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jueves, 22 de mayo de 2014

El campamento


Sucede que los niños se fueron hoy de campamento, salieron tempranito, cargando su mochila, sleeping y más ánimos de los que se pueden contar. Sucede también que los campistas en cuestión tienen cuatro años recién cumplidos y somos las mamás las que tenemos que guardarnos el corazón en la bolsa al despedirlos.

Michelle lo tomó con calma, ella siempre reacciona tranquila frente a esas experiencias de crecimiento y reto tanto para los niños como para las mamás. Yo en cambio llevo una semana con las tripas hechas nudo, pensando en todos los posibles pretextos que podría inventar para que mi hija no fuera al campamento, y sondeando de todas las maneras posibles si realmente ella quería ir, (porque por supuesto soy una de esas mamás sensible y si no se le antoja el paseo NO la voy a obligar).  El caso es que mi hija no dudó en ningún momento, la sola mención del evento le iluminaba la cara y desataba un monólogo extenso y puntual sobre todo lo que harían allá, mismo que siempre terminaba con la misma cantaleta “y como los papás no pueden ir, yo voy a estar con mis maestras y mamá y papá se quedarán en casita”. Al principio pensé que la frase era para convencerse de la separación, pero luego me di cuenta que era más bien para convencerme a mí y para dejar muy claro que no era en absoluto necesaria mi presencia en el campamento.

Así las cosas, mi hijita (que se veía más pequeña, hermosa y feliz que nunca) se fue hoy a las nueve de la mañana a pasar la noche a un balneario para vivir con desparpajo su independencia prematura rodeada de sus amados maestros y amigos.

Mientras despedíamos a los campistas tuve la oportunidad de platicar y observar a otras mamás, la mayoría estaban igual de compungidas y nerviosas que yo, algunas compartieron el terror que sentían y un puñado de fantasías que en otras circunstancias parecerían una lista de inventos escalofriantes sobre accidentes poco probables, pero en ese momento todas asentíamos un poco más tranquilas  de saber que no éramos las únicas locas que habían pasado horas angustiadas por todo lo que les podría pasar a los niños estando lejos de casa, una mamá hasta  investigó la ruta a tomar para llegar al balneario lo más pronto posible en caso de que requirieran su presencia.

No me puedo adelantar a decir que todo salió perfecto, sé que mi hija a duras penas se acordará de que tiene madre porque hace quince días que hicieron una dormida en la escuela, Lucía y Gamba fueron los últimos en dormirse (dignos hijos de su madre, decidieron quedarse platicando en la noche)  y ni una sola vez preguntaron por mí o por Michelle.

Lo que me queda clarísimo es que esta sensación de tener el corazón atorado en la garganta, el estómago contraído y apretado y una añoranza que se me cuelga de las pestañas, es la primera de las muchas separaciones que tendré que enfrentar por ser mamá. Porque no importa que sea mentira, mientras yo estoy junto a ella siento que puedo protegerla de todo, que puedo encargarme, que nada es demasiado grave o peligroso. Pero basta que se suba a un coche en el que yo no estoy para que todo pueda suceder lejos de mí.


Mañana les cuento cómo pasé la noche y cómo regresaron los campistas…

cj

Les dejo el video de Luis Pescetti “El campamento” para que se rían un rato.




miércoles, 15 de junio de 2011

La estancia perfecta


En un principio, yo tenia el mismo concepto de la guardería que tenia Carol, lo veía como un lugar al que llevas a tus hijos unicamente cuando no tienes oportunidad de quedarte en tu casa a cuidarlos, como un lugar algo inhóspito e impersonal, en donde los niños son solo uno mas del montón y que lloran por largos ratos sin que nadie los atienda, pero como en todo lo relacionado con la maternidad, me he llevado muy gratas sorpresas.

Es verdad que yo tuve la fortuna de cuidar a mi hijo de tiempo completo, y a pesar de algunas piedras en el camino, y de que me he topado con grandes dificultades por mi falta de experiencia, lo he disfrutado tremendamente. Sin embargo, cuando cumplió al rededor de diez meses, que ya era mucho mas independiente, gateaba y se detenía con todos los muebles de la casa y arrasaba con todo lo que se le atravesaba, empece a notarlo frustrado por mis innumerables restricciones para desenvolverse libremente en el espacio en el que vivimos, además de las también limitadas actividades y diversiones que yo le ofrecía en los largos días.

Empece por buscar opciones, y como es natural en una ciudad grande como en la que vivimos, encontré decenas de propuestas de escuelas y lugares que ofrecen el servicio de guardería o estancia infantil, pero muy pocos me parecieron adecuados para lo que yo estaba buscando. Solo quería llevarlo unas pocas horas al dia para que jugara con otros niños, para que tuviera un espacio sin restricciones y conociera a otros adultos en los que confiara y de los que pudiera aprender.

Como caído del cielo encontré el lugar perfecto, cerca de nuestra casa, con unas instalaciones apantalladoras, y lo mas importante, integrado por especialistas que aman a los niños y los tratan como si fueran propios. En ese momento me sentí aliviada y contenta, pensaba en ese tiempo que los dos podríamos disfrutar todos los días, él jugando en un lugar seguro, y yo distraída en una actividad que no tuviera que ver con la maternidad, y de preferencia tuviera que ver con mi profesión.

Finalmente lo inscribimos, cumplimos con los miles de requisitos, y llevamos el material que nos solicitaron (pañales, un cambio de ropa, cepillo de dientes, cepillo para el pelo, vaso entrenador, etc.). A diferencia de muchas mamás, que aseguran que el dia en que por primera vez sus hijos vayan a la escuela van a llorar y a sentirse desoladas, yo me sentí tranquila y satisfecha, porque ademas mi hijo no mostró señales de inconformidad o de sufrimiento alguno. Los primeros tres días estuvimos en el proceso de adaptación, yo estaba un rato en su salón para que él me identificara en ese espacio, y después me salía para que conviviera con sus compañeros y se acostumbrara finalmente a la nueva comunidad a la que pertenecía.

Admito que las primeras semanas cuando me topaba con amigas o conocidas, y me preguntaban por mi hijo, yo me hacía chiquita cuando les respondía que estaba en la escuela, y de inmediato surgían las preguntas: ¿Cómo que en la escuela?, ¿No está demasiado joven?, ¿Ya estás trabajando?, ¿Y que haces cuando lo dejas?, incluso me hacían comentarios tan absurdos como "seguro te regresas a tu casa a dormir un rato".
La realidad es que nunca lo he hecho, las horas en las que mi hijo esta en la escuela yo las aprovecho para hacer miles de cosas que prefiero evitarlas cuando estoy con el, que implican estar horas en el coche caluroso, o que simplemente requieren de toda mi atención, misma que el merece al cien por ciento cuando estamos juntos.

Al dia de hoy ya lleva poco mas de cuatro meses en la escuela, semana con semana veo como avanza y descubre cosas nuevas, incluso puedo decir que lo veo adelantado con respecto a otros niños de su edad, y lo mas importante es que lo veo feliz. Igualmente yo, poco a poco he encontrado actividades que disfruto y que me hacen sentir productiva, lo que finalmente me convierte en una mujer plena en todos los sentidos.

Hoy ya no me muestro tímida cuando me preguntan si llevo a mi hijo a la guardería, por el contrario, presumo sus logros, sus avances y alguno que otro truco que le han enseñado sus maestras. Y con seguridad puedo decir, que nunca me había sentido tan orgullosa y feliz, como en mi primer festival del día de las madres cuando bailó en un escenario, en frente de un gran público, y con un bonche de niños llorando como acompañamiento. mj