Mostrando entradas con la etiqueta enfermedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta enfermedad. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de abril de 2013

¡Varicela!



Todo comenzó hace unas semanas cuando le quité a Lucía la pijama y vi a la primera intrusa, una ronchita que no pudo pasar desapercibida o camuflarse por un piquete de mosco, era redonda rosa y parecía una ampolla, al verla lo dije en el instante ¡varicela!, mi esposo se acercó al instante y la analizó con cuidado mientras mi hija nos veía como si estuviéramos locos, no teníamos duda pero era necesario confirmarlo así que hicimos cita con el pediatra.

Llegamos apabullados por el hallazgo y listos para planear el encierro que se avecinaba, el pediatra confirmo nuestras sospechas y nos dio algunas recomendaciones para el cuidado de la enferma. Después de un par de horas las ronchas se habían multiplicado exponencialmente, la número uno (la madre, como la suelen llamar) ya estaba inflada y empezó a picar, Lucía aún no entendía muy bien su padecimiento, pero estaba encantada porque su madrina le llevo todo un kit de cuidados que entre otras cosas incluía galletas y algunas películas.

Los siguientes días las ronchas no cedieron e invadieron a mi pequeña en lugares insospechados, las peores fueron las de la cabeza, pompas y vulva, porque además de picarle eran difíciles de calmar con cremas o polvos.

Por fortuna el virus no fue tan tremendo como lo esperábamos y después de unos cuantos días empezó a ceder, las ronchas bajaron en cantidad y tamaño y poco a poco el picor y las molestias empezaron a desaparecer, al final el peor castigo fue el encierro, pues Lucía no está nada acostumbrada a estar confinada a la casa y lloraba por no poder ver a sus primos, ir a la escuela o salir a jugar con los vecinos.

Sin embargo una semana y un día después del descubrimiento de LA roncha, nos despedimos gustosos de la varicela.

Aquí algunas recomendaciones para sobrellevar la situación:

1-    ¡Qué no se rasquen! más fácil decirlo que evitarlo, pero de verdad es necesario estar al pendiente de que no lo hagan.
2-    Cortar las uñas, lo mejor para evitar tentaciones es cortar las uñas lo más que se pueda, de esa manera no se hacen daño pues solo se rascan con la yema de los dedos.
3-    Baño coloide, yo ignoraba este remedio y cuando me lo recomendaron Lucía estaba tan molesta que lo intentamos de inmediato, los polvos los venden en cualquier farmacia (son preparados de avena y/o soya) y alivian al instante la comezón.
4-    Baños, tinas y demás; como parte de los cuidados el pediatra nos recomendó bañar a mi hija tres o cuatro veces al día, la idea me sonó exagerada pero en los peores días lo hicimos pues el agua (junto con los polvos) la hacían sentir mucho mejor.
5-    Polvo de haba alcanforada, este remedio yo lo recordaba de cuando a mí me dio varicela de pequeña, el polvo se consigue en farmacias o boticas naturales y se pone después del baño como si fuera talco, los ayuda bastante con el picor.
6-     Ropa suelta y de algodón, el calor y sudor multiplican las ronchas, por lo que lo mejor es que utilicen ropa holgada, fresca y de fibras naturales.
7-    Películas y algo de TV, Lucía ve muy poca tele normalmente, por lo que durante la enfermedad ver películas y una que otra caricatura le animaba y entretenía.
8-    Paciencia, a ratos la molestia cansa y altera el estado de ánimo normal de los pequeños, se desesperan por el encierro, las ronchas y los picores, lo mejor es mantener la calma, desviar su atención y esperar a que la enfermedad se acabe.
9-    Rotación familiar, las visitas de aquellos amigos o familiares que ya tuvieron varicela fue un excelente distractor para mi hija.
10-Juegos y apapachos, la disposición y el tiempo para jugar con ellos, inventar y abrazar, son siempre de ayuda cuando se sienten mal y llenos de molestias.

