraba si un extraño la saludaba o cuando no le sonreía a alguien que amablemente la elogiaba, con el paso del tiempo he aprendido a respetar y entender su forma de ser, como mamá mi obligación es educarla y evitar que sea descortés o chocante pero no puedo ni quiero obligarla a fingir afectos que no siente.


Ayer mientras mi ahijado y mi hija jugaban escuchamos un grito, cuando Michelle fue a ver que pasaba mi hija lloraba desconsolada y mi ahijado con la cara de travieso que tiene sonreía medio asustado, después de un breve interrogatorio el pequeño y astuto güero confesó que había mordido a mi hija, Michelle con toda la seriedad del mundo le dijo –tu eres malo de closet, mientras no te vemos eres un ángel y cuando nos volteamos sueltas la mordida- yo exploté de la risa, la verdad es que mi ahijado por el momento tolera como un santo las payasadas y caprichos de mi hija, pero la idea de ser malo de closet me pareció fabulosa, pues creo que en mayor o menor medida todos somos un poco malos, descuidados, flojos, y un largo etcétera de cosas que según nosotros no hacemos. En pocas y finas palabras – somos malos de closet- cj
Ilustración Carmen Lara

lunes, 22 de agosto de 2011

Extrañas aficiones...


Hay ciertas aficiones de mi hija que me causan una enorme curiosidad. Es verdad que uno revive su infancia con los hijos, sobre todo porque volvemos a observar lo que no veíamos desde hace mucho tiempo y actividades cotidianas y sin importancia vuelven a ser todo un ritual.

Hace unos cuantos meses tuve a bien mostrarle a mi hija por primera vez un cepillo de dientes, ya lo conocía pues con frecuencia me veía lavarme los dientes y se carcajeaba cuando la saludaba con la espuma de la pasta asomando por mi boca. La primera vez que le entregue su pequeño cepillo rosa, con un poco de agua pero sin pasta, lo primero que hizo fue intentar peinarse, después de reírme un poco pensé que era lo más sensato, si uno nunca ha visto dicho instrumento y por el contrario ha pasado mucho tiempo jugando con el cepillo del pelo, es lógico inferir que el pequeño cepillito sirva para lo mismo.

Después de explicarle que el nuevo instrumento era para la boca y no para los dientes, de lavarme los dientes al por mayor buscando que me imitara y de cantarle todo tipo de canciones alusivas a la higiene bucal, mi niña empezó a entender la actividad. Encantadas nos lavábamos los dientes después de cada comida, nos despedíamos del cepillo y presumíamos nuestro fresco aliento a los cuatro vientos.

Yo me sentía muy orgullosa por iniciar a mi hija en está actividad que creía ya conocía de principio a fin. Pero mi hija empezó a desarrollar una pasión desmedida por el cepillo de dientes y nuestra rutina antes llena de risas y cantos, se convirtió en un ritual de culto hacía todos los cepillos de dientes de la casa, mismos que por supuesto quería portar a todas horas y llevar a donde fuera.

Pasé de llamarla para lavarnos los dientes a esconderme en el baño y lavarme en absoluto silencio para que no me descubriera, mi esposo que no conocía del todo la nueva obsesión de nuestra hija al principio le entregaba su cepillo sin problema y luego se quejaba de que lo dejaba casi inservible y con un ligero sabor a perro (por supuesto mi hija compartía su hallazgo con su peludo cómplice).

Toda mi familia cayó en la trampa de prestarle a mi hija su cepillo de dientes, mismo que le devolvía hecho un asco. Michelle asombrada me preguntaba por qué le llamaba tanto la atención y como no queriendo comparaba el uso justo que mi ahijado le daba al cepillo – yo sólo mojo un poco su cepillo, llamo a mi hijo y le digo los dientes de arriba, de abajo, de un lado y de otro, se los lavo y ¡listo!- yo sonreía hipócritamente y no decía nada.

Pero llego un día que sin aviso mi amado ahijado cayó en el vicio, pasé por Michelle y su pequeño para ir de paseo, (llegué tarde, harta y peleada con mi hija que no quería soltar el cepillo) y taraaaaaaaaaaan salé Michelle con su hijo y ¿qué trae en la mano? ¡¡¡su cepillo de dientes!!!, antes de que lo vea mi hija le pido que lo quite y me dice –quítaselo tú, yo traté y llora como magdalena- dicho y hecho se lo quite y el llanto total.

