jueves, 29 de agosto de 2013

La lactancia por segunda vez, segunda (y última) parte


Pues si, Carol y yo seguimos vivitas y coleando, seguimos lidiando con el día a día de la maternidad, sus pocos contras y sus muchísimos pros, pero desafortunadamente este ritmo de vida que llevamos actualmente, ha provocado que se pasen los meses, y ahora que reviso el blog me doy cuenta que se pasó el año, sin siquiera darnos cuenta.

Mi hijo el más joven ya cumplió su primer año, y el grande (que les enseño en la foto, jugando a darle pecho a su oso, tiene casi tres años y medio).






Les quise compartir esta foto, porque me provocó muchísima nostalgia ayer que me la encontré, es de aproximadamente hace un año, cuando la mayor parte de mi día se iba en la alimentación de Jerónimo, y a Gabriel no le quedaba de otra más que acompañarnos, esperarnos, y en algunas ocasiones hasta imitarnos, aún después de mis aburridas e inútiles explicaciones de que sólo a las mamás nos sale leche y bla, bla.

Quise retomar y concluir este tema, porque leo con tristeza que cada vez son menos las mamás que deciden amamantar a sus hijos, sé por experiencia que en el momento es difícil, abrumador, agotante, pero pasa tan rápido que cuando te das cuenta, lo extrañas y (casi) te dan ganas de regresar el tiempo, y no hablo de repetirlo porque por el momento no está en nuestros planes tener un tercer hijo o hija.

Sé que para muchas mamás no es tan sencillo, sé que muchas mujeres tienen que regresar a trabajar al poco tiempo de que nacen sus hijos, y no me puedo ni imaginar lo complicado que debe ser todo el proceso de sacarse la leche, administrarla, conservarla, etc, pero durante el tiempo que puedan inténtenlo, es una experiencia incomparable.

Espero tener el tiempo para seguir escribiendo en este espacio, tengo muchísimos temas y cosas que contarles a todas las lectoras de Ácido Fólico, a las pocas o muchas que quedan después de nuestro abandono temporal, pero el hecho es que seguimos siendo mamás, con nuevas anécdotas, problemas, soluciones, inquietudes y consejos. mj

miércoles, 17 de abril de 2013

La lactancia por segunda vez, primera parte



Desde hace meses tengo pendiente esta entrada, y no quiero dejar pasar más tiempo sin platicarles mi experiencia con la lactancia por segunda vez, porque sé que puedo motivar a más de alguna mamá que vivió una experiencia anterior no tan fácil o feliz como en mi caso, o incluso para alentar a las futuras mamás primerizas para que vivan y disfruten esta etapa, que se pasa volando.

Debo confesar que durante mi segundo embarazo, la lactancia era uno de mis más grandes miedos, porque con mi primer hijo fue lo que más trabajo me costo; y es que la lactancia no es cosa fácil, es cansada, muy demandante, en ocasiones dolorosa e incómoda, pero definitivamente la recompensa es enorme.

Jerónimo Francisco (el segundo nombre en honor a su Abuelo materno), como ya se los platiqué, nació por cesárea a las 10:05 am, y después de un par de horas en recuperación, me lo llevaron al cuarto en dónde ya lo esperábamos con ansias mi esposo y yo, y cuando menos nuestra familia más cercana. La conexión fue inmediata, lo vi y me derretí de amor por segunda vez, porque aunque es difícil de creer cuando no lo has vivido, el corazón se divide en partes iguales cuando nacen los segundos hijos (supongo que pasa lo mismo con los terceros, y los cuartos...). Estaba diminuto y muy rosa, pelón igual que su hermano, pero muy sonriente y contento; después de un rato en el que pasó de brazo en brazo, y en el que recibió besos y ataques de su hermano y de su prima, finalmente nos dejaron solos para darle de comer por primera vez.




Al principio se quedó dormido, supongo que por la cercanía, el calor y la seguridad que les da a los recién nacidos estar con su Mamá, pero después de un rato empezó a comer sin problema, y afortunadamente la leche me bajó muy rápido y sin otros efectos, a diferencia de la primera vez que tuve fiebre, escalofríos y que tardó cuando menos un par de días en bajar.

No puedo decir que no me dolió, pero estaba tan mentalizada que ahora fue un dolor muy aguantable, eso si, me ponía religiosamente la mágica pomada lansinoh después de cada comida, para alcanzar a recuperarme antes de que le diera hambre otra vez.