¿Algún otro remedio y/o recomendación? Vamos, compártanlo ;)

nos leemos
cj

lunes, 4 de marzo de 2013

El bicho


El tiempo se ha pasado tan rápido que apenas ahorita soy consciente de que dejé de escribir para AF hace casi un año, el asunto con la maternidad es que acelera el tiempo y deja poco espacio para todo lo demás. Por supuesto que a pesar del año de ausencia sigo siendo mamá y sintiendo las penurias y alegrías de tener a una pequeña de tres años, si he dejado de escribir no es por falta de experiencias, creo que ha sido más bien por falta de organización (mi eterno problema), sin embargo estoy lista para retomar estos diálogos de maternidad que en verdad disfruto.

Hoy les cuento mi penuria de los últimos días “el bicho”*.

Todo empezó hace una semana. Lucía que siempre ha gozado de un apetito ejemplar, se levantó y sin alarde alguno dijo que no quería desayunar, me sorprendí al escucharla pero pensé que era consecuencia del atasque que se había dado el fin de semana, no le di mayor importancia y tampoco me sorprendí cuando comió poco al medio día y luego en la cena, el martes la cosa estuvo por el estilo, hasta la cena cuando después de dos bocados empezó con unos vómitos como del exorcista.

Como seguía con hambre y buen ánimo atribuí las expulsiones gastrointestinales a una indigestión, al día siguiente Lucía se fue a la escuela después de un desayuno ligero, con buen semblante y ninguna queja de malestar. Y aquí empieza la historia de terror:

Poco antes de las dos me hablan de la escuela de Lú para decirme que acaba de vomitar y que por favor pase por ella, la encuentro sonriente en las piernas de la directora, apenas me ve me pregunta si hay comida en la casa, al instante me relajo y pienso que no puede estar tan mal si tiene hambre. En el camino se queda dormida y al llegar a la casa me dice que no quiere comer nada, se acuesta en un sillón y pasa toda la tarde entre el sueño y la vigilia, con una temperatura que va subiendo hasta llegar a 39.5.

 A las 7:30 nos recibe el pediatra nos dice que va a sobrevivir y nos da indicaciones sencillas y esperadas: dieta blanda, un antidiarreico e instrucciones de para que le realicen unos estudios.

Nos vamos a la casa felices, Lucía agotada y con hambre, apenas cena y se duerme al instante. Durante la noche no hay más eventualidades que unas cuantas visitas al baño para deshacerse de lo que yo pensaba eran los últimos rastros de la diarrea.

Llegamos al jueves y entre mi esposo y yo hacemos malabares para coordinar nuestro trabajo con el bicho intestinal de Lucía, preparo comida para dolor de panza y espero que mi niña mejore… pero no mejora, sigue yendo al baño a echar cosas que no sé de dónde salen pues no ha comido y está muy débil. Por la noche comienzan otra vez los vómitos.

 A la una y media de la madrugada le llamamos al doctor asustados porque Lucía no retiene ni el agua, nos dice que nos mantengamos alerta para que no se deshidrate y que mañana le comuniquemos como sigue, el viernes todo sigue igual, Lucía no come y si acaso ingiere algo lo vomita al instante. Para este momento yo ya estoy como un zombi a medio morir, con cara de muy pocos amigos y pensado los peores escenarios del mundo para mi pequeña ¿qué le pasa?

El sábado visitamos de nuevo al pediatra, como en los estudios no salió nada, concluye que se contagio de un virus por andar besuqueando a Jerónimo (su primo de ocho meses), la receta de nuevo, nos reafirma que va a sobrevivir y le indica la dieta más blanda de la comarca.

El sábado el bicho se rinde, Lucía ya no vomita y visita menos el baño.  Además recibe gustosa la mejor medicina que existe: una visita inesperada de sus preocupados abuelos (el paterno en el consultorio del pediatra y los maternos desde Morelia).

Una semana después el problema casi se ha acabado… y digo casi porque ahorita lo difícil es que entienda que no puede comer todo lo que se le antoja, se me queda viendo con toda la expectativa del mundo y me pregunta ¿huevito si?, ¿quesadilla?, ¿aguacate?, ¿salchicha?, cuando por fin se rinde ante el reducido menú me pide otro poquito de caldo de pollo.

