miércoles, 7 de septiembre de 2011

¡Oh no! Otra vez fin de semana.


Antes de ser mamá, los fines de semana eran el momento más esperado, contaba los días para que llegara el sábado, y finalmente cuando llegaba, disfrutaba levantarme un poco más tarde de lo normal, desayunar en pijama, comer con mi esposo, y si no teníamos alguna reunión social programada, íbamos al cine a altas horas de la noche porque no importaba desvelarnos.
Ahora los sábados y los domingos son días de cansancio, de rompernos la cabeza pensando en nuevas actividades para mantener a los niños entretenidos, y obviamente agotarlos para que en la noche caigan rendidos y nos dejen dormir.
Yo pensaba que conforme pasaran los meses, y mi hijo creciera, esos días serían más fáciles y relajados; cuando era recién nacido, y aún en sus primeros meses, yo vivía en el estrés total porque no le podía quitar los ojos de encima ni un segundo, cada tres horas le daba de comer, le cambiaba el pañal, y lo tenía que mantener entretenido y abrazado porque dormía muy poco.
Ahora que ya es un niño, que se comunica un poco más con nosotros, tenemos que estar pensando constantemente en actividades, juegos y distracciones para que no se aburra y destruya la casa. A veces es un dilema si salimos o mejor permanecemos en el encierro, porque cada opción tiene sus pros y sus contras, pero ninguna es menos cansada que la otra.
Si decidimos quedarnos en la casa, por lo general comemos más tranquilos porque si no se le antoja una cosa le ofreces otra, y así hasta que logras llegar al punto en el que piensas “bueno, ya se comió dos chícharos, un brócoli, un rollito de jamón y dos galletas marías, yo creo que aguanta hasta la cena”, lo bajas de su silla para que corra libremente (y saque todo lo de la alacena, juegue con los sartenes y se coma una croqueta), pero cuando menos tienes oportunidad de comer algo.
Si decidimos salir a comer a un restaurante preparamos una pañalera de lo más profesional, con opciones para distraerlo, algunos snacks por si el servicio es lento y la comida tarda un siglo, y con un paquete grande de toallitas húmedas para el batidillo que de antemano sabemos que van a dejar. Una de las ventajas, aunque me da mucha pena admitirlo, es que cuando sales realmente no te importa si tu hijo escupe la comida, o si decide desbaratar un pedazo de pan, o ponerse el espagueti en el pelo, solo te haces de la vista gorda y escondes el tiradero con el pie, con la esperanza de que los meseros que más tarde tendrán que recoger no le escupan a tu comida.
Es una lástima que, aún viviendo en una ciudad grande como Guadalajara, son muy pocos los lugares a los que puedes ir con niños menores de dos o tres años que tienen área de juegos; y no me refiero a un McDonalds o Burger King que tienen juegos monumentales, que por lo general huelen a patas y puedes ver a niños de catorce años trepándose por el pasamanos, sino a lugares limpios, cerca de los papás, con alguien que los vigile y lo más importante, seguros.
Pero mientras no existan opciones amigables, tendremos que seguir con la disyuntiva de los fines de semana ¿cocino en la casa para después pasar tres horas limpiando, o salgo a comer para que me atiendan y paso tres horas estresada persiguiendo a mi hijo?. En fin, uno más de los dilemas que enfrentamos los padres, que vivimos para nuestros hijos, pero que de vez en cuando deseamos darnos uno que otro gustito. mj
Ilustración: Carmen Lara

martes, 6 de septiembre de 2011

Entre tantos gastos...


Toda mi vida había escuchado que tener un hijo es un gasto enorme, la mayoría de las veces lo oía cuando yo o mis hermanos éramos el enorme gasto del que hablaban, hecho que me hacía  sentir un poco culpable y en eterna deuda con mis papás.

Antes de convertirme en mamá pensé mil veces en todo lo que tendríamos que gastar, le recitaba a mi esposo listas imaginadas de todo lo que en determinado momento podríamos llegar a necesitar y lo que nos costaría, él siempre trató de tranquilizarme y me decía que si planeábamos bien, no tendríamos mayor problema.

