domingo, 16 de diciembre de 2012

Drama pasaJERO... (un poco largo)

Aquí estoy de regreso, para platicarles lo que me pasó después de la llegada de Jerónimo, y que afortunadamente no pasó a mayores.
Resulta que horas después de la cesárea, ya en el cuarto del hospital con mi bebé en brazos y algunas visitas, me di cuenta de que traía un fuerte dolor, que parecía muscular, en la pantorrilla derecha (no sé si pantorrilla sea un término coloquial o médico, pero es la parte inferior de la pierna). En ese momento asumí que se trataba de un jalón (ese si sé que no es un término muy sofisticado), por la prolongada temblorina post quirúrgica, o por tratar de mantenerme en calma en el quirófano a pesar de que me estaba muriendo del miedo.
Los días pasaron, y obviamente las molestias propias de la operación, el estrés de los trámites y la salida del hospital, y otras trescientas cosas en la cabeza, hicieron que mi dolor pasara a segundo o tercer término.
Pasó la primer semana, y era momento de ir con mi ginecólogo para que me quitara las puntadas de la cirugía; él me revisó la herida que afortunadamente estaba evolucionando bien, y ya cuando me iba se me ocurrió comentarle que tenía un dolor, no muy intenso pero insistente, en la pierna derecha. 
Me hizo algunas preguntas de rutina, y empezó a mover mi pierna para ver en dónde se originaba la molestia, entonces me explicó, que probablemente tenía una tromboflebitis (que es la formación de un coágulo en una vena) y que era indispensable que me revisara un especialista para confirmarlo o descartarlo.
Mi esposo me había acompañado a la cita, y también llevamos a Jerónimo porque en el mismo edificio le harían el tamiz ese día, pero dadas las circunstancias y la preocupación del doctor, nos fuimos con una doctora especialista en angiología, para que me diagnosticara y de ser necesario me diera el tratamiento correspondiente.
Llegamos al consultorio y nos atendió una doctora bastante joven, muy amable y que desde el principio fue muy paciente y comprensiva. Yo estaba confundida y un poco triste, sobre todo porque hasta ese momento todo había estado perfecto, me sentía mucho más tranquila que las primeras semanas después de que nació Gabriel, y también estaba disfrutando la lactancia como nunca me imaginé que lo haría (ya les platicaré con detalle).
Ella me explicó, que el embarazo naturalmente provoca un estado de "hipercoagulación", porque el cuerpo se prepara para una pérdida masiva de sangre, pero que mi caso era  algo raro porque no sufrí de ningún síntoma durante el embarazo, y no tengo problemas de circulación ni sobrepeso. 
Me revisó las venas de la pierna con un aparato y no pudo encontrar el coágulo, pero al parecer, los síntomas eran suficientes para someterme a un "tratamiento preventivo", que consistía en dos inyecciones de anticoagulante diarias, por tres meses, en la panza. También existía la posibilidad de optar por anticoagulantes orales, pero eso significaba que tenía que dejar de amamantar a Jerónimo, y definitivamente eso no era opción para mi.
Me sentía súper confundida y un poco preocupada, porque la reacción de los doctores había sido algo alarmante, sobre todo antes de descartar un coágulo grande o en una vena importante.  
Finalmente salimos del consultorio, y después del tamiz de Jero que salió perfecto (motivo para estar feliz), nos fuimos a una farmacia a comprar un arsenal de inyecciones, que además resultaron carísimas.
La primera noche me inyectó mi Mamá, que todavía estaría con nosotros otro par de semanas, y me sentí aliviada porque no fue un dolor insoportable, pero mi mente no deja de trabajar un instante, y no podía dejar de pensar en las consecuencias en las que puede derivar algo así, sobre todo después de ponerme a buscar en internet, que en mi caso siempre resulta contraproducente.
Pasaron las dos semanas y yo ya tenía algunos moretones en la cintura, por las inyecciones y porque es lo que provoca el anticoagulante, y se acercaba el momento de despedir a mi Mamá. Ella se iba un sábado, mi hermana y mi cuñado la llevarían a Morelia porque mi Papá ya estaba agotado de venir a Guadalajara cada fin de semana. La noche anterior me dormí relativamente tranquila, Jero se despertó a comer al rededor de las 2 am, y más tarde me despertó un dolor tremendo de cabeza, me retumbaban los oídos y apenas podía ver; no sabía si despertar a mi esposo, pero dadas las circunstancias preferí no arriesgarme y nos fuimos al baño (para no despertar a los niños) a hablarle a la doctora . 
La doctora me confirmó que era necesario que nos fuéramos a un hospital de inmediato, y nos dio los datos de un neurólogo; yo le hablé a mi Mamá para que se quedara con los niños y nos fuimos volando al hospital.
En el camino me sudaban las manos, me daba vueltas la cabeza, no podía evitar pensar lo peor, pero esperaba con todo mi corazón que no fuera nada grave. Ya en el hospital me revisó el médico de guardia, tenía la presión en 160 y el neurólogo dio instrucciones de que me internaran para hacerme una tomografía especial de las venas de la cabeza (no me acuerdo del término médico), para revisar si era o no el coágulo que se hubiera movido (que era uno de los riesgos que me comentaron desde el principio).
Finalmente, después de estar toda la mañana en el hospital con unas ganas tremendas de regresar a la casa con mis hijos, y con urgencia de darle de comer a Jerónimo (a quién mi Mamá le tuvo que dar fórmula), el neurólogo nos confirmo que el dolor lo provocó la alta presión, misma que había provocado mi estrés, pero que la circulación en mi cerebro era perfectamente normal.
Regresamos a la casa, yo sintiéndome un poco culpable porque indirectamente yo lo había provocado, pero también tremendamente afortunada porque todo había quedado en un susto.
A partir de ese momento, decidí que no le iba a dar importancia a aquellas cosas y situaciones que no la tienen, y que lo único que merece mi atención y preocupación, es mi familia.
Tres meses, y decenas de inyecciones después, mismas que mi pobre esposo (a quien le dan pánico las agujas y la sangre) me tuvo que poner, me dieron de alta sin ninguna indicación ni cuidado particular.
Al día de hoy todo ha resultado sin contratiempos, mis hijos están creciendo sanos y felices, y nada me da más satisfacción que verlos y estar con ellos, con mi esposo y con el resto de mi familia.
Les platico todo esto a manera de desahogo, pero sobre todo, para generar conciencia de lo importante que es cuidarnos, darle la importancia a cualquier síntoma o dolor, porque finalmente ahora somos mamás y tenemos que pensar en nuestros hijos que nos necesitan. mj

