miércoles, 29 de junio de 2011

Misión imposible: hacer la maleta...


Preparar la maleta siempre es un asunto de cuidado. Antes de ser mamá con la emoción de un viaje en puerta empacaba pensando en lo que haría en las vacaciones, si el lugar era caluroso o estaba junto al mar sacaba traje de baño, gorro, chanclas y demás; si por el contrario el clima de mi destino era más bien frio empacaba para vestirme en capas y como una cebolla ir poco a poco pelando toda mi indumentaria según el frio o calor. En ese tiempo no me gustaba nada tener que hacer la maleta siempre me detenía demasiado tiempo pensando en qué zapatos llevar o probando la mejor bolsa para no llevar demasiado pero tampoco limitarme el espacio. Me quejaba antes de hacer la maleta y cuando tenía que rehacerla para regresar a casa.

Ahora me doy cuenta que mis quejas no tenían fundamento alguno, empacar para uno mismo es la cosa más sencilla, siempre y cuando no falte la ropa interior un par de jeans y unas cuantas camisetas no hay mayor problema. En cambio hacer una maleta para pasar una semana fuera de casa con mi hija de dieciséis meses fue como ir mil veces al súper pararte frente a la entrada y pensar ¿a qué vine? ¿qué me hace falta?.

Todo empieza cuando abres sus cajones  y te topas con  la diminuta ropa, ves las pequeñas camisetitas en las que sabes tu hija se ve hermosa y puede embarrarse a su antojo, luego los pantalones, las pijamas, los pañaleros, el coquetísimo traje de baño que le regalo su bisabuela, los calcetines, los zapatos, los vestidos (que nunca usa pero que se le verían divinos ahora que conozca a la familia), los shorts. Ves todo y de repente sientes que te tienes que llevar su closet completo. Respiras profundo y tratas de descartar algunas cosas, en principio las chamarras y los pants calurosos no tienen por qué ir a un lugar en el que hace un calor infernal, los deshechas y sigues viendo, eliges solo dos pantalones sin estar convencida de que sean suficientes, te llevas todas las playeras y camisas que tiene, luego recapacitas y te das cuenta de que ocho playeras y cuatro camisas para una semana son demasiadas, dejas la mitad y sigues, dudas en el tema de los pañaleros ¿son cómo la ropa interior de los bebés no?, entonces ¿hay que llevarlos o no? Si yo voy a llevar chones y bras, lo justo es que mi hija traiga pañalero saco cuatro los doblo y meto en la maleta, después de un rato pienso que la pobre que de por sí es muy calurosa se va a cocinar con ellos, los saco, meto los tres juegos de shorts y camiseta que tiene, y luego me debato por un buen rato sobre el asunto de los vestidos, al final meto cuatro, por si vamos a un lugar elegante o para que la vean linda en las mañanas, me llevo todos los zapatos que le quedan  y pijamas para frio, para calor y para climas templados.

Cuando creo que por fin terminé empiezo nuevamente a dudar, ¿qué tal si el aire acondicionado está muy fuerte y le da frio?, ¿y si se ensucia y no tengo cambios suficientes?, ¿le llevaré una toalla?, en medio de mis cavilaciones mi esposo me anuncia que faltan quince minutos para que sea la hora en la que quedamos de pasar por mi mamá, entro en pánico, veo la maleta repleta de la ropita de mi hija y me doy cuenta de que no he metido NADA para mí, como loca descuelgo y cuelgo ropa de mi closet, sin ver qué es meto una bola de ropa a la maleta, y luego voy por SU crema, medicina, liguitas, cepillo y demás, guardo mis cosméticos y doy por concluida la misión de empaque.

Bajo las escaleras y me doy cuenta que no he empacado: biberones, baberos, vaso de agua, juguetes, libros, pomada contra los moscos, pomada para los piquetes de moscos, medicina por si los mocos, medicina por si la diarrea, sus chupones y su adorada mona con la que se tiene que dormir. Mi esposo me ve desconcertado me anuncia que vamos cinco minutos tarde y va empacando a mi hija en sus sillita del coche, subo y bajo sin tener la menor idea de lo que hago, agarro un montón de porquerías que sé que no me van a servir de nada pero que en ese momento me hacen sentir mejor preparada.