Actualmente ha disminuido un poco el fervor de ambos para con el asunto de la higiene bucal, hay días en los que se acuerdan y no sueltan el cepillo y otros en los que pueden lavarse el puñado de dientes que tienen, despedirse y no hacer mayor drama. Pero otros en los que dejar el cepillo les cuesta sudor y lágrimas. Un día mi papá tuvo el atrevimiento de decirles -¿quién se quiere lavar los dientes con abuelo?- los dos brincaron de emoción y lo siguieron hasta su cuarto, después de un rato Michelle, mi mamá y yo solo lo oíamos decir –ya se acabó, dejen el cepillo y vamos  a hacer otra cosa- tardó un buen rato en convencerlos y cuando por fin estuvo listo bajaron todos tan campantes, mi papá les dijo –ahora díganle a su mamá que ya se lavaron los dientes y hasta les puse cremita para que no se les reseque la boca- nos los entregó felices y sin saber que habíamos escuchado todo el alegato sobre los cepillos. Curiosamente desde aquel día mi papá corre a lavarse los dientes sin invitar a nadie a que lo acompañe. cj

Ilustración Carmen Lara

lunes, 15 de agosto de 2011

...después del berrinche



Sigo con el tema de los berrinches…

Sobra decirles que el PRIMER BERRINCHE fue el primero con mayúsculas y en todo el esplendor de la palabra. Como padres primerizos nos tomó por sorpresa y al no entender que es lo que pasaba hicimos todo lo que se recomienda no hacer en estos caso: saturamos de información, atención y opciones a nuestra pequeña, lo que solo la frustró más y aumentó la intensidad del berrinche.

Después de la sensación de susto, angustia y enojo que me causó el altercado llegó la curiosidad ¿qué fue lo que hizo que mi hija se enfureciera a tal grado?, por lo que comencé a preguntarle a cuanto padre y madre de familia me encontraba ¿qué hacían para calmar o mejor aún evitar un berrinche? y ¿cuándo y por qué sus hijos hacían berrinches?.

Algunos “padres perfectos” volteaban los ojos y me decían hipócritamente (tal vez era cierto, pero me cuesta trabajo creerles) que sus hijos no hacían berrinches o que ellos siempre los evitaban, cuando les contaba mi pequeño cuento de terror, me miraban apenados y negaban haber pasado por una situación similar. El resto de los papás, simples mortales y con hijos que de vez en cuando atentan contra la armonía familiar con sus berrinches, se detuvieron cariñosa y pacientemente a explicarme el abc de estos episodios, compartieron anécdotas, frustraciones, sustos y lo más importantes excelentes consejos para implementar antes, durante y después del berrinche.

ANTES
Tanto los papás y mamás a los que les he preguntado, como mi experiencia y algunas lecturas sobre el tema, atinan a decir que un berrinche no llega sin aviso, los pequeños nos dan señales para prevenir el  berrinche o evitarlo. El problema es que muchas veces no las sabemos identificar o estamos tan absortos en nuestro mundo adulto que las ignoramos por completo.

Yo he tratado de identificar estas señales en mi hija, a veces lo logro y otras no, pero cada vez me queda más claro que el berrinche es la forma que tiene mi pequeña para decirme: ¡estoy enojada porque no entiendes lo que te quiero decir y/o necesito en este momento!.

Además de los elementos obvios (qué a veces la verdad que ni tan obvios) como cansancio, sueño, hambre o algún malestar, para mi hija grandes detonadores de berrinche son: la prisa (por supuesto mía), mi inconsistencia en algunos asuntos (Ej. hoy le doy una galleta antes de comer y al día siguiente le exijo que espere hasta que la comida este lista) y por último la negación ante algún capricho o antojo.

En principio me ha servido tratar de evitar caer en los extremos, demasiada hambre, sueño o estimulación hacen enojar a cualquiera, la prisa por otra parte es un elemento que en mi caso siempre es un síntoma de un día mal organizado en el que me levante más tarde de lo que pensaba, no preparé con tiempo bolsas, pañalera, etc., todo esto se refleja en mi relación con mi hija y su frustración por no contar con las palabras para decirme que mi tiempo y el de ella no son iguales, en cuanto a la inconsistencia ¡qué les puedo decir!, me encantaría ser la estampa de la madre perfecta pero como no lo soy,  es mi hija en uno de sus arrebatos la que me hace darme cuenta que un día hago y le digo una cosa y otro otra, trato de no contradecirme y tener ciertas reglas claras pero no siempre es posible, el caso de los berrinches por capricho es un asunto laaaaaargo y que creo que se tiene que ir tratando con calma, al año y medio hay poca tolerancia y muchas ganas de tenerlo todo, jugar con todo y comer de todo, yo trato con todas mis fuerzas de evitar tentaciones, si nos vamos a topar con algo que sé que se le va antojar prevenirla desde antes (se lo digo y explico con todas las palabras, según su edad  y lo mejor que puedo), intento que aprenda a compartir y a esperar su turno, como en todo hay días en que logra controlar sus ganas y otros en los que le gana el llanto.