jueves, 15 de noviembre de 2012

Un momento de tranquilidad...

La página de "crear entrada" en el blog lleva semanas abierta en mi computadora, y es que aunque he tenido toda la intención de compartir mis nuevas experiencias como mamá, con dos hijos súper demandantes me resulta prácticamente imposible.

En este último par de semanas, mi esposo y yo hemos estado lidiando con los inevitables celos camuflageados de nuestro hijo mayor, porque el bebé, que está a punto de cumplir 5 meses, cada vez está más despierto y exige más atención.

Y explico algunos de los términos que utilizo en el párrafo anterior: les llamo "celos camuflageados", porque por su edad, Gabriel no nos puede explicar que está harto de los ruidos a media noche (que en ocasiones lo han despertado), que le parece de pésimo gusto que durante el día (y a veces también durante la noche) el bebé tenga que estar pegado a mi cada dos horas para comer, que le cae gordísimo que ahora cuando nos visitan o cuando nos encontramos a alguien, quien llama la atención y a quien le hacen caras es al gordo de su hermano que todavía no habla ni hace nada divertido... en fin, las razones pueden ser interminables, pero su forma de desahogarse y sacar todo este coraje nos tiene frustrados y cansados.

Últimamente no podemos dejar solo a Jerónimo ni un instante, porque si Gabriel está cerca le dan unas ganas inaguantables de apretarlo hasta hacerlo llorar. Y de ninguna manera creemos que su intención sea lastimarlo (o eso espero yo), pero por lo que he investigado es hasta cierto punto normal, y por lo mismo es indispensable que los papás estemos atentos en todo momento.

También por su edad, Gabriel está pasando por una etapa de rebeldía en la que constantemente pone a prueba nuestra paciencia, si le decimos que no el lo interpreta como "si hijito, has lo que quieras", y no nos queda más que regañarlo, castigar a los juguetes favoritos, sentarlo en un sillón para que piense (que eso es lo que menos nos ha funcionado), y con arrepentimiento lo acepto, le he dado una que otra nalgada (que tampoco ha funcionado).