Me subo al coche que ya casi va a media calle, mi esposo suelta tranquilo una pregunta que me parece un insulto ¿traes los pasaportes?, lo veo y sé que no los traigo, hago como que reviso mi bolsa, me bajo, azoto la puerta y entro a la casa a sacar esos malditos cuadernitos verdes, los tomo con fuerza y me subo de nuevo al coche. Ya vamos veinte minutos tarde, suena mi celular y veo un mensaje de mi mamá: pasaportes, visas, chupis, Oli, tupper naranja con cheerios, abua, etc. NO OLVIDAR. Lqm.

A estas alturas ya llegamos a su casa, -hola mi reina te mande un mensaje- -hola mamá, si ya lo vi, no sé si traigo todo y YO me voy a vestir horrible todo el viaje porque apenas y alcancé a hacer MI maleta (todo esto se lo digo con cara de muy pocos amigos y un tono de: mamá ni se te ocurra en este momento mencionarme una cosa más que pude haber olvidado).

El viaje queridas lectoras transcurrió sin contratiempos (sólo uno que luego me daré vuelo contándoles), mi adorada hija uso menos de la mitad de todo el ajuar que con esmero le prepare y en efecto yo me vestí horrible todos los días. Un abrazo, ya las extrañaba… cj

Ilustración Carmen Lara

lunes, 27 de junio de 2011

¡El avión!


Me acuerdo cuando de niña viajaba con mis papás, y en el avion nos tocaba la tipica pareja joven con el bebe llorón justo atrás, todo el vuelo pensaba en como era posible que no controlaran a su bestia que iba pateando y gritando cual guacamaya, picando cada botón y abriendo la mesita. Todos nos volteábamos a ver con la clásica mirada de no puede ser, que alguien les diga algo, y mis papás nos seguían la corriente como si a ellos también les pareciera extraordinario e irresponsable.

En nuestras vacaciones de la semana pasada, muchos años después, a nosotros nos toco ser la pareja joven (o eso creemos) con la bestia en el avión. Puedo decir con honestidad, que mi esposo y yo hicimos todos los esfuerzos humanamente posibles por mantener a nuestro hijo distraído, entretenido, alejado de todos los vecinos colindantes y, con intentos fallidos, dormido.

Y es que la verdad las aerolíneas, aeropuertos, y demás instalaciones y personas con las que uno tiene que convivir y lidiar cuando viaja, piensan muy poco en los niños, y mucho menos en los papás de los niños. No hay zonas seguras para entretenerlos y cansarlos si tienes que hacer una conexión, no hay preferencia en las eternas filas para registrar el equipaje, de hecho, no hay ninguna consideración para los pobres bebes aburridos, desesperados y cansados.

Tuvimos que tomar dos vuelos, tanto de ida como de regreso; de ida todavía estábamos frescos como lechugas, y nos parecía simpatico que se nos acercaran otros pasajeros a hacernos toda clase de preguntas absurdas acerca de nuestro hijo, todos íbamos emocionados por ver a la familia y por todo lo que habíamos planeado para la semana. De regreso, ya agotados, fingíamos la sonrisa cuando alguien se dirigía hacia nosotros, y casi matamos a la azafata que llego a platicarle al niñito cuando estaba a punto de quedarse dormido y dejarnos descansar por lo menos unos minutos.

No cabe duda que viajar con niños chicos es toda una experiencia, hay que cargar con la alacena por si les da sed o hambre, con libros para leerles, con el mono con el que se duermen, con cobija por que el aire acondicionado tortura, con una decena de pañales, con un cambio de ropa cuando menos, y la lista es interminable. Ademas, te tienes que convertir en contorsionista de circo porque todos los lugares son mínimos, no hay suficiente espacio para poner las cosas en el compartimento de arriba, entonces hay que llevar la pañalera y demás curiosidades entre las piernas por si algo se ofrece.