DURANTE
A mí me funciona, en principio no caer en el pleito, no enojarme y empezar a explicarle todo lo que está pasando, si no logré hacerlo antes durante el berrinche NO es el momento de entrar en detalles. Por lo que me alejo, me cercioró de que este segura (en caso de que quiera patalear o tirarse al piso) y le digo “ si estás enojada y quieres hacer berrinche está bien yo voy a estar en _______ (sitio en el que estaré), puedes ir ahí o vengo por ti cuando estés tranquila” , esto me cuesta un trabajo inmenso, pero he comprobado que si no tiene público el berrinche se termina rápido o no empieza.

DESPUÉS
Como en cualquier pleito después de la tormenta viene la calma, mi hija y yo cada vez aprendemos más a no caer en los berrinches (que en la mayoría de los casos son causados por las dos), pero cuando no podemos evitarlos después del enojo, llanto y demás yo procuro que tengamos un momento especialmente tranquilo y amoroso en donde yo pueda poner en palabras aquello que ella no atinó a expresar y la hizo enojar, la abrazo y beso hasta casi acabármela, le explico lo que pasó, y siempre irremediablemente le hago saber que no importa cuanto nos enojemos siempre la voy a querer y estaré ahí para que aclaremos las cosas. cj

Ilustración Carmen Lara 

lunes, 6 de junio de 2011

El orden inexistente

Soy una mujer obsesiva con el orden y la limpieza, y aunque eso pudiera parecer algo positivo, tengo que aceptar que vivo agotada mental y físicamente; esa obsesión ha sido parte de mi personalidad desde que era una niña, y en gran parte se la debo a mi Abuela materna, aunque ella misma se sorprende de los alcances de mi fijación por tener las cosas en orden y la casa impecable.

Desde que nació mi hijo, me sorprendió la cantidad de trabajo que implicaba la limpieza de su diminuta ropa, todos los días tenía que tallar camisetas, lavar mamelucos, y lo que más se acumulaba, que eran los trapitos famosos con los que le limpiaba los escupitajos de día y de noche. En ése entonces era cansado, porque tenía que encontrar el momento para lavar cuando él estaba dormido, y algunas veces era la última de mis prioridades, pero definitivamente no se compara a lo que vivo ahora que es un niño más grande e independiente.

Por salud mental, he tenido que aceptar que con un hijo pequeño no es posible conservar las ventanas transparentes, los pisos brillantes y el horno sin pequeñas huellas que evidencian su presencia; pero es indispensable que como mamá, te hagas a la idea de lo importante que es que tus hijos exploren, y saquen las cosas de los cajones, y conozcan los peligros de la casa, aunque eso implique que tengas que estar detrás de ellos todo el tiempo.

También es necesario sacrificar la decoración para garantizar que los espacios sean seguros para los bebés, y eso implica colocar grandes y horribles piezas de plástico en las esquinas de las mesas para evitar chichones, en las puertas para evitar deditos machucados, en los wc's para evitar que avienten objetos o metan las manos al agua sucia, en fin, aún así los riesgos nunca se eliminan por completo, y menos cuando tienes un hijo como el mío que siempre encuentra una actividad u objeto potencialmente mortales.

El orden y la limpieza son placeres o satisfacciones que en gran medida sacrifiqué desde que soy mamá, pero con orgullo puedo decir, que mi hijo poco a poco ha aprendido que las cosas tienen un lugar, y que después de usarlas o jugarlas hay que guardarlas. De ninguna manera espero que él, o que los hijos que llegue a tener, o que alguien más en el universo adquiera esta extraña e incómoda obsesión, pero si espero que cuando crezca un poco más, entienda que su mamá tiene ese gran defecto, y de paso que aprenda a usar el trapeador para cuando se le caiga el "abua". mj

 Ilustración Carmen Lara