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miércoles, 3 de agosto de 2011

Caso práctico parte II


El viernes de camino a la clase, mi esposo y yo comentamos el caso en términos muy generales. Lo que a mí en realidad me interesaba, era saber cuál era la dinámica que seguían normalmente, pero él como el estudiante dedicado que es (por no decir nerd), me entregó mi juego de copias con un esquema complicadísimo que contenía por separado los hechos, los problemas y las posibles soluciones.
Al principio todas las parejas nos mostramos tímidos y callados, escuchamos atentamente a la maestra, que resultó ser una mujer sumamente preparada, y que además de psicóloga e instructora de padres en distintas escuelas, es esposa y mamá; después de un rato nos separaron en grupos más pequeños para comentar nuestro análisis.

Fue muy chistoso que, inmediatamente después de que nos sentimos más en confianza, las mujeres empezamos a hablar sin parar, y mientras los esposos hacían propuestas en relación a la productividad de la empresa y la necesidad de lanzar nuevos productos al mercado, nosotros insultábamos a la mujer que se atrevía a perseguir abiertamente sus aspiraciones profesionales, sin tener una clara necesidad económica, y sin remordimientos por dejar a sus tres hijos por más de diez horas diarias en la guardería.

De antemano señalé que el caso me generó sentimientos encontrados, porque siendo honesta me hubiera encantado ser una súper mujer, y tener oportunidad de conservar mi extenuante trabajo y simultáneamente ser madre de tiempo completo, pero la realidad es que es muy difícil encontrar el equilibrio entre dos tareas tan demandantes, y aclaro que estoy hablando concretamente del caso que refiere a una mujer con tres hijos y que busca superarse a nivel profesional a costa de lo que sea.

En el receso tuve oportunidad de platicar con otras esposas, y después de intercambiar información básica sobre nuestra familia (cuántos hijos tienes, de qué edad, etc.), discretamente externamos nuestras frustraciones laborales, ¿y trabajas? no (en voz baja para que no se oiga tan real), ¿y a qué te dedicabas antes de ser mamá de tiempo completo? … , ¿y extrañas? si claro, pero seguro más adelante tendré oportunidad de retomar mi carrera; y mientras, los esposos solo nos observan, como si en el fondo sintieran culpa.

Regresamos todos al salón, y ya después de un encuentro más cercano, de un café y unas galletas, entonces empezaron los alegatos. De entrada identificamos los problemas, y por unanimidad decidimos que la mujer tenía que aclarar sus prioridades; una señora ya más grande levantó la mano, y señaló que la agenda de esta mujer era por demás ridícula e imposible, y claramente molesta habló de su experiencia personal, “yo tengo hijos y trabajo alrededor de tres horas diarias, a veces salgo tan cansada que solo oír sus ruidos me molesta, no me explico cómo esta mujer, después de diez horas de estar en la oficina, dice que llega a su casa a jugar con sus hijos, eso no es cierto”, y continuó, “una cosa es trabajar por necesidad durante un tiempo razonable, y otra es dedicarle todo el día a tu realización profesional y que tus niños sean hijos de la nana”.

Se oían los murmullos, algunos asentábamos con la cabeza, otros no parecían estar de acuerdo, la maestra puso orden y volvimos al caso; es cierto que esa agenda es por demás exagerada, señaló, no conozco a una mujer que le dé de desayunar a sus hijos, los vista, se arregle y ordene la casa en cuarenta minutos, pero no perdamos de vista que esa agenda la desarrollo por solicitud de la empresa, a raíz de una serie de despidos en puerta.

Y continuamos con la discusión, un valiente señor señaló que si era posible que las señoras fuéramos mamás de tiempo completo y trabajáramos; con un claro temblor en su voz resaltó que su esposa era dueña de su propia empresa, y que le dedicaba todo el tiempo que su hijo estaba en la escuela. Ahhh, lo interrumpió la maestra, pero entonces tu hijo ya está más grande y ya no está en los primeros años que son los más demandantes para las mamás, el señor se limitó a voltear a ver a la esposa con una mirada de “yo lo intenté”.

La maestra moderó las discusiones con un gran talento, nos dio la palabra tanto a alumnos como a esposas que ansiosas levantábamos la mano para emitir nuestra opinión y hablar de nuestras propias experiencias, y así llegamos a la etapa de conclusiones. Después de agotar las posibilidades para que la empresa tuviera éxito en sus próximos lanzamientos, y de negarle la vicepresidencia al jefe del proyecto, hablamos de la mujer en discordia.