Por su parte Jerónimo, quién los primeros meses fue un verdadero ángel caído del cielo, ha empezado a manifestar un carácter fuerte, hace corajes hasta ponerse casi morado, y puja como un viejito hasta que el adulto más cercano le hace caso. Afortunadamente todavía estamos en la etapa "bebé/bulto", y lo podemos poner en su gimnasio ó en su silla vibradora para que se entretenga, pero eso sí, no me puede perder de vista por más de 3 minutos porque empiezan los gritos y demás manifestaciones de inconformidad.

En fin, parecen puras quejas pero la verdad nos ha ido mejor de lo que imaginábamos cuando esperábamos a Jerónimo, yo me siento mucho más segura como Mamá, y algunas cosas que antes me estresaban tremendamente, ahora son parte de la rutina diaria y pasan desapercibidas.

Tengo intención de platicarles con detalle algunas de mis recientes anécdotas, y otras ya no tan recientes como mi drama médico de algunas semanas posteriores al nacimiento de Jerónimo, y mi reencuentro con la lactancia, pero espero que estos momentos de paz y tranquilidad se den más seguido... ahora por lo pronto ya se me despertó uno, y tengo que hacer malabares para que no despierte al hermano... mj.


jueves, 16 de agosto de 2012

El esperado nacimiento




Pues tal como lo prometí, aquí estoy otra vez haciéndome un tiempito para escribir y compartir las novedades de mi ajetreada vida.
La última vez que escribí (antes de la entrada del martes pasado, que no era más que un recordatorio de nuestra existencia), estaba en la semana 35 de mi embarazo, y aunque me proponía escribir una reseña de las últimas 5 semanas, creo que mejor voy a omitirla porque en este momento solo me acuerdo del cansancio, la impotencia de no poder hacer muchas cosas, y de uno que otro día triste por ver a mi hijo mayor alejarse un poco de mi al no sentirse tan atendido como antes.
De ninguna manera es mi intención, desalentar a aquellas mamás que planean o esperan ya a un segundo hijo, al contrario, la verdad es que yo estoy feliz ahora que siento a mi familia completa (porque eso sí, de un tercer hijo ni hablar, al menos no en un futuro cercano), pero creo que es sano aceptar y compartir que hay momentos muy complicados, en los que sientes que se te viene el mundo encima y que ya no sabes ni para donde hacerte.
En fin, después de esta eterna introducción, que como siempre es más mi afán por justificar esos sentimientos encontrados que a veces quisiéramos ignorar, les cuento cómo fue la llegada de Jerónimo a este mundo.
Estaba ya en la semana 40 de gestación, había visitado regularmente a mi ginecólogo quien ya me había hecho dos de los incomodísimos tactos vaginales, y el bebé ni sus luces... de alguna manera se repetía la historia de mi primer parto, en el que después de casi 24 horas de contracciones, sólo logré dilatar un centímetro y no hubo más remedio que hacerme la (de pronto tan polémica) cesárea.
Creo que hasta ahora no les he compartido mi experiencia con el nacimiento de mi primer hijo, que en su momento me causó mucha frustración porque después de mi curso psicoprofiláctico, yo estaba empecinada con tener un parto natural, y después de cómo sucedieron las cosas sentía que de alguna manera había "fracasado", por ponerlo de una manera súper dramática como suelo expresarme.
El hecho es que Jerónimo ya estaba listo para nacer, mi doctor fue muy directo con nosotros y nos explicó que con el antecedente de mi primer parto y dadas las circunstancias, le parecía difícil que esta vez pudiera tener un parto natural (ojo: no imposible, esa decisión la tomamos mi esposo y yo, porque luego nos encanta satanizar a los doctores); decidimos esperar hasta cumplir las cuarenta semanas, y finalmente al no sentir ninguna manifestación, me operaron el Jueves 28 de Junio.
Siendo muy honesta, eso de llegar en tus cinco sentidos caminando al quirófano es verdaderamente aterrador, y más para una persona como yo que soy coyonsísima cuando se trata de hospitales, doctores, jeringas y demás parafernalia médica. Cuando mi esposo y yo llegamos a la administración a registrarme yo ya estaba temblando, y cuando llegó un enfermero con la silla de ruedas para llevarme a la "preparación", o no me acuerdo bien que otro término halloweenesco utilizó, yo de plano empecé a llorar como magdalena.
Me llevaron a un cuartito para que me encuerara y me pusiera una de esas batas como de loco con un diseño súper fashion, la enfermera me vio tan angustiada que me empezó a platicar de otras cosas para distraerme, pero yo sólo pensaba en mi hijo mayor, en qué iba a ser de él si algo me pasaba en la operación (insisto, yo vivo para el drama).
Finalmente llegue al quirófano con mis converse medio puestos (pisando el talón) y sin calcetines, y ahí ya de plano no me quedó de otra más que dejarme llevar y oír al personal médico hablando de mi como si yo no estuviera (que supongo que es común).
Primero llegó el anestesiólogo, y entre chacoteos con las enfermeras ni sentí cuando me puso la epidural, o cuando menos no sentí dolor que ya es una ventaja; después llegó mi doctor, que en todo momento trató de mantenerme tranquila, y finalmente llegó mi esposo que me pareció guapísimo con su trajesito de dr. de grey's anatomy (o alomejor eran las drogas surtiendo sus efectos).
Me parece increíble la forma en la que trabaja la anestesia en el cuerpo humano, y que a pesar de que te están cortando y moviendo no sientes dolor en ningún momento. Me acuerdo que yo no dejé de llorar un instante, pero ya eran más lágrimas de emoción que de otra cosa, y cuando por fin salió Jerónimo a las 10:02 am y me dijeron que estaba perfecto, solté el llanto y el cuerpo y me sentí nuevamente la mamá más feliz del planeta. mj