* El asunto con el bicho es que en una de sus múltiples idas al baño en un pésimo intento de mi parte por consolarla le dije –mi amor, no te preocupes sigues yendo mucho al baño porque tiene que salir el bicho- ella volteó a verme a punto de gritar y me dijo – mamá no quiero que me salga ningún bicho, no lo quiero ver, por favor- para variar, gajes del oficio e imprecisiones del lenguaje ;)

Nos leemos, cj

miércoles, 25 de enero de 2012

¿Cama mamá?


Ayer en la tarde mi mamá pegó las imágenes que ven en mi muro de FB. Hoy creo que fue un augurio para la noche que pasaríamos y si no fuera porque la razón me dice lo contrario, me aventuraría a pensar que mi hija se trepo a mi silla, observó con detenimiento los dibujos y los puso en práctica durante la noche.

La crónica es la siguiente:

7:55 Mi hija cae rendida en su cuna
10: 20 Mi esposo cae rendido en su cama
11:09 Mi hija tose, se mueve y grita casi susurrando –mamaaaaaa- me acerco y noto que tiene la nariz completamente tapada, la muevo un poco, logro que se vuelva a acomodar y en segundos ronca plácidamente.
1:13 Caigo rendida en mi cama, después de horas de trabajar en unas evaluaciones que están a punto de volverme loca.
1:22 A punto de descender al país de los sueños escucho un ligero llanto, luego un quejido y por último el irremediable grito de desesperación –mi mamá, mamita, mimi mamá, maaaamaaaaaa- , trato por unos segundos de ignorar el grito pero es imposible.
1:30 Llego a su cuarto y me recibe recargada en el barandal de su cama, con un río de lágrimas y mocos y esbozando una pequeña sonrisa -¿cama mamá?- yo intento volver a acostarla pero es inútil, se siente mal y lo único que quiere es que la abrace y tenerme cerca.
1:35 Papá, mamá, hija, perro y dos monos, duermen profundos en una sola cama.

Es la primera vez que dormimos la noche entera (o lo que nos quedó de la misma) todos en la misma cama. Como por arte de magia en el instante en el que acosté a mi hija junto a mí, se quedó profundamente dormida, respirando tan cerca de mi cara que podía oler su delicioso aliento y sentir su respiración. En la mañana abrí los ojos y ella seguía prendada de mi cuello y uno de mis brazos.
Hay todo tipo de opiniones sobre lo bueno y malo de que los hijos duerman en la cama de sus papás, yo sigo mi instinto y pienso que si ella necesita pasar una noche encima (casi literalmente) de sus papás, por algo será y hay que aprovechar la oportunidad para abrazarnos con todas las fuerzas.
Claro que el acomodo es todo un argüende y se requiere de cierta astucia para conciliar el sueño con un mínimo espacio para respirar y un cuerpito que quién sabe por qué extraña ley ocupa en la cama cinco veces el espacio que tiene en realidad. cj

Si quieren ver las imágenes en todo su esplendor les dejo la dirección: http://9gag.com/gag/2055169?ref=fb-share


lunes, 5 de septiembre de 2011

Y pasó el susto...