Parece que nuevamente me extendí demasiado, la última parte se las comparto el Viernes. Gracias a quienes ya nos mandaron su punto de vista (Ana y Anónimo), esperamos que sus opiniones sigan llegando. mj

Ilustración: Carmen Lara

jueves, 7 de julio de 2011

¿Oficio?


Por el momento no tengo trabajo y me debato entre la necesidad de conseguir uno y la necesidad de quedarme en casa con mi hija. Recreo argumentos a favor y en contra y al final sigo sin tomar una decisión.

No es que no necesite trabajar, me urge, tampoco que no haga nada, todo lo contrario mis días están más llenos y cansados que nunca, mi indecisión es una especie de protesta silenciosa (en extremo silenciosa pues solo yo sé de ella) frente a la forma en la que la sociedad se ha configurado, haciéndonos sentir qué la maternidad es tan poca cosa que ni siquiera vale la pena discutirla.

Ayer al medio día, mientras nuestros hijos se sacaban los ojos por un carrito de plástico, jugaban a perseguirse y gritaban como locos de atar por toda la casa; Michelle y yo platicamos ampliamente sobre el tema de la maternidad y el trabajo, que versa siempre sobre lugares comunes, tan comunes que se han vuelto invisibles porque en la superficie hay una especie de regla implícita que pide que el tema no se trate, no agite más el patético clima social en el que vivimos y sobre todo no renueve el debate sobre los derechos de la mujer, en particular de las que somos mamás.

Entre las cosas que hemos experimentado Michelle y yo desde que nos supimos embarazadas está la profunda soledad que acompaña las decisiones que se tienen que tomar con la llegada de un nuevo miembro a la familia, a pesar de que nuestros esposos son sensibles y atentos a lo que sentimos y queremos, al final somos nosotras las que cambiamos radicalmente de vida, las que dejamos o no el trabajo y nos cuestionamos sobre nuestro futuro profesional.

No se trata de entrar en el eterno debate entre hombres y mujeres, entre las capacidades y oportunidades de unos y otros, el gozo de ser mujer y madre vale cada piedra que uno pueda encontrarse en el camino. Se trata de hacer visible el desgaste emocional de la maternidad, en donde no todo es color de rosa y se juegan muchas certezas y roles que parecían ya conquistados.

Yo tuve la oportunidad de vivir en una burbuja o en un sueño hasta hace unos cuantos meses pues trabajaba y era madre. No tuve que tomar una decisión sobre uno u otro hasta ahora. Pero fui una de las excepciones de la regla; me contrataron embarazada lo que no se estila en este país y me dejaron llevarme a mi hija a la oficina todo el tiempo que quise.

Fue cansadísimo pero posible, tuve que hacer uso de muchas madrugadas y en ocasiones cuestionarme a fondo la decisión de seguir, había días en los que estar en la oficina con el bambineto, la sillita, la carriola y una larga fila de estudiantes que atender era una tarea que me parecía imposible, pero que con orgullo puedo decir que siempre salió.

Mi hija estaba contenta de estar conmigo y con su papá que trabajaba en el mismo lugar, yo me sentía profundamente agradecida y en deuda con la institución que me permitía semejante hazaña, el trabajo se hacía y la maternidad también. No era la única en esa situación y la calidez de la gente con la que trabajaba y de las mamás con las que compartía la experiencia siempre me hicieron sentir que ambas actividades podían confluir.

Todo terminó cuando un grupo de hombres grises, con ideas viejas y sin fundamento decidieron que no era posible trabajar y ser mamá al mismo tiempo y nuestro pequeño paraíso dejó de serlo.

Me veo ahora cara a cara con la decisión que la mayoría de las mujeres tienen que tomar durante el embarazo, antes siquiera de que conozcan a su bebé ¿sigo trabajando o no?, para muchas no hay opción, la vida no alcanza y hay que trabajar, para otras el problema estriba en los objetivos personales y las metas profesionales que se tenían pensadas: si ya llegué hasta aquí, ¿cómo dejarlo?.

Es posible que las dos confluyan, que se encuentre la forma de trabajar y ser madre, pero cada vez las circunstancias son más difíciles: trabajos que exigen mucho más horas de las que estamos dispuestas a dejar a nuestros hijos, sistemas de guardería insuficientes y en muchos casos mediocres y la soledad de no tener cerca a la familia que podría compartir con nosotros el cuidado de nuestros hijos hacen que la cuestión laboral se complique.