martes, 14 de agosto de 2012

Regresamos con todo...


Pues después de seis semanas de vivir por segunda vez la alegría de ser mamá, al fin tengo un ratito para escribir en este espacio que tanto he extrañado.
Y es que las cosas no han sido fáciles, con la llegada de mi hijo Jerónimo sufrí algunas complicaciones médicas, y eso de tener dos hijos tampoco es pan comido, pero tengo tanto que platicarles que tendré que dividirlo por temas para no saturarlas.
Por lo pronto me interesa decirles que aquí seguimos, tanto Carol como yo, con las mismas ganas de ser leídas y de compartir nuestras experiencias como mamás.
Les dejo una foto de mi angelito para que lo conozcan, y también para que después me comprendan cuando les platico que se me cae la baba y que lo estoy disfrutando como si fuera la primera vez. mj


jueves, 26 de julio de 2012

Niñas - señoras



No quiero que mi hija crezca demasiado rápido. Tecleo la frase y siento que mis palabras se alejan un poco de lo que intento decir ¿qué es lo que quiero decir?,  más que nada que no quiero que mi hija sea un adulto en miniatura, una niña-adolescente a los cuatro años y niña-señora a partir de los ocho.

Hace unos días una amiga comentó sobre un letrero que anunciaba el precio de:  “uñas de gel para niñas”, me asombró saber que a  tan corta edad hay niñas que someten sus deditos a semejante acto, luego pensé y dejé de sorprenderme recordé el anuncio de una clínica de belleza para niñas en la que con el pretexto de Barbie y las Princesas de Disney las pequeñas pasan horas sentadas en un salón de belleza a escala, disfrutando de tratamientos capilares, alasiados y maquillajes de todo tipo, también vinieron a mi mente las imágenes de diminutas niñas desfilando en concursos de belleza y posando para fotografías.

Jugar a ser grande siempre será el juego predilecto de los más pequeños, aprendemos por imitación y pretender ser es también una excelente forma de prepararnos para la vida, el juego es la esencia de la infancia y coartar el juego de roles es en cierta forma limitar la infancia. Pero hay una línea clara entre lo que jugamos y lo que es. Y es en este punto en el que yo creo que poco a poco reducimos el juego y acortamos la infancia.

Cuando yo era niña jugaba al salón de belleza con mi mamá y mi hermana; sacábamos un banco de plástico y en el colocábamos unas cuantas ligas, diademas y nuestro cepillos y peines, hacíamos como que nos rociábamos espray del pelo y nos divertíamos peinando a nuestras muñecas y tomando turnos para peinar a mi mamá. No tuvimos nunca nada de maquillaje y desde pequeñas estuvo claro que no podíamos maquillarnos, nuestras amigas no se pintaban las uñas y tampoco tenían nada de esto. Nuestras muñecas tenían ropa de bebés y no venían con maquillajes.

Hoy en día me sorprende encontrar a niñas desde los dos años con las uñas pintadas, preocupadas en exceso por su apariencia y renuentes a jugar con tierra y ensuciarse. Como mamá el asunto me preocupa porque sé que en estas cosas en ocasiones no basta con lo que suceda en casa, se necesita un frente común que promueva la infancia por encima de la voracidad de la eterna adolescencia. Es paradójico pero vivimos en una sociedad que corre desaforadamente buscando la adolescencia y luego se estaciona de forma perpetua en ella.