Durante el embarazo me sorprendí enormemente al ver la cantidad de “porquerías” (perdón pero no encuentro otra forma para nombrar a la serie de inútiles objetos) que tratan de venderte (ya lo dijo muy bien Michelle en su entrada del 30 de junio Las necesidades innecesarias).

El caso es que no es un mito que tener un hijo resulta costoso, un día hasta me encontré en Internet una aplicación llamada BABY COST CALCULATOR, en la que después de ingresar algunos datos te daban un aproximado de lo que gastarías anualmente en tu hija o hijo, por supuesto la idea de conocer la cifra me dio pánico por lo que he decidido yo sola llevar mis cuentas.

Pero el día de hoy no hablaré de lo que se gasta, después de un año y medio de ser mamá he encontrado algunas estrategias para no gastar tanto, que por si fuera poco ayudan a no sumarnos al desmedido consumo en el que vivimos y le dan “otra oportunidad” a objetos, juguetes y ropa.

Ropa
No recuerdo si semanas antes o semanas después de que nació mi hija una prima amablemente me llamó para preguntarme “con toda confianza” si quería la ropa que a su hija ya no le quedaba, yo no dude un segundo y le dije que por supuesto que si. Acto seguido mi mamá llegó a Guadalajara con todo un guardarropa para mi pequeña, mismo que utilizó con todo gusto.

El fin de semana pasado mi querida prima me surtió de la nueva vieja ropa de su hija: vestidos, mamelucos, pantalones, mayas, suéteres, sudaderas, pants, zapatos, tenis y un largo etcétera que mantendrá abrigada y divina a mi pequeña en otoño e invierno.

Hay muchas personas a las que les parece ofensivo que sus hijos usen ropa de segunda mano, yo estoy convencida de lo contrario, es ofensivo al planeta y la economía gastar enormes sumas de dinero en ropa que usan unas cuántas veces.

Mi recomendación en este sentido es crear redes y rolar la ropa, por supuesto que no vamos a usar lo que esté acabadísimo pero no me dejaran mentir, la mayor parte de la ropa aguanta mucho más que el uso de un bebé.

Juguetes
Hace un par de meses Michelle su esposo e hijo, y yo mi esposo e hija emprendimos una larga travesía en busca de unas tortas “deliciosas” que venden en la colonia en la que vivió mi esposo toda su vida, (la larga travesía se debe a que los suculentos manjares sólo los venden los lunes y el lugar se atasca a más no poder). Después de un buen rato de buscar estacionamiento, por fin encontramos y mientras caminábamos al famoso puesto, nos topamos con una pequeña “venta de juguetes”.

El letrero había sido escrito por un niño, que al vernos caminar con los pequeños salió a nuestro encuentro y con gracia y cortesía nos invitó a ver los juguetes que vendía. Michelle y yo parecíamos las niñas pues todo queríamos comprar, el pequeño vendedor muy educado nos demosttó cómo funcionaban los juguetes y nos dijo porque a nuestros hijos les gustarían. Al final yo compré un teléfono de plástico que se jala con un cordón y un helicóptero que también se puede arrastrar, Michelle compró unos carritos estilo matriuska que se guardan uno encima de otro. Yo gasté cuarenta pesos y a la fecha el teléfono es la manzana de la discordia en mi casa, pues mi hija lo adora y mi sobrino llega directo a buscarlo.

Hasta ese día no habíamos considerado el buscar juguetes usados, la verdad es que tampoco hemos comprado muchos juguetes, casi diría que no hemos comprado pues la mayoría de los que tienen se los han regalado. Pero es un hecho que buscando podemos encontrar juguetes casi nuevos a un precio de concurso.

Sillas, carriolas y demás…
Antes de regresar a Guadalajara mi mamá me ayudo a organizar una venta de cochera en la casa de Lagos de Moreno, no queríamos cargar con cosas que ya no necesitábamos por lo que pusimos todo nuestro tendido y les avisamos a los vecinos de nuestro evento.