Por fin pasamos la semana, después de una terrible infección que verdaderamente removió los más profundos miedos y preocupaciones. Pasaron tres días con antibiótico antes de que la fiebre cediera, aunque mi hijo no perdió el ánimo y las ganas de jugar en ningún momento, simplemente porque esa es su naturaleza.
Definitivamente no hay estrés más grande, ni desvelo más eterno que cuando tu hijo se enferma; el sentir la necesidad constante de ir a revisar su temperatura, de seguir cada una de sus respiraciones por el monitor, y de bajar de la cama de un salto cuando lo oyes llorar y gritar mamá.
Y es irremediable, es algo que las mamás no podemos evitar, en mi caso el apoyo de mi esposo es invaluable, el tenerlo a un lado cuando le doy la medicina a mi hijo, o cuando le preparo la tina a las cuatro de la mañana para bajarle la calentura, pero de ninguna manera me hubiera podido quedar en la cama para que él lo hiciera, aunque su preocupación era la misma.
Es una realidad que el amor por un hijo no se puede comparar, cuando lo ves feliz, gritando y corriendo, sientes que el corazón te crece cada instante, y que ya no es posible quererlo más; pero cuando lo ves enfermo, o cuando se siente mal por el motivo que sea, eres capaz de cualquier cosa, lo que sea para evitarle el sufrimiento, y aunque parecía imposible lo amas todavía más.
El fin de semana vinieron mis papás, los súper abuelos, porque no hay otra forma de describirlos; mi hijo y mi sobrina se deshacen de amor por ellos, cuando Carol y yo se los dejamos no nos voltean a ver, y cuando llega la hora de despedirse lloran desconsoladamente. Mi hijo, ya recuperado, se quedó a dormir con ellos el sábado, y mi esposo y yo tuvimos oportunidad de salir al cine y a distraernos un rato, y por fin descansamos.
Esta es una semana particularmente difícil, y aunque este espacio fue creado para compartir nuestra experiencia como mamás, con sus momentos buenos y malos, creo que también es importante compartir las lecciones que nos ha dado la vida y que finalmente nos han hecho lo que somos hoy. Hace ocho años estábamos en un hospital despidiendo a nuestro hermano menor, y fue ahí donde yo conocí el más puro e incondicional amor de unos padres a sus hijos. Hoy más que nunca admiro y respeto profundamente a mis papás, hoy que sé lo que es el amor por un hijo, y me considero la persona más afortunada por tenerlos, y porque ahora, además de los mejores padres, son los mejores abuelos.
Más adelante me gustaría contarles algunas de las mejores anécdotas que recuerdo de mi hermano, que a pesar de sus errores y defectos, era una persona sumamente noble y amorosa, y se hubiera vuelto loco con sus sobrinos.
Parece que lo que escribí el día de hoy no tiene ni pies ni cabeza, pero tiene mucho más sentido del que se imaginan; de cualquier forma aclaro, que particularmente este día no pude ser más sincera, les compartí exactamente lo que tengo en el corazón y espero que se queden con algo positivo. mj
Hoy dejamos descansar a la ilustradora, está agotada después de perseguir a sus nietos todo el fin de semana.  

miércoles, 31 de agosto de 2011

La terrible fiebre


Pues desafortunadamente hoy tendré que ser muy breve, porque mi hijo está en casa con una infección en la garganta, y unas calenturas de miedo.

Desde la semana pasada les platiqué en alguna de mis entradas, que el terrible moco había regresado a nuestras vidas, pero parecía inofensivo hasta que este pasado Lunes, a las once y media de la noche, mi hijo se despertó con 39 grados de temperatura.

Lo saqué de la cuna hirviendo, rojo como jitomate y sudando, le quitamos el mameluco y de inmediato le dimos tempra. Afortunadamente está acostumbrado a tomar muchísima agua, así es que él mismo la solicitó cuando vio mi vaso lleno en mi buró…y tomó y tomó.

Estuvo con nosotros en la cama alrededor de media hora, hasta que la fiebre cedió y finalmente lo regresamos a su cuna con todas las precauciones; en ese momento pensábamos en los dientes, se asoman un par de colmillos y me han contado historias de terror alrededor de esos temibles y picudos dientes, así es que asumimos que nosotros empezábamos con lo propio.

Ayer amaneció con temperatura, un poco más baja, le administré nuevamente el medicamento, que como ya les he platicado me costó un par de gritos y empujones, le di de desayunar, y para cuando llegó la hora de ir a la escuela ya estaba perfecto. Yo, todavía pensando que eran los colmillos, le comenté a la enfermera que lo recibe de la calentura, de la medicina, y ella solo se limitó a decirme que no me preocupara, si la fiebre volvía me hablarían de inmediato.

Cuando lo recogí de la escuela lo note algo desanimado, pero no tenía fiebre, si a caso “febrícula” como le dice nuestro pediatra; Carol nos invitó a comer, y cuando llegamos a su casa mi hijo ya estaba hirviendo otra vez.

