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lunes, 13 de junio de 2011

El esposo



Es muy cierto cuando dicen que tener un bebé pone a prueba a cualquier pareja, por más estable o perfecta que parezca, y la mía no fue la excepción. Aún cuando mi embarazo fue planeado y deseado, nunca imaginamos que nuestra vida cambiaría tan radicalmente cuando llegara el tercer miembro de la familia (o cuarto, si contamos a Pancho nuestro perro).

Durante el embarazo vivimos juntos la incertidumbre de si convenía o no que yo dejara mi trabajo, pensábamos en las implicaciones de vivir de un solo sueldo considerando las deudas y los gastos futuros, y lo mucho que valía hacer algunos sacrificios para que yo me quedara en la casa con mi hijo. Afortunadamente siempre me sentí apoyada, pero en ese momento yo seguía trabajando y llevando mi vida normalmente, y no sabía con certeza lo que me esperaba en los siguientes meses.

Ya les he platicado lo que fueron para mí los primeros días después de la tan esperada llegada, y como es obvio, todas mis frustraciones y sufrimientos los tenía que descargar con alguien, para pésima suerte de mi esposo.

No podemos negar, que así como las mujeres somos afortunadas por ser las únicas que podemos llevar en nuestro vientre a otro ser humano, así como el resto de las maravillas de las que somos capaces, y que desde que tenemos uso de razón nos inculcan, por momentos es inevitable que nos sintamos en desventaja.

Durante el embarazo nos inflamos poco a poco, y en las últimas semanas llevamos un gigantesco balón que nos agota y nos hincha las piernas; el parto no es la experiencia más divertida que digamos, o cuando menos no lo fue en mi caso que pase por horas enteras de terribles contracciones, para que finalmente mi hijo naciera mediante cesárea; y así la lactancia, y el resto de las implicaciones de ser mujer.

Todos esos cambios y pasos difíciles se comparten para bien o para mal, pero siendo honestas, creo que todas pasamos por esos instantes en los que nos dan ganas de patear a nuestra pareja cuando ronca, mientras nosotras le damos de comer al bebé en la madrugada, porque “ellos no pueden amamantar”, o porque al día siguiente madrugan para irse a la oficina.

La mayoría de las mujeres que disfrutamos del trabajo y del ejercicio de nuestra profesión, inevitablemente sufrimos una silenciosa frustración cuando dejamos todo para dedicarnos a ser mamás de tiempo completo, y en mi caso, esa situación me orilló a vivir en un constante reclamo hacia mi esposo; “Claro, tú estás fresco porque dormiste toda la noche, en cambio yo me desperté doce veces a darle de comer y cambiarle el pañal al niño”, ó, “seguro no tienes hambre porque comiste delicioso con tus cuates del trabajo, mientras que yo no he podido ni bajar a la cocina porque el bebé quiere estar cargado todo el tiempo”, ó, “ahora si ni te me acerques porque ni tiempo tuve de bañarme ni lavarme los dientes”.

Afortunadamente como todo en la vida, esa etapa pasó, y poco a poco me desprendí de mi antigua realidad y empecé a disfrutar el momento, entendí lo afortunada que soy de poder compartir con mi hijo cada instante de su vida, y sin justificar algunas incomprensiones por parte de mi esposo, también acepté lo difícil que era para el estar con nuestro hijo solo un par de horas al día, y encima llegar a la casa y tener que aguantar a una esposa histérica y al borde de la locura. mj


Ilustración Carmen Lara

miércoles, 8 de junio de 2011

Hijita ¡Cuidado con las cajas!


- Hijita ¡bájate de los libros!, ¡no te comas la tierra!, ¡nooooo, cuidado qué eso es de vidrio y te puedes cortar!, ¡suelta el cable!, ¡deja el contacto!, ¡saca la mano que te machucas!, ¡la basura está sucia huácala, cierra el bote!..

… Cinco minutos después escucho un llanto profundo, agudo y desconsolado, a punto de que  se me salga el corazón corro y veo que mi hija llora dentro de una caja –¡mi amor qué paso!, ¡te dije que no te metieras a la caja ¿ves? ¡hay que tener cuidado! ¿¡dónde está tu papá!?. Mi hija llora unos cuantos segundos más la saco de la caja y se va caminando como si nada en busca de otra caja o peligro. Yo me cercioro de que no encuentre un arma letal en su camino y como fiera salvaje busco a mi esposo –¿dónde estabas? Tu hija se metió a una caja, se volteó y se asustó?, no le paso nada, pero se pudo haber dado un golpe tremendo y tú…

La realidad es que él (mi esposo), estaba moviendo cajas, empacando libros, acomodando los muebles para prevenir accidentes, en fin haciendo de todo para que las horas se pasen rápido y sin más percances. Pero en el instante en el que algo le pasa a mi hija odio tener que asumir la responsabilidad y prefiero pensar que la culpa es de él.

Si empacar y mudarse es pesado, hacerlo con una niña de quince meses que no se está quieta y quiere jugar con todo lo que se encuentra a su paso es toda una prueba de salud mental. A estas alturas que se meta las manitas inmundas de tierra y polvo a la boca o se quede pegada con la cinta que cerramos las cajas ya es algo de todos los días. En este mes he constatado que definitivamente lo que no te mata te hace más fuerte.

Sin duda algo que para mí es muy desgastante es tener mil cosas que hacer y a la par tener que cuidar a mi hija. Porque sucede que trato de hacer todo al mismo tiempo y al final nada sale como esperaba y acabo sintiéndome mal por exigirle a mi hija que me entienda y con un terrible remordimiento de consciencia por reclamarle a mi esposo cada vez que algo no sale como quiero.

Hasta hace un mes mi esposo y yo trabajábamos en el mismo lugar y nos ocupábamos de mi hija casi en la misma proporción: los dos la bañábamos, cambiábamos, arrullábamos y pastoreábamos por igual. En el último mes nuestra vida se ha reconfigurado, no sólo cambiamos de espacio geográfico (mañana dejamos Lagos de Moreno para instalarnos definitivamente en Guadalajara), yo dejé de trabajar y por el momento me encuentro en una especie de tierra de nadie entre el caos de la mudanza, el cuidado de mi hija y la incertidumbre laboral.

No me quejo. He disfrutado no tener trabajo, me encanta contar con todo el tiempo del mundo para jugar con mi hija sin presiones, me gusta la idea de pasar las tardes con Michelle y los niños, pero todo ha sido tan rápido que a ratos siento que soy otra persona.

Sin duda lo que más voy a extrañar es el compartir todas las actividades del día con mi esposo; platicar de cada avance de nuestra hija, celebrar las nuevas palabras, exagerar sus gracias y saber que no son sólo mis ojos los responsables de su bienestar. Por supuesto sé que él estará ahí al final del día, que en el momento en el que lo necesite sólo tengo que llamarlo, pero no será lo mismo y tengo que empezar a acostumbrarme y volver a ser una persona agradable y amorosa, de lo contrario estoy segura de que le pedirá a la mudanza que mejor lleve sus cosas a otro lugar porque convivir con una esposa al borde de la histeria no está nada bien. cj

Ilustración Carmen Lara