La venta fue un éxito, pero lo que más nos sorprendió fue lo rápido que se vendieron dos carriolas y unas sillitas para el coche, todo estaba en muy buen estado y la verdad es que son objetos tan caros que cuando se encuentran bien y funcionales de segunda mano son una excelente opción.

Intentar ahorrar
Con los hijos parece que como entra el dinero sale, la mayoría de padres de familia voltean los ojos ante la sola mención de una cuenta de ahorro o algo por el estilo. Yo no soy una persona gastadora pero podría ser más ahorrativa, mi papá siempre ha sido una persona muy buena para ahorrar y no pierde la oportunidad para sugerirnos que empecemos a guardar para la escuela, universidades y demás gastos que llegarán cuando crezcan nuestros hijos. Consejo que aunque todavía no implementamos esperamos llevar a cabo pronto.

Mi abuela materna, otra excelente (pero verdaderamente excelente) ahorradora, desde hace unos años implementó una creativa técnica de ahorro, que ahora (espero no se enoje) les voy a compartir.

El secreto está primero en seleccionar una botella de plástico de litro y medio (puede ser de agua o refresco) y hacerle una pequeña incisión en la parte de arriba, con lo que acaba siendo una rudimentaria pero muy útil alcancía, que durante un año se tendrá que llenar sólo con monedas de diez pesos.

En realidad es un ahorro que no se siente porque pones el cambio que te dan (o el que le dan a tu esposo), la moneda que te encuentras en el pantalón o en una bolsa que tenías tiempo sin usar, etc. Si eres constante al cabo de un año (¡o tal vez antes) la botella estará completamente llena (hay que sacudirla de repente para que se acomoden las monedas y puedas ahorrar un poco más), el caso es que al final el ahorro será alrededor de ¡ocho mil pesos!, en monedas que de otra manera se hubieran ido en gastos que ni nos damos cuenta.

A la fecha mi botella va bastante bien, todavía le falta pero ya les contaré que tal me va a fin de año, mi abuela y sus amigas tienen organizado todo un evento para abrir todas juntas sus botellas y celebrar sus ahorros. Así  que busquen su botella y a llenarla, que estoy segura que no les estorbará el dinero. cj

Ilustración Carmen Lara

lunes, 5 de septiembre de 2011

Y pasó el susto...

Por fin pasamos la semana, después de una terrible infección que verdaderamente removió los más profundos miedos y preocupaciones. Pasaron tres días con antibiótico antes de que la fiebre cediera, aunque mi hijo no perdió el ánimo y las ganas de jugar en ningún momento, simplemente porque esa es su naturaleza.
Definitivamente no hay estrés más grande, ni desvelo más eterno que cuando tu hijo se enferma; el sentir la necesidad constante de ir a revisar su temperatura, de seguir cada una de sus respiraciones por el monitor, y de bajar de la cama de un salto cuando lo oyes llorar y gritar mamá.
Y es irremediable, es algo que las mamás no podemos evitar, en mi caso el apoyo de mi esposo es invaluable, el tenerlo a un lado cuando le doy la medicina a mi hijo, o cuando le preparo la tina a las cuatro de la mañana para bajarle la calentura, pero de ninguna manera me hubiera podido quedar en la cama para que él lo hiciera, aunque su preocupación era la misma.
Es una realidad que el amor por un hijo no se puede comparar, cuando lo ves feliz, gritando y corriendo, sientes que el corazón te crece cada instante, y que ya no es posible quererlo más; pero cuando lo ves enfermo, o cuando se siente mal por el motivo que sea, eres capaz de cualquier cosa, lo que sea para evitarle el sufrimiento, y aunque parecía imposible lo amas todavía más.
El fin de semana vinieron mis papás, los súper abuelos, porque no hay otra forma de describirlos; mi hijo y mi sobrina se deshacen de amor por ellos, cuando Carol y yo se los dejamos no nos voltean a ver, y cuando llega la hora de despedirse lloran desconsoladamente. Mi hijo, ya recuperado, se quedó a dormir con ellos el sábado, y mi esposo y yo tuvimos oportunidad de salir al cine y a distraernos un rato, y por fin descansamos.
Esta es una semana particularmente difícil, y aunque este espacio fue creado para compartir nuestra experiencia como mamás, con sus momentos buenos y malos, creo que también es importante compartir las lecciones que nos ha dado la vida y que finalmente nos han hecho lo que somos hoy. Hace ocho años estábamos en un hospital despidiendo a nuestro hermano menor, y fue ahí donde yo conocí el más puro e incondicional amor de unos padres a sus hijos. Hoy más que nunca admiro y respeto profundamente a mis papás, hoy que sé lo que es el amor por un hijo, y me considero la persona más afortunada por tenerlos, y porque ahora, además de los mejores padres, son los mejores abuelos.
Más adelante me gustaría contarles algunas de las mejores anécdotas que recuerdo de mi hermano, que a pesar de sus errores y defectos, era una persona sumamente noble y amorosa, y se hubiera vuelto loco con sus sobrinos.
Parece que lo que escribí el día de hoy no tiene ni pies ni cabeza, pero tiene mucho más sentido del que se imaginan; de cualquier forma aclaro, que particularmente este día no pude ser más sincera, les compartí exactamente lo que tengo en el corazón y espero que se queden con algo positivo. mj
Hoy dejamos descansar a la ilustradora, está agotada después de perseguir a sus nietos todo el fin de semana.  