Regresamos rápido a la casa y lo metí a la tina con agua tibia, estuvo un rato jugando y tallándose los ojos, lo saqué y lo eché en su cuna para la siesta. Teníamos cita a las 6 con el doctor, lo tuve que despertar a las 5:30 y prácticamente le salía humo, con escalofríos lo subí rápido al coche y salimos de la casa.

Llegamos al doctor y ya nos esperaba mi esposo, yo ya un poco alterada porque cada vez veía peor a mi bebé; nos recibieron diez minutos después, y a mí se me hizo una eternidad, y en cuanto entramos al consultorio mi hijo se puso como loco y lloró como magdalena, a pesar de que el doctor es su tío abuelo le tiene un miedazo.

Lo revisó en mis brazos, vio sus encías y me preguntó por las temperaturas que le habían dado, en ese instante me confirmó que después de los 38 grados ya no pueden ser los dientes, e insistió que por esa razón solo les da febrícula, me dio un poco de risa internamente.

Salimos del doctor con receta para antibiótico, al parecer tiene una infección en la garganta y por eso está comiendo poco, tiene alta la temperatura y el moco incesante; en fin, gajes del oficio pero que no dejan de sacar importantes sustos, ahora estoy en mi casa vigilando cada uno de sus movimientos, lo he metido a la tina cuatro veces en dos días y seguiré al pendiente. mj
Imágen: Carmen Lara

martes, 23 de agosto de 2011

Peor el remedio que la enfermedad


No puedo decir que mi hijo ha sido un niño enfermizo, los primeros seis meses de vida no se enfermó para nada, yo se lo atribuyo a la leche materna que les proporciona todas las defensas que necesitan, y aunque si me dio un par de sustos regresando litros de leche después de comer, nunca padeció reflujo ni otras molestias digestivas.

Fue a partir de los ocho meses más o menos, que empezó con resfriados que iban de lo más simple, hasta las infecciones que nos visitaban con altas temperaturas y mocos verdes fosforescentes. Y era hasta cierto punto lógico, empezaba el invierno, que aunque en Guadalajara no es particularmente fuerte si se llega a sentir el aire frío, y por primera vez en su vida su cuerpo tenía que adaptarse a los cambios de clima.

Y con eso de que mi pequeño era el niño del eterno moco escurrido, constantemente teníamos que recurrir a los remedios que iban de lo natural, a medicinas amigables que aliviaban los molestos síntomas, y en algunas pocas ocasiones a los odiosos e invasivos antibióticos.

Cuándo era más joven no teníamos problemas para darle las medicinas, era incluso motivo de orgullo la forma en la que abría su boquita para que nosotros metiéramos la cucharita, o la jeringa, o el instrumento que fuera para darle la medida exacta de lo que necesitaba.

Empezó a crecer y a ser más consciente, y afortunadamente tuvimos una muy buena racha en la que prácticamente no se enfermó para nada, pero este fin de semana ese periodo de tranquilidad se vio interrumpido, y recibimos la temible y agotadora visita de nuestros enemigos los mocos.

Resulta que mis papás celebraron su aniversario en Morelia, y obviamente querían a los nietos en la fiesta para presumirlos; la tarde estuvo muy bonita pero hacía calor, y los niños corriendo obviamente sudaron como carnitas. Mi hijo además, ahora tiene la nada agradable costumbre de hacer buches cuando toma agua, así es que inevitablemente se empapa cada vez que toma el vital líquido, mismo que por lógicas razones no le puedo negar.

Empezó a anochecer, Carol y yo bailábamos y cantábamos como locas y nuestros hijos seguían corriendo, yo negligentemente no le cambié la playera al mío, y no es justificación, pero es que se veía hermoso con su pequeña guayabera, de esa ropa para enano proporcionado que ya les conté antes, y pues ahora estamos pagando las consecuencias.

Empezamos con el constante lagrimeo y el flujo de mocos transparentes, ya se, nada agradable, pero la mayoría de ustedes son mamás y han pasado por lo mismo, así es que no siento ni la más mínima pena al contarles. Durante la fiesta, y a pesar de mi contenida negligencia, decidí pedir a domicilio la medicina que siempre nos manda el doctor en estas situaciones, antes de recurrir a medidas más drásticas cuando se agrava la situación, pero esperemos que no sea el caso.