Y quienes deciden quedarse en casa y dedicarse a ser madres tampoco la tienen fácil, la crítica sobre el talento desperdiciado, la falsa concepción de que estar en casa con un pequeño es una tarea fácil y que no cansa, los comentarios estúpidos de quienes creen que se pasa la vida entre el sueño, el café y la televisión, la inevitable ansiedad cada vez que empiezas a pensar en cuándo volverás al trabajo, quién se atreverá a contratarte y cómo le harás para competir con todos los recién egresados que tienen todo el tiempo del mundo para dedicarlo al trabajo, todo esto dificultan la situación.

 Al final cada quién decide lo que mejor le conviene y se traga sus frustraciones, porque no hay espacios para compartirlas ni reflexionarlas porque la vida está hecha de blancos y negros y las otras tonalidades estorban. Porque muchas veces somos entre nosotras nuestros peores enemigos, las que trabajan critican a las que no y ni de broma aceptan o expresan lo mucho que extrañan a sus hijos, las que por el contrario dejaron el trabajo señalan con dedo acusador a aquellas madres que  salen cada mañana a su lugar de trabajo, ese que ellas extrañan hasta la médula y en el que prefieren no pensar.

Hemos dejado que el tema se pierda en el marasmo de la vida, en las rutinas que nos comen los días y nos roban el sentimiento, yo desde esta pequeña trinchera que es AF, exhorto a todas las mamás que como yo o como Michelle han pasado por esto, a alzar la voz, dialogar el tema y replantear las dinámicas vetustas que han configurado la diada trabajo-maternidad. cj

Ilustración Carmen Lara

miércoles, 15 de junio de 2011

La estancia perfecta


En un principio, yo tenia el mismo concepto de la guardería que tenia Carol, lo veía como un lugar al que llevas a tus hijos unicamente cuando no tienes oportunidad de quedarte en tu casa a cuidarlos, como un lugar algo inhóspito e impersonal, en donde los niños son solo uno mas del montón y que lloran por largos ratos sin que nadie los atienda, pero como en todo lo relacionado con la maternidad, me he llevado muy gratas sorpresas.

Es verdad que yo tuve la fortuna de cuidar a mi hijo de tiempo completo, y a pesar de algunas piedras en el camino, y de que me he topado con grandes dificultades por mi falta de experiencia, lo he disfrutado tremendamente. Sin embargo, cuando cumplió al rededor de diez meses, que ya era mucho mas independiente, gateaba y se detenía con todos los muebles de la casa y arrasaba con todo lo que se le atravesaba, empece a notarlo frustrado por mis innumerables restricciones para desenvolverse libremente en el espacio en el que vivimos, además de las también limitadas actividades y diversiones que yo le ofrecía en los largos días.

Empece por buscar opciones, y como es natural en una ciudad grande como en la que vivimos, encontré decenas de propuestas de escuelas y lugares que ofrecen el servicio de guardería o estancia infantil, pero muy pocos me parecieron adecuados para lo que yo estaba buscando. Solo quería llevarlo unas pocas horas al dia para que jugara con otros niños, para que tuviera un espacio sin restricciones y conociera a otros adultos en los que confiara y de los que pudiera aprender.

Como caído del cielo encontré el lugar perfecto, cerca de nuestra casa, con unas instalaciones apantalladoras, y lo mas importante, integrado por especialistas que aman a los niños y los tratan como si fueran propios. En ese momento me sentí aliviada y contenta, pensaba en ese tiempo que los dos podríamos disfrutar todos los días, él jugando en un lugar seguro, y yo distraída en una actividad que no tuviera que ver con la maternidad, y de preferencia tuviera que ver con mi profesión.

Finalmente lo inscribimos, cumplimos con los miles de requisitos, y llevamos el material que nos solicitaron (pañales, un cambio de ropa, cepillo de dientes, cepillo para el pelo, vaso entrenador, etc.). A diferencia de muchas mamás, que aseguran que el dia en que por primera vez sus hijos vayan a la escuela van a llorar y a sentirse desoladas, yo me sentí tranquila y satisfecha, porque ademas mi hijo no mostró señales de inconformidad o de sufrimiento alguno. Los primeros tres días estuvimos en el proceso de adaptación, yo estaba un rato en su salón para que él me identificara en ese espacio, y después me salía para que conviviera con sus compañeros y se acostumbrara finalmente a la nueva comunidad a la que pertenecía.