Gabriel, mi primer hijo, comía casi cada hora y media de día y de noche, y tardaba en comer al rededor de media hora de cada lado; probablemente la frecuencia y el tiempo que le tomaba llenarse, hacían que a mi me pareciera como si todo el día se nos fuera en la alimentación, y por esa y otras razones yo estaba exhausta y adolorida, y honestamente no disfruté la lactancia como yo hubiera querido.

Con Jerónimo fue diferente, comía cada tres horas, a veces duraba un poco más, la mayoría de las veces comía solo de un lado y en 15 minutos se llenaba; pero creo que lo que me facilitó más las cosas fue el entorno, la experiencia, el momento y la realidad tan distinta que vivía de la primera vez que fui Mamá. 

Y para mi es importante ser honesta, porque de otra forma no tendría ningún caso crear estos espacios para compartir lo que vivimos como mamás; cuando nació Gabriel la maternidad me tomó por sorpresa (a pesar de los 9 meses de embarazo y de las múltiples lecturas, cursos y demás fuentes de información), estaba en un momento muy egoísta en mi vida, no porque estuviera mal, sino porque básicamente no tenía que preocuparme por nadie más que por mi. Mi esposo y yo nos íbamos a trabajar por las mañanas, y a pesar del estrés normal y ocasional coraje, yo disfrutaba muchísimo el ejercicio de mi profesión; íbamos al cine cuando menos dos veces a la semana, salíamos a cenar casi todos los días, nos levantábamos tarde los fines de semana, y obviamente nuestros sueldos rendían para los gastos diarios, e incluso para uno que otro viajesito o lujo moderado. 

De pronto llega un diminuto ser que te cambia por completo la vida, te mantiene en el encierro por lo menos durante su primer mes de existencia, y su alimentación te provoca unos dolores intensos y desconocidos que por momentos te dan ganas de aventarlo lejos. Al no tener a mi familia cerca, mis mañanas eran solitarias y largas, y lo que más deseaba era irme corriendo a la oficina y olvidarme de la gran responsabilidad que tenía (llorando desesperadamente y sin motivo aparente) en la casa.

En fin, sin darles más detalles creo que se pueden imaginar lo difícil que fue la primera vez; pero aún así, a Gabriel le di de comer durante casi 8 meses, el mismo tiempo que le di a Jerónimo, y aunque en este momento no lo podría entender aún cuando se lo tratara de explicar, le estaré eternamente agradecida a Gabriel por enseñarme a ser mamá, por tenerme tanta paciencia y por ser un niño de lo más normal y feliz a pesar de mi inexperiencia.

Tengo mucho más que contarles con respecto a la lactancia, pero por hoy aquí lo dejo para no saturarlas, de verdad espero que esta experiencia le pueda ayudar a alguien. mj

Ilustración: Carmen Lara

lunes, 1 de abril de 2013

¡Varicela!



Todo comenzó hace unas semanas cuando le quité a Lucía la pijama y vi a la primera intrusa, una ronchita que no pudo pasar desapercibida o camuflarse por un piquete de mosco, era redonda rosa y parecía una ampolla, al verla lo dije en el instante ¡varicela!, mi esposo se acercó al instante y la analizó con cuidado mientras mi hija nos veía como si estuviéramos locos, no teníamos duda pero era necesario confirmarlo así que hicimos cita con el pediatra.

Llegamos apabullados por el hallazgo y listos para planear el encierro que se avecinaba, el pediatra confirmo nuestras sospechas y nos dio algunas recomendaciones para el cuidado de la enferma. Después de un par de horas las ronchas se habían multiplicado exponencialmente, la número uno (la madre, como la suelen llamar) ya estaba inflada y empezó a picar, Lucía aún no entendía muy bien su padecimiento, pero estaba encantada porque su madrina le llevo todo un kit de cuidados que entre otras cosas incluía galletas y algunas películas.

Los siguientes días las ronchas no cedieron e invadieron a mi pequeña en lugares insospechados, las peores fueron las de la cabeza, pompas y vulva, porque además de picarle eran difíciles de calmar con cremas o polvos.