Decidí no bañarlo, porque el aire estaba muy frío y no quería que se durmiera con el pelo mojado, y anticipando el drama para tomarse la cucharada de medicina decidí ponerla en el biberón que se toma antes de dormir.

Cuando regresé a verlo estaba profundo, cada respiración le costaba un tremendo esfuerzo y se oían los mocos obstruyendo; no se tomo ni media onza de leche, pero yo se lo atribuí a que no podía respirar.

Al día siguiente amaneció un poquito peor, como pasamos pésima noche mis papás nos hicieron el favor de darle de desayunar y entretenerlo en lo que nosotros nos dormíamos un poco (por cierto, que alivio cuando cuentas con alguien que te ayude en esos casos), y cuando llegó la hora de la siesta, decidí ponerle nuevamente la medicina en el biberón.

No tomó nada, y me hice a la idea de que llegando a Guadalajara iba a tener que luchar con él para que se tomara la cucharada de jarabe, a costa de lo que fuera.

Sobra decir que este par de días nos hemos puesto unos pleitos de concurso, pasajeros afortunadamente porque ninguno de los dos somos rencorosos, pero de verdad he tratado con jeringa, cuchara y ayer hasta con un vasito para medicina de adulto; claro que primero le expliqué que él ya es un niño grande, y que tomar en ese pequeño vaso implicaba su nivel de madurez, se le quedó viendo, lo tomó entre sus deditos y lo volteó en su recién estrenado mameluco.

En fin, intentaré otras técnicas a ver cual funciona, pero que gran frustración tener que pasar por esto, porque ahora sí como dicen por ahí “te sale peor el remedio que la enfermedad”. mj
Ilustración: Carmen Lara

lunes, 11 de julio de 2011

¡¿Qué vacuna ocupa?!

Desde hace algunos años, en México, se han realizado infinidad de campañas para informar a los ciudadanos sobre la necesidad de vacunar a los niños pequeños, el sistema de salud grita a los cuatro vientos que las vacunas son gratuitas y que todo niño en el país tiene derecho a las mismas.

En teoría esto suena fantástico, una estrategia que busca prevenir enfermedades y erradicar otras, mantener sana a la infancia y crear consciencia en los adultos sobre las mejores medidas de salud para los pequeño. Una maravilla ¿no?

Tal vez mi caso sea el único y mi hija hace que las vacunas desaparezcan en cuanto entra a un Centro de Salud o una clínica del Seguro Social, pero la historia siempre que le toca una vacuna es la misma. Yo me preparo mental y psíquicamente para tolerar el pinchazo que acabará en la pompa o el bracito de mi pequeña, me armo de valor para esperar los efectos secundarios que puede provocar la misma y ruego a toda la corte celestial que la vacuna esté en buen estado y ayude más que perjudicar al sistema inmunológico de mi pequeña. Todo esto para llegar a un lugar en el que una enfermera con la cara menos amable del mundo y una actitud prepotente y apática me diga –hoy no  es el día de vacunas / ¿a ver la cartilla? Aaaaaaa ¡esa no la tenemos! / su hija tiene mocos y así no le puedo poner la inyección / está no es su clínica, haga el cambio y se la vacunamos, pero apúrese que ya se paso la fecha en la que le tocaba la vacuna / tiene que venir el ________ (x día de la semana que cambia según el recinto de salud que se visite) a las 3:43 o si no ya no le toca la vacuna /…. Y un larguísimo etcétera de pretextos y tarugadas que surgen en el instante en el que solicitamos la vacuna.

Por supuesto yo me agobio, sufro de pensar que estará un día más desprotegida  contra un sin fin de enfermedades, profiero todo tipo de insultos, me quejo del país y la forma en la que la burocracia y prepotencia acaban con todo y anoto en letras rojas, mayúsculas y con carácter de urgente la próxima cita en la que me auguran la existencia de la vacuna, o en su defecto la concesión para aplicársela a mi pequeña.