jueves, 1 de septiembre de 2011

El periodo de adaptación (parte 2)


Después de la semana de adaptación llegó el fin de semana, algo de calma, largas sesiones de apapachos familiares a mi hija y el domingo por la noche de nuevo nos rondó la angustia al preparar todo lo necesario para la escuela.

El lunes la mañana transcurrió tranquila, llegamos a la escuela sin problemas y con poco tráfico. En la puerta de la escuela mi hija soltó mi mano, tomó la de la directora y lloró un poco, me esperé a ver si el llanto se hacía mayor pero no escuche nada. Fue el primer día que mi hija pasó las cuatro horas en la escuela así que llegué por ella con unas ansias tremendas, antes de tocar el timbre escuche su inconfundible risa en uno de los salones, cuando entré me recibió contenta, me enseñó el salón en el que jugaba con los otros pequeños que como ella todavía no se habituaban a la siesta y siguió jugando como si yo no estuviera.

El martes en la mañana se repitió la escena del día anterior, felicidad y plática mientras caminamos a la escuela, duda y asombro al llegar a la puerta y grito seco y contundente en el instante en el que nos despedimos. A la una que pasé por ella me recibió feliz y descansada pues durmió la siesta completa. Le pregunté a la directora y a su maestra cómo la veían y me dijeron que ya estaba del otro lado, que en cuanto entraba al salón se ponía feliz y jugaba a la hora del lunch comía de concurso y poco a poco se habituaba a la rutina. Me sentí feliz, orgullosa y tranquila.

El miércoles mi esposo la llevo a la escuela y ¡¡¡no lloró!!!, le dio la mano a su maestra, apenas se despidió de su papá y entró tranquila a su salón. Cuando pasé por ella me recibió más platicadora que nunca, y despidiéndose de niños y maestros como miss universo.

No seguiré contándoles cada día de su primer año porque no es justo para ustedes, sin embargo estoy segura de que siempre recordaré está etapa, mi miedo y angustia y sus llantos ansiosos los primeros días. Sé que falta mucho camino por recorrer y que probablemente llegarán algunos días en los que no se va a quedar tan tranquila y extrañará pasar toda la mañana conmigo. Pero estoy convencida de que estar unas cuantas horas en otro espacio, con otras personas y un sinfín de atractivas actividades le beneficiará muchísimo.

Viendo a la distancia la experiencia de las últimas semanas caigo en cuenta de las enormes implicaciones que conlleva el ser mamá/papá, lo queramos o no cada cambio, decisión o nueva aventura en la vida de nuestros hijos, esta embadurnada de nuestros sentimientos, ambivalencias y dudas sobre lo que queremos para ellos.