Por fortuna el virus no fue tan tremendo como lo esperábamos y después de unos cuantos días empezó a ceder, las ronchas bajaron en cantidad y tamaño y poco a poco el picor y las molestias empezaron a desaparecer, al final el peor castigo fue el encierro, pues Lucía no está nada acostumbrada a estar confinada a la casa y lloraba por no poder ver a sus primos, ir a la escuela o salir a jugar con los vecinos.

Sin embargo una semana y un día después del descubrimiento de LA roncha, nos despedimos gustosos de la varicela.

Aquí algunas recomendaciones para sobrellevar la situación:

1-    ¡Qué no se rasquen! más fácil decirlo que evitarlo, pero de verdad es necesario estar al pendiente de que no lo hagan.
2-    Cortar las uñas, lo mejor para evitar tentaciones es cortar las uñas lo más que se pueda, de esa manera no se hacen daño pues solo se rascan con la yema de los dedos.
3-    Baño coloide, yo ignoraba este remedio y cuando me lo recomendaron Lucía estaba tan molesta que lo intentamos de inmediato, los polvos los venden en cualquier farmacia (son preparados de avena y/o soya) y alivian al instante la comezón.
4-    Baños, tinas y demás; como parte de los cuidados el pediatra nos recomendó bañar a mi hija tres o cuatro veces al día, la idea me sonó exagerada pero en los peores días lo hicimos pues el agua (junto con los polvos) la hacían sentir mucho mejor.
5-    Polvo de haba alcanforada, este remedio yo lo recordaba de cuando a mí me dio varicela de pequeña, el polvo se consigue en farmacias o boticas naturales y se pone después del baño como si fuera talco, los ayuda bastante con el picor.
6-     Ropa suelta y de algodón, el calor y sudor multiplican las ronchas, por lo que lo mejor es que utilicen ropa holgada, fresca y de fibras naturales.
7-    Películas y algo de TV, Lucía ve muy poca tele normalmente, por lo que durante la enfermedad ver películas y una que otra caricatura le animaba y entretenía.
8-    Paciencia, a ratos la molestia cansa y altera el estado de ánimo normal de los pequeños, se desesperan por el encierro, las ronchas y los picores, lo mejor es mantener la calma, desviar su atención y esperar a que la enfermedad se acabe.
9-    Rotación familiar, las visitas de aquellos amigos o familiares que ya tuvieron varicela fue un excelente distractor para mi hija.
10-Juegos y apapachos, la disposición y el tiempo para jugar con ellos, inventar y abrazar, son siempre de ayuda cuando se sienten mal y llenos de molestias.

¿Algún otro remedio y/o recomendación? Vamos, compártanlo ;)

nos leemos
cj

lunes, 4 de marzo de 2013

El bicho


El tiempo se ha pasado tan rápido que apenas ahorita soy consciente de que dejé de escribir para AF hace casi un año, el asunto con la maternidad es que acelera el tiempo y deja poco espacio para todo lo demás. Por supuesto que a pesar del año de ausencia sigo siendo mamá y sintiendo las penurias y alegrías de tener a una pequeña de tres años, si he dejado de escribir no es por falta de experiencias, creo que ha sido más bien por falta de organización (mi eterno problema), sin embargo estoy lista para retomar estos diálogos de maternidad que en verdad disfruto.

Hoy les cuento mi penuria de los últimos días “el bicho”*.

Todo empezó hace una semana. Lucía que siempre ha gozado de un apetito ejemplar, se levantó y sin alarde alguno dijo que no quería desayunar, me sorprendí al escucharla pero pensé que era consecuencia del atasque que se había dado el fin de semana, no le di mayor importancia y tampoco me sorprendí cuando comió poco al medio día y luego en la cena, el martes la cosa estuvo por el estilo, hasta la cena cuando después de dos bocados empezó con unos vómitos como del exorcista.

Como seguía con hambre y buen ánimo atribuí las expulsiones gastrointestinales a una indigestión, al día siguiente Lucía se fue a la escuela después de un desayuno ligero, con buen semblante y ninguna queja de malestar. Y aquí empieza la historia de terror:

Poco antes de las dos me hablan de la escuela de Lú para decirme que acaba de vomitar y que por favor pase por ella, la encuentro sonriente en las piernas de la directora, apenas me ve me pregunta si hay comida en la casa, al instante me relajo y pienso que no puede estar tan mal si tiene hambre. En el camino se queda dormida y al llegar a la casa me dice que no quiere comer nada, se acuesta en un sillón y pasa toda la tarde entre el sueño y la vigilia, con una temperatura que va subiendo hasta llegar a 39.5.