Hay veces, en las que son tantos los rechazos que tengo que bajar la cabeza derrotada, llamar al pediatra y pedirle que encargue la vacuna, misma que sé me cobrará como lumbre, misma que luego generará una inexplicable molestia en la enfermera de algún establecimiento de salud pública, que con ojos inquisidores me dirá: “si ha ido con un particular, porque viene aquí ahora”.

A mí me encantaría gritarle con todas mis fuerzas “PORQUE AQUÍ ME DIJERON QUE NO TENÍAN LA VACUNA O LAS GANAS DE APLICARSELA A MI HIJA,  PORQUE SE SUPONE QUE LAS VACUNAS SON GRATUITAS, POR ESO”, pero estoy segura de que buscaré el tono menos molesto que encuentre y le diré algo que no la altere para ver si consigo sacarle la vacuna en turno.

¿Y cuál es el punto de todo este alegato, se preguntaran?. El punto queridas lectoras es que yo por fortuna soy una mamá terca que sabe que las vacunas son necesarias e insiste hasta conseguirlas, que en última instancia puedo hacer el esfuerzo de pagarlas. Pero, ¿qué pasa con las personas que tienen que pedir el día para ir a vacunar a sus hijos, con aquellos que dudan sobre las mismas, con los que tienen que desplazarse por horas para llegar a un centro de salud, con los que no cuentan con Seguro Social, con los que no entienden qué es lo que hay que hacer para que la malencarada enfermera ceda y aplique la vacuna?. Cada caso es distinto y de seguro pasan muchas cosas, pero es un hecho que muchos de estos niños no serán vacunos, hecho triste, lamentable y sobre todo injusto.

Pero eso sí en épocas de campañas electorales o fuera del país, los políticos de juguete se para el cuello gritando a los cuatro vientos las enfermedades que han erradicado y los logros que han tenido con sus espectaculares campañas de vacunación.

Claro que como en todo hay personas conscientes de las implicaciones de las vacunas, trabajadoras, amables y deseosas de que los pequeños sean vacunados, hay enfermeras que son tan buenas que los niños ni sienten el pinchazo, hay doctores convencidos de la importancia de mantener sanos a los niños, los hay tal vez por montones, lo malo es que el personal apático y burócrata no nos da la oportunidad de conocerlos. Por mi parte nuevamente cedí y después de seis visitas fallidas tendré que volver a pagar una vacuna. cj

 Ilustración Carmen Lara

domingo, 22 de mayo de 2011

Mordida, rozada... ¡y ahí vienen más dientes!

Nunca pensé que podía dolerme más un cuerpo ajeno y sin embargo cualquier lastimón de mi hija lo siento hasta las entrañas. De ahí que llevo días con las entrañas deshechas pues mi pobre niña ha tenido unos días tremendos.

Todo comenzó el jueves. Salió de la guardería con cara de pocos amigos y no era para menos la maestra con una pena infinita me comentó que a la hora de los cantos una niñita la había mordido –no se pelearon- me dijo con toda formalidad –su compañerita solo tomo su dedito y la mordió-, yo estuve a punto de correr al salón despertar a la pequeña y comerme dos o tres de sus deditos (por supuesto sin ánimo de pleito), pero me contuve, le dije a la maestra que no había problema y me fui a la casa en donde inspeccioné con todo cuidado la mordida, que intuyo que a mi hija le dolió más por que la agarraron desprevenida que por la pequeñísima perforación en su dedo anular.

Todo podía haber terminado ahí, pero corría sin suerte y por la tarde empezamos a vivir uno de los episodios más temidos en esta edad: una rozadura de pañal. Tengo que decirles que yo he oído de todo con respecto a este mal: que sucede por falta de cuidado, que tiene que ver con el calor, que es el tipo de pañal, que es por culpa de los dientes, que los astros se confabulan en contra de los traseros de nuestros hijos y por eso de cuando en cuando sufren estos pesares, la lista de sospechosos es interminable.
En el caso que a mí me compete (mi hija) todo puede ser cierto menos la falta de cuidado, pues si en algo soy religiosamente ordenada es en los cambios de pañal, precisamente por que sé lo que me espera de ocurrir una rozadura. Pero la rozadura ganó la batalla y la padecimos unos cuantos días junto con otro de nuestros grandes enemigos: los dientes.