Una de las cosas que más me ayudo en estos días fue el hablar sobre el asunto; con mi esposo, mi mamá, Michelle y amigas pero  sobre todo con mi hija, le explique lo que yo sentía y traté de poner en palabras lo que ella podía estar sintiendo, jugamos a ir a la escuela y luego volver a vernos, también a que ella se despide y que yo no me voy. Le hablé y la abrace hasta hartarla no sé cuanto de todo lo que dije entendió pero estoy segura de que cada vez se acostumbra más a mis largas charlas y algo de ellas entiende. cj

Ilustración Carmen Lara 

miércoles, 31 de agosto de 2011

La terrible fiebre


Pues desafortunadamente hoy tendré que ser muy breve, porque mi hijo está en casa con una infección en la garganta, y unas calenturas de miedo.

Desde la semana pasada les platiqué en alguna de mis entradas, que el terrible moco había regresado a nuestras vidas, pero parecía inofensivo hasta que este pasado Lunes, a las once y media de la noche, mi hijo se despertó con 39 grados de temperatura.

Lo saqué de la cuna hirviendo, rojo como jitomate y sudando, le quitamos el mameluco y de inmediato le dimos tempra. Afortunadamente está acostumbrado a tomar muchísima agua, así es que él mismo la solicitó cuando vio mi vaso lleno en mi buró…y tomó y tomó.

Estuvo con nosotros en la cama alrededor de media hora, hasta que la fiebre cedió y finalmente lo regresamos a su cuna con todas las precauciones; en ese momento pensábamos en los dientes, se asoman un par de colmillos y me han contado historias de terror alrededor de esos temibles y picudos dientes, así es que asumimos que nosotros empezábamos con lo propio.

Ayer amaneció con temperatura, un poco más baja, le administré nuevamente el medicamento, que como ya les he platicado me costó un par de gritos y empujones, le di de desayunar, y para cuando llegó la hora de ir a la escuela ya estaba perfecto. Yo, todavía pensando que eran los colmillos, le comenté a la enfermera que lo recibe de la calentura, de la medicina, y ella solo se limitó a decirme que no me preocupara, si la fiebre volvía me hablarían de inmediato.

Cuando lo recogí de la escuela lo note algo desanimado, pero no tenía fiebre, si a caso “febrícula” como le dice nuestro pediatra; Carol nos invitó a comer, y cuando llegamos a su casa mi hijo ya estaba hirviendo otra vez.

Regresamos rápido a la casa y lo metí a la tina con agua tibia, estuvo un rato jugando y tallándose los ojos, lo saqué y lo eché en su cuna para la siesta. Teníamos cita a las 6 con el doctor, lo tuve que despertar a las 5:30 y prácticamente le salía humo, con escalofríos lo subí rápido al coche y salimos de la casa.

Llegamos al doctor y ya nos esperaba mi esposo, yo ya un poco alterada porque cada vez veía peor a mi bebé; nos recibieron diez minutos después, y a mí se me hizo una eternidad, y en cuanto entramos al consultorio mi hijo se puso como loco y lloró como magdalena, a pesar de que el doctor es su tío abuelo le tiene un miedazo.

Lo revisó en mis brazos, vio sus encías y me preguntó por las temperaturas que le habían dado, en ese instante me confirmó que después de los 38 grados ya no pueden ser los dientes, e insistió que por esa razón solo les da febrícula, me dio un poco de risa internamente.

Salimos del doctor con receta para antibiótico, al parecer tiene una infección en la garganta y por eso está comiendo poco, tiene alta la temperatura y el moco incesante; en fin, gajes del oficio pero que no dejan de sacar importantes sustos, ahora estoy en mi casa vigilando cada uno de sus movimientos, lo he metido a la tina cuatro veces en dos días y seguiré al pendiente. mj
Imágen: Carmen Lara

martes, 30 de agosto de 2011

El periodo de adaptación (parte 1)


En la mayoría de las escuelas, kínderes, maternales o guarderías desde hace algún tiempo se instauraron periodos de adaptación, esto para que los pequeños poco a poco se habitúen a la separación de mamá y/o papá y se integren mejor al nuevo ambiente.