Lo mejor de todos los viajes, ademas de divertirte, disfrutar a la familia, conocer nuevos lugares, etc., es regresar a tu casa; ese sentimiento cuando vienes de regreso de "hoy por fin todos dormiremos en nuestra cama" es inigualable, y nosotros todavía lo estamos disfrutando, mi hijo se estira y ronca como un lirón.

Aprovecho para darles las gracias a las lectoras de ácido fólico por darnos una semana de vacaciones, ahora si regresamos con toda la energía, con muchas historias y anécdotas que compartir, y sobre todo, con muchas ganas de reír y llorar con ustedes. mj

viernes, 17 de junio de 2011

¡Un Mes de AF!


¡Increíble pero el sábado 18 de junio AF cumple un mes! Pronto dejará de ser recién nacido y empezará con más gracias y nuevos gestos. Estamos ansiosas por ver hasta donde llega esta aventura, contentas por sus respuestas y anécdotas y ante todo muy agradecidas por que nos leen.

La idea es no dejar de platicar sobre la maternidad, hacer del lenguaje nuestro mejor aliado y poco a poco alzar nuestra voz a favor de lo que implica ser mamá y/o papá.

Los temas no se acaban, siempre encontraremos nuevas historias y asuntos sobre los cuales escribir, pero queremos que efectivamente AF sea un dialogo por ello sus opiniones y sugerencias son fundamentales. Pueden dejar sus comentarios en el blog, escribir al correo acidofolicoblog@gmail.com, o seguirnos y comentar en Facebook o Tweeter.

Hemos charlado con algunos especialistas en temas relacionados con la maternidad que gustosos serán asesores de AF, esto no quiere decir que el espacio se volverá un sitio de consultas, al contrario, lo que buscamos es seguir con estas charlas de café y salpicarlas con información oportuna sobre los temas que tocamos.

 Un brindis por este primer mes compartido. Con cariño. AF

Collage Carmen Lara

jueves, 16 de junio de 2011

¡Qué belleza!


Hoy pondré a prueba a las y los lectores de Ácido Fólico. Para empezar les voy a pedir que cierren los ojos y recuerden el momento en el que conocieron por primera vez a su hijo, hija, nieto, nieta, sobrino, sobrina o cualquier pequeño que por razones especiales ocupa un lugar importante en sus afectos.

¿ya tienen la imagen?...


¿Qué imágenes inundaron su mente y desbordaron su corazón? (si quieren escríbanlas en los comentarios antes de terminar de leer, si no pueden dejar comentarios porque quién sabe que se ha confabulado en contra de esta sección de AF, manden un correo a acifofolicoblog@gmail.com) si no quieren escribir nada no se preocupen las seguimos queriendo…

Cuando yo hago este experimento lo primero que veo es un cuerpito largo y blanco como la leche, unas manitas que me parecen demasiado grandes, una carita roja y frunciendo el seño molesta por la luz y una hermosa cabeza repleta de cabello negro. Esa es la primera imagen que tengo de mi hija. Segundos después de abandonar mi vientre y mientras el pediatra la revisa y viste.

Cuando por fin me la acercan constato que efectivamente mi hija es color cereza, la olfateo cómo si fuera un perro y me pierdo en las sensaciones que despiertan en mi interior: es mi hija ¡ya soy mamá!, ¡no puede ser, ese pequeño bultito greñudo es mío!, pienso: ¡hola hijita mucho gusto!.

Se la llevan un rato y cuando volvemos a encontrarnos vuelvo a beberme cada parte de su diminuto cuerpo. Las uñas curveadas, las pestañas que le impiden abrir bien los ojos, su hermosa y mínima nariz, su boca color frambuesa… No es porque sea mi hija pero es realmente hermosa, increíble que nos haya salido tan bonita y ¡sana que es lo más importante!

El monólogo anterior me lo repito cada vez que tengo en brazos a mi pequeña, cuando llegan mis papás comentamos todos la hermosura y perfección de la recién llegada, cada visita me felicita y yo los obligo (sin darme cuenta) a decir que mi pequeña es la estampa de la belleza, cuando todos se van mi esposo y yo la observamos incrédulos: ¡es hermosa!

