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miércoles, 14 de septiembre de 2011

Toto


Pues así como Carol les contó que su hija tiene a Olivia, su eterna compañera para dormir, y a quien le embarra mocos, baba y todo lo que puede para incrustarle su olor, mi hijo tiene a Toto.

Toto es un oso gris (de ahí el nombre que le puso mi hijo), de peluche y con un cuerpo más bien desproporcionado; tiene una cabeza enorme, pero sus brazos y patas son flacos y su barriga alargada, la forma perfecta para que mi hijo lo abrace.

A diferencia de mi sobrina, que adopto a Olivia desde que era muy pequeña, mi hijo encontró a su mono favorito ya cuando estaba más grandecito; yo antes traté de enjaretarle a otros muñecos que le regalaron sus Abuelos, sus tías/tíos, y algunas amigas, pero el parecía totalmente hermético a esos seres desanimados.

Fue hasta que unos muy buenos amigos de Alemania, que conocimos a través del trabajo de mi esposo, nos enviaron un paquete con múltiples regalos, entre ellos el ahora amigo incondicional de mi pequeño. En un principio solo lo observó, se lo deje en su cuna y al poco tiempo ya eran inseparables.

Cuando lo sacaba de la cuna en la mañana volteaba a ver al oso y lo señalaba, como indicándome que el también tenía que salir, bajaban juntos a desayunar, y después de un ratito lo abandonaba por ahí, hasta que se volvía a acordar y angustiado lo buscaba. Lo empezó a llamar Toto después de que nos oyó a su papá y a mí hablar del oso con insistencia, nos causaba mucha gracia que al fin hubiera un elegido y que tomara tan en serio su relación con él.

Llegó un momento en el que estaba tan apegado al mono, que todos los días se lo quería llevar a la escuela, y fue necesario marcarlo con su nombre en la etiqueta porque nos causaba pánico que se le perdiera; afortunadamente sus maestras, muy comprensivas, no tenían objeción porque mi hijo se llevara a Toto al salón, y lo cuidan como si fuera otro niño porque saben la importancia que tiene para mi hijo.

Hace un par de semanas que se enfermó del estómago, al despertar de su siesta de la tarde vomitó, y para nuestra pésima suerte, además de la angustia de verlo pálido y enfermo, Toto estaba empapado. Cuando llegó mi esposo y finalmente me pudo relevar con mi hijo por un ratito, me apresuré a poner una lavadora con todas sus sábanas y cobijas, y con temor a que no sobreviviera eché también al atesorado oso.

Mi hijo estuvo tranquilo por la tarde, cuando bajamos para que cenara cambié las cosas a la secadora y por fortuna Toto había salido ileso de la primera etapa del proceso, pero se acercaba la hora de dormir y mi angustia empezaba a hacerse más evidente. Finalmente puse a mi hijo en su cuna, con la esperanza de que se durmiera sin más contratiempos, pero no cerró los ojos hasta que pudo abrazar a su ahora limpísimo amigo.

La ilustración del día de hoy, se debe a que desde hace un par de días mi hijo me obligó a ponerle pañal a Toto, lo estaba cambiando por la mañana antes de ir a la escuela y por error llevé dos pañales al lugar en donde siempre lo visto, y él ni tarde ni perezoso levantó a su amigo y me dijo “popó”, así es que no me quedó más remedio que ponerle el enorme pañal al pequeño muñeco.

Desde ayer decidió llevarlo nuevamente a la escuela, y cuando llegué su maestra me informó que en el trancurso del día, le había quitado y vuelto a poner el pañal alrededor de diez veces, así es que creo que finalmente está entendiendo lo difícil que es cuidar a un bebéJ. mj
Ilustración: Carmen Lara

martes, 5 de julio de 2011

Olivia

Olivia es la protagonista de una serie de álbumes ilustrados para niños creados por Ian Falconer. Una cerdita adorable que vuelve loca a su mamá, molesta al perro y no siempre quiere jugar con su hermano, un personaje tan entrañable para los niños que hace poco se convirtió en caricatura.