Cuando mi hija entró a la guardería en Lagos tenía ocho meses, todavía era muy pequeña y el periodo de adaptación lo vivió como un día más en el lugar que poco a poco fue conociendo y convirtiéndose en su escuela.

El lunes pasado inició de nuevo su carrera escolar, está vez en una pequeña escuela Montessori  que desde siempre me ha encantado.

Dicho lo anterior les comparto la crónica de los primeros días:

Lunes 15 de agosto: la escuela estuvo abierta de nueve a doce para que los pequeños junto con papá y/o mamá la visitaran, exploraran sus espacios y jugaran con todo lo que se encontraban a su paso. En la mañana mi hija y yo nos apuramos para estar listas y aprovechar la visita a su escuela para conocer la ruta que haríamos día a día, probar el tráfico, encontrar un buen sitio de estacionamiento, etc. Llegamos temprano, yo contenta mi hija todavía somnolienta, encontramos el patio de la escuela lleno de pequeños exploradores y padres nerviosos y a la expectativa. Pasamos un par de horas recorriendo la escuela JUNTAS pues en ningún momento mi hija se aparto más de dos metros de mi lado.
El veredicto: mi hija sospecha ampliamente que pronto pasará toda la mañana en la escuela.

El resto de la semana mi hija no asistió a clases, pues los niños van entrando de uno por uno para contar durante su primer día con toda la atención de su maestra. Por orden de inscripción el primer día de mi hija fue el 22 de agosto, durante toda esa semana estuvo en el periodo de adaptación que consiste en ir dolo dos horas diarias.

Madrugada entre el domingo y el lunes 22 de agosto: yo no dormí un segundo, mi hija se levanto a las 6:34 de la mañana.

Lunes 22 de agosto: todos sabíamos que sería un día diferente pero tratamos de iniciarlo sin mucho arguende, el desayuno transcurrió normal a pesar de que fue más temprano, luego el cambio de ropa y a las 8:37 salimos rumbo a la escuela. ¡Terror! Todas las escuelas iniciaron oficialmente el día de hoy y el tráfico está peor que nunca, llegamos a las 9:18, después de llantos en el coche y la suplica interminable de mi hija pidiendo el agua que estúpidamente dejé sobre la barra de la cocina. A pesar de que le canté y traté de no sulfurarme ante la fila interminable de autos y las calles abarrotadas todo el tiempo me sentí culpable de someter a mi pequeña a un horario y luego a ese caos vial.
Al llegar a la escuela yo solo quería llorar y mi pequeña también, su amable maestra la recibió tan rápido que apenas nos despedimos. Ella se quedó llorando y yo también. Lloré durante todo el camino a casa, cuando por fin me calme un poco le hablé a mi esposo y entre sollozos le dije que era la peor madre del mundo por haber dejado a nuestra hija en el llanto, por llevarla a la escuela y someterla al tráfico. Antes de colgar le comenté que estaba pensando seriamente en renunciar a mi trabajo y sacar a mi niña de la escuela.
Pasé cada segundo de las dos horas en las que estuvimos separadas sintiéndome la peor de las madres, llorando y extrañando cada gesto y movimiento de mi hija. Cuando entré a la escuela a recogerla la vi en el patio jugando tranquila con un carrito de plástico.
Veredicto: la separación nos costó a las dos, a pesar de que traté de ocultar mis nervios se los contagié por completo. En general la mañana fue MUCHO más difícil para mi que para ella.