Si me preguntan entonces qué es lo que quiero  para mi hija, es más o menos lo siguiente:

Quiero que corra en la lluvia y se ensucie las uñas, se despeine al abrazar y no se preocupe por lo que lleva puesto, invente otros mundos y construya el propio, cuide y arrulle a todos sus muñecos para al final del día ser ella a la que arrullan, quiero que viva sin pensar en la marca de sus zapatos o el color de sus mejillas, quiero que pinte con las manos y los pies, que se raspe las rodillas y se suba a los árboles, que de vueltas hasta marearse y se aviente al pasto para descansar, quiero que grite y cante sin importarle cómo lo hace, que aprenda que el mundo es un lugar maravilloso para crear y que no hay creación que ella no pueda hacer, quiero que viva por encima de las cosas, que aprenda a tener compasión y se maraville con las flores, quiero que sea y no que aparente, que pregunte y se asombre, …

No es poquita cosa, lo sé,  pero si somos más los adultos preocupados por que esto suceda para mi hija y los hijos de los demás, tal vez la tarea no será imposible y podremos garantizar que los niños y niñas lo serán por el tiempo que les toque serlo.

Por cierto, un abrazo de regreso, nos fuimos por un rato pero aquí sigue AF. cj

Ilustración Quentin Blake

viernes, 25 de mayo de 2012

Pendientes del día: dar clases, ir al banco...


El día del maestro (15 de mayo) Lucía no tuvo clases y yo sí, así que mi celebración consistió en impartirle clase a mis alumnos de primero de prepa  (25 jugadores de fuerzas básicas) con la ayuda de mi inquieta y asombrada asistente de dos años. Como se pueden imaginar el salón se convirtió en todo un jolgorio, mientras yo intentaba hablar sobre redacción y la forma correcta de ordenar un texto, Lucía se arremolinaba en mis piernas y me pedía que le destapara un plumón para pintar en el pizarrón, cuando por fin expliqué el ejercicio que los alumnos habían de realizar en la clase, mi hija fue perdiendo la vergüenza y empezó a sacar de su bolsita todos sus juguetes que feliz ante la atención les mostraba a mis vacilantes alumnos. Una hora cuarenta y cinco minutos después el veredicto de la clase fue el siguiente: mis alumnos, encantados ante el alboroto me dijeron que siempre debería de llevar a Lucía, mi niña asombrada frente al grupo me dijo que mis alumnos hacían “muchísimo ruido”, yo maldije el día del maestro y las suspensiones irregulares que se suscitaron en la ciudad.

Nos fuimos de la escuela directo al banco, pues el día anterior el cajero del súper se había tragado mi tarjeta, así es que no solo ya no contaba con mi molesto pero necesario “plástico”, tampoco tenía un centavo para comprar comida. Lucía, que es una aficionada a las historias “cotidianas” (término inventado para referirme a  eventualidades que a base de la repetición se convierten en historias, al parecer, interesantísimas para ella), me repetía con gusto que –íbamos al banco porque mi tarjeta se la habían comido en el súper- luego se carcajeaba e iniciaba de nuevo a relatarme el suceso previo y lo que nos esperaba después.

El caso es que llegamos a la 1:05 y por ser quincena la sucursal bancaria nos recibió no sólo con los brazos abiertos, también con una fila de más de veinte personas que al parecer cada una realizaba alrededor de cincuenta transacciones pues estuvimos horas enteras esperando llegar a la ansiada ventanilla. En el inter las cosas fueros de un poquito inquietas, a ¡si te portas bien te compro un pan!, ¡ven acá, o me voy a enojar!, para terminar en ¡¡¡levántate del piso, recoge tu agua y pórtate bien o te va a salir el monstruo (es decir tu madre se va a empezar a transformar)!!!

Todo el trajín mientras se proyectaba en la molesta pantalla colocada en la esquina superior izquierda de dónde hacíamos fila  el anuncio “éste diez de mayo consciente a mamá, bla, bla, bla…” declaración que en el momento me parecía absurda e insultante, de qué te sirve que el banco piense en ti en tu día si el resto del año no dan una sola muestra de empatía y servicio para con las madres. Yo había sido testigo de otras mamás en situaciones similares y casi siempre las veía con mirada compasiva y  a veces con ciertos gestos acusatorios ¿cómo se les ocurre venir a esta hora? O ¿por qué no atienden a su hijo que se está portando como cavernícola?.