Sin embargo, Olivia en mi casa y en mi familia es OLIVIA, con mayúsculas y un tono serio mientras se le nombra, su importancia reside en el amor apasionado y sin límites que mi hija le profesa. Es una pequeña puerquita de peluche (la imagen de los cuentos) que mi mamá le compró a mi hija antes de que naciera. Al principio no la pelaba, cuando empezó a interactuar más con monos se la puse en la cuna junto con otros peluches y alrededor de los diez meses ya era la mona con la que se dormía y a la que acudía cuando algo no le parecía. Nosotros empezamos a notar el amor y a llevar a “Oli” a donde quiera que íbamos. 

Oli es el “objeto de transición” de mi hija ¿de transición de qué? Se preguntaran, a lo que les respondo que de los brazos y seguridad de mamá y/o papá. El tema es apasionante y diversos psicoanalistas han dedicado mucho a su estudio, yo lo resumiré lo mejor que pueda. Los bebés al nacer no distinguen que son seres independientes de su mamá, los primeros meses creen ser la misma persona; puesto que los cambiamos, alimentamos, bañamos y sobre todo abrazamos y besamos al por mayor, no distinguen que su mamá es alguien ajeno a ellos, cuando empiezan a gatear y luego a caminar, no solo se dan cuenta de que el mundo es enorme y hay mucho por explorar, también constatan que su mamá y él o ella no son uno solo, descubrimiento que les causa muchísima ansiedad.

Los monos, cobijitas, chupones, trapos y sin fin de aditamentos que eligen nuestros hijos para dormir, acurrucarse y pasar el rato cuando están tristes, funcionan un poco como amuletos les ayudan a sentirse seguros cuando no estamos o cuando estamos pero no los tenemos en brazos y les estamos dando toda nuestra atención.
A estos objetos los quieren de verdad los identifican de entre otros monos, trapos o cobijas y empiezan a tratarlos como si fueran una persona, por lo que no solo los abrazan, besan y babean a su antojo, también los avientan, pisan y muerden (ojalá y así no traten a otra persona), es chistoso pero empiezan a descubrir ciertos límites a través de sus monos.

Mi tatito o tato, el objeto de transición de mi infancia, fue ni más ni menos que un camisón de mi mamá, mis papás me cuentan que me gustaba porque era muy suave y podía fácilmente hacerle tatito (acción que consistía en acariciar la tela mientras me chupaba el dedo), como me veía fatal danzando por todos lados con semejante camisón, mi mamá decidió cortarlo así además tenía repuestos para el tato, mismos que no sirvieron de nada cuando en un viaje el tatito en turno se me perdió en un supermercado, al que más tarde cándidamente volvió mi papá con la esperanza de encontrarlo.

Yo tenía mi tatito, Michelle su malila (una espantosa almohadita que hizo mi mamá) ¡que aunque no lo crean aún conserva!, mi hermano su rolote (un osito que mi mamá cosió y remendó innumerable veces), mi sobrina tiene a su fufu, mi ahijado a su oso y bueno como ya les conté mi hija a Ovivia (como ella la llama).

Yo por suerte tengo una Oli de repuesto que alterno con la primera para que se hagan viejas al mismo tiempo y se empuerquen y gasten al parejo porque para acabarla de amolar lo importante no es solo el mono sino los olores a babas, lágrimas y mocos que emanan de los mismos, las partecitas deshiladas que les sirven para sobar y las peculiaridades que el uso, el tiempo y nuestros pequeños les van confiriendo. Aún recuerdo cuando mi mamá se atrevió a lavarle a mi mejor amiga del kínder un popple morado (si fueron niñas en los ochentas seguramente los recuerdan eran unos monos raros que se podían hacer como una pelota) que amaba y adoraba, mi amiga lloraba desconsolada mientras mi mamá se disculpaba con el mundo por semejante atrevimiento.

En fin, como quiera que sea aprovechen, disfruten, fotografíen y por sobre todas las cosas cuiden muy bien a estos pequeños compañeros de sus hijos, pues quién sabe que puede pasar si se pierden antes de que llegue el momento de decirles adiós para siempre. cj

Ilustración Carmen Lara