Martes 23 de agosto: después del drama que le hice a mi esposo el día anterior decidió que lo mejor era que fuéramos los dos a dejar a nuestra hija a la escuela. La mañana transcurrió normal, salimos diez minutos antes y llegamos sin ningún contratiempo a la escuela. Al dejar a mi pequeña en brazos de la directora, lloró y pataleó un poco. Mi esposo apretó mi mano y me aseguró que estaría bien. En cuanto llegué a la casa encontré un mensaje de la directora en mi celular que decía: sólo lloró un minuto ahora está con el material muy concentrada.
A las once que pasé por ella la encontré contenta, pidiendo un pedazo de naranja y emocionada porque había tortillas como parte del lunch. Camino al coche me encontré a una mamá que con tono solemne me pregunto qué tal había pasado estos días, le dije que yo no paraba de llorar y ella me comentó que estaba igual –lo peor, es que mi hijo se queda encantado y soy yo la que se queda deshecha-.
Veredicto: un mejor día para las dos pero sigo dudando de la decisión. Tal vez soy una pésima madre por mandar a mi niña tan pequeña a la guardería, tal vez debería de quedarme en casa con ella hasta que cumpla quince años. Tal vez lo mejor será que nunca me separé de ella para que nada le afecte o angustie.

Miércoles 24 de agosto: todo bien en la mañana, MUCHO tráfico a pesar de que salimos muy temprano. Al llegar a la escuela mi hija jugó un poco con unos muñecos que adornan la puerta. Salió la maestra, la tomó de la mano, volteó  a verme y en cuanto recordó los últimos días soltó el llanto. Me fui con el corazón cansado, llegué a casa de Michelle y me lamenté por mi vida. ¡Tan bien que estaba antes! ¡Por qué se me ocurrió trabajar y que mi hija entrara a la escuela!
La recogí temprano porque a las once yo tenía que dar clases, no alcanzó a desayunar pero salió muy contenta.
Veredicto: si queremos que de verdad se acople tiene que quedarse a desayunar, con mi hija el afecto pasa primero por la panza.

Jueves 25 de agosto: llegamos a tiempo y sin contratiempos, brinco y jugó en el trayecto del coche a la escuela, cargó ella misma su morral en el que empacó a Olivia y su chupón, al llegar a la puerta casi se fue sin verme, después de dos pasos soltó el llanto. Me fui al coche sin sentirme tan culpable. Para que pudiera desayunar mi esposo pasó por ella, la sorprendió persiguiendo a la maestra y pidiéndole otro pedazo de pan.
Veredicto: vamos bien, ya casi nos adaptamos…me pregunto ¿para quién es el periodo de adaptación?

Viernes 26 de agosto: la rutina de la mañana poco a poco queda mejor, como es el único día que trabajo de nueve a una mi esposo la lleva a la escuela y la recoge. El reporte a detalle que me pasó es similar a mi experiencia del miércoles y el jueves, mi hija entró  pegó un grito y lloró un poco, cuando la recogieron estuvo tranquila y jugaba contenta.
Veredicto: ¡por fin se acabo esta semana a ver qué tal nos va el lunes que irá la jornada completa!

… y el jueves, queridas lectoras, seguiré con esta historia…cj

Ilustración Carmen Lara 

lunes, 29 de agosto de 2011

Después de la tormenta...



Este fin de semana viví a todo color el dicho “Después de la tormenta viene la calma”, porque es una realidad que a veces, como papás, perdemos la paciencia y explotamos a lo que parece ser la menor provocación, pero que en realidad es un cúmulo de estrés, de cansancio y de desesperación por tener momentos de paz y de relajación en la casa.

Todo empezó el sábado en la mañana, cuando recibí un mensaje de una buena amiga y ex compañera de trabajo, recordándome la cena de cumpleaños que celebraría esa noche; cómo la mayoría de las mamás que decidimos quedarnos en casa a cuidar a nuestros hijos, a veces pido a gritos una salida de diversión, que se resume a mi necesidad de tener contacto con otros adultos, y que no necesariamente las pláticas se centren en los cambios de pañales y en el día a día con los hijos.

Mi hermana aceptó quedarse con mi hijo, y yo anticipadamente hice todo un plan para que cuando llegara la noche, no hubiera pretexto o justificación de por medio para quedarnos en la casa. Mi hijo hizo su acostumbrada siesta por la mañana, mientras yo recogí la casa para no tener que trabajar por la tarde; cuando se despertó nos fuimos los tres a comer, después por un café, y regresamos a la casa a jugar, tratando por todos los medios de evitar la segunda siesta, para que cuando llegara la noche mi hijo cayera rendido y no se diera cuenta de que no estaba en su cama.