Claro que es muy fácil ver la paja en el ojo ajeno y no es hasta que te encuentras en la situación de desventaja, con una niñita cansada y justificadamente harta de esperar, que piensas en lo poquísimo que en realidad se considera en ciertos espacios la presencia de los niños. Es cierto que los bancos no son espacios para niños, pero nada les costaría atenderte un poquito más rápido, acercarte una silla o dejar de hablar por celular entre turno y turno para agilizar la atención.

Al final la historia termino sin tantos pleitos porque un alma caritativa (una señora caída del cielo) a quién atendieron poco antes que a nosotras le ofreció a Lucía un chicle que la entretuvo hasta que nos atendieron. Cuando salimos yo le compré el pan prometido, que se restregó en la cara y embarró por toda la sillita del coche. Pero a esas alturas… ya qué más da.

Y ustedes ¿qué cuentas?, nos leemos. cj

Ilustración Carmen Lara

lunes, 21 de mayo de 2012

Semanas 34-35



En realidad ya estoy en el curso de la semana 35, pero no podía pedirle a mi Mamá que cambiara la ilustración después de tantas que he desperdiciado; y es que siguen pasando los días y las semanas con una prisa desgastante y agotadora.

Desde hace un par de semanas les quería compartir una revelación que tuve, y que hoy finalmente se materializó. Después de una semana agotada por las actividades de todos los días, aunadas a mi obsesión por tener todo en la casa impecable y perfecto, por fin acepté que ahora que seré mamá de dos niños, irremediablemente voy a necesitar ayuda.

No tengo la fortuna de tener a mi Mamá cerca, y aunque sé que las primeras semanas después de la llegada de Jerónimo ella estará aquí al pie del cañón, tengo que ser realista y pensar en el momento en el que me quede sola, considerando que mi esposo se irá a trabajar, y que Carol hará lo propio (aunque ya está aleccionada de que nos tendremos que ver todas las tardes sin excepción).

Me niego rotundamente a tener a una nana, o a que me ayuden a bañar o a cuidar a mis hijos, pero yo no lo puedo hacer si no tengo a alguien más que se preocupe por mantener la casa limpia y en orden, por hacer la comida y recoger la cocina. Soy de esas personas que disfrutan de su soledad, no me encanta la idea de tener a otra persona ajena a mi familia metida todo el día en la casa, pero no me queda de otra, y por fortuna parece que encontré, con el apoyo de una muy buena amiga, a la señora ideal para el trabajo.

Hoy Rufina “Rufi” llegó muy temprano, con excelente actitud y dispuesta a aprender la rutina de la casa y la forma en que me gusta que se hagan las cosas. Yo, todavía un poco escéptica, le di un pequeño tour por la casa, y justo cuando le iba a pedir que empezara con algo de quehacer oí los gritos de Gabriel, mi hijo mayor, exigiendo que lo sacara de la cuna (porque aunque ya con algo de trabajo lo puede hacer solo, todavía tiene la paciencia de esperar a que yo llegue).

Rufi se me pegó y subió conmigo, entró detrás de mí a la recámara de mi hijo y lo saludó como si lo conociera desde que nació; mi hijo, que se caracteriza por ser sumamente sociable y platicador, y a quien desde ayer le expliqué que hoy llegaría una señora nueva a ayudarnos, ni tarde ni perezoso se paró y la saludo, le empezó a enseñar sus juguetes y a decirle que se los iba a prestar para que jugara.  Como siempre, yo me disponía a sacarlo de la cuna para llevarlo a mi cama a cambiarlo, cuando Rufina me preguntó si ella lo podía hacer para “empezar a conocerse”, y yo sin ninguna reserva acepté.

A algunas de ustedes esta historia pudiera parecerles exagerada, pero para mí, y lo sabrán quienes me conocen bien, es un gran paso que puede significar un gran descanso en las últimas semanas de mi embarazo, y lo más importante, una gran oportunidad para disfrutar a mis hijos sin tener que estresarme por cosas que no valen la pena.



En relación a mi embarazo todo marcha sin mayores contratiempos, ya estoy cansada principalmente porque me cuesta mucho trabajo dormir en las noches, y eso repercute en el resto del día, pero trato de relajarme y de descansar cuando Gabriel duerme su siesta después de comer. Eso sí, en las pocas horas en las que logro pegar el ojo por la noche me siguen torturando los sueños, y empiezo a sentir los nervios y temores normales por lo que viene, pero eso será tema para otra de mis esporádicas publicaciones. Gracias por leernos. mj