Los días pasan y yo sigo idolatrando a mi niña, aunque cada vez me resulta más familiar no deja de maravillarme su perfección. Cuando la desvisto para bañarla contemplo extasiada su cuerpo a escala, la peino, la visto y revivo el viejo sentimiento que experimentaba al jugar a las muñecas.

Si, si, si pensarán otra melosa historia de cómo una madre perdió el juicio ante su hija, nada nuevo ¿verdad? En efecto: nada nuevo. Pero les puedo asegurar que si hicieron sin trampas el experimento que les sugerí al inicio de este escrito, sus recuerdos no distan mucho de los míos. La revisión pormenorizada del pequeño, el olfateo descontrolado, la mezcla de asombro e incredulidad al constatar que ese perfecto ser tiene o tendrá una relación cercana contigo.

Los recién nacidos están diseñados para robarse nuestro corazón. Su olor, color y forma está hecho para que perdamos el sentido y nos sintamos más livianos y atentos a ellos en cuanto los vemos. La naturaleza los hace irresistibles, para que así no exista cansancio, dolor o pena que nos impida cuidarlos (aunque tristemente hay excepciones).

No conozco una sola mamá que al ver a su hijo o hija por primera vez diga: ¡pero que espanto, hijito te quiero mucho pero estás horrendo! Es casi imposible que esto suceda porque en ese momento a nuestros ojos son lo más hermoso que existe en la galaxia.

El tiempo va pasando y cada vez los vemos más chulos; unas semanas después porque ya no están hinchados, más adelante porque ya abrieron los ojos y ¡o sorpresa, son azules, verdes o grises! (el dulce engaño de los ojos claros), en los primeros meses porque están gorditos y queremos devorarlos, luego porque ya empiezan a moverse y nos hacen presas de su arma secreta: la sonrisa. Esa sonrisa que hace que nuestro corazón experimente un gozo profundo y dulce. Y bueno… la lista es larguísima, nuestro pequeño es un seductor que a mano a armada nos deshace y transforma en las personas más cursis, melosas y apasionadas.

La trampa queridas lectoras radica en qué (siento muchísimo tener que darles la noticia) nuestros hijos ni nacieron ni son los más hermosos del planeta. Mi esposo y yo caímos en cuenta de este hecho una tarde en la que decidimos ver las miles de fotos que tenemos de nuestra hija y ¡¡¡no puede ser!!! La verdad, la verdad es que era… mmmmmmm cómo decirlo, cómo cómo, bueno pues era más bien un poquitito fea. No fea, fea, pero estaba hinchada, color jitomate, con una melena negra y despeinada y una mínima naricita llena de puntos blancos. El shock no fue menor al constatar que las siguientes semanas tampoco era tan enteramente bella, se le cayó el pelo y lo que yo veía como una preciosísima cabellera consistía más bien en un puñado de pelos larguísimos en la parte superior de la cabeza acompañada de una calvicie evidente en todo el resto, además tenía unos cachetes de concurso y un cuerpo divinamente desproporcionado.

Cuando les comenté a mis papás (a manera de confesión) que la verdad, la verdad es que mi hija no había sido tan hermosa como yo la había visto, mi mamá alarmada me dijo -¡ahorita está muuucho más bonita, pero siempre ha sido hermosa ¿cómo puedes decir que era fea?- mi papá soltó una carcajada y dijo – todos los recién nacidos son espantosos, ahorita ya es una niñita y está linda, pero si estaba fea, los vemos bonitos porque los queremos-, claro que Michelle saltó a la charla y ni tarda ni perezosa dijo –pues mi hijo es la excepción, él siempre ha estado hermoso-, a lo que mi papá le contestó: -no también estaba horrendo, se le veían los cables de tan pelón, estaba medio morado y parecía un monjecito- después de esto no pudimos más que reír a carcajadas y pensar que ahora sí, nuestros hijos son lo más hermoso que existe en el planeta. ¿y ustedes qué opinan de sus querubines?. cj