Admito que las primeras semanas cuando me topaba con amigas o conocidas, y me preguntaban por mi hijo, yo me hacía chiquita cuando les respondía que estaba en la escuela, y de inmediato surgían las preguntas: ¿Cómo que en la escuela?, ¿No está demasiado joven?, ¿Ya estás trabajando?, ¿Y que haces cuando lo dejas?, incluso me hacían comentarios tan absurdos como "seguro te regresas a tu casa a dormir un rato".
La realidad es que nunca lo he hecho, las horas en las que mi hijo esta en la escuela yo las aprovecho para hacer miles de cosas que prefiero evitarlas cuando estoy con el, que implican estar horas en el coche caluroso, o que simplemente requieren de toda mi atención, misma que el merece al cien por ciento cuando estamos juntos.

Al dia de hoy ya lleva poco mas de cuatro meses en la escuela, semana con semana veo como avanza y descubre cosas nuevas, incluso puedo decir que lo veo adelantado con respecto a otros niños de su edad, y lo mas importante es que lo veo feliz. Igualmente yo, poco a poco he encontrado actividades que disfruto y que me hacen sentir productiva, lo que finalmente me convierte en una mujer plena en todos los sentidos.

Hoy ya no me muestro tímida cuando me preguntan si llevo a mi hijo a la guardería, por el contrario, presumo sus logros, sus avances y alguno que otro truco que le han enseñado sus maestras. Y con seguridad puedo decir, que nunca me había sentido tan orgullosa y feliz, como en mi primer festival del día de las madres cuando bailó en un escenario, en frente de un gran público, y con un bonche de niños llorando como acompañamiento. mj

viernes, 3 de junio de 2011

Dejar la chamba...



Cuando me enteré que estaba embarazada, mil cosas pasaron por mi mente, como es natural primero pensé en el bebé que venía en camino, hice cuentas de cuando nacería, imaginé desde el principio que sería niño, y después de unos cinco minutos de volar emocionada, pensé ¿Qué va a pasar con mi trabajo?.

Desde que nos casamos, mi esposo y yo hicimos planes serios para tener familia en un corto plazo, y entre esos planes, incluímos un intensivo ahorro para que yo tuviera oportunidad de renunciar a mi trabajo cuando nacieran nuestros hijos; en ese entonces, que todo se veía aún lejano, yo no imaginaba todo lo que pasaría cuando llegara ese momento.

Profesionalmente vivia un momento estable y feliz, tenía un trabajo que disfrutaba, en el que aprendía todos los dias y que me daba la oportunidad de crecer, y esa situación me llevo a cuestionarme durante todo mi embarazo, si realmente quería abandonar lo que tanto me había costado para dedicarme a ser mamá de tiempo completo.

Es un hecho que las dudas se disiparon en el instante en que vi a mi hijo por primera vez, no me podía imaginar que teniendo la oportunidad de estar con él todo el tiempo, decidiera irme a la oficina a perseguir mi desarrollo profesional, pero pensaba en las mamás que por necesidad lo tenían que hacer y compartía su dolor.

Las primeras semanas después del nacimiento de mi hijo fueron tan difíciles, que yo pedía a gritos regresar a mi trabajo, pensaba en mi oficina con escritorio naranja y paredes de cristal, en la convivencia diaria con mis compañeros que si me escuchaban y me respondían, a diferencia de mi hijo que solo me veía, y en todos los proyectos que me emocionaban y que había dejado inconclusos.

No cabe duda que el mundo en el que vivimos ahora es muy distinto al que vivían antes las mujeres, ahora tenemos otras oportunidades, otras expectativas, otras aspiraciones, pero definitivamente la labor de madre nunca perderá valor, y como me lo dijo quien era mi jefa en ese momento, "Abogada vas a ser toda la vida, pero los momentos con tus hijos nadie te los devuelve".

Admiro enormemente a las mamás que van todos los días a trabajar, que aunque regresan agotadas les dedican a sus hijos tiempo de calidad, los bañan, les hacen la cena y les platican, pero tengo que decir que ser mamá las 24 horas del día es igual de cansado, no hay pausas ni chacoteos, no hay la celebración del cumpleaños del compañero, ni tiempo para checar tus correos.

Este tema tiene mucha tela de donde cortar, pero quería empezar por contarles lo difícil que fue para mi tomar la decisión de renunciar a mi trabajo, de dejar a un lado algo que amo, por alguien que amo más. mj

Ilustración Carmen Lara