Y es que cada diente ha sido un cataclismo en el que la vida de todos los miembros de la familia nuclear y extendida (abuelos, padrinos y uno que otro tío lejano) se paraliza para atender a mi pequeña, que babea, llora, y sufre enormemente con el brote de un nuevo diente.

Antes de ser mamá yo sabía que los niños padecían con la dentición pero NUNCA imaginé de qué manera, sé que no todos los niños sufren igual (mi sobrino por ejemplo es todo un valiente que muestra con orgullo y sin tantos pesares sus enormes dientes), sin embargo mi hija literalmente se descompone con cada uno de estos diminutos invasores.

Al día de hoy hemos padecido seis de los dientes encargados de cortar (incisivos), cuatro trituradores (premolares) y al parecer estamos en el proceso de que hagan su aparición un par de caninos (mejor conocidos como colmillos cuya función es triturar). Es decir que ahí va caminando el proceso de dentición que toda madre, padre, abuela y abuelo sabe que es necesaria y ayudará en un futuro al bien comer de su pequeño pero que en el momento de las lágrimas, los gritos y los interminables despertares nocturnos nos hace proferir todo tipo de insultos y maldiciones.

Así las cosas hoy esperamos (más bien suplicamos) que mi niña pasé una buena noche, porque yo personalmente no sé si podré soportar tantos días de vigilia y pesar. Porque reitero el dolor de un hijo cala hondo, se siente en lo más profundo y nos desarma de cualquier armadura que nos hayamos esmerado en construirnos, más aún cuando son tan pequeños que no cuentan con el lenguaje para hacernos saber qué es lo que les duele y molesta.

Por lo pronto todo está preparado para cualquier contingencia. Frente a mi cama hay una mesa con: crema para rozaduras, licores varios (por aquello de que aminoran el dolor de la encía) (y si no cuando menos aminoran el dolor de mamá y papá), pañales, biberones, cambios de ropa, chochos homeopáticos, mordederas a temperatura ambiente y otras un poco más frías, analgésicos en caso de fiebre, bañera, toalla y lo necesario para dar un baño en caso de que suba la fiebre, pero sobre todo calma y destrezas de traductor para tratar de descifrar qué es lo que sucede cuando se despierta inconsolable a las tres de la mañana.


¿y a ustedes cómo les va con todo esto, qué nos recomiendan en caso de rozaduras o la aparición de un nuevo diente?
cj


jueves, 19 de mayo de 2011

Entre mocos y candelabros






Hoy cumplo seis días con gripa y tos, esta semana ha estado muy cansada porque cuando eres mamá, no te puedes enfermar. Mi hijo no sabe que me siento mal, y por lo tanto, no tiene consideraciones conmigo, y es lógico, aún no entiende que cuando una persona está enferma debe descansar, y no hay que hacerle ruido para que pueda dormir, y no hay que comerse la tierra de las macetas, y no hay que ahorcar al perro ni tirar los juguetes por las escaleras... Pero eso a veces a las mamás se nos olvida, y la paciencia si tiene límites.

Desde que estás embarazada te advierten de lo irritante que pueden ser los niños algunas veces, y si, yo lo comprobé cuando nació mi hijo, su llanto te puede volver loca cuando ya hiciste absolutamente todo lo que te dijeron, ya lo cambiaste, le diste de comer, le cantaste, y sigue llorando. Es una realidad que conforme ha pasado el tiempo nos entendemos mejor, ya sé qué significa cada uno de los sonidos que emite e incluso sus gestos, pero eso no implica que la situación sea menos frustrante, y que por instantes desearía que me trajera un te y una pastilla para sentirme mejor.

En fin, es un día más en mi vida de mamá, y seguramente vendrán más días de estos, pero absolutamente todo vale la pena cuando volteo para revisar qué está haciendo y lo veo con un candelabro en una mano, una foto de mi boda en la otra y el collar del perro colgando de su cuellito. mj