Ilustración Carmen Lara

miércoles, 15 de junio de 2011

La estancia perfecta


En un principio, yo tenia el mismo concepto de la guardería que tenia Carol, lo veía como un lugar al que llevas a tus hijos unicamente cuando no tienes oportunidad de quedarte en tu casa a cuidarlos, como un lugar algo inhóspito e impersonal, en donde los niños son solo uno mas del montón y que lloran por largos ratos sin que nadie los atienda, pero como en todo lo relacionado con la maternidad, me he llevado muy gratas sorpresas.

Es verdad que yo tuve la fortuna de cuidar a mi hijo de tiempo completo, y a pesar de algunas piedras en el camino, y de que me he topado con grandes dificultades por mi falta de experiencia, lo he disfrutado tremendamente. Sin embargo, cuando cumplió al rededor de diez meses, que ya era mucho mas independiente, gateaba y se detenía con todos los muebles de la casa y arrasaba con todo lo que se le atravesaba, empece a notarlo frustrado por mis innumerables restricciones para desenvolverse libremente en el espacio en el que vivimos, además de las también limitadas actividades y diversiones que yo le ofrecía en los largos días.

Empece por buscar opciones, y como es natural en una ciudad grande como en la que vivimos, encontré decenas de propuestas de escuelas y lugares que ofrecen el servicio de guardería o estancia infantil, pero muy pocos me parecieron adecuados para lo que yo estaba buscando. Solo quería llevarlo unas pocas horas al dia para que jugara con otros niños, para que tuviera un espacio sin restricciones y conociera a otros adultos en los que confiara y de los que pudiera aprender.

Como caído del cielo encontré el lugar perfecto, cerca de nuestra casa, con unas instalaciones apantalladoras, y lo mas importante, integrado por especialistas que aman a los niños y los tratan como si fueran propios. En ese momento me sentí aliviada y contenta, pensaba en ese tiempo que los dos podríamos disfrutar todos los días, él jugando en un lugar seguro, y yo distraída en una actividad que no tuviera que ver con la maternidad, y de preferencia tuviera que ver con mi profesión.

Finalmente lo inscribimos, cumplimos con los miles de requisitos, y llevamos el material que nos solicitaron (pañales, un cambio de ropa, cepillo de dientes, cepillo para el pelo, vaso entrenador, etc.). A diferencia de muchas mamás, que aseguran que el dia en que por primera vez sus hijos vayan a la escuela van a llorar y a sentirse desoladas, yo me sentí tranquila y satisfecha, porque ademas mi hijo no mostró señales de inconformidad o de sufrimiento alguno. Los primeros tres días estuvimos en el proceso de adaptación, yo estaba un rato en su salón para que él me identificara en ese espacio, y después me salía para que conviviera con sus compañeros y se acostumbrara finalmente a la nueva comunidad a la que pertenecía.

Admito que las primeras semanas cuando me topaba con amigas o conocidas, y me preguntaban por mi hijo, yo me hacía chiquita cuando les respondía que estaba en la escuela, y de inmediato surgían las preguntas: ¿Cómo que en la escuela?, ¿No está demasiado joven?, ¿Ya estás trabajando?, ¿Y que haces cuando lo dejas?, incluso me hacían comentarios tan absurdos como "seguro te regresas a tu casa a dormir un rato".
La realidad es que nunca lo he hecho, las horas en las que mi hijo esta en la escuela yo las aprovecho para hacer miles de cosas que prefiero evitarlas cuando estoy con el, que implican estar horas en el coche caluroso, o que simplemente requieren de toda mi atención, misma que el merece al cien por ciento cuando estamos juntos.

Al dia de hoy ya lleva poco mas de cuatro meses en la escuela, semana con semana veo como avanza y descubre cosas nuevas, incluso puedo decir que lo veo adelantado con respecto a otros niños de su edad, y lo mas importante es que lo veo feliz. Igualmente yo, poco a poco he encontrado actividades que disfruto y que me hacen sentir productiva, lo que finalmente me convierte en una mujer plena en todos los sentidos.