En toda la tarde no paré un instante, cuando mi hijo encontraba una distracción, yo preparaba la pañalera, sacaba la cuna viajera, agrupaba todo su equipo para dormir que incluye una cobija especial, una almohada especial y un oso especial, y pensaba en lo que me faltaba por si las dudas. Llegó el momento de arreglarme, mi esposo ya se veía cansado y un poco harto, y mi hijo seguía con toda la pila corriendo por toda la casa, persiguiendo al perro que ya estaba notablemente molesto.

Definitivamente arreglarme es una de las partes que más disfruto cuando voy a salir, y mucho más ahora que mis salidas por la noche son tan esporádicas; tomando eso en cuenta, le pedí a mi esposo que cuando menos por quince minutos, vigilara a nuestro hijo para que no destruyera la casa o matara al perro, y yo me fui al baño a peinarme y pintarme.

Los primeros dos minutos solo oía “nooo, ahí no, deja a Pancho en paz, no tumbes el mosquitero, nooo”. Traté de conservar la calma, pero era obvio que mi esposo estaba dirigiendo la orquesta desde la comodidad de la cama, mientras el pequeño destructor disfrutaba de su libertad, que solo se veía opacada por los ocasionales gritos de su ya agotado papá.

Cinco minutos después, mi hijo se apareció en el baño interrumpiendo mi tan añorado ritual; yo traté de ignorarlo, pero fue imposible cuando empezó a desenrollar el papel, sacar mis cepillos, y lo que me llevó al límite, estuvo a punto de meterse el destapa caños a la boca.

Fue entonces cuando decidí que ese plan no iba a funcionar, teníamos que depositar a mi hijo en casa de sus padrinos antes de arreglarnos y salir a la cena, porque el tiempo pasaba rápidamente, y no había forma de hacer treinta cosas a la vez. Desafortunadamente para entonces, tanto mi esposo como yo ya estábamos muy sensibles, cansados y estresados, y no pudimos ponernos de acuerdo, así es que finalmente decidí llevar a mi agotado hijo a su cuna, darle su leche y dejarlo descansar en su cama tranquilamente.

Histérica le hablé a mi hermana, sin darme cuenta empecé a llorar y a gritar en el teléfono “ya no vamos a ir a ningún lado, mi hijo ya está dormido en su cuarto y nos quedaremos en la casa porque nadie me ayuda, yo tengo que resolver todo y estoy harta”, y le colgué.

A los cinco minutos Carol tocó la puerta, y después de una plática terapéutica de media hora, decidí irme sola. Subí, me arreglé y le avisé a mi esposo, y con sentimientos encontrados me fui a la aventura, o cuando menos lo era para mí en ese momento.

No puedo negar que me divertí muchísimo, platiqué, canté y me relaje como hace mucho que no lo hacía, pero eso si, en ningún momento deje de pensar en mi esposo y en mi hijo, que aunque sabía que ya dormían en sus camas plácidamente, no dejé de extrañarlos.

A la menor provocación sacaba mi teléfono y enseñaba las fotos más actuales de mi pequeño, empezaba a platicar de las palabras que acaba de descubrir, de su interminable energía y de su gran inteligencia, hasta que la persona con la que platicaba me cambiaba abruptamente el tema.

Así transcurrió la noche, por instantes volví a ser Michelle la abogada, la amiga, la del carácter fuerte y la adicta al trabajo, pero en ningún momento dejé de ser la mamá, porque eso ahora es imposible.

El Domingo mi vida volvió a la normalidad, después de una productiva conversación mi esposo y yo llegamos a la conclusión de que necesitamos comunicar nuestros planes y necesidades con más claridad, porque es obvio que el día anterior no nos entendimos, y finalmente regresó la calma. mj
Ilustración: Carmen Lara