 A las 7:30 nos recibe el pediatra nos dice que va a sobrevivir y nos da indicaciones sencillas y esperadas: dieta blanda, un antidiarreico e instrucciones de para que le realicen unos estudios.

Nos vamos a la casa felices, Lucía agotada y con hambre, apenas cena y se duerme al instante. Durante la noche no hay más eventualidades que unas cuantas visitas al baño para deshacerse de lo que yo pensaba eran los últimos rastros de la diarrea.

Llegamos al jueves y entre mi esposo y yo hacemos malabares para coordinar nuestro trabajo con el bicho intestinal de Lucía, preparo comida para dolor de panza y espero que mi niña mejore… pero no mejora, sigue yendo al baño a echar cosas que no sé de dónde salen pues no ha comido y está muy débil. Por la noche comienzan otra vez los vómitos.

 A la una y media de la madrugada le llamamos al doctor asustados porque Lucía no retiene ni el agua, nos dice que nos mantengamos alerta para que no se deshidrate y que mañana le comuniquemos como sigue, el viernes todo sigue igual, Lucía no come y si acaso ingiere algo lo vomita al instante. Para este momento yo ya estoy como un zombi a medio morir, con cara de muy pocos amigos y pensado los peores escenarios del mundo para mi pequeña ¿qué le pasa?

El sábado visitamos de nuevo al pediatra, como en los estudios no salió nada, concluye que se contagio de un virus por andar besuqueando a Jerónimo (su primo de ocho meses), la receta de nuevo, nos reafirma que va a sobrevivir y le indica la dieta más blanda de la comarca.

El sábado el bicho se rinde, Lucía ya no vomita y visita menos el baño.  Además recibe gustosa la mejor medicina que existe: una visita inesperada de sus preocupados abuelos (el paterno en el consultorio del pediatra y los maternos desde Morelia).

Una semana después el problema casi se ha acabado… y digo casi porque ahorita lo difícil es que entienda que no puede comer todo lo que se le antoja, se me queda viendo con toda la expectativa del mundo y me pregunta ¿huevito si?, ¿quesadilla?, ¿aguacate?, ¿salchicha?, cuando por fin se rinde ante el reducido menú me pide otro poquito de caldo de pollo.

* El asunto con el bicho es que en una de sus múltiples idas al baño en un pésimo intento de mi parte por consolarla le dije –mi amor, no te preocupes sigues yendo mucho al baño porque tiene que salir el bicho- ella volteó a verme a punto de gritar y me dijo – mamá no quiero que me salga ningún bicho, no lo quiero ver, por favor- para variar, gajes del oficio e imprecisiones del lenguaje ;)

Nos leemos, cj

domingo, 16 de diciembre de 2012

Drama pasaJERO... (un poco largo)

Aquí estoy de regreso, para platicarles lo que me pasó después de la llegada de Jerónimo, y que afortunadamente no pasó a mayores.
Resulta que horas después de la cesárea, ya en el cuarto del hospital con mi bebé en brazos y algunas visitas, me di cuenta de que traía un fuerte dolor, que parecía muscular, en la pantorrilla derecha (no sé si pantorrilla sea un término coloquial o médico, pero es la parte inferior de la pierna). En ese momento asumí que se trataba de un jalón (ese si sé que no es un término muy sofisticado), por la prolongada temblorina post quirúrgica, o por tratar de mantenerme en calma en el quirófano a pesar de que me estaba muriendo del miedo.
Los días pasaron, y obviamente las molestias propias de la operación, el estrés de los trámites y la salida del hospital, y otras trescientas cosas en la cabeza, hicieron que mi dolor pasara a segundo o tercer término.
Pasó la primer semana, y era momento de ir con mi ginecólogo para que me quitara las puntadas de la cirugía; él me revisó la herida que afortunadamente estaba evolucionando bien, y ya cuando me iba se me ocurrió comentarle que tenía un dolor, no muy intenso pero insistente, en la pierna derecha. 
Me hizo algunas preguntas de rutina, y empezó a mover mi pierna para ver en dónde se originaba la molestia, entonces me explicó, que probablemente tenía una tromboflebitis (que es la formación de un coágulo en una vena) y que era indispensable que me revisara un especialista para confirmarlo o descartarlo.
Mi esposo me había acompañado a la cita, y también llevamos a Jerónimo porque en el mismo edificio le harían el tamiz ese día, pero dadas las circunstancias y la preocupación del doctor, nos fuimos con una doctora especialista en angiología, para que me diagnosticara y de ser necesario me diera el tratamiento correspondiente.
Llegamos al consultorio y nos atendió una doctora bastante joven, muy amable y que desde el principio fue muy paciente y comprensiva. Yo estaba confundida y un poco triste, sobre todo porque hasta ese momento todo había estado perfecto, me sentía mucho más tranquila que las primeras semanas después de que nació Gabriel, y también estaba disfrutando la lactancia como nunca me imaginé que lo haría (ya les platicaré con detalle).
Ella me explicó, que el embarazo naturalmente provoca un estado de "hipercoagulación", porque el cuerpo se prepara para una pérdida masiva de sangre, pero que mi caso era  algo raro porque no sufrí de ningún síntoma durante el embarazo, y no tengo problemas de circulación ni sobrepeso. 
Me revisó las venas de la pierna con un aparato y no pudo encontrar el coágulo, pero al parecer, los síntomas eran suficientes para someterme a un "tratamiento preventivo", que consistía en dos inyecciones de anticoagulante diarias, por tres meses, en la panza. También existía la posibilidad de optar por anticoagulantes orales, pero eso significaba que tenía que dejar de amamantar a Jerónimo, y definitivamente eso no era opción para mi.
Me sentía súper confundida y un poco preocupada, porque la reacción de los doctores había sido algo alarmante, sobre todo antes de descartar un coágulo grande o en una vena importante.  
Finalmente salimos del consultorio, y después del tamiz de Jero que salió perfecto (motivo para estar feliz), nos fuimos a una farmacia a comprar un arsenal de inyecciones, que además resultaron carísimas.
La primera noche me inyectó mi Mamá, que todavía estaría con nosotros otro par de semanas, y me sentí aliviada porque no fue un dolor insoportable, pero mi mente no deja de trabajar un instante, y no podía dejar de pensar en las consecuencias en las que puede derivar algo así, sobre todo después de ponerme a buscar en internet, que en mi caso siempre resulta contraproducente.
Pasaron las dos semanas y yo ya tenía algunos moretones en la cintura, por las inyecciones y porque es lo que provoca el anticoagulante, y se acercaba el momento de despedir a mi Mamá. Ella se iba un sábado, mi hermana y mi cuñado la llevarían a Morelia porque mi Papá ya estaba agotado de venir a Guadalajara cada fin de semana. La noche anterior me dormí relativamente tranquila, Jero se despertó a comer al rededor de las 2 am, y más tarde me despertó un dolor tremendo de cabeza, me retumbaban los oídos y apenas podía ver; no sabía si despertar a mi esposo, pero dadas las circunstancias preferí no arriesgarme y nos fuimos al baño (para no despertar a los niños) a hablarle a la doctora . 
La doctora me confirmó que era necesario que nos fuéramos a un hospital de inmediato, y nos dio los datos de un neurólogo; yo le hablé a mi Mamá para que se quedara con los niños y nos fuimos volando al hospital.
En el camino me sudaban las manos, me daba vueltas la cabeza, no podía evitar pensar lo peor, pero esperaba con todo mi corazón que no fuera nada grave. Ya en el hospital me revisó el médico de guardia, tenía la presión en 160 y el neurólogo dio instrucciones de que me internaran para hacerme una tomografía especial de las venas de la cabeza (no me acuerdo del término médico), para revisar si era o no el coágulo que se hubiera movido (que era uno de los riesgos que me comentaron desde el principio).
Finalmente, después de estar toda la mañana en el hospital con unas ganas tremendas de regresar a la casa con mis hijos, y con urgencia de darle de comer a Jerónimo (a quién mi Mamá le tuvo que dar fórmula), el neurólogo nos confirmo que el dolor lo provocó la alta presión, misma que había provocado mi estrés, pero que la circulación en mi cerebro era perfectamente normal.
Regresamos a la casa, yo sintiéndome un poco culpable porque indirectamente yo lo había provocado, pero también tremendamente afortunada porque todo había quedado en un susto.
A partir de ese momento, decidí que no le iba a dar importancia a aquellas cosas y situaciones que no la tienen, y que lo único que merece mi atención y preocupación, es mi familia.
Tres meses, y decenas de inyecciones después, mismas que mi pobre esposo (a quien le dan pánico las agujas y la sangre) me tuvo que poner, me dieron de alta sin ninguna indicación ni cuidado particular.
Al día de hoy todo ha resultado sin contratiempos, mis hijos están creciendo sanos y felices, y nada me da más satisfacción que verlos y estar con ellos, con mi esposo y con el resto de mi familia.
Les platico todo esto a manera de desahogo, pero sobre todo, para generar conciencia de lo importante que es cuidarnos, darle la importancia a cualquier síntoma o dolor, porque finalmente ahora somos mamás y tenemos que pensar en nuestros hijos que nos necesitan. mj

jueves, 15 de noviembre de 2012

Un momento de tranquilidad...

La página de "crear entrada" en el blog lleva semanas abierta en mi computadora, y es que aunque he tenido toda la intención de compartir mis nuevas experiencias como mamá, con dos hijos súper demandantes me resulta prácticamente imposible.

En este último par de semanas, mi esposo y yo hemos estado lidiando con los inevitables celos camuflageados de nuestro hijo mayor, porque el bebé, que está a punto de cumplir 5 meses, cada vez está más despierto y exige más atención.

Y explico algunos de los términos que utilizo en el párrafo anterior: les llamo "celos camuflageados", porque por su edad, Gabriel no nos puede explicar que está harto de los ruidos a media noche (que en ocasiones lo han despertado), que le parece de pésimo gusto que durante el día (y a veces también durante la noche) el bebé tenga que estar pegado a mi cada dos horas para comer, que le cae gordísimo que ahora cuando nos visitan o cuando nos encontramos a alguien, quien llama la atención y a quien le hacen caras es al gordo de su hermano que todavía no habla ni hace nada divertido... en fin, las razones pueden ser interminables, pero su forma de desahogarse y sacar todo este coraje nos tiene frustrados y cansados.

Últimamente no podemos dejar solo a Jerónimo ni un instante, porque si Gabriel está cerca le dan unas ganas inaguantables de apretarlo hasta hacerlo llorar. Y de ninguna manera creemos que su intención sea lastimarlo (o eso espero yo), pero por lo que he investigado es hasta cierto punto normal, y por lo mismo es indispensable que los papás estemos atentos en todo momento.

También por su edad, Gabriel está pasando por una etapa de rebeldía en la que constantemente pone a prueba nuestra paciencia, si le decimos que no el lo interpreta como "si hijito, has lo que quieras", y no nos queda más que regañarlo, castigar a los juguetes favoritos, sentarlo en un sillón para que piense (que eso es lo que menos nos ha funcionado), y con arrepentimiento lo acepto, le he dado una que otra nalgada (que tampoco ha funcionado).

Por su parte Jerónimo, quién los primeros meses fue un verdadero ángel caído del cielo, ha empezado a manifestar un carácter fuerte, hace corajes hasta ponerse casi morado, y puja como un viejito hasta que el adulto más cercano le hace caso. Afortunadamente todavía estamos en la etapa "bebé/bulto", y lo podemos poner en su gimnasio ó en su silla vibradora para que se entretenga, pero eso sí, no me puede perder de vista por más de 3 minutos porque empiezan los gritos y demás manifestaciones de inconformidad.

En fin, parecen puras quejas pero la verdad nos ha ido mejor de lo que imaginábamos cuando esperábamos a Jerónimo, yo me siento mucho más segura como Mamá, y algunas cosas que antes me estresaban tremendamente, ahora son parte de la rutina diaria y pasan desapercibidas.

Tengo intención de platicarles con detalle algunas de mis recientes anécdotas, y otras ya no tan recientes como mi drama médico de algunas semanas posteriores al nacimiento de Jerónimo, y mi reencuentro con la lactancia, pero espero que estos momentos de paz y tranquilidad se den más seguido... ahora por lo pronto ya se me despertó uno, y tengo que hacer malabares para que no despierte al hermano... mj.


jueves, 16 de agosto de 2012

El esperado nacimiento




Pues tal como lo prometí, aquí estoy otra vez haciéndome un tiempito para escribir y compartir las novedades de mi ajetreada vida.
La última vez que escribí (antes de la entrada del martes pasado, que no era más que un recordatorio de nuestra existencia), estaba en la semana 35 de mi embarazo, y aunque me proponía escribir una reseña de las últimas 5 semanas, creo que mejor voy a omitirla porque en este momento solo me acuerdo del cansancio, la impotencia de no poder hacer muchas cosas, y de uno que otro día triste por ver a mi hijo mayor alejarse un poco de mi al no sentirse tan atendido como antes.
De ninguna manera es mi intención, desalentar a aquellas mamás que planean o esperan ya a un segundo hijo, al contrario, la verdad es que yo estoy feliz ahora que siento a mi familia completa (porque eso sí, de un tercer hijo ni hablar, al menos no en un futuro cercano), pero creo que es sano aceptar y compartir que hay momentos muy complicados, en los que sientes que se te viene el mundo encima y que ya no sabes ni para donde hacerte.
En fin, después de esta eterna introducción, que como siempre es más mi afán por justificar esos sentimientos encontrados que a veces quisiéramos ignorar, les cuento cómo fue la llegada de Jerónimo a este mundo.
Estaba ya en la semana 40 de gestación, había visitado regularmente a mi ginecólogo quien ya me había hecho dos de los incomodísimos tactos vaginales, y el bebé ni sus luces... de alguna manera se repetía la historia de mi primer parto, en el que después de casi 24 horas de contracciones, sólo logré dilatar un centímetro y no hubo más remedio que hacerme la (de pronto tan polémica) cesárea.
Creo que hasta ahora no les he compartido mi experiencia con el nacimiento de mi primer hijo, que en su momento me causó mucha frustración porque después de mi curso psicoprofiláctico, yo estaba empecinada con tener un parto natural, y después de cómo sucedieron las cosas sentía que de alguna manera había "fracasado", por ponerlo de una manera súper dramática como suelo expresarme.
El hecho es que Jerónimo ya estaba listo para nacer, mi doctor fue muy directo con nosotros y nos explicó que con el antecedente de mi primer parto y dadas las circunstancias, le parecía difícil que esta vez pudiera tener un parto natural (ojo: no imposible, esa decisión la tomamos mi esposo y yo, porque luego nos encanta satanizar a los doctores); decidimos esperar hasta cumplir las cuarenta semanas, y finalmente al no sentir ninguna manifestación, me operaron el Jueves 28 de Junio.
Siendo muy honesta, eso de llegar en tus cinco sentidos caminando al quirófano es verdaderamente aterrador, y más para una persona como yo que soy coyonsísima cuando se trata de hospitales, doctores, jeringas y demás parafernalia médica. Cuando mi esposo y yo llegamos a la administración a registrarme yo ya estaba temblando, y cuando llegó un enfermero con la silla de ruedas para llevarme a la "preparación", o no me acuerdo bien que otro término halloweenesco utilizó, yo de plano empecé a llorar como magdalena.
Me llevaron a un cuartito para que me encuerara y me pusiera una de esas batas como de loco con un diseño súper fashion, la enfermera me vio tan angustiada que me empezó a platicar de otras cosas para distraerme, pero yo sólo pensaba en mi hijo mayor, en qué iba a ser de él si algo me pasaba en la operación (insisto, yo vivo para el drama).
Finalmente llegue al quirófano con mis converse medio puestos (pisando el talón) y sin calcetines, y ahí ya de plano no me quedó de otra más que dejarme llevar y oír al personal médico hablando de mi como si yo no estuviera (que supongo que es común).
Primero llegó el anestesiólogo, y entre chacoteos con las enfermeras ni sentí cuando me puso la epidural, o cuando menos no sentí dolor que ya es una ventaja; después llegó mi doctor, que en todo momento trató de mantenerme tranquila, y finalmente llegó mi esposo que me pareció guapísimo con su trajesito de dr. de grey's anatomy (o alomejor eran las drogas surtiendo sus efectos).
Me parece increíble la forma en la que trabaja la anestesia en el cuerpo humano, y que a pesar de que te están cortando y moviendo no sientes dolor en ningún momento. Me acuerdo que yo no dejé de llorar un instante, pero ya eran más lágrimas de emoción que de otra cosa, y cuando por fin salió Jerónimo a las 10:02 am y me dijeron que estaba perfecto, solté el llanto y el cuerpo y me sentí nuevamente la mamá más feliz del planeta. mj