Hoy ya no me muestro tímida cuando me preguntan si llevo a mi hijo a la guardería, por el contrario, presumo sus logros, sus avances y alguno que otro truco que le han enseñado sus maestras. Y con seguridad puedo decir, que nunca me había sentido tan orgullosa y feliz, como en mi primer festival del día de las madres cuando bailó en un escenario, en frente de un gran público, y con un bonche de niños llorando como acompañamiento. mj

martes, 14 de junio de 2011

La guardería...


Cuando mi hija cumplió ocho meses mi esposo  y yo empezamos a pensar en llevarla a la guardería. Desde el mes de nacida ella pasaba el día entero en el Centro Universitario en el que los dos trabajábamos. Le encantaba estar por ahí, que profesores y alumnos la saludaran, visitar salones y jugar con todo lo que encontraba a su paso. Ella podía con la rutina que llevábamos, nosotros en cambio, vivíamos desvelados y cansados.

Nos planteamos la posibilidad de que yo dejara de trabajar pero llegamos a la conclusión de que no era el momento de hacerlo. Cada vez que tocábamos el tema de la guardería yo terminaba llorando, sintiéndome la peor de las madres y haciendo acopio de todas las fuerzas que me quedaban para mantener la extenuante rutina en la que vivíamos. Bajé todos los kilos del mundo y vivía entre la culpa, la preocupación y la decisión que no me atrevía a tomar.

Y es que en mi mente, la guardería era lo peor que le podía pasar a un bebé. Yo crecí con una mamá de tiempo completo, cuando estudié psicología me encantó la teoría del apego, admiraba y apoyaba la decisión de Michelle de pasar el día entero con su hijo, en pocas palabras: sabía hasta el tuétano que lo mejor para los bebés es tener a su mamá cerca durante los primeros años.

Lamentablemente vivía en una ciudad en la que mis conocidos cumplían la misma jornada laboral de ocho horas que yo. Las opciones eran dos 1) conseguir a alguien que cuidara a mi hija en la casa o 2) buscar una guardería.

La primera opción la descartamos porque mi hija estaba tan acostumbrada a estar fuera de casa que quedarse toda la mañana encerrada la hubiera vuelto loca. Así que optamos por la segunda y empezamos a buscar una guardería.

Al principio parecía que estaba buscando una universidad, cuestionaba cada cosa del lugar y pedía que me describieran el método educativo que llevaban y demás especificidades, las maestras que no estaban acostumbradas a eso se me quedaban viendo como si estuviera loca. Después de ponerle peros a unos cuantos lugares decidí que lo más importante era que fuera un lugar seguro, limpio y con suficiente personal para atender a los pequeños.
Cuando por fin nos decidimos nos trataron como si la institución efectivamente fuera una universidad, nos solicitaron todo tipo de papeles y material y nos interrogaron durante casi dos horas sobre cada detalle de la vida de nuestra hija. Cuando todo estuvo listo ¡llegó el día!.

Con cámara en mano y el estómago revuelto nos acercamos a la puerta de entrada, según nosotros le explicamos a nuestra hija las actividades del día y avanzamos hasta el famoso filtro (espacio en el que reciben a los pequeños les toman la temperatura, revisan el pañal y cuestionan a los padres sobre la salud y el porvenir de su hijo). Todo estaba en orden, solo faltaba dejarla.

La que en ese momento se convirtió en su primera maestra la cargo y abrazo dándole la bienvenida, volteó hacía mí y con muchísima sensibilidad y ternura me dijo –no se preocupe señora, su hija va a estar bien, aquí se la cuidamos- tomó la manita de mi hija y la ayudo a despedirse, yo me aguante las ganas de llorar y patalear frente a la reja y vi como se la llevaban, mientras mi esposo me conducía hacía el coche.

Fueron tres horas eternas en las que no me separé del celular y vi el reloj cada cinco minutos, a la hora de ir por ella, nos la entregaron sonriente y tranquila. Las mañanas que siguieron se repitió la escena: filtro, despedida, condolencia por parte de la maestra, etc. Mi hija nunca lloró y siempre salía contenta. Poco a poco me fui haciendo a la idea de la guarde, la maestra me contaba y escribía los pormenores de las tres horas que mi niña pasaba con ella y atendía siempre amable mis dudas  y preguntas.

He cambiado radicalmente mi postura sobre las guarderías, estoy convencida de que si uno encuentra el lugar y a la maestra adecuada son espacios de una enorme riqueza para los bebés y un gran apoyo para los papás. cj

lunes, 13 de junio de 2011

El esposo



Es muy cierto cuando dicen que tener un bebé pone a prueba a cualquier pareja, por más estable o perfecta que parezca, y la mía no fue la excepción. Aún cuando mi embarazo fue planeado y deseado, nunca imaginamos que nuestra vida cambiaría tan radicalmente cuando llegara el tercer miembro de la familia (o cuarto, si contamos a Pancho nuestro perro).

Durante el embarazo vivimos juntos la incertidumbre de si convenía o no que yo dejara mi trabajo, pensábamos en las implicaciones de vivir de un solo sueldo considerando las deudas y los gastos futuros, y lo mucho que valía hacer algunos sacrificios para que yo me quedara en la casa con mi hijo. Afortunadamente siempre me sentí apoyada, pero en ese momento yo seguía trabajando y llevando mi vida normalmente, y no sabía con certeza lo que me esperaba en los siguientes meses.

Ya les he platicado lo que fueron para mí los primeros días después de la tan esperada llegada, y como es obvio, todas mis frustraciones y sufrimientos los tenía que descargar con alguien, para pésima suerte de mi esposo.

No podemos negar, que así como las mujeres somos afortunadas por ser las únicas que podemos llevar en nuestro vientre a otro ser humano, así como el resto de las maravillas de las que somos capaces, y que desde que tenemos uso de razón nos inculcan, por momentos es inevitable que nos sintamos en desventaja.

Durante el embarazo nos inflamos poco a poco, y en las últimas semanas llevamos un gigantesco balón que nos agota y nos hincha las piernas; el parto no es la experiencia más divertida que digamos, o cuando menos no lo fue en mi caso que pase por horas enteras de terribles contracciones, para que finalmente mi hijo naciera mediante cesárea; y así la lactancia, y el resto de las implicaciones de ser mujer.

Todos esos cambios y pasos difíciles se comparten para bien o para mal, pero siendo honestas, creo que todas pasamos por esos instantes en los que nos dan ganas de patear a nuestra pareja cuando ronca, mientras nosotras le damos de comer al bebé en la madrugada, porque “ellos no pueden amamantar”, o porque al día siguiente madrugan para irse a la oficina.

La mayoría de las mujeres que disfrutamos del trabajo y del ejercicio de nuestra profesión, inevitablemente sufrimos una silenciosa frustración cuando dejamos todo para dedicarnos a ser mamás de tiempo completo, y en mi caso, esa situación me orilló a vivir en un constante reclamo hacia mi esposo; “Claro, tú estás fresco porque dormiste toda la noche, en cambio yo me desperté doce veces a darle de comer y cambiarle el pañal al niño”, ó, “seguro no tienes hambre porque comiste delicioso con tus cuates del trabajo, mientras que yo no he podido ni bajar a la cocina porque el bebé quiere estar cargado todo el tiempo”, ó, “ahora si ni te me acerques porque ni tiempo tuve de bañarme ni lavarme los dientes”.

Afortunadamente como todo en la vida, esa etapa pasó, y poco a poco me desprendí de mi antigua realidad y empecé a disfrutar el momento, entendí lo afortunada que soy de poder compartir con mi hijo cada instante de su vida, y sin justificar algunas incomprensiones por parte de mi esposo, también acepté lo difícil que era para el estar con nuestro hijo solo un par de horas al día, y encima llegar a la casa y tener que aguantar a una esposa histérica y al borde de la locura. mj


Ilustración